Hera. Me quedé quieta en mi lugar, aferrándome a mi cartera, mirando ferozmente al guarro. Este comenzó a acercarse a mi, lento, pero cada paso que daba me hacía temblar, su presencia me hacía sentir pequeña, y eso me frustraba mucho. Cuando estuvo frente a mi se detuvo, miró sobre mi hombro y sonrió, había cambiado su máscara, por una similar a la mía, ahora podía detallar mejor su rostro, pero sus ojos aún seguían ocultos. Su mirada me decía que sabía lo que había hecho, su sonrisa me prometía muchas cosas, a las que diría que si como una perra en celo. Su mano recorrió desde mi clavícula hasta mi palma, dónde sus dedos se aferraron a los míos, para después arrastrarme a una habitación, y cerrar con mi cuerpo la puerta, haciendo un ruido seco contra está, gemí, porque no había sido

