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Inseminada por error

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HE
embarazo
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addiction
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Descripción

Una famosa diseñadora de modas y el CEO más poderoso del país, se ven envueltos en una jugada inesperada del destino, llevándolos a ser víctimas de un gran error clínico.

Ella deseando ser madre tras una gran traición de quién creía era el amor de su vida y él depositando su última esperanza de ser padre a una clínica de inseminación, donde el error de una enfermera distraída pondrá a estas dos víctimas del desamor en una balanza que pondrá sus mundos de cabeza, ya que él destino insiste en unir sus caminos ante él anhelo por ser padres que ambos comparten.

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Capitulo 1. La marca del dolor.
Capítulo 1. La marca del dolor. POV Arya Montenegro Me siento sobre el borde de la cama, incapaz de procesar la realidad que se despliega ante mis ojos. Mi mirada se posa nuevamente en la prueba de embarazo; la pequeña pantalla de plástico muestra, una vez más, un resultado negativo. Esta vez me invade una desconcertación profunda y amarga. Lo he intentado absolutamente todo y ya no sé qué camino tomar. Tratamientos invasivos, inyecciones dolorosas, consultas interminables con especialistas… Sin importar el esfuerzo, el sacrificio o la fe depositada, cada prueba arroja la misma respuesta tajante. Perdí la cuenta de cuántas veces he sostenido este trozo de plástico esperando un milagro que jamás llega. Mi corazón se quiebra en mil pedazos y, sin poder contenerlas, mis ojos se anegan en las pocas lágrimas que mi cuerpo castigado aún logra producir tras semanas de llanto ininterrumpido. Siento que nada de lo que hago tiene un sentido real. He perdido tanto en tan poco tiempo. Por más que intente construir un hogar y formar una familia junto a Arturo, el destino parece empeñado en negarme esa oportunidad. A menudo la culpa me devora por dentro; pienso que no debí haberme detenido ni rendirme tras la trágica pérdida de mis padres. No es fácil ser hija única y cargar en soledad con la inmensa presión social y personal de perpetuar un linaje, de no dejar que mi apellido muera en el olvido. Esa ilusión de calidez familiar me fue arrebatada abruptamente cuando el devastador tornado arrasó nuestra propiedad en Florida el año pasado. Desde aquel fatídico instante me siento sumida en una soledad aplastante. Esta carga insostenible, sumada a la frustración constante por nuestro deseo fallido de ser padres, ha abierto una distancia abismal en mi matrimonio. Un ruido sordo me saca de mis pensamientos: escucho el pomo de la puerta girar. Arturo entra en la habitación. Su mirada se posa en mi rostro manchado de llanto, pero en sus ojos no hay un solo atisbo de empatía o consuelo. Solo recibo de su parte esa mirada fría, acusadora y llena de reproche que, de inmediato, me hace sentir responsable de nuestro fracaso. —Tranquila, no me sorprende para nada —dice con voz cortante y despectiva—. Quizás si te dedicaras a descansar más en vez de pasar todo el día pegada a la libreta dibujando bobadas, ya estarías embarazada. Observo el suelo y bajo la mirada para evitar la discusión que se avecina; se trata de una rutina desgastante de la cual me encuentro profundamente exhausta. Parece que a él no le importan en absoluto los años de juventud que le he dedicado con devoción, ni el hecho incontestable de que dejé atrás mis propios aspiraciones para concentrarme en cumplir este sueño que se suponía compartido. En los últimos meses me he convertido en una prisionera dentro de mi propia casa, pasando las veinticuatro horas del día ingiriendo infusiones amargas y consumiendo rigurosos esquemas de medicamentos. Su actitud es de un egoísmo desgarrador. Su forma agresiva de arrojar el portafolio de cuero contra el sofá y el posterior portazo que retumba en los muros me dejan claro cuál será el desenlace de la jornada: será otra noche más en la que se sumergirá en el consumo de alcohol hasta perder el conocimiento. Aquella muestra de desdén actúa como un chispazo que me obliga a reaccionar. Impulsada por una mezcla de rabia e impotencia, me levanto bruscamente de la cama. Me dirijo a la papelera y arrojo con despecho la prueba de embarazo, cuyo contacto me quema las manos como si guardara fuego. Intento calmar el ritmo acelerado de mi respiración y limpio con el dorso de la mano las trazas de mis lágrimas, pero el silencio se interrumpe de golpe. Arturo regresa a la habitación, desencajado y evidentemente enfurecido. Sin darme tiempo a reaccionar, me sujeta con fuerza de ambos brazos y me sacude con una violencia jamás vista en él. —Eres una completa buena para nada —suelta con rabia contenida mientras mi cabeza da vueltas por el tirón y el pecho se me aprieta preso del pánico ante la ferocidad de su rostro—. La comida de hoy está asquerosa. No eres capaz de hacer nada bien; ni siquiera puedes cumplir con la tarea básica de quedarte embarazada. Me tienes completamente harto. —Arturo, por Dios, ¿qué te pasa? ¡Suéltame, me estás haciendo daño! —exclamo tratando de liberarme de su agarre de hierro—. Mi amor, por favor, hablemos con calma… ¡Ah! Antes de que pueda terminar la frase, mi cuerpo se desliza bruscamente de sus manos y cae con violencia sobre la superficie del colchón. La conmoción y la sorpresa me dejan helada, paralizando mis reflejos por unos segundos. —¿Qué estás haciendo? —pregunto con un hilo de voz, invadida por el temor al verlo dirigirse al armario y sacar apresuradamente sus Trajes y camisas. Sus acciones resultan erráticas y confusas. En los cinco años que llevamos casados, jamás se había comportado de una manera tan hostil. Es inquietante presenciar la frialdad con la que empaca sus pertenencias dentro de las maletas sin siquiera volver la cabeza para mirarme. Llevamos cinco años de matrimonio, pero nuestra historia se remonta a diez años atrás, cuando apenas éramos unos adolescentes de quince años. Haciendo un esfuerzo sobrehumano, tomo valor, me pongo de pie y me interpongo entre su cuerpo y el armario. Intento desesperadamente que me mire a los ojos, necesitando convencerte a mí misma de que este exabrupto no es más que el resultado del estrés y del enojo pasajero. Sin embargo, cuando nuestras miradas se cruzan, descubro con horror que la luz de los ojos del hombre que conocía ha desaparecido por completo. La desesperación me domina; extiendo la mano y le sujeto la barbilla para obligarlo a mantener el contacto visual. —No hagas esto, mi amor. Por favor, Arturo, escúchame… Yo te amo, te amo con toda mi alma —le suplico con la voz quebrada. Mi cuerpo entero tiembla debido al choque emocional, pero me esfuerzo por mantenerme firme sobre mis pies. Lo sostengo por los hombros y me acerco para besarlo, buscando en el contacto de nuestras bocas la chispa que le recuerde que sigo aquí, que lo amo a pesar de las adversidades y las discusiones. Pero su respuesta es el rechazo absoluto. Me aparta con rigidez. Sus labios se sienten gélidos, desprovistos de todo afecto. La escena resulta dolorosamente vacía, carente de cualquier emoción humana que no sea el sonido sordo de mi propia alma fragmentándose. Se da la vuelta y me clava una mirada cargada de una determinación helada y aterradora. —No voy a seguir perdiendo mi tiempo con esto, Arya. Me voy. Nuestra relación se terminó hoy. Sus palabras resuenan en la habitación, pero mi mente se niega a procesar el verdadero alcance de la sentencia. He entregado absolutamente todo por la estabilidad de este vínculo. Dejé inconclusa mi incipiente carrera como diseñadora para volcarme de lleno en sus proyectos; incluso cedí la administración y el control de la empresa familiar que mis padres me legaron al morir, todo con el único propósito de verlo triunfar y hacerlo feliz. Estamos unidos legalmente desde hace cinco años y fuimos novios desde la adolescencia. Él representa el único proyecto de vida que he conocido, el hombre al que consideraba el amor de mi existencia. Solo he pertenecido a él en cuerpo y alma. ¿Cómo es posible que tire todo por la borda de esta manera tan cruel? —No, no… ¿de qué estás hablando? ¿Me estás abandonando? —susurro mientras las lágrimas vuelven a brotar sin control—. Arturo, te lo suplico, no me hagas esto… Si tu enojo es porque no he podido concebir, podemos buscar nuevos especialistas, viajar al extranjero, iniciar un tratamiento diferente desde cero… Su rostro se transforma y una mueca de odio absoluto se dibuja en sus facciones. Lanza una risotada sarcástica y despreciable que me cala hasta los huesos. —Ya te lo he dicho docenas de veces: aquí la única defectuosa y enferma eres tú, Arya. Me cansé de esperarte. Voy a buscar en otra parte lo que tú eres incapaz de darme. Sinceramente, estás dañada. Yo no tengo ningún problema biológico, la falla eres tú. Por esa razón me marcho. Camina firme hacia la mesa principal sin importarle el estado de devastación en el que me encuentro. Abre su portafolio de cuero, extrae una carpeta con varios folios impresos y me los arroja sobre la superficie con desprecio. —Fírmalos ahora mismo, sin hacer espectáculos. Mis abogados se comunicarán contigo para afinar los detalles menores. No intentes reclamar más que la propiedad de esta casa; la empresa está legalmente a mi nombre y no pienso cederte ni una sola acción. Confórmate con tener este techo; considera que es más que suficiente compensación por los años de amargura y frustración que me hiciste pasar. Lo contemplo en silencio mientras el dolor se transforma en una opresión física en mi pecho. ¿Quién es el individuo que está de pie frente a mí? Resulta imposible reconocer en él al hombre dulce con el que compartí mi juventud. La manera brusca en que me empuja con el hombro para apartarme de su camino termina por destruir los últimos vestigios de consideración que albergaba hacia él. —Lo tenías todo fríamente calculado… —mulló con la voz temblorosa por la indignación—. Has estado planificando esta jugada desde hace semanas. Eres una persona despreciable. Me has sometido a un desgaste físico y emocional inhumano, actuando como un egoísta miserable. Te entregué mi vida, mi patrimonio y mi confianza, Arturo, y ahora te burlas de mí en mi propia cara. Me desechas como si fuera un objeto inservible. Una ola de rabia pura emerge desde lo más profundo de mi ser. Me abalanzo sobre él y le asesto un golpe con los puños cerrados en el pecho, intentando desesperadamente transferirle una fracción del sufrimiento que me corroe. Sin embargo, él no vacila: alza el brazo y me propina una bofetada seca que me hace perder el equilibrio y me proyecta contra el suelo. Me quedo tendida sobre la alfombra, temblando incontrolablemente, mientras las lágrimas fluyen con libertad. Jamás me había levantado la mano. Intento asimilar la agresión física hasta que diviso una gota de sangre, proveniente de mi labio partido, impactar contra la superficie blanca del documento que aún sostengo entre los dedos. —Mírate nada más, Arya —dice observándome desde arriba con superioridad—. Yo no tenía la intención de llegar a esto, pero tienes que entender que esto llegó a su fin. Firma de una vez y te prometo que no me verás la cara nunca más. Mírate en un espejo: ya no queda nada de la mujer atractiva de la que me enamoré. Pasas los días despeinada, viste ropas viejas y apestas a antisépticos y medicamentos. Dejé de sentir cualquier tipo de atracción por ti hace mucho tiempo. ¡Firma! —ordena al ver mi inmovilidad—. ¡HAZLO DE UNA VEZ! ¡TERMINA CON ESTA FARSA, ARYA! Junto con sus gritos, lanza un bolígrafo que cae a pocos centímetros de mi mano. El miedo a que vuelva a agredirme se apodera de mí. Con los dedos temblorosos, recojo la pluma y estampo mi firma en las primeras páginas de la solicitud de divorcio. Con la vista nublada, paso a los siguientes Anexos y, entre los papeles legales, descubro una hoja impresa de un laboratorio clínico: una prueba de embarazo con resultado positivo. El impacto es demoledor. El nombre impreso en el membrete del paciente corresponde a su secretaria personal. Mi mente conecta las piezas de inmediato. —No me pidas explicaciones —interviene él con frialdad al notar dónde se ha detenido mi mirada—. No era la forma en que pensaba revelártelo, pero a estas alturas carece de importancia. Te lo advertí: el problema jamás fui yo. Ella es una mujer plena y sana; me ha dado en pocos meses lo que tú no pudiste ofrecer me en años. Pronto seré padre y tendré la familia que siempre merecí. ¿De verdad pensaste que me quedaría atrapado a tu lado cargando con toda la amargura que arrastras desde la muerte de tus padres? —Arturo… me dijiste que me amabas por sobre todas las cosas… —Te amé en su momento —responde sin vacilar—. Pero con el tiempo comprendí que lo mío era una simple obsesión con la idea de tu juventud, una mera ilusión juvenil. Hoy sé con certeza que no siento nada por ti. Firma el resto del documento, Arya, y no me hagas perder más el tiempo. Siento cómo el dolor me destruye por dentro, pero en medio de las ruinas de mi dignidad intento reunir la poca fuerza de voluntad que me resta. Me incorporo con dificultad, me acerco a la mesa de noche y plasmo la última firma sobre el papel que decreta el fin formal de mi matrimonio. Me siento completamente desorientada y vacía. Arturo me arrebata los folios bruscamente de la mano y, en el movimiento precipitado, el borde afilado de una de las hojas me produce un corte profundo en el dedo índice. Siento el ardor de la herida y veo brotar la sangre, pero el dolor físico resulta insignificante en comparación con la anestesia emocional que se ha apoderado de mi ser. Lo observo recoger sus pertenencias, salir del dormitorio y descender las escaleras sin girar la cabeza ni una sola vez. Todo me parece una pesadilla irreal, hasta que el sonido del motor de su automóvil alejándose por la avenida confirma la realidad. La casa queda sumida en un silencio sepulcral, convirtiéndose en el escenario desolado donde colapse mi cuerpo, dejándome caer sobre el suelo frío en busca de un consuelo que no llega. Dos semanas después La penumbra ha sido mi única compañía durante estos días de aislamiento. Perdi el sentido del tiempo y de la luz. De pronto, percibo el eco de unos pasos apresurados que irrumpen en la vivienda, acompañados por la voz angustiada de Gloria que pronuncia mi nombre a gritos. La escucho subir los escalones a toda prisa hasta alcanzar la puerta de la habitación. Mis sentidos están tan aletargados que apenas logro reaccionar; mi garganta se encuentra agrietada por la deshidratación y mi espíritu permanece adormecido. Cuando ella acciona el interruptor y la luz artificial ilumina el cuarto, el resplandor me provoca un ardor agudo en los ojos. —¡ARYA! ¡POR DIOS, AMIGA! —exclama Gloria arrodillándose a mi lado para envolverme en un abrazo desesperado. Su cálida presencia me recuerda que, a pesar del abandono, aún existo para alguien en este mundo—. Dios mío, Arya, reacciona, por favor, háblame… ¡RODRIGO! ¡RODRIGO, SUBE RÁPIDO, LA ENCONTRÉ AQUÍ! Siento los brazos firmes de su hermano mayor sujetarme con cuidado para levantarme del suelo. Mi cuerpo, debilitado por la falta de alimento y agua, no resiste la transición y me desvanezco por completo en sus brazos mientras la oscuridad me envuelve de nuevo. —Rápido, no hay tiempo que perder, tenemos que trasladarla de urgencia a un hospital —es la última frase inteligible que logra registrar mi conciencia antes de perder el conocimiento. Tres días después Mi cuerpo se siente pesado y fatigado. El aroma a desinfectante, la blancura pulcra de las paredes y la figura constante de Gloria sentada a mi lado me confirman que me encuentro internada en un centro de salud. Intento articular alguna palabra para saludarla, pero la aridez de mi garganta me lo impide. Con frustración, extiendo la mano con lentitud y presiono el botón de llamada de asistencia médica. Gloria se pone de pie al instante y se aproxima a la camilla. —Arya, al fin despertaste —susurra con los ojos humedecidos por la emoción. En ese momento, una enfermera ingresa a la habitación y comprueba los monitores. —Señorita Montenegro, le pido que no realice esfuerzos bruscos —indica con amabilidad—. Iré a avisarle de inmediato al médico de guardia. Mantenga la calma, lo peor ya ha pasado. —Toma un poco de agua, Arya, bebe despacio —me dice Gloria acercándome un vaso con un sorbete—. El especialista nos aseguró que con el tratamiento adecuado te recuperarás por completo. Pronto te darán el alta y nos iremos a mi casa. Cinco meses después Han transcurrido cinco meses desde el día en que abandone las instalaciones del hospital. Desde entonces me he establecido temporalmente en la residencia de Gloria; carezco del valor emocional necesario para poner un pie en aquella casa llena de recuerdos dolorosos. A menudo reflexiono sobre el destino que me habría aguardado si mi mejor amiga no hubiera irrumpido en aquel momento para rescatarme de mi propio abandono. En esta etapa de transición, el dibujo se ha convertido en mi principal refugio y terapia. Retomar los trazos y el diseño es la única actividad que me devuelve la motivación para levantarme de la cama cada mañana y enfrentar la jornada. Acepté vivir de forma austera con los escasos recursos financieros que Arturo dejó a mi nombre tras haberse apropiado ilícitamente de la mayor parte de la herencia que me legaron mis padres. No obstante, esta experiencia traumática ha funcionado como una dura lección de vida. El dolor me ha enseñado a no volver a depositar una fe ciega en la ilusión del amor romántico, ese sentimiento por el cual a menudo nos entregamos sin reservas hasta anular nuestra propia identidad. Fue un error abrumador asumir que la historia entre Arturo y yo estaba destinada a un final feliz de novela. Hoy he comprendido con claridad una verdad fundamental: resulta imposible amar auténticamente a otra persona si no existe un amor propio consolidado; ese mismo amor propio que dejé que mi exmarido pisoteara sistemáticamente y que yo misma permití que se degradara. Pese a las cicatrices, estoy firmemente decidida a comenzar una nueva etapa. Deseo reencontrarme conmigo misma, redescubrir mis capacidades y brindarme una verdadera oportunidad de desarrollo en este mundo. Aunque por momentos el panorama parezca incierto, hoy reconozco que se abren ante mí las puertas para renacer desde mis propias cenizas.

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