Me temblaban las piernas mientras me enderezaba, sintiendo el frío metal del auto bajo mis manos mientras intentaba estabilizarme. Me tomó un segundo recobrar el aliento después de lo que acabábamos de hacer, pero todavía podía sentir el eco de los besos de Iván en cada rincón de mi piel. Sus caricias aún ardían, pero la realidad ya comenzaba a desvanecer el brillo cegador del placer. Después de unos segundos, Iván abrió la puerta del auto y salió. El aire fresco de la noche entró como una bofetada y me sacudió un poco más a la realidad. No sabía qué esperaba que sucediera ahora, pero lo que no imaginaba era lo que vino después. Él se inclinó hacia la puerta del coche, su rostro cubierto por sombras, y dijo, con esa voz grave y autoritaria que me volvía loca: —Sal, Violet. Parpadeé, at

