Capítulo 24: Contrato

1286 Palabras
Al día siguiente no hablé con Gianna sobre la libreta. No porque no quisiera. Sino porque no encontré las palabras. Y con Gianna, decir algo a medias era peor que no decir nada — ella tenía esa capacidad heredada de mí de leer entre líneas con una precisión que podía resultar incómoda incluso cuando la amabas. Así que desayunamos juntas en su habitación como cualquier otra mañana, con el sol entrando por las ventanas del ala este y el ruido lejano de la mansión despertándose alrededor de nosotras, y ninguna dijo nada que importara. Hablamos del libro que ella estaba leyendo. Del italiano que estaba aprendiendo con Ettore. De una planta del jardín que tenía flores que ninguna de las dos sabía nombrar. Cosas pequeñas. Cosas seguras. La libreta estaba cerrada sobre la mesita de noche. Gianna no la tocó en toda la mañana. Yo tampoco la miré. Pero estaba ahí. Entre nosotras. Ocupando un espacio que ningún objeto físico debería poder ocupar. ✝✝✝ Esa tarde Dante me llamó al despacho. Era la primera vez que lo hacía formalmente — hasta ahora todo había ocurrido en los espacios comunes, en los corredores, en las cenas. Que me mandara llamar a través de Rosa, con esa formalidad de quien convoca en lugar de encontrarse, me dijo que lo que venía era diferente. El despacho era exactamente lo que esperaba de él: ordenado con una precisión que no era estética sino funcional, libros organizados por tema no por color, una mesa de trabajo sin un papel fuera de lugar. Olía a cuero y a ese perfume suyo que yo ya no podía encontrar sin que algo en mí respondiera antes de que mi mente tuviera oportunidad de decidir si debía. Dante estaba de pie junto a la ventana cuando entré. No detrás de su mesa — junto a la ventana, mirando los jardines, con las manos en los bolsillos y esa postura suya de quien ocupa el espacio sin necesitar demostrarlo. Se giró cuando escuchó mis pasos. —Siéntate —dijo. Me senté. Él no lo hizo. Caminó despacio hacia su mesa, tomó un sobre que estaba encima y lo dejó frente a mí sin decir nada. Lo miré. —¿Qué es esto? —pregunté. —Ábrelo. El sobre no tenía nombre ni remitente. Dentro había una sola hoja — papel de calidad, impreso con esa tipografía sobria que ya asociaba con los documentos de Dante. Lo leí una vez. Lo leí de nuevo porque la primera vez no procesé lo que decía. Era un acuerdo. No un contrato de servidumbre como el que firme. Algo diferente, redactado con una precisión legal que claramente había requerido trabajo. Establecía que Lucia Clifford — no Valenti, Clifford, mi apellido de soltera — y su hija Gianna tendrían residencia en Villa Moretti bajo la protección de Dante Moretti. Que ninguna de las dos podría ser reclamada por deuda alguna pendiente. Que la deuda original de Alex Valenti quedaría anulada a cambio de una condición. Una sola condición. Leí esa parte tres veces. —¿Qué significa esto? —pregunté, levantando la vista. —Lo que dice —respondió Dante, con esas economia suya de palabras. —La condición —dije—. 'Presencia voluntaria y continua.' ¿Qué significa presencia voluntaria? Dante se sentó entonces. No en su silla de trabajo — en el sillón lateral, a una distancia que era conversacional sin ser íntima. Me miró con esa calma que yo ya sabía que no era indiferencia sino la forma que él tenía de estar completamente presente sin mostrarlo. —Significa que si decides quedarte —dijo—, te quedas porque lo eliges. No porque no tengas opción. Lo miré fijamente. —Pero si me voy —dije, con cuidado—, la deuda vuelve. —No —dijo—. La deuda está anulada de todas formas. —Una pausa—. Lo que vuelve es la exposición. Sin mi nombre encima, tú y Gianna son dos mujeres sin protección en un mundo donde el apellido Valenti todavía debe dinero a personas que no son yo y que no tienen mis... consideraciones. El silencio que siguió no fue incómodo. Fue del tipo que necesita espacio para que las cosas se asienten. —¿Por qué? —pregunté finalmente. La misma pregunta de siempre, la única que importaba con él—. ¿Por qué esto? ¿Por qué ahora? Dante miró la ventana un momento. Luego me miró a mí. —Porque anoche fuiste al jardín —dijo—. Y volviste. Y no volviste por mí. —Sus ojos no se apartaron de los míos—. Eso me dijo algo sobre ti que ningún contrato puede comprar. —¿Qué te dijo? —Que tienes un código. Y que ese código no se rompe aunque tengas todos los motivos del mundo para romperlo. —Una pausa breve—. Ese tipo de personas son escasas, Lucia. Y no se tratan como mercancía. Algo en mi pecho se tensó de una manera que no era dolor pero que tampoco era su opuesto. Tomé el documento. Lo leí una vez más, completo, con esa atención metódica que había aprendido a aplicar a todo lo que venía de Dante porque con él los detalles siempre importaban. Luego lo dejé sobre la mesa. —Necesito tiempo para pensarlo —dije. —Tienes hasta mañana —dijo Dante, y en eso había algo que no era presión sino respeto por el proceso—. No es urgente. Pero tampoco es eterno. Me levanté para irme. —Lucia. Me giré. —El apellido en el documento —dijo—. Clifford. No Valenti. —Sus ojos sostuvieron los míos—. Porque ese es tu nombre. El que fue tuyo antes de que alguien te convenciera de cambiarlo por el suyo. Salí del despacho sin responder. Porque no había respuesta que no revelara demasiado sobre lo que acababa de sentir. ✝✝✝ Esa noche no fui a cenar. Mandé a decir con Rosa que no me sentía bien. Era mentira y probablemente Dante lo sabía, pero lo respetó — no mandó a buscarme, no apareció en el dormitorio antes de la hora habitual, no hizo ninguno de los movimientos que yo esperaba de un hombre acostumbrado a que sus decisiones no se cuestionaran. Me senté en el diván rojo de su habitación — ese diván que la primera noche me había parecido parte de una decoración amenazante y que ahora era simplemente un mueble donde me sentaba a pensar — con el documento en las manos y las preguntas ordenándose en mi cabeza con esa claridad fría que a veces llega cuando te permites estar quieta. Pensé en Gianna. En la línea de su libreta. En lo que significaba que mi hija de dieciocho años, que había llegado a esa mansión amordazada y aterrorizada, hubiera escrito no quiero irme con la letra grande y cansada de alguien que lleva tiempo cargando algo que no sabe cómo soltar. Pensé en Dante. En desde siempre. En el quería saber si ibas a volver. En el apellido Clifford impreso en un documento con la precisión deliberada de quien sabe exactamente lo que hace. Pensé en mí. En la Clifford que fui y en la Valenti que me hice y en esta mujer que estaba siendo ahora, en esta mansión, en esta vida que nadie me había preguntado si quería, que sin embargo se había convertido en algo que reconocía aunque no pudiera nombrarlo todavía. Y pensé, con esa honestidad brutal de las noches cuando no hay nadie mirando: ¿Cuándo fue exactamente que esto dejó de sentirse solo como una jaula?
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