Capítulo Extra II: El precio de tocar lo ajeno

1502 Palabras
Dante no es un justiciero. Pero hay cosas que le molestan. Y cuando algo le molesta, la respuesta es proporcional. ✝✝✝ El nombre de Roberto Salas llegó a oídos de Dante un jueves por la tarde, en medio de una reunión de cifras que no le interesaban. No porque Salas fuera importante. No lo era — era un intermediario de segundo nivel, el tipo de hombre que existía en los márgenes de los negocios grandes haciendo el trabajo que los hombres con apellido preferían no hacer directamente. Útil en su momento. Reemplazable siempre. Lo que hizo que Dante levantara la vista de los documentos cuando Dylan pronunció ese nombre fue lo que vino después. Salas había estado hablando. Específicamente, había estado hablando sobre lo que había dentro de Villa Moretti. Sobre dos mujeres que tenía bajo su techo y sobre lo que eso podría valer para ciertas personas que tenían interés en saber mis movimientos. Dylan lo dijo con esas palabras suyas. Tres oraciones. Sin adornos. Dante lo escuchó hasta el final. Luego cerró la carpeta de documentos que tenía sobre la mesa. —¿Dónde está? —preguntó. ✝✝✝ Salas tenía una oficina en el centro — el tipo de oficina que intentaba parecer más legítima de lo que era, con muebles de madera comprada en cuotas y diplomas enmarcados en las paredes que nadie había verificado nunca. Estaba solo cuando Dante llegó, lo cual simplificaba las cosas. Levantó la vista del escritorio y el color se le fue de la cara en un segundo. —Señor Moretti —dijo, con una voz que ya temblaba antes de que Dante cruzara la puerta—. Esto es una sorpresa, no lo esperaba, si hubiera sabido que— —Lo sé —dijo Dante. Cerró la puerta detrás de él. Caminó hacia el escritorio despacio, sin apuro, con las manos en los bolsillos del abrigo. Salas retrocedió en su silla — ese movimiento instintivo del cuerpo que entiende el peligro antes que la mente. —Mire, lo que sea que le hayan dicho, hay un malentendido enorme, yo nunca haría nada que pudiera— —¿Cuánto te pagaron? —preguntó Dante, interrumpiéndolo con esa calma que era peor que cualquier grito. Salas abrió la boca. Para cerrarla en un instante. —No sé de qué me habla. Dante solo lo miró, con esos ojos negros que no expresaban enojo — el enojo era visible, manejable, algo que daba tiempo para reaccionar. Lo que expresaba era algo más frío: la evaluación clínica de alguien que ya tomó su decisión y está simplemente confirmando los detalles antes de ejecutarla. Salas lo entendió. Las personas siempre lo entendían, tarde o temprano. —Cinco mil —dijo, con la voz de alguien que se ha rendido—. Me ofrecieron cinco mil por información sobre sus movimientos. Sobre quién tenía en la casa. Yo solo dije que había dos mujeres, nada más, lo juro, no di nombres ni— Dante no le pegó. No de inmediato. Primero se sentó en la silla frente al escritorio, con esa calma que era en sí misma una forma de violencia psicológica, y dejó que Salas terminara. Que dijera todo lo que tenía que decir — los nombres de quienes le habían pagado, los canales que había usado, exactamente qué información había entregado y en qué forma. Lo dejó hablar durante ocho minutos completos, tomando nota mental de cada detalle con esa memoria suya que no olvidaba nada relevante. Salas habló. Rápido, tropezando con las palabras, con esa desesperación de quien cree que dar información es una forma de negociar su situación. No lo era. Pero Dante necesitaba la información de todas formas, así que lo dejó terminar. Cuando Salas calló, jadeando, con las manos aferradas al borde del escritorio, Dante asintió una sola vez. —Bien —dijo. Y entonces se levantó. ✝✝✝ Lo que siguió fue eficiente. Dante no disfrutaba la violencia como tal — eso era para los hombres que necesitaban demostrar algo, que tenían algo que probar, que confundían la brutalidad con el poder. Él no necesitaba demostrar nada. Hacía lo que era necesario con la misma actitud con que hacía cualquier otra cosa: con precisión y sin exceso innecesario. Pero había una diferencia entre eficiente y suave. Además de cosas que le llegan a molestar. Y Salas lo había hecho. Toco algo que no debió tocar. Había puesto un precio a información sobre dos mujeres que estaban bajo su techo. Mujeres que no podían moverse libremente, que no tenían protección fuera de la que él les daba, que dependían de que el perímetro de Villa Moretti fuera exactamente lo que parecía: impenetrable. Salas había roto ese perímetro por cinco mil. Cinco mil. Dante pensó en eso mientras trabajaba. En el número. En lo que valía para ese hombre la seguridad de dos personas que no tenían otra. El número le molestó más que la traición en sí. Cuando terminó, Salas estaba en el suelo con tres costillas rotas, la mano derecha inutilizada de una manera que los médicos podrían reparar parcialmente si llegaba rápido, y una comprensión nueva y permanente de lo que significaba vender información sobre los Moretti. Dante se limpió las manos. Se ajustó el abrigo. Miró a Salas en el suelo, que respiraba con esa dificultad específica de las costillas rotas — dolorosa, constante, imposible de ignorar. —Los nombres que me diste —dijo— los voy a verificar. Si son correctos, no vuelvo. —Una pausa—. Si no lo son... Salas asintió con lo poco que podía mover. Dante salió. ✦ ✦ ✦ En el coche, Dylan ya tenía el teléfono en la mano. —¿Verifico los nombres? —preguntó. —Esta noche —dijo Dante—. Y quiero saber quién está comprando información sobre la mansión. Para qué. Y qué piensan hacer con ella. —Entendido. Dante miró por la ventana. La ciudad de día era diferente a la ciudad de noche — más ruidosa, más expuesta, con esa energía de superficie que tenían los lugares donde mucha gente intentaba existir en el mismo espacio al mismo tiempo. Él siempre había preferido la noche. Por que en ella las cosas eran lo que eran sin el ruido encima. Pensó en lo que Salas había dicho. En que había dado información sobre dos mujeres en la casa. En que alguien — una familia rival, un contacto de los Ferragni, alguno de los múltiples enemigos que acumulaba un apellido como el suyo — había pagado por saber qué tenía Dante en Villa Moretti. Lo que tenía en Villa Moretti — Repitió mentalmente, con ese sabor extraño que tiene uno al comer una comida nueva. La frase le resultó extraña de una manera que no supo identificar de inmediato. Porque lo que tenía en Villa Moretti, según el contrato, según la lógica con que había construido toda esa situación, eran dos mujeres que estaban ahí en términos que él había establecido. Pero lo que sintió cuando Salas dijo eso — cuando un hombre que valía cinco mil en información habló de ellas como si fueran un activo negociable — no fue la irritación fría de quien ve amenazado un recurso. Fue algo más caliente. Más inmediato. Más parecido a lo que sentía en el callejón cuando alguien ponía las manos en algo que era suyo. Dante lo procesó en silencio, con esa honestidad que se permitía solo en el interior de su propio cráneo, donde no había nadie que pudiera usar la información en su contra: Ya no pensaba en ellas como un activo. No sabía exactamente cuándo había dejado de hacerlo. Pero lo que acababa de hacer en la oficina de Salas no había sido la reacción de alguien protegiendo una inversión. Había sido la reacción de alguien a quien le habían tocado algo que no estaba en venta. —¿Jefe? —dijo Dylan. —¿Qué. —¿Quiere que avisemos a la mansión? ¿Aumentamos la seguridad perimetral? Dante pensó un momento. —Sí —dijo—. Pero discreto. No quiero que ellas lo noten. Dylan asintió sin hacer preguntas. Era lo que hacía bien. Dante volvió a mirar por la ventana y pensó, sin quererlo, en una camisa blanca y una mancha de pintura verde en la muñeca. En una chica de dieciocho años con una libreta llena de observaciones. En el metro de distancia que mantenía todas las noches con una consistencia que empezaba a costarle más de lo que había calculado. Había personas en el mundo que vendían lo que no era suyo por cinco mil. Y había personas que no tenían precio. Dante sabía distinguir las dos categorías mejor que nadie. Era, quizás, la única habilidad que le importaba de verdad. ✝✝✝ Los nombres que dio Salas eran correctos. Dante no volvió. La seguridad perimetral de Villa Moretti se duplicó esa semana. Lucia nunca lo notó.  Eso también era intencional.
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