Capítulo 5

3007 Palabras
POV MADELINE Es viernes por la noche y ya casi es hora de la gala que se realizará en el museo, ya he ido al salón de belleza para peinatme y maquillarme, aún me siento avergonzada de que el señor King haya tenido que correr con todos mis gastos, pero después de lo estricto que fué al darme la orden que lo aceptara no me quedo otro remedio que hacerlo. No puedo negar que ir vestida así me traerá más oportunidades para conseguir un buen empleo, en estos eventos la imagen lo es todo. Saco de la caja, el hermoso vestido vinotinto de volado corto, su falda acampanada y la transparencia del encaje del corpiño me dejan fascinada, unos zapatos de tacón extremadamente altos que le hacen juego aún siguen en su caja. Coloco el contenido de las dos cajas en mi cama y procedo a vestirme, me coloco cada una de las piezas con sumo cuidado y cuando estoy lista me miro en el espejo. Al verme vestida y arreglada como me encuentro ahora, me traen recuerdos de lo que alguna vez fui, esa vida llena de restricciones y reglas estupidas que dejé atrás. No me arrepiento de haber hecho lo que hice para conseguir la libertad que ahora tengo, es tan satisfactorio que no cambiaria por nada del mundo la vida que ahora llevo. Aparto los recuerdos negativos y me centro en lo verdaderamente importante. Hoy tengo que lucir radiante si quiero conseguir un lugar decente en donde trabajar. Me gusta la idea de que haya una nueva exposición en el museo, pero en lo que no estoy de acuerdo y me hierve la sangre cada vez que mi mente lo invoca es al estupido de Ambrose Su-hen. ¿Cómo una persona que considera al arte algo complicado y sin sentido, puede hacerce socio de un museo? Pensé que tenía buenos gustos, pero ya me di cuenta que es un imbecil cabeza hueca que no le interesa pasar por encima de los demás. Pero aún lo necesito, quiero que solo sea él. No creo encontrar a alguien que lo pueda igualar, puede ser un imbecil, pero es uno con las características exactas de lo que busco para mi obra de arte. Espabilo varias veces y tomo mi bolso de mano, me dirijo a la puerta y me encuentro con Aurora que viene subiendo por las escaleras. —¡Válgame Dios! —exclama en cuanto me ve—. ¿Pero dónde rayos está la desaliñada de mi amiga? —inquiere con burla mientras me da la vuelta—. Solo me voy por unos días y cuando llego me encuentro con toda una top model —agrega y yo le sonrío. —No exageres, tonta —me burlo—. Hoy es la gala del museo —le explico. —Estoy segura que esta noche, más de uno te tirará el lance —dice entre risitas mientras me mira picaron y yo comoco mis ojos en blanco. —No voy a buscar novio —digo mientras comienzo a bajar las escaleras—. No tengo tiempo para eso —agrego. —¡Por eso es que sigues virgen! —grita Aurora con sorna y me avergüenza que alguno de nuestros vecinos la haya escuchado. No tengo tiempo para esa estupidez del amor y las veces que he intentado tener algo serio con alguien siempre ha terminado en intentos fallidos por parte del chico de llevarme a la cama. La realidad es que en mi vida no hay cabida para el amor y menos para abrirle las piernas a cualquier desgraciado que en cuanto consiga lo que ha venido a buscar se vaya. Saco mi teléfono móvil y pido un servicio de transporte privado, abordo el auto que pronto llega y le doy al conductor los detalles del lugar hacia donde me dirijo. Las calles están llenas y el tráfico es una mierda, maldigo mentalmente en cuanto miro la hora y asomo mi cabeza por una de las ventanillas para observar que tan extenso es el embotellamiento. Se suponía que el personal del museo debíamos estar una hora antes y por culpa del tumulto de autos llegaré tarde. El auto comienza a andar a la velocidad de una tortuga y decido que es mejor irme caminando, él museo se encuentra a una distancia considerable; pero creo que llegaré más rápido si camino que si me quedo aquí. Le pago al conductor y bajo del auto para disponerse a caminar, tomo la calle del centro y camino lo más rápido que me dejan los zapatos, la gente transita apurada y todo aquel al que le paso por al lado me mira de arriba a bajo, miro el reloj y noto que será imposible llegar a la hora estipulada, no he caminado mucho y los pies ya me laten por los incómodos zapatos, el sudor de mi frente comienza a dañar mi maquillaje y lo que menos quiero es arruinar mi apariencia. Me planteo tomar un taxi, pero eso sería exponerme a quedar de nuevo atascada en un trancón. Sigo avanzando sin importarme el dolor en mis pies y cuando pienso que mi noche no puede empeorar una camioneta blindada de color n***o se estaciona justo al lado de mí. —Suba —dice una voz que ya se me está haciendo costumbre escuchar y lo ignoro por completo—. No creo que con esos zapatos pueda llegar muy lejos, señoria Greenwood —agrega con sarcasmo el hombre asiático que ya me esta comenzando a fastidiar y me giro para encararlo. —Preferiria mil veces que me salgan ampollas en los pies antes de abordar un auto con alguien como usted —digo más ruda de lo que quería sonar y él me mira hundiendo sus cejas. —Solo estaba teniendo una cortesía con usted —dice con notoria molestia—, pero ya me doy cuenta que las mujeres americanas como usted, están acostumbradas a que las traten mal —agrega antes de ordenarle a su chófer que coloque a andar el auto. ¿Pero quién se cree ese imbecil? Primero insulta el arte y llama a los genios de mi gremio buenos para nada, y ahora pretendía que subiera así nada más a su auto, ignorando que él fue muy grosero conmigo dias anteriores en el museo y no deja recalcar que las mujeres de mi país son un fastidio. Expulso por la boca todo el aire que aún sigo conteniendo en mis pulmones y saco de mi mente al hombre que ha estado siendo mi delirio estas últimas semanas. Las veces que lo observé a escondidas siempre lo imaginé como un hombre educado, su porte y actitud siempre me indicó lo egocéntrico que debía ser, pero nunca me imaginé que Ambrose Su-hen fuera de esos tipos que miraran de manera despectiva a aquellos que no fuesen de su mismo lugar de procedencia. La idea de desistir de que el sea mi modelo vive latente en mi cabeza, no vale la pena insistir con alguien como él y más cuando a la persona no le interesa ni por lo más mínimo lo que tu haces. Jamás en mi vida me había sentido ofendida por la manera tan antipática que alguien me había hablado. Reanudo mi camino sin importarme que después de esto llegaré a mi destino con un dolor horrible en mis pies. Después de casi una hora llego al museo y lo que menos quiero es ingresar, pero ya estoy aquí. Me arrepiento un poco de no haber aceptado la venir en el mismo auto con Ambrose Su-hen, pero al momento de recordar de que es un hombre vacío al cual no le gusta el arte, se me quita. Una alfombra roja se estiende desde la entrada y baja las escaleras, camino a través de ella y le muestro mi identificación a uno de los hombres de seguridad, el tipo la observa por un momento y luego me deja ingresar, me dirijo a la zona en donde está el señor King dandole instrucciones a mis demás compañeros y al verme llegar a varios de los chicos se les va la mirada, los ignoro por completo y me sitúo al lado del hombre que ha hecho estos de días de mi hada madrina. —Madeline —pronuncia bajo—. Llegas tarde —agrega en forma de regaño y yo agacho mi cabeza. —Lo siento tuve un percance —me excuso y el no me dice nada. —Bien, como ya lo habíamos hablado cada uno de ustedes debe estar en sus posiciones —habla el señor King refiriéndose a los demás—. Y si alguno de los invitados pregunta algo al respecto de los autos de la exhibición, ya saben como actuar y que decir al respecto —agrega y todo el mundo asiente. Cada uno de los chicos y chicas que hay en el lugar se dispersan y cuando estoy a punto de irme, el señor King me toma por uno de mis brazos y lo enrolla en uno de los suyos. —Tú te quedaras conmigo hoy Madeline —susurra—. ¿Cómo pretendes encontrar un buen empleo, si no te presento a nadie? —agrega y yo asiento. Caminamos al rededor de toda la sala de exhibición, no puedo negar que los autos son asombrosos y aunque llegué a pensar que traer una colección como esta era algo exagerado, debo admitir que queda bien con el lugar. Hay plataformas de todos los tamaños y encima de ellas están exhibidos los autos, hay vehículos muy antiguos que a pesar de estar bien cuidados parecen que con solo tocarlos se fuesen a desarmar, como también hay otros modelos que son muy modernos y debo dar crédito que la compañía del señor Su-hen sabe lo que hace. Muchas personas refinadas caminan mientras miran fascinadas la exhibición, el señor King me lleva casi a rastras por la enorme sala y no se me pasa desapercibido de que más de uno, se nos queda mirando extraño. Llegamos hasta un grupo de personas muy distinguidas y debo decir que no me siento nada incomoda en este tipo de ambiente. Él me presenta con varios de los hombres que están ahí y luego de un rato me entero que son socios distinguidos del museo, hablo con alguno de ellos y con las mujeres que tienen como compañía. Todo se torna normal y agradable hasta que noto la mirada fría de cierto asiático que ha comenzado a ser un fastidio para mi. Sus ojos rasgados me miran inexpresivos y una ligera sonrisa se alza cuando este levanta ligeramente la comisura del lado derecho de su boca. Trato de ignorar su presencia, pero al parecer el esta empeñado en fastidiarme al igual que lo hizo la vez que nos vimos en la sala del ala este del museo. —Señor King —pronuncia cordial—. Es un gusto verlo aquí y con tan grandiosa compañía —recalca sus últimas palabras y yo opto por no mirarlo. —El gusto es mío, señor Su-hen —dice el señor King y después da una leve inclinación con su cabeza—. Le presento a la señorita... —Madeline Greenwood —Ambrose interrumpe al señor King y yo lo miro fijamente—. Digamos que ya nos conocíamos de antes —me mira burlón y yo lo fulmino con mi mirada—. Al parecer a la señorita Greenwood le gusta frecuentar los mismo lugares que a mi —habla como si me acusara de algo y la vergüenza comienza a teñir mi rostro. Que nos hayamos visto en varias ocaciones al parecer causó que él se diera cuenta que de cierta manera lo acoso y ojalá su mente no esté imaginando estupideces, porque eso sería lo último que me faltaría. —Me alegro mucho que se conozcan —pronuncia el señor King rompiendo la tensión que se ha creado en el ambiente—. Porque este sería un buen momento para recomendarle a la señorita Greenwood para que sea su nueva asistente —agrega el señor King y yo me quedo de piedra. —¡¿Qué?! —pronuncio seria mientras Ambrose sigue mirándome de esa manera fría que siempre lo hace. —Si Madi, hace pocos días el señor Su-hen se quedó sin asistente y pensé que él te podía dar la oportunidad de trabajar junto con el —me aclara y yo no puedo creer lo que está ocurriendo. Hace unas semanas hubiese matado por esta oportunidad, pero ahora que me he dado cuenta que clase de hombre es Ambrose Su-hen, no me convence de mucho. No niego que siento cierta curiosidad por este hombre, pero desde el dia que ofendió mi profesión he perdido un poco mi interés en él. —La señorita Greenwood, no tiene el perfil que se requiere para trabajar en mi compañía —pronuncia Ambrose levantando su barbilla con orgullo y yo suelto un jadeo ofendida. —De igual manera no pienso trabajar con un hombre tan falto de cultura como usted —murmuro entre dientes y el señor King enarca una de sus cejas. Ambrose achica más sus ojos y estos quedan apenas como una rendija y cuando abre su boca para replicar algo, el señor King interviene. —Ya es hora de su discurso, señor Su-hen —Ambrose lo mira más inexpresivo que nunca, se gira sobre sus talones y se retira sin siquiera despedirse. El señor King desliza sus ojos hacia mi y yo no soy capaz de mirarlo. —Es una larga historia —pronuncio abochornada y el decide no indagar sobre el tema. —Está bien Madi, pero si sigues rechazando todas las oportunidades que te consigo. Lo más probable es que no logres conseguir empleo esta noche —me dice y no digo nada. Camina hasta la pequeña tarima que han armado en todo el centro de la sala y sube junto a Ambrose. Escucho como el señor King anuncia a Ambrose como el nuevo socio del museo y le da las gracias delante de todo el publico por haber contribuido con el préstamo de los autos, me giro para buscar otro lugar en donde no se escuche como alaban al hombre que solo ve al museo como un negocio y me aproximo a uno de los autos que está en el fondo. El diseño es deportivo de color rojo y la placa informativa que se encuentra frente al vehículo dice que fué uno de los modelos más revolucionarios en su época, que el modelo Su-hen 148 fue el primer auto deportivo fabricado por las industrias Su-hen en 1960 y solo hay tres modelos existentes en todo el mundo. Miro el aparato con desdén y si tuviera al dueño enfrente le diría lo horrible que me parece el vehículo, solo para molestarlo y así cobrarle el mal rato que me hizo pasar el día que insinuó que la pintura más importante del museo era basura. Me acerco un poco más al auto y noto que uno de sus faroles delantero está desenfocado, paso la cinta a pesar de estar prohibido el ingreso y trato de acomodarlo sin importarme el letrero de "No tocar". Si alguien a parte de mi llegara a notar este detalle le daría muy mala reputación a la exhibición, es mi deber como una de las encargadas siempre velar porque los objetos del museo se vean en buen estado y si no hago algo al respecto podrían amonestar a alguno de nosotros por no haber hecho nada al respecto. Toco el objeto y cuando lo giro para acomodarlo, el maldito farol se sale por completo y cae al piso haciéndose añicos. Una vez más la vida me escupe en la cara y como si no fuera suficiente con la horrible noche que he tenido, ahora me toca liderar con un daño que de seguro los culpables son los de la empresa de envío. Maldigo por lo bajo mientras intento reparar el desastre que he causado de ma era involuntaria y cuando me agacho para recoger los pequeños cristales del estupido farol uno de los hombres de seguridad llama mi atención. —Señorita. ¿Qué rayos hace ahí? —inquiere el tipo a varios metros de mi y lo primero que se me cruza por la mente es salir huyendo del sitio—. Señorita, ¡deténgase! —me exige, pero no me detengo por nada del mundo. No voy a pagar algo que ya estaba descompuesto, ya es suficiente con todos los problemas que tengo, como para ahora venir a liderar con uno de este calibre. Camino rápido por el pasillo que da hacia los baños y freno en seco cuando veo una figura masculina fumando en el fondo. Él hombre me mira por encima de su hombro y al notar de quien se trata, todos los vellos de mi piel se erizan por el miedo, se gira por completo al ver que soy yo y lo único que se me ocurre para evitarlo es entrar al baño para encerrarme en el. Me miro al espejo preguntándome, ¿ahora qué carajos voy a hacer? Y me siento ridícula por toda esta situación, comienzo a analizar todas mis posibilidades y en el peor de los escenarios me puedo ver a mi en una maldita prisión con cargos menores de daños a propiedad privada. —Señorita, se que está ahí. ¡Así que habrá la puerta! —gruñe el fastidioso hombre de seguridad y no veo más opción que dar la cara. Inhalo aire por mi nariz y lo exhalo por mi boca, llenandome de valor para enfrentar lo que se viene y me aproximo hacia la puerta cuando la vuelven a tocar de nuevo. —¡Fue un estupido accidente! —chillo y en vez de ser el guardia de seguridad el que me espera, al que me encuentro apoyado en el umbral es a Ambrose que me mira como si quisiera estrangularme.
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