El apartamento de Milena se encontraba en un lindo barrio. Era de buen tamaño, con una amplia sala y cocina, dos dormitorios y una pequeña terraza desde donde se divisaba una concurrida avenida.
Me mudé un par de semanas después de nuestra charla, solo con mi ropa, algunos libros y recuerdos familiares.
Tenía todo el lugar para mí, pues las cosas marchaban viento en popa entre Milena y el señor de la Cruz, quien le había invitado a una carrera de atletismo. Pensé que ir a correr a las seis de la mañana era algo extraño y poco romántico, pero ¿qué sabía yo de citas y romance? Hacía ya casi dos años que no salía con nadie y mis relaciones - pocas - nunca habían durado más de tres meses.
A eso de mediodía ya prácticamente había acabado de ordenar mis cosas e hice una pausa para preparar algo rápido de comer.
Me sobresalté cuando escuché ruido de voces y la puerta abrirse. Milena apareció con una gran sonrisa y el rostro algo quemado por el sol.
Tras ella, distinguí una sombra.
Así que ese era el famoso Fernando. Recordé que había dicho que “no era guapo, guapo” y si ese hombre no le parecía guapo, no sé quién lo sería.
Debía medir poco más de metro setenta y cinco y era de contextura delgada, pero evidentemente le gustaba el deporte pues sus brazos y piernas estaban muy bien definidos. Tenía rostro cuadrado, ojos pequeños y oscuros; piel blanca algo quemada por el sol y cabello castaño rojizo.
Me sentí algo intimidada cuando me miró. Era una mirada que parecía penetrar hasta el fondo de tu alma y podía escudriñar tus más íntimos pensamientos. Y ahí estaba yo, con una camiseta vieja que había sido de mi papá, un short de mezclilla y el cabello apenas sostenido en un moño desordenado en lo alto de la cabeza.
Milena me saludó, hizo las presentaciones de rigor, pero yo apenas pude hacer un gesto con la mano.
- Muero de sed - dijo ella acercándose a la cocina.
- Hice un poco de limonada - respondí rehaciéndome - Está fría -
- ¿Quieres, Fernando? - se volvió al hombre que permanecía de pie en medio del salón.
- No, prefiero agua - su voz era suave.
Recogí mis cosas rápidamente y mientras Milena le entregaba el vaso con agua, traté de escabullirme al dormitorio.
- Oye, ¿a dónde vas? Quédate a conversar con nosotros -
Me volví lentamente y traté de mostrarme natural.
- Tengo un caos en la habitación, aún me falta mucho por ordenar -
Milena me miró no muy convencida, pero no le di tiempo de decir algo más y me encerré en el dormitorio.
Me acomodé en la cama, comiendo lentamente. En la sala no se oía ruido alguno. ¿Qué estarían haciendo esos dos? Tal vez era mejor que no tratara de averiguarlo.
Había pasado quizás media hora cuando alcancé a oír que se despedían y de inmediato, Milena corrió al baño.
Sus duchas eran largas. Supongo que mantener esa apariencia requería mucho esfuerzo.
Terminaba de acomodar los libros cuando llamó a la puerta.
- Un caos, ¿eh? - dijo deteniéndose en el umbral y paseando la mirada por el espacio.
- Perdona. Me tomaron por sorpresa. Estaba desarreglada y con hambre. No era así como quería conocer a tu novio -
Milena sonrió.
- Lo supuse. Debí avisarte. Pero podrás conocerlo mejor esta noche -
- ¿Vendrá de nuevo? -
- No. Saldremos con unos amigos y tú vienes conmigo -
- ¡Oh, no, no! No quiero… Estoy cansada y…
- Sin excusas. ¡Por todos los cielos, Amelia! ¿Cuándo fue la última vez que saliste a beber algo y bailar? -
- Sabes que no me gustan los tumultos -
- Iremos a un lugar bonito… Anda, tienes que quitarte un poco de polvo de encima. Ponte algo sexi, arréglate un poco… ¿quién sabe? Tal vez conozcas alguien que te agrade -
En mi guardarropa no había nada que pudiera considerarse sexi, no de la forma en que Milena lo imaginaba, así que mientras ella parecía una diosa en su vestido dorado que apenas cubría las zonas de su cuerpo que el pudor demandaba, yo vestía un pantalón de mezclilla, una blusa negra de cuello alto y botines.
Aunque mi cabello era lacio de naturaleza, lo había planchado y me maquillé con un poco más de esmero.
A las ocho en punto sonó el teléfono de Milena y me llamó con un gesto.
Frente al edificio nos aguardaba una camioneta gris de enormes faros. En cuanto nos divisó, Fernando bajó del auto y en mi interior sonreí. Vestía camisa negra y pantalón de mezclilla. El cabello se veía un poco más oscuro, pues estaba húmedo y todo él exudaba un delicioso aroma a madera.
Besó a Milena en la mejilla y me lanzó una mirada rápida.
“Sí, amigo, ya sé cuán ridícula me veo junto a ella” pensé.
Para cuando reaccioné la ayudaba a subir al auto. Me acerqué entonces, dispuesta a subir también, pero algo en su expresión me hizo detenerme. Cerró la puerta delantera y sin dejar de mirarme, se acercó a abrir la puerta.
- Amelia, ¿verdad? - preguntó en voz baja, casi un susurro.
Asentí.
Me tendió la mano y por un momento no supe qué hacer. La tomé, tratando de que el contacto fuera el mínimo y subí con torpeza. El auto era muy alto.
Una leve sonrisa asomó en su rostro y me sentí ruborizar.
“Ha de pensar que soy una tonta” me dije.
Ocupó su lugar y el auto arrancó con un potente rugido.
No puse mucha atención a la conversación entre la pareja. Simplemente observaba como el auto avanzaba por la avenida, sorteando el tráfico con una facilidad que parecía irreal. Supongo que conducir este tipo de autos te da esa seguridad.
Luego de unos minutos llegamos a un lugar ubicado en una zona de moda y entramos sin mayores ceremonias.
En un reservado ubicado en la segunda planta del lugar nos aguardaban dos parejas amigas de Fernando y unos amigos de Milena.
Todos ordenaron cerveza, mientras yo preferí un coctel con vodka. Lo cierto es que nunca me gustó la cerveza.
“¡Vaya! Vodka, ¿eh?” parecía decir la mirada de Fernando.
Bueno amigo, lo que no sabes es que con eso me bastaba para toda la noche. No bebía con frecuencia y conocía bien mis límites. No era que temiera hacer el ridículo. Cuando bebía, me daba sueño y si en circunstancias normales me era difícil conversar, con licor me era absolutamente imposible pronunciar palabra.
Mientras cada uno se ocupaba de sus respectivas parejas, me contenté con observar a los que bailaban en la parte baja.
Pronto el grupo se dirigió a la pista de baile y solo quedamos en el reservado uno de los chicos y yo. Intercambiamos unas pocas palabras y luego él pareció encontrar algo más interesante en su teléfono.
A eso de las doce, el DJ inició un set de música tropical. El grupo, algo cansado, había regresado para refrescarse y conversaban animadamente. Milena incluso se había quitado sus stilettos.
- Fernando, cariño, ¿por qué no llevas a Amelia a bailar? -
Palidecí al escuchar a mi amiga decir tal disparate.
- A ella le encanta el merengue - añadió.
- No, no… - balbuceé.
Pero Milena me ignoró y Fernando, sin decir una palabra se puso de pie y me tendió la mano.
Me puse de pie lentamente. No iba a hacer una escena. Sería solo una pieza y yo… ¡Cielos! ¿Hace cuánto no bailaba?
El pasillo era estrecho así que me cedió el paso para que fuera primero. Me interné en el centro de la pista, donde no pudieran vernos y aguardé.
Comenzamos a bailar sin mirarnos. Al menos, yo no lo miraba a él. Pero cada vez más gente llegaba a la pista y el espacio se fue achicando.
Sentí su mano en mi espalda y mi cabeza apenas llegaba a su barbilla. El calor de su piel atravesaba la tela de mi blusa y la mezcla de su colonia con el sudor y la cerveza, era un aroma interesante y algo placentero.
El empujón de una pareja demasiado entusiasmada provocó que perdiera el equilibrio e instintivamente me sujeté a él.
- Lo siento - murmuré.
- Está bien, Amelia - respondió en mi oído.
El ritmo cambió a salsa y me detuve.
- ¿Qué sucede? -
- Soy terrible con la salsa - dijo con un gesto de disculpa.
- No lo creo - fue su respuesta y me atrajo hacia él.
¡Oh, cielos! Ahora sí haría el ridículo. Cuando traté de hacer el primer giro y me enredé, mostró una pequeña sonrisa.
Trataba de seguir sus movimientos, de verdad lo intentaba, pero era imposible. Sin embargo, no parecía molestarle.
- Gira, a tu izquierda - decía con voz suave y paciente - Ahora vuelve… Derecha… - seguía dando instrucciones y solo deseaba que la canción acabara.
- Ha sido suficiente suplicio - dijo deteniéndome - Creo que debemos volver con los demás -
Fernando asintió y dejamos la pista, sin embargo, me llevó a la barra. Dijo algo al bartender y luego se volvió a mí.
- Cuando dijiste que era un suplicio, ¿te referías a bailar conmigo? -
Estaba muy serio y sentí que mi rostro ardía de vergüenza.
- ¡No, no! ¡Cielos, no! - respondí rápidamente - Lo decía por mí… porque no bailo bien… Hice el ridículo… Seguramente te avergoncé -
El hombre dejó una cerveza y un coctel frente a nosotros.
- No fue tan malo - dijo Fernando con una sonrisa y me acercó la bebida.
En otras circunstancias me habría negado, pero luego del baile y del breve intercambio, preferí cerrar la boca.
- ¿Lo fue? - me miraba fijamente.
- No de tu parte. Fuiste muy amable y paciente. Gracias -
Asintió y tomó un trago grande. Miré hacia la segunda planta, pero estábamos fuera de su vista.
- ¿Vamos? - él seguramente adivinó mis pensamientos.
Asentí y tomé la copa con cuidado de no tropezar.
Sentí que de nuevo colocaba su mano en mi espalda y traté de apresurarme a subir, pero había demasiada gente. Él lo notó porque se adelantó levemente, abriéndose paso con su brazo.
Cuando finalmente volví a mi sitio en el reservado, ni siquiera lo miré.
- ¿Cómo estuvo? - preguntó Milena divertida, pero me fue imposible escuchar la respuesta de Fernando.