Capítulo 3

2053 Palabras
POV MADELINE Lo tuve en el puto frente y no pude decir nada. ¿Cómo es posible que un hombre al que no conozco me pueda dejar sin palabras? Ni yo misma tengo respuestas para eso. Limpio una de las mesas en donde hace poco minutos estuvieron unos clientes y a mi mente se vienen las imágenes de la primera vez que vi al hombre que ahora invade cada espacio en mi cabeza. ¿Cómo puede haber tanta perfección en un ser humano? Cierro mis ojos dejándome envolver por aquel recuerdo y trato de grabarme cada detalle de su majestuoso cuerpo, cada uno de sus músculos definidos gritan por ser dibujados y esa mirada indiferente le erizaria la piel a cualquiera. Podría empezar un bosquejo con lo que apenas recuerdo, pero no sería profesional de mi parte, lo quiero a él. Quiero que se desnude ante mis ojos y plasmar en mi lienzo, toda su belleza y su expresión arrogante que se nota a legua que lo caracterizan. Ambrose es de esos hombres que con solo mirarlos sabes que desprende autoridad, que no es un hombre con el que se pueda jugar y para poder conseguir lo que quieres tienes que darle algo a cambio, algo que le interese de verdad. ¿Qué podría ofrecerle yo a él que le interese? Suspiro volviendo a la realidad y me sobresalto un poco cuando noto la presencia de la señora Margaret a mi lado. —¿Perdiendo el tiempo de nuevo? —me regaña como lo ha estado haciendo desde que derrame el café que uno de los trabajadores de Ambrose pidió esta mañana. —Ya había terminado —expreso recogiendo el trapo con que limpio la mesa. —Hoy descontaré de tu paga el café que derramaste —me informa y era algo que se veía venir, la señora Margaret nunca deja pasar por nada alto. —Lo sé —digo algo irritada, fué un accidente y es inevitable no sentirme enojada. ¿Pero qué más se puede esperar de una vieja amargada como lo es ella? A veces me pregunto. ¿Qué rayos tendrá latiendo en su pecho? Porque tengo la leve sospecha que no es un corazón. —¿Te molesta? —inquiere achicando sus ojos y yo bajo mi mirada. Podría decirle unas cuantas verdades, pero eso solo aseguraría mi despido y por más que deteste mi empleo lo necesito, no tengo en donde caerme muerta y esta es la única fuente de ingresos que poseo. —No señora —pronuncio bajo—. Solo que me parece injusto que me descuente el café. Fué un accidente —digo en un acto por defenderme. —¿Injusto? —inquiere con burla—. Te voy a decir lo que es verdaderamente injusto —me toma del brazo con brusquedad y hace que enfoque mi mirada en ella—. Desperdiciar material de venta muy costoso —me dedica una mirada fulminante—. Eres una inútil y da gracias que no te despido porque Aurora renunció —declara tajante mientras me aprieta el brazo. La ira se agolpa en mi rostro al escuchar sus palabras y siento arder mis mejillas por la rabia. ¿Cómo se atreve a traerme así? Si supiera quién soy verdaderamente creo que se lo pensaría mejor. —Pues hoy se ha quedado sin otra empleada —gruño zafandome de su agarre y ella parpadea atónita varias veces—. Que sea mi jefe no le da el derecho a mal tratarme por un simple accidente —le dejo en claro—. No soy una maldita máquina a la que puede programar solo para cumplir órdenes —grito mientras la señalo con mi dedo indice y ella me mira horrorizada—. Estoy harta de su abuso y de su maltrato —le doy la espalda y comienzo a caminar hacia la zona en donde los empleados guardan sus pertenencias. Escucho pasos a mi espalda y coloco mis ojos en blanco al ver que esa maldita mujer no está dispuesta a dejarme en paz. —Tu no puedes hacerme esto —espeta en tono amenazante—. Te recuerdo que has firmado un contrato —agrega como si eso le diera algún poder sobre mi. No la volteo a mirar hasta que termino de recoger mis pertenencias de la taquilla. —Puede meterse su contrato por donde le quepa —mascullo mientras me dirijo hacia la puerta. —Maldita desagradecida, te veré volver arrastrandote ante mi para que te vuelva a contratar —grita—. Así como lo hiciste cuando recién llegaste. Camino sin mirar atrás y ruego al cielo de que no me toque regresar con el rabo entre las piernas pidiendo que me devuelvan el empleo. Después de unos minutos de larga caminata llegó al museo y en todo el trayecto no pude dejar de pensar, ¿de que viviré en ahora en adelante, si no tengo empleo? No tengo con qué mantenerme y pedirle dinero a mi padre seria como firmar un pacto con el diablo, el no da algo sin recibir nada a cambio y sé de sobra lo que me pediría. —Primera muerta antes de aceptar —murmuró para mi misma. Subo las escaleras de la entrada y me dirijo al departamento de empleados, me quito el horrible uniforme amarillo de la cafetería y me cambio con la ropa que recogí de la taquilla. Ya teniendo un vestuario más adecuado, me dirijo a la oficina del señor King y cuando estoy a punto de entrar su secretaria me detiene. —Lo siento, pero el señor King pidió que nadie lo molestara —dice la chica mientras se reacomoda sus lentes. La chica es una de las nuevas pasantes, pero con esa actitud altanera esoanta a cualquiera. —Lo podrías llamar y decirle que Madeline Greenwood lo solicita con urgencia —digo con amabilidad, pero la chica con su rostro inexpresivo me da a entender que estoy perdiendo mi tiempo. —Dio la orden de no ser molestado —confirma y yo coloco mis ojos en blanco. Él es el único que me puede ayudar con mi situación y si no puedo hablar con él no sé a quién más podré recurrir. La nueva secretaria centra su mirada en la computadora y yo retrocedo con cautela, miro por encima de mi hombro para saber que tan cerca estoy de la puerta y sin darle oportunidad de poder hacer nada, tomo el pomo de la puerta y lo giro a toda velocidad para luego entrar, la escucho maldecir mientras viene por mi, pero ya es demaciado tarde. Caigo de rodillas dentro de la estancia y observo como el señor King levanta la vista de unos papeles que está ojeando, y cuando me mira enarca una de sus cejas. —Señor King, trate de cumplir su orden, pero ya sabe como es la gente de atrevida —pronuncia la chica rubia con sus mejillas enrojecidas por la carrera que tuvo que emprender para alcanzarme. —No te preocupes, Amanda —responde serio el señor King sin dejar de mirarme—. Déjanos solos, por favor —agrega y la chica se retira, no sin antes dedicarme una mirada fulminante. Me levanto del suelo y sacudo mis rodillas, mi rostro arde por la vergüenza pero no tengo más opción, él es el único que me puede ayudar. Desde que Aurora se internó en la casa del señor Su-hen, no he sabido más de ella; la he llamado innumerables veces, pero al parecer es cierta la prohibición de teléfonos móviles dentro de la mansión. —Siento entrar así y molestarlo señor King —me disculpo mientra me acerco—. Pero es que no tengo a quien más recurrir —agrego y un nudo en mi garganta se comienza a formar. Esta situación se me hace parecida a cuando recién llegué a la ciudad y no tenía nada. —Sientate Madi —pronuncia algo preocupado—. Tu presencia nunca me molestaría —agrega colocándose de pie. Toma lugar a mi lado, en el espacio vacío del sofá que hay junto a la puerta. —Es que hoy...es que hoy —las palabras se me atascan y el me mira con pesar—. La he pasado fatal —pronuncio en un murmullo—. Primero el incidente del café, después perdí la oportunidad de hablar con la persona que quiero que sea mi modelo y ahora me he quedado sin empleo —digo todo en un vómito de palabras mientras la lagrimas se acumulan en mis ojos. —Oh...como lo siento Madi —me envuelve en sus brazos como un padre abrazaria a su hija cuando ha tenido un mal día—. Sabes que puedo ayudarte económicamente, eres tú la que no has querido. —No —declino su propuesta, si quiero su ayuda, más no su dinero—. Solo necesito encontrar otro empleo —agrego. —En estos momentos el museo está pasando por una mala racha, por ese motivo no hemos podido contratar a más nadie —me informa separándose de mi—. Nos hemos visto obligados a pedirle ayuda a algunos de nuestros estudiantes para cubrir varios puestos de trabajo —me explica—. Pero no te preocupes, el día de la inauguración de la nueva exposición, todos los socios importantes que apoyan el museo estarán aquí, te puedo recomendar con algunos y me encargaré de que tengas buenas propuestas de empleo —asegura. Se coloca de pie y va detrás de su escritorio, saca de una de las gavetas un pase junto a otra identificación que me acreditan como pasante del museo, se acerca a mi extendiendolas para que las tome y así lo hago. —Con esto no tendrás problemas para ingresar el día de la fiesta —dice el señor King sonriendome. Me siento más tranquila al saber que tendré una nueva oportunidad de buscarme un empleo mejor, pero al ver el pase recuerdo que es una fiesta de gala y no tengo un vestido apropiado para el evento. Mis mejillas se tiñen de rojo de la vergüenza que siento por lo que voy a pronunciar. Le inventare cualquier excusa al señor King y le diré que ese día no podré venir, no quiero pasar por la bochornosa situación de pedirle prestado dinero para un vestido, sería el colmo de mi miseria. Perderé muchas oportunidades, pero esto no es nuevo en mi vida y cuando ya ha pasado más de una vez, te acostumbras. Abro mi boca para decirle que no vendre, pero antes de que pueda pronunciar palabra y como si hubiese leído mi mente, él se me adelante y me dice: —Ya tengo tu vestido listo —abro mis ojos desmesuradamente y niego con mi cabeza—. Pasa a recogerlo mañana —agrega y se vuelve a sentar en la silla giratoria detrás de su escritorio. —No creo que sea necesa... —trato de pronunciar, pero su mirada amenazante me detiene—. No quiero ser una carga para usted —digo mientras lo miro—. Ya bastante tiene lideando con mis problemas desde que llegué, para que ahora me tenga que dar cosas —agrego apenada. —Tonterías, Madeline —me regaña—. No quiero que menciones nada más al respecto —dice volviéndose a centrar en lo que hacia cuando irrumpi en su oficina—. Ahora vete a trabajar, mi nueva secretaria te informará cuando es tu cita en el salón de belleza y te entregará mañana tu atuendo —agrega y yo agrandó mis ojos por la impresión. Abro mi boca para rebatir, pero me mira achicando sus ojos y vocifera un fuerte "ahora lárgate de aquí". Salgo de la oficina para tomar mi lugar de trabajo en el ala este del museo y en el trayecto comiendo a pensar en la carga que he resultado ser para muchos. Aurora nunca me ha recriminado nada, pero siempre se hizo cargo de mi alimentación cuando yo no tenía y ni hablar del señor King que solo me ha hecho favores desde que llegué, me avergüenza que otras personas se tengan que encargar de mis asuntos, pero sé que pronto podré recompensarcelos. Lo juro.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR