“A menudo el sepulcro encierra, sin saberlo, dos corazones en el mismo ataúd.”
(Alphonse de Lamartine)
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Mí cabeza duele y mis ojos pesan, pero nada de eso me quita lo que siento en el pecho.
El olor a hospital me molesta, odio los hospitales, odio a los doctores y odio a las enfermeras.
Hace rato el doctor vino a verme, diciendo que estaré bien y antes de irse dijo que traería a un psicólogo.
Otro más.
Un estúpido psicólogo, para que me diga lo mismo de siempre, las mismas malditas palabras que he escuchado por años.
Tal vez me internen.
Siempre pasa eso cuando alguien comete suicidio, lo mandan a un psiquiátrico para “según ellos” no volver a cometer lo mismo.
Mienten.
Lo hacen para no tener que lidiar con nosotros, delante de los ojos de ellos somos personas asquerosas que no nos merecemos respirar.
Aunque no lo negaré, la idea de estar apartada de la sociedad suena bien, sin embargo, estaré rodeada de enfermos mentales.
Debieron, debió dejarme morir.
—¿Por qué? — volteó hacia aquella voz, que me hace temblar hasta los huesos sin yo quererlo. Esta recargado de la puerta con los brazos cruzados y mirándome con desaprobación y enfado.
—Eso no te incumbe — aparto la mirada de él.
—Si me incumbe, Olivia ¿Por qué intentaste acabar con tú vida? — ¿Por qué le importa tanto saber? No soy nada para él.
—¿Por qué me salvaste, Catriel? — lo miro sin expresión.
—¿Crees que iba a permitir que murieras así sin más? — se acerco a mí con su mirada clavada en mis ojos —Escúchame bien, siento tanto lo de tú madre, se lo que es perder a alguien y querer morir, lo se, pero esas no son formas de lidiar con las cosas. Ella nunca hubiera querido que su hija, la que tiene un futuro por delante muriera. ¿Quieres que ella esté orgullosa de ti? — en ese momento estaba al borde de las lágrimas, mi pecho se estrujaba con dolor con cada palabra de Catriel. Asentí a su pregunta.
Claro que quería que ella estuviera orgullosa de mí, mi vida dependía de eso, en hacerla sentir orgullosa, aunque nunca lo logré.
—Entonces vive. Vive, crea tú futuro, se feliz y a hazla sentir orgullosa, aunque se que ella ya lo está — su mano tocó mi mejilla con delicadeza. Solté un sollozo y él con su pulgar retiro las lágrimas que resbalaban por mi mejilla.
Nunca pensé escuchar algo así de Catriel, se ve tan frío, como si nunca hubiera sufrido.
Sin embargo me hizo sentir mejor, mi corazón se calmó un poco.
[…]
Catriel aún no podía creer que ella había atentado con su vida.
En el momento que la encontró tirada rodeada de un gran charco de sangre, su corazón latió como hace mucho tiempo no lo hubiera hecho, así que hizo lo que su cuerpo le ordenó, tomo a Olivia en sus brazos y salió con ella directo al hospital.
Temía perderla, temió perderla, no sabía porque. Se preguntaba como una chica como ella se instaló en su ser en poco tiempo.
Aquella noche, pretendía ir a verla, la verdad era que nunca le había gustado dar las condolencias, había perdido a muchos seres queridos y eso le dejo grandes secuelas.
Pero esa vez de pues de meses de pensarlo y queriendo darle la cara aquella chica, tomo valor y subió por su ventana.
Quería abrazarla, decirle que todo estaría bien, que él siempre estaría para ella.
Esas eran las palabras que quería decirle, pero sabía bien que ninguna de ella iba a salir de sus labios, sin embargo encontrarla tirada le hizo recordar esos recuerdos que quería mantener encerrados, pero desde que había conocido a Olivia cada trauma había salido a la luz así como algunos sentimientos.
—¿Que haces en mí, niña? — tocó su mejilla con delicadeza. Olivia dormía plácidamente después de haber tenido aquella motivadora charla con Catriel.
Olivia había decidido mantener aquel suceso en secreto, suficiente tenía con la lástima que ya le tenían sus amigos como para agregarle más leña al fuego. Le rogó a Catriel que no contará nada y este le había jurado mantener silencio.
Catriel la admiraba, todo de ella le parecía hermoso. Sus pestañas largas, algunas pecas no visibles, había que acercarse mucho para notarlas. Sus mejillas rosadas la hacia parecer tierna, sus labios rosados que él tanto deseaba probar y ese color tan pálida que tenía su piel, parecía una muñeca de porcelana, una que en cualquier momento terminaría quebrándose.
Sin embargo juro que siempre estaría para que eso no pasará y si sucediera, recogería cada trozo para armarla de nuevo y si faltaría alguna pieza iría hasta el fin del mundo para buscarla.
—Conmigo terminarás rompiéndote por completo, sin embargo, tampoco te quiero apartar de mí lado — suspiro —No soy bueno para ti, niña. No soy bueno para nadie.
Su teléfono sonó anunciando un mensaje;
*Te quiero aquí ¡Ahora!
Apretó su mandíbula hasta el punto de hacerla crujir.
Odiaba que le dijeran que hacer, pero no le quedaba opción.
Miro por última vez a Olivia antes de irse, se reclinó un poco hacia ella provocando que sus labios se rozaran, le dio un casto beso disfrutando del contacto.
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—Aquí me tienes ¿Qué quieres? — Catriel se acerco a él hombre mirándolo con asco.
—Esas no son forma de hablarle a tú jefe — aquel hombre le dio una sonrisa a Catriel con cinismo.
—Vete a la mierda ¿Qué puta mierda quieres? — rugió apretando sus puños. Tenía tantas ganas de saltarle encima y golpearlo hasta el cansancio, pero sabía bien cuál era su lugar y de lo que aquel hombre era capaz.
—Hoy mi persona favorita en el mundo tiene un encargo que hacer — cruzo los brazos por lo hombros de Catriel acercándolo a él. Este gruño por la cercanía de aquel hombre que detestaba con toda su vida.
Aquella persona que Catriel estaba loco por destruir, era alguien de temer, te podría confundir con su amabilidad, pero si lo hacías enojar ibas a conocer al mismísimo diablo.
El hombre imponente que veía con burla a Catriel no estaba bien de la cabeza, no tenía piedad ni para su propia familia, familia que el mismo se encargo de matar con sus propias manos.
Su mirada, su presencia, todo en el hasta el más simple detalle causaba miedo.
Por ese motivo Catriel sabía cuál era su lugar, sin embargo, no podía evitar hablarle como el quisiera al hombre, pero este se divertía con cada palabra o acción del joven.
—¿Quién y dónde? — cuestionó Catriel. El hombre de ojos tan azules como el mar y mirada que te encadenaría al infierno, le dio una sonrisa de oreja a oreja, para luego decirle lo que tenía que hacer.