Capítulo 4

3652 Palabras
POV AMBROSE —¿Ya confirmaste la cita que tengo hoy con el señor King? —le cuestiono a mi asistente mientras está sigue tomando nota en su iPad sobre las cosas que ya le había ordenado antes. Deja de escribir en el aparato y posa su mirada en mi con algo de temor. Su silencio me da a entender que no lo hizo aunque aún no h dicho nada. —No, señor Su-hen —pronuncia avergonzada—. Aún no lo he hecho —agrega mientras desliza su mirada al suelo. Es una incompetente, aquí en este lugar solo me he encontrado con gente así, esta es una de las razones por las cuales esta cede está tiene problemas económicos, nadie sabe hacer bien su trabajo. Ya he tomado el control de la situación y esta semana he hecho algunos despidos. —¿Y qué esperas para confirmarla? —gruño hastiado de su ineptitud y ella se sobresalta. —Enseguida señor Su-hen —pronuncia con voz temblorosa y de inmediato se dirige a la puerta dando pasos torpes. —Que no se le olvide enviar mi café —agrego antes de que cierre la puerta. Ya con está van tres reuniones en el día que se le han olvidado confirmar, al parecer aquí nadie puede hacer nada bien y tanta incompetencia me fastidia, los americanos son desordenados, no cumplen órdenes y hacen lo que se les da la gana cuando las especificaciones han sido otras. Pensé que manejar las negociaciones desde las instalaciones de aquí sería igual que en Shanghái, pero la realidad está muy lejos de ser así. Todo es más difícil, los procedimientos son más lentos y la gente que me rodea son unos buenos para nada. El teléfono fijo que está sobre mi escritorio comienza a sonar y tomo la llamada de mal humor. —Su-hen aquí —pronuncio. —Señor Su-hen, el señor Hanks está en la línea número dos —me informa mi secretaria y yo coloco mis ojos en blanco. Esto era lo que faltaba para empeorarme el día, mi abuelo sigue insistiendo con la idea de que regrese a China, pero no lo pienso hacer, por lo menos no por ahora. —Pasalo a mi línea privada —ordeno y cuelgo el teléfono. Unos segundos después el botón de la línea privada comienza a parpadear y tomo la llamada después de presionarlo. —Ambrose. ¿Por qué aún no te has regresado? Creo que he sido lo suficientemente claro cuando te dije que quería tu maldito trasero pálido aquí —me regaña y yo suelto un suspiro hastiado de esta situación. Apoyo mi brazo en el escritorio mientras sostengo mi tabique entre mi pulgar y mi dedo indice. —¿Cómo estas abuelo? —lo saludo aunque el no lo haya hecho conmigo—. Yo me encuentro muy bien, gracias por querer saber —agrego y lo escucho resoplar al otro lado de la línea. —Tú no te mereces ni la más mínima de las cortesías de mi parte —dice molesto—. Te dije que te hicieras cargo de la situación que dejaste aquí, pero en vez de resolver tus asuntos preferiste hacer caso omiso —me reclama. —Creo que estas formando una tormenta en un vaso con agua —digo sin darle importancia al asunto—. No creo que sea para tanto. —¿Ah...no? —inquiere furioso—. Entonces dime que hacer con el problema que aquí me has dejado, porque ya no sé con qué más excusarte —gruñe—. ¿Sabes el estado en que se encuentra esa pobre chica porque tu ni la llamas? ¿Pobre chica? Más bien pobre de mi que me toca lidiar con una garrapata trepadora como lo es ella. —Le dejé un mensaje de texto —respondo encogiéndome de hombros aunque el no me puede ver. —¿Y ya? —replica. No entiendo que más quiere que haga, él más que nadie sabía que esto era algo sin amor y si lo hice fué solo por los negocios, ya si ella se ilusionó es su asunto. —La llamaré —pronuncio sin mucho ánimo mientras examino en el ordenador unos correos que tenía pendiente. —Eso espero Ambrose, como tú no cumplas con tu palabra... —Me echarás a la calle y me quitarás todas mis posesiones —digo antes que él lo pueda pronunciar y lo escucho gruñir. —Ya estás advertido, no me hagas tomar cartas en el asunto Ambrose —masculla—. Porque no te gustará para nada que sea yo el que decida por ti —agrega y luego cuelga. Como si ya no lo hubiese hecho antes, todo esto es su culpa y me arrepiento por ser tan complaciente, siempre he sido su nieto favorito y nunca había sido capaz de tomar una decisión sin que el no la aprobara primero, pero ya estoy harto; no soy ese niño al que él podia manipular y el cual hacía todo por tener su aprobación, ya crecí. Dejo caer mi cabeza en el reposacabezas de la silla giratoria y paso mis manos con exasperación por mi rostro, esta situación me tiene harto de verdad y me arrepiento con todo mi ser de haber hecho lo que mi abuelo me pidió. Tomo mi teléfo móvil y busco entre mis contactos el nombre de Mey, aprieto mi mandíbula antes de presionar el botón de llamar y llevo el aparato a uno de mis oídos. —Mi amor —la escucho casi gritar al otro lado de la linea y tengo que apartar un poco el aparato de mi oreja para no quedar sordo. —¿Cómo estás Mey? —pronuncio lleno de fastidio, pero eso a ella parece pasarle por alto. —Ahora que me has llamado tú, me encuentro bien —se apresura a pronunciar y coloco mis ojos en blanco al escuchar tanta cursilería. Yo no la amo y ella lo sabe, así que este espectáculo solo lo debe guardar para cuando haya gente escuchándola y deba aparentar. —Bueno, eso era todo lo que quería saber —pronuncio tan—. Tengo muchos pendientes que atender y no puedo seguir perdiendo el tiempo —digo a manera de despedida, pero ella me detiene. —Espera por favor —pronuncia de manera apresurada—. ¿Cuándo regresarás? —inquiere y quisiera decirle que jamás lo haré. No si me toca regresar e ir a responder por ella. Pero debo ser más inteligente si no quiero causar un caos y desatar la furia no solo de mi abuelo, sino también de su familia, que abandone a su hija es una ofensa muy deshonrosa, eso la devaluaría como mujer. —Pronto —miento mientras me levanto de la silla y me asomo por el gran ventanal que deja a la vista a toda la ciudad—. Los asuntos de aquí requieren de mi total atención y en cuanto acabe regresaré. —¿Y de cuánto tiempo estamos hablando? —insiste en saber. —No lo sé con exactitud —respondo a punto de perder mi paciencia, en serio no soporto cuando se coloca modo intensa y no entiende razón alguna—. Puede que tarde un poco. —Pero acabaste de decir que pronto regresarías —la escucho chillar al otro lado de la línea y si hay algo que no soporto más que ella, son sus estupidos lloriqueos—. Te quiero aquí ya —exige y es lo último que necesito escuchar para terminar de perder la paciencia. —Tú a mi no me vienes a exigir nada —suelto furibundo y sus lloriqueos aumentan—. Ya deja de hacerte la víctima delante de todo el mundo porque me haces quedar a mi como el malo y tú más que nadie sabes como son en realidad las cosas —siseo y el llanto cesa de repente. —Jamás te vas a deshacer de mi —dice de manera serena dejando que su verdadera naturaleza salga a flote. —Eres una maldita arpía Mey —mascullo y la escucho reírse al otro lado de la línea. —Y tú solo eres el imbecil a quien nadie le creerá —grita. —Pudrete Meydelin, tú y los tuyos se pueden ir al demonio —vocifero colérico—. No te vas a salir con la tuya, ¿sabes por qué? Porque no volveré jamás —le informo y me regodeo al escuchar como un sonido estrangulado sale de su garganta de la impresión—. No pienso tener mi vida amarrada al lado a la de una mujer la cual odio como nunca he odiado a nadie en el mundo. —Tú no puedes hacerme esto Ambrose —solloza—. Simplemente no puedes —dice histérica—. Le diré a mi padre que deshaga la negociación y tu familia se verá sumida en un hoyo económico profundo del cual jamás podrán volver a salir —chilla tratando de manipularme, pero dudo de que algún día eso pueda funcionar conmigo. —Ve y hazlo —la desafío—. Y te doy mi palabra que en vez de ser mi familia, será la tuya la que quedará en la calle —advierto y después cuelgo antes que pueda replicar. Mi corazón late desbocado por la disociación que he mantenido con esa maldita mujer, pero la satisfacción de haberle jodido el día puede más que mi mal humor y me hace sonreír. Las consecuencias por haberle dicho lo que le dije a Mey de seguro no serán buenas, pero ya después tendré tiempo para liderar con eso. Alguien toca la puerta de mi oficina y ordeno que pasen, es la despistada de mi asistente que me viene a anunciar que ya es hora de ir a la reunión que se supone que había agrandado con el señor King, este viernes será la inauguración de la exposición de autos antiguos en el museo y aprovecharé la última reunión que tendremos para los ajustes del evento e insistiré en lo de la publicidad. A mi nadie me dice que no y el señor Marcus King no será la excepción, creo que cuando se entere que no le prestare los autos estando a unos días del evento, enloquecera por la desesperación y no le quedará más remedio que aceptar mis condiciones. No acostumbro a hacer este tipo de cosas, pero cuando las personas se colocan algo difíciles, me gusta presionarlas hasta conseguir lo que quiero. Mi asistente y yo entramos al auto que yo siempre me acostumbro a usar y de camino al museo mientras mi escolta conduce, le voy dando indicaciones a mi asistente sobre cómo debe ser el perfil de los nuevos trabajadores que la compañía quiere contratar y así ella le pasa el reporte a la mujer de recursos humanos. El trayecto desde las oficinas de mi compañía, hasta el museo es de un poco más de media hora, bajamos del auto y le doy la orden a todos mis escoltas que me esperen afuer; ingreso al museo con mi asistente siguiendome de cerca y recorremos a toda prisa los pasillos del museo hasta llegar al área administrativa, antes de que mi asistente pueda abrir la boca una chica rubia que debe rondar entre veintitrés años se coloca de pie y nos impide el paso. —Lo siento mucho, pero el señor King no se encuentra en este momento —nos informa y miro a mi asistente en busca de una explicación. —Esto debe ser un error —suelta mi asistente asustada—, hace algunas horas agendamos una cita para esta misma parte —agrega confundida y esta perdida de tiempo, más la incompetencia de mi asistente me arruinan por completo el día. —Lo siento mucho señorita, pero el señor King canceló todas sus citas de la tarde y se fué a jugar una partida de golf con unos socios muy importantes —dice la rubia notablemente irritada y no es la única que se encuentra en ese estado. ¿Cómo que el señor King se largó a una partida de golf en vez de atender a su socio más importante? Saco mi teléfono móvil ante la estupefacción de mi asistente e intento resolver esto por mi mismo. —Señor King, ¿acaso usted ha olvidado la junta que teníamos el día de hoy? —inquiero en cuanto toma el teléfono sin siquiera tomarme la molestia de saludarlo. —Señor Su-hen, que gusto hablar de nuevo con usted —en su voz se puede percibir el fastidio que le causa hablar conmigo. —Pues para mi es todo lo contrarío y más cuando me tiene esperando afuera de su oficina —digo colérico mientras observo como la inútil de mi asistente discute con la rubia. —Lo siento mucho señor Su-hen, pero todas mis citas de esta tarde las cambié para mañana. ¿Acaso su asistente no recibió el correo de notificación? —dice calmado y no sé por cual de las dos razones estar enojada. Si por el señor King, por haberme hecho perder el tiempo por preferir ir a una estupida partida de golf o por la ineptitud de mi asistente y su forma ineficaz de cumplir su trabajo. —La próxima junta se hará en mi oficina —leninformo al señor King—. No perderé más de mi valioso tiempo, esperando a que usted le de la gana de atenderme —agrego molesto y cuelgo el teléfono. Las dos mujeres dejan de discutir al escuchar mis palabras y centro mi mirada furiosa en mi asistente. —Estás despedida —pronuncio así sin más. —Pero señor... —Pero nada —vocifero interrumpiendola y tanto la rubia que teclea algo en su ordenador, como la chica que ahora me mira con ojos llorosos, se sobresaltan—. Eres una inútil, incompetente que no es capaz de cumplir bien, ni la más mínima de mis ordenas —la regaño y la chica comienza a llorar—. Mañana pase por su liquidación, la encargada de recursos humanos se ocupará de su cheque —pronuncio tajante y salgo del área administrativa dando zancadas. Camino por los pasillos del museo con la intención de irme del lugar y cuando estoy a punto de llamar a uno de mis escoltas para que mantengan el auto listo, una voz femenina proveniente de una de las áreas de exhibición de arte antiguo llama mi atención. Me quedo parado junto a la puerta observando la figura esbelta de una peliroja que le explica a un grupo de niños todo lo referente a una de las pinturas colgadas en la pared. —Esta obra que vemos aquí es un Calvin 1834 —pronuncia señalando un lienzo que a mi parecer parece que alguien le hubiese vomitado encima—, su creador Calvin J. Hones, fué uno de los expositores más importantes de su época y a pesar de la gran conmoción que sufría su país de origen a causa de la guerra, esto no le impidió crear una de sus obras más relevante llamada "La gran revelación" —pronuncia con aire de misterio y todos los niños sueltan una expresión sorprendida al mismo tiempo. La chica se gira y puedo reconocerla de inmediato. Es la misma que se tiró encima el café la otra vez en la cafetería del centro y la cual al parecer me acosa, ya con está van tres veces que me tipo con ella y no creo que sea por casualidad. Debo reconocer que la chica es Bonita y me seria de mucha utilidad para descargar todo el estrés que he acumulado estos últimos días. Llevo días sin follar y tener su redondo trasero rebotando en mi entrepierna seria fabuloso. —Una sola obra de este artista, podría estar evaluada por más de cien millones de dólares —dice como dato interesante y debo admitir que la chica tiene destreza para lograr que el grupo de niños que guía por el recorrido no se muera de aburrimiento—. Pero como saben, todo lo que está exigido aquí en el museo de Fortville es invaluable y está protegido bajo la ley doscientos cinco de nuestro país, en donde nombra todas las obras exhibidas y artefacto antiguos como patrimonio cultural de la humanidad, para que jamás manos inescrupulosas puedan sacar provecho de su gran valor. —agrega y yo sigo cada movimiento que hacen sus labios carnosos. Me adentro a la sala mientras veo como el grupo de niños avanzan con otra chica que guía su recorrido y la mujer peliroja se queda frente a lo que ella acaba de llamar obra de arte, a mi me sigue pareciendo una mancha sin sentido, pero quien soy yo para juzgar. Meto mis manos en mis bolsillos y me coloco a su lado sin hacer ruido, ella al aún sigue sumida en sus pensamientos y no se percata de mi presencia solo hasta que hablo. —Estoy comenzando a pensar que me acosas —pronuncio sin mirarla y ella se sobresalta un poco. La observo de soslayo como abre su boca para decir algo, pero al ver que soy yo opta por no cerrarla, sus mejillas enrojece en un ligero gesto de vergüenza y agacha su cabeza escondiendo su mirada de mi. Entonces es cierto, la chica ha estado observándome quien sabe desde hace cuanto y me pregunto, ¿cuál será su motivo? —Señor Su-hen —murmura sin mirarme y me gusta el efecto que causó en ella—. No sabía que estaba aquí. Me teme y una de las cosas que más me gusta impartir es el temor, eso me da cierto poder sobre los demás y me hace sentir más superior de lo que soy. —¿Qué es esto? —señalo con mi dedo la horrible pintura que cuelga en la pared y noto como se le iluminan sus ojos al observar de nuevo el cuadro. —Es un Calvin 1834 —pronuncia con orgullo—. Uno de los tesoros más importante que alberga el museo, sin duda es el descubrimiento más grande que Fortville pudo tener —agrega y sigo creyendo que solo al autor se le tuvo que derramar un poco de pintura sobre el lienzo y enseguida lo llamaron arte. La chica desliza su mirada hasta mi y sus mejillas aún siguen encendidas, en su mirada se nota que se debate entre sí decirme algo o no, pero al final se decide. —¿Alguna vez han hecho un retrato de usted? —lanza la pregunta y podía esperarme cualquier cosa menos eso. —¿Qué? —digo confundido y no comprendo a que viene su pregunta extraña. —¿Nunca han plasmado su imagen en un lienzo? —inquiere de nuevo mientras señala otras obras de artes y no sé si reírme porque cree que no he entendido o sentirme ofendido porque cree que soy un tonto. —Claro que sé a que te refieres niña —digo mientras la miro de reojo. —Madeline —me corríge y asiento. —Sé a lo que te refieres, Madeline —recalco su nombre—. Y la respuesta es no, no creo necesitar un retrato de mi, para eso sirven las fotos, ¿No? —respondo y ella hunde sus cejas. —No le gusta el arte, ¿cierto? —dice cruzandose se brazos. —No, no lo entiendo y creo que es complicado —pronuncio mientras doy una mirada panorámica a lo que está a mi altededor—. Solo mira eso —le señalo el cuadro al que ella llamó el gran descubrimiento de su época—. Solo basta con verlo bien para notar que solo es una mancha sin sentido —agrego encogiendome de hombros y ella suelta un jadeo ofendida. —¿Mancha sin sentido? —inquiere molesta mientras aprieta su mandíbula—. Entonces no me explico como un hombre como usted, que considera que el arte no es nada, viene de un día para otro y se vuelve socio de un museo en donde se exhibe arte —dice notablemente molesta y el salvajismo que hay en su mirada es interesante. Abro mi boca para seguir molestandola, pero mi teléfono móvil nos interrumpe. Levanto mi mano pidiendo excusas y atiendo la llamada. —Señor Su-hen, siento interrumpirlo, pero le recuerdo la reunión que tiene a las cuatro y media de la tarde en la sala de juntas con el señor McCarthy —pronuncia una voz femenina y sé con certeza que se trata de mi secretaria. Ya se debió haber enterado que despedí a mi asistente y debió haber tomado su agenda. Miro mi reloj y caigo en cuenta que solo tengo el tiempo justo para llegar, No entiendo como pude haber olvidado la reunión con los hombres del imperio petrolero, de esa reunión depende que industria Su-hen pueda tener su marca propia de combustible, para un nuevo modelo de auto que está en proceso y pronto será lanzado al mercado. —Voy de inmediato y si me llego a retrasar, diles que voy en camino —digo y después corto la llamada. Me giro para ver por última vez a la peliroja, pero ya no hay nadie. La chica se fué y no tuvo la educación de despedirce, pero que puedo esperar de una chica americana, impulsiva y acosadora como lo ha resultado ser ella. Guardo mi teléfono móvil y me dirijo a la salida del museo, me hago una nota mental de mandar a investigar a la chica, por más atractiva que parezca no puedo pasar por alto el hecho de que sabe cosas de mí y eso solo se puede lograr cuando has espiado a una persona por un largo tiempo.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR