Capítulo 4.
Golpe de realidad.
POV Arya
El aire en la clínica siempre me había parecido aséptico y frío, un recordatorio constante de las batas blancas y las jeringas que marcaron mis años de frustración. Sin embargo, hoy el ambiente vibraba con una calidez distinta. Estoy en mi nueva consulta, sentada sobre la camilla mientras el gel frío recorre mi vientre, pero no siento frío; siento un fuego purificador. La felicidad que hoy experimento es, sencillamente, indescriptible. Es una marea alta que ha borrado las huellas de la tristeza en la arena de mi memoria.
En mi corazón ya no hay dudas, solo una esperanza floreciente que crece al ritmo de los latidos que escucho por el monitor. Desde que me confirmaron que no era uno, sino tres, mi ilusión ha escalado hasta tocar el cielo. He pasado de la soledad más absoluta, de sentirme un envase vacío y defectuoso, a percibir que lo tengo todo. Me siento una mujer completa, rebosante de una vitalidad que creía extinta. Después de tantos años de lucha, de someterme a tratamientos hormonales que destrozaron mi ánimo y de llorar frente a pruebas negativas, la vida finalmente ha decidido premiarme con el más grande de los milagros.
—Aquí tenemos a una niña… —la voz de la doctora suena como música celestial mientras señala una mancha grisácea en la pantalla—. Sí, logro confirmar que tenemos dos varones y una niña. Es lo que se aprecia claramente en esta ecografía de alta definición. Así que, Arya, debes estar muy preparada, mi niña. Tres no es un número cualquiera.
—¿Lo has escuchado, Arya? —Gloria, que está a mi lado apretándome la mano con tanta fuerza que casi me corta la circulación, estalla en un grito de alegría contenido—. ¡Tres bebés! Dos varones y una princesa. Es la noticia más maravillosa del mundo. Tienes una suerte increíble, amiga; tres en el primer intento tras el descanso. ¡Voy a ser la tía más consentidora del planeta!
La sonrisa de Gloria es tan amplia que parece iluminar la habitación entera. Su alegría es mi ancla.
—Recuerden que esto no es producto del azar —interviene la doctora con un tono profesional pero amable, mientras limpia el gel de mi abdomen—. Lo que ven aquí es el resultado clínico de muchas mujeres que atraviesan largos procesos. Cuando el cuerpo ha sido preparado y se expone a un donante tan… “potente”, por llamarlo de alguna forma, el sistema reproductivo suele responder con embarazos múltiples. En tu caso, un embarazo de trillizos perfectamente saludable.
—Es la mejor, es que eres la mejor —repite Gloria, ayudándome a incorporarme con una delicadeza extrema, como si fuera de cristal.
—¿Ahora qué sigue, doctora? —pregunto, intentando aterrizar. Mi mente está volando en una nube de polvo de estrellas. La felicidad me tiene en un estado de ensueño constante.
—Cuidarte, Arya. Solo eso. Tu cuerpo está haciendo un trabajo titánico —me responde con una sonrisa mientras anota en mi expediente—. Come bien, descansa y no te exijas demasiado.
Salimos de la clínica y el mundo parece tener colores más brillantes. Sin embargo, el cansancio empieza a pasar factura. Mi vida diaria se ha transformado en un ciclo eterno de comer y dormir; los pequeños demandan toda mi energía. A esto se le suma la presión de mis nuevos diseños para la empresa, lo que hace que mi estrés a veces amenace con desbordarse. Pero cuando toco mi vientre, todo el caos desaparece. El apoyo de Gloria es mi motor, y saber que Ashley y los chicos de la oficina están pendientes de mí me da la paz que nunca tuve en mi matrimonio.
Decidimos ir al centro comercial para celebrar. El plan es comprar las primeras cosas para los bebés y luego comer algo. Caminamos por los pasillos repletos de gente, rodeadas de vitrinas brillantes, hasta que entramos en una juguetería de lujo. El olor a plástico nuevo y peluches me invade.
—¡Papá, papá! ¡Quiero uno, quiero ese! —la voz aguda de una niña rompe mi burbuja.
Veo a una pequeña tirando del brazo de un hombre. Al levantar la vista, el mundo se detiene. El oxígeno desaparece de mis pulmones. Es él. Arturo. He pasado meses evitando este encuentro, huyendo de los lugares que frecuentábamos, y ahora el destino, con su ironía cruel, lo pone frente a mí en el momento más vulnerable y glorioso de mi vida.
—¿Arya? —su voz suena quebrada, cargada de un asombro que raya en la incredulidad.
—Arturo —respondo con una frialdad que ni yo misma sabía que poseía.
—Mira, Arya, esta cuna es bellísima para los… —Gloria se interrumpe al verlo. Su rostro pasa de la alegría a una furia volcánica en un segundo. Se posiciona frente a mí, como un escudo humano—. Aléjate de ella, Arturo. Ni se te ocurra acercarte.
Arturo ni siquiera parpadea ante la hostilidad de Gloria. Sus ojos están clavados en mi vientre, que ya empieza a pronunciarse bajo mi vestido holgado. Su mirada es una mezcla de shock e ironía, una lucha interna que se refleja en su mandíbula tensa.
—¿Estás embarazada? —pregunta, y su voz apenas es un susurro—. ¿Es real? ¿No es una alucinación?
Me hago a un lado, apartando suavemente a Gloria para encararlo. Quiero que vea mi rostro, mi brillo, mi victoria. Él se acerca, rompiendo el espacio personal con una falta de tacto absoluta, y extiende su mano. Antes de que pueda reaccionar, toca mi vientre. Su mano tiembla.
—Arya… ¿Cómo es posible? —su mirada busca una explicación que su ego no puede procesar.
—Parece que yo no era la del problema, Arturo —suelto las palabras como si fueran puñales de hielo.
Él retrocede como si le hubiera dado una bofetada física. Mira a la niña que lo acompaña, esa pequeña que es el fruto de su supuesta “fertilidad”, y luego me mira a mí. El silencio que se forma entre nosotros es denso, cargado de años de humillaciones y culpas que él vertió sobre mis hombros. Su expresión está desencajada. Ya ha tenido suficiente. Mi día no se va a arruinar por un fantasma del pasado.
—Que pases un buen día, Arturo. Vámonos, Gloria.
—Imbécil —añade Gloria, dedicándole un gesto obsceno con el dedo medio mientras nos alejamos.
Siento que el aire me falta al dar los primeros pasos. Mi corazón martillea contra mis costillas, pero no es por amor, es por la adrenalina de la justicia poética. Aunque pensaba que no necesitaba demostrarle nada, ver su cara de derrota al entender que el estéril, o al menos el del problema, podría ser él, me produce una satisfacción casi eléctrica.
—Respira, amiga. ¿Estás bien? —Gloria me mira con genuina preocupación.
—Sí, tranquila. No esperaba encontrarlo hoy, y menos así —confieso, intentando estabilizar mi respiración—. Pero no puedo negar que ver su expresión me ha dado años de vida. ¿Lo viste? Estaba pálido.
—Fue épico —asiente Gloria, aunque su mirada se ensombrece un poco—. Pero la forma en que miraba a esa niña… era extraña.
—La niña no tiene la culpa de tener un padre así —digo, recuperando la compostura—. Él tiene la familia que tanto quería, ¿no? Pues que la disfrute. Que viva engañado si es necesario. Esa pequeña es su hija porque él así lo decidió, o al menos eso cree. Sacarlo de mi vida fue lo mejor que me pasó. Ahora él está donde siempre debió estar, y yo… yo estoy donde siempre soñé. Vamos por unos helados, los bebés tienen antojo.
POV Arturo
No puedo respirar. Siento como si el suelo del centro comercial se hubiera convertido en arenas movedizas. Arya está embarazada. La imagen de su vientre bajo mis dedos todavía quema mi piel. ¿Qué significa esto? ¿Cómo pudo sucederle a ella, que pasó años llorando por rincones, y no conmigo?
—¡Papá, papito! Por favor, la quiero, la quiero —los tirones de Eliza en mi chaqueta me devuelven a la realidad.
Sus palabras me inquietan, pero mi cerebro está funcionando en piloto automático. Tomo la muñeca que me pide y la llevo a la caja. Pago los 99 dólares sin siquiera mirar a la cajera, que me habla de forma lejana, como si estuviéramos bajo el agua. Mi corazón se ha detenido. Pienso en las sospechas de las que siempre huyó mi mente. Eliza… mi bendición. El solo hecho de pensar que no sea mía, que yo haya sido el engañado durante todo este tiempo, me está volviendo loco.
—¿Señor? ¿Se encuentra bien? —la cajera me observa con extrañeza.
—Sí, lo siento. Tome —le entrego el dinero y salgo de allí casi huyendo.
Caminamos hacia el coche. Eliza va saltando, feliz con su juguete nuevo, pero yo soy un bloque de hielo. Todos estos años viviendo bajo una narrativa que hoy se ha desmoronado con una sola frase de Arya. Al subir al auto, Eliza me toma de la mejilla, obligándome a mirarla. Sus ojos son grandes, curiosos.
—¿Qué tienes, papito? ¿No te gusta mi muñeca?
—Sí, cariño. Es muy bonita —miento, con la garganta apretada.
—¿Estás así por las señoras y su bebé? ¿Quiénes son, papi? —pregunta con esa agudeza que a veces me asusta.
—Unas viejas amigas, Eliza. De la escuela. Nada importante.
Arranco el motor. El trayecto a casa es un funeral de pensamientos. El dolor en mi pecho no es por Arya, es por la duda sembrada que empieza a crecer como una maleza venenosa. Al llegar, Eva nos recibe con su sonrisa de siempre, pero hoy esa sonrisa me causa náuseas. No quiero precipitarme, pero el silencio me consume.
—¿Mi amor, estás bien? —pregunta Eva al notar mi rigidez.
—Voy a la oficina. Tengo mucho trabajo acumulado —respondo cortante, sin mirarla a los ojos.
Me encierro en el despacho. Los documentos sobre mi escritorio son manchas borrosas. Desde que volvimos de Inglaterra, nada parece encajar. Eva es controladora, siempre encima de mis pasos, incluso en el trabajo. Antes pensaba que era amor, ahora me pregunto si es vigilancia. La única que me da paz es Eliza, pero ahora, al mirarla a través de la puerta entreabierta, busco algo de mí en ella.
Llega la hora de la cena. El comedor, generalmente lleno de las anécdotas de Eliza, está sumido en un silencio sepulcral. Detallo a la niña. Sus ojos, la forma de su nariz, el arco de sus cejas… Busco desesperadamente un rasgo físico que me pertenezca. No hay nada. No tiene mis ojos oscuros, ni mi mentón partido. Nada. El pensamiento de que Eva me haya visto la cara de idiota durante años se clava en mi mente como un clavo ardiente.
—¿Estás bien, Arturo? —insiste Eva.
—Solo estrés, Eva. El regreso a la ciudad es pesado.
—Papá hoy se encontró con una amiga —suelta Eliza de repente, masticando su cena—. Se puso muy triste al ver que estaba embarazada.
Eva deja caer el tenedor. El sonido metálico resuena en las paredes. Su mirada se vuelve afilada, inquisidora.
—¿Ah, sí? ¿Qué amiga, cariño? —su voz tiene un tono de sospecha que intenta ocultar tras una falsa calma.
—Una amiga de la escuela de papá —repite la niña.
Eva me clava los ojos. Yo la ignoro, concentrado en mi plato, aunque no he probado bocado.
—No empieces, Eva. No estoy de humor para tus escenas.
—¿Y quieres que me quede callada? Has llevado a nuestra hija a ver a tu am…
—¡Cállate! —la interrumpo con un grito que hace que Eliza se sobresalte—. Te dije que no es el momento ni la manera de hablar delante de la niña. ¿Es que no escuchas?
La tensión es tan espesa que se podría cortar con un cuchillo. Sin ánimos de seguir fingiendo una familia perfecta, me levanto de la mesa. Le doy un beso en la frente a Eliza, el único ser que aún siento puro en este lío, y me retiro al despacho. El dolor en mi pecho aumenta. La traición tiene un sabor amargo, metálico. Arya quedó embarazada apenas se alejó de mí. Eva, en años, no ha vuelto a concebir. La matemática es simple, pero el resultado es devastador.
Decidido, tomo mi celular. Mis dedos tiemblan mientras busco en Google: “Pruebas de ADN”. Investigo los métodos: sangre, saliva o cabello. Me levanto y busco unas tijeras de costura en una de las gavetas de mi escritorio. Las guardo en mi bolsillo y camino hacia la planta alta, verificando que el pasillo esté despejado.
Entro en la habitación de Eliza. Ella duerme profundamente, ajena a la tormenta que su padre está a punto de desatar. Me acerco con sigilo, el corazón me late en los oídos. Con sumo cuidado, corto un mechón pequeño de su cabello, lo más cerca de la raíz que puedo sin despertarla. Limpio cualquier rastro de cabellos sueltos y le doy un último beso, uno que se siente como una despedida de la realidad que conocía.
Salgo con el puño cerrado. Al pasar por nuestra habitación, veo a Eva distraída con su teléfono, probablemente quejándose con alguna amiga de mi actitud. Entro en mi despacho, cierro con llave y guardo el mechón en una hoja de papel blanco, doblandola meticulosamente. Abro mi caja fuerte detrás del cuadro y la deposito allí. Sé que Eva revisa mis cajones, pero nunca ha logrado descifrar la combinación de esta caja.
A la mañana siguiente, el sol entra por la ventana como si fuera un día normal, pero para mí es el inicio del fin. Espero a que Eva se retrase buscando a la niñera para salir solo. Mi primera parada no es la oficina. Es una clínica privada en la otra punta de la ciudad.
—Buen día, señor. ¿En qué puedo ayudarlo? —me recibe una recepcionista con voz monótona.
—Quiero realizar una prueba de paternidad. ADN —digo, tratando de que mi voz no flaquee.
—Entiendo. ¿Tiene las muestras?
Entrego el sobre con el cabello de Eliza. Una técnica con guantes de látex toma la muestra y la coloca en un envase plástico estéril. Luego, procede a tomar una muestra de mi propio cabello, sellando ambos recipientes con etiquetas de códigos de barras.
—Listo, señor. Lo llamaremos en cuanto tengamos los resultados. Suele tardar entre tres y cinco días hábiles.
Salgo de allí sintiéndome como un criminal, pero con una determinación feroz. Al llegar a la oficina, Rubén Peralta, mi socio y único amigo de verdad, ya me espera con un café en la mano. Le cuento todo, desde el encuentro con Arya hasta mi visita a la clínica.
—Así es, Rubén. Está embarazada, y no es un rumor, la vi. Tiene una barriga enorme. No sé qué decirte… ¿Cómo demonios lo hizo si se supone que no podía?
—Bueno, viejo… —Rubén se rasca la barbilla, pensativo—. Quizás los tratamientos finalmente funcionaron. ¿Pero por qué te afecta tanto? Pensé que Arya ya no significaba nada para ti.
—No es ella lo que me afecta —le digo, caminando de un lado a otro en la oficina—. Es la duda. Pasó años conmigo y nada. Se va con otro y ocurre el milagro. ¿No te parece insólito que Eva no se haya quedado embarazada de nuevo en todo este tiempo?
Rubén me mira con una mezcla de lástima y sorpresa.
—¿Qué estás diciendo, Arturo? ¿Estás dudando de Eva? ¿De Eliza? ¿Acaso… acaso estás admitiendo que realmente tú podrías ser el del problema?
Me quedo mudo. Esa es la pregunta que me va a perseguir hasta que el laboratorio entregue ese pedazo de papel que, para bien o para mal, cambiará mi vida para siempre.