Mmm. Ya lo había oído antes. Crash Davis: era Crash Davis. Soltaba la filosofía de *Bull Durham*. Quizás era un rasgo familiar, haber sacado nuestra filosofía de la televisión o el cine.
La miré un poco desconcertado.
—No a ELLA, quiero decir, no a Carol, pero reflexiona sobre las decisiones que has tomado a lo largo del camino.
La sensatez no es un rasgo familiar. Jo lo tenía todo. Nunca leí mucho a Austen, pero quizá sí lo fue en *Sentido y sensibilidad*. No estoy de acuerdo.
Mi taza estaba vacía. La jugueteé, la miré, me pregunté. Me pregunté qué estaría haciendo Carol. Dónde estaría. Ojalá las cosas hubieran sido diferentes.
—Atrapando a Colleen Cap. 02 Bateo de emergencia
—Tío Serge —dijo Maddy cuando me vio inclinado junto a la cafetera en la cocina.
—¿Maddy? —pregunté. ¿Podría ser Maddy esta chica? ¡Guau! 17 años, morena y perfecta. Guapísima. Maddy parecía una animadora, una modelo o algo así.
—¿Y yo qué? —dijo el otro niño, más tranquilo y tímido.
—¡Tú debes ser Penny! —dije, y sentí un placer como nunca antes al ver a estas dos guapas chicas mirándome y reconociéndome.
Penny era morena y medía poco más de un metro y medio, ¿trece años? Su cabello era más corto que el de Maddy, justo por debajo de las orejas. Parecía atlética.
—Hola, chicas —dije, y me alegré de que se acercaran y me abrazaran con esa superficialidad adolescente de «tengo que abrazar a este tipo».
Se parecían a Joan, y Art también estaba allí. Al mirarlas a los ojos, sentí envidia. Art, que ganaba 50 000 con suerte, y Joan, que ganaba menos, tenían algo que yo había pasado por alto.
No, no ALGO: LA cosa.
Había muebles destartalados en la sala, usados y acogedores. Joan, Penny y Maddy estaban en sillas y yo en el sofá. Tomamos café o chocolate caliente, y noté que Jo estaba preocupada por la llegada de Art. No lo esperaban hasta después de cenar, pero eso no importa cuando se tiene amor y matrimonio y alguien conduce lejos. La comida estaba en el horno y la casa olía a jamón y boniato. Definitivamente me había perdido algo.
—Entonces, tío Serge, ¿conociste a Joey Votto? —preguntó Maddy.
—Claro. Es un buen tipo, muy tranquilo. Todos se llevan bien con él. Tranquilo —dije.
Parecía querer saber más, y yo lo sabía, pero no me gustaba hablar de los demás miembros del equipo. Uno aprende cosas y decide qué tipo de persona será.
—¡Vaya, cómo batea! —dije—. Puede batear cualquier cosa que se proponga. Probablemente el mejor bateador completo que he visto.
—¿Y qué pasa con los otros chicos? —preguntó Penny.
Intenté parecer pensativo por un momento.
—Conozco bastante bien a Bruce y a Tucker, pero no me gusta hablar de chicos ni de chismes. Estaba casado, y salían cosas en las noticias, y sé que a Carol le dolió. No mucho, gracias a Dios (no era una gran estrella), pero todo duele cuando pasas por eso. Así que decidí que había cosas que eran nuestras y de nadie más. ¿Entiendes?
Penny y Maddy me miraron, luego se miraron entre sí, y luego Penny dijo:
—Sí, ¡pero no eres nada divertido, tío Serge!
Joan se rió como si temiera ofenderme. Negué con la cabeza levemente, sonriendo, esperaba.
—Votto tiene una barbacoa buenísima. Y a Bruce le encanta la cerveza Coors. Los Rojos tienen un buen club; todos se llevan bien. ¿Sabes quién es divertidísimo? ¡Buckwalter! Siempre sale de fondo en las fotos de los demás.
Negué con la cabeza y cambié de tema.
—Me dijeron que eres animadora, ¿y jugadora de baloncesto? —pregunté, mirando primero a Maddy y luego a Penny.
Ambas asintieron.
—¡Genial! Sabes que tu abuela era animadora en la preparatoria, y jugaba sóftbol y corría atletismo —dije—. Debes haber heredado la coordinación de ella porque tu madre…
Negué con la cabeza con tristeza.
Joan me advirtió:
—No vayas ahí, Serge. ¡No es nada prudente!
—Tu madre era la tercera flautista de la banda —señalé—. Ella demuestra que tenemos la determinación de perseverar sin importar el talento.
Entonces me puse pensativo.
Penny dijo:
—Mamá siempre actuó como si le gustara más la música.
Maddy agregó:
—Mi abuela nos contó sobre las porristas en su época. Decía que los deportes eran buenos, pero que lo importante era ser parte de algo más que uno mismo. Incluso si no eras el capitán, la estrella o el baterista principal.
Sonreí.
—Exactamente. ¿Sabes cuánto me duele el brazo todo el tiempo? Apenas puedo levantarlo sin calentar y sin BenGay, y todavía me duele. Vi a muchos chicos que abandonaron por el dolor, por no ser lo suficientemente buenos o simplemente porque los despidieron. Solo fui a un partido de las estrellas y fue porque los demás estaban lesionados, pero la verdad es que no les importó.
Suspiré, esta vez con un suspiro significativo.
—Jugué porque era divertido. Si no es divertido, haz otra cosa. A Votto le encanta, por cierto. Y a tu madre le encantaba la banda, y a mí me gustaba escucharla tocar. Todo se trata del equipo y el esfuerzo.
Penny y yo pensamos en otra cosa. Lo vi en sus ojos. Dijo:
—Tengo problemas con los tiros libres.
Le di una palmadita en el hombro.
—¿Te molesta, eh? Sé de bajones. Einstein dijo: No te preocupes por tus problemas con las matemáticas. Te aseguro que los míos son aún mayores. Tendrás los tiros libres. ¿Quizás pueda ayudarte?
Sonrió, pero parecía escéptica.
Maddy parecía un poco excluida, y Joan solo observaba.
—¿Qué tal va lo de las animadoras? —pregunté.
—¡Sí, mi tercer año en la universidad! —dijo con orgullo. ¡Guau! Dientes rectos, quizá por la ortodoncia recién quitada. Ojos azul oscuro y el pelo oscuro de la familia. Guapísimo.
—Creo que me gustaría jugar frente a una niña que se enorgullece de ser animadora —dije—. ¿Te gusta más animar en la temporada de fútbol o de baloncesto?
Dijo:
—Siempre que sea para los chicos. A veces nos hacen animar a los equipos femeninos. Simplemente no hay mucha gente y no parece lo mismo. Es como si solo estuviéramos cumpliendo con nuestro deber.
—Supongo que necesitan ver que tú también estás con ellos —dije.
Joan se puso de pie y se movió, recogió nuestras tazas de café vacías y fue a revisar el horno.
—Bueno, ¿tienes un partido pronto o qué? —le pregunté a Penny, y ella asintió.
—Mañana a las 4 tenemos un partido de práctica contra Mercy. No cuenta y ni siquiera sé si tenemos árbitro, pero haremos todo lo posible —dijo.
Había algo en Penny… Miré a Joan.
—Te envidio, Jo —dije en voz baja.
Se quedó junto al horno y se giró. Lo notó en mi voz. Ese toque, ese crujido, o lo que fuera. Llevaba delantal, tenía el pelo canoso y era esa chica que apenas conocí hasta que fui jugador de las Grandes Ligas. Tenía una caja de galletas por casa, deudas sin duda, y dos hijos geniales. Nicci probablemente también era una joya, con una beca para Marietta y la vida antes que ellos. Joan tenía los ojos brillantes.
Y lo decía en serio. «Envidia». Lo dije en voz alta y sin contexto, mirándola a los ojos, y Joan lo supo. Creo que la miré fijamente. Maddy nos vio mirándonos con extrañeza. No podía ver a Penny de reojo; pero ella también lo vio. Sabían algo. Al fin y al cabo, hay pocos secretos en una familia que ama.