4. Señor y señora de la Cruz

1695 Palabras
Fernando y Milena salieron por seis meses hasta que él le propuso matrimonio. No fue un compromiso largo y tres meses después, se convirtieron en marido y mujer en una lujosa y exclusiva ceremonia en un hotel de la ciudad. Durante ese tiempo, mi relación con él era muy distante y fría. Evitaba estar con ellos y pocas veces accedí a acompañarlos en sus salidas. No era que él me desagradara. Sabía que era un buen hombre. Milena se había enamorado de él y estaba convencida que él también la amaba. Pero esa era mi naturaleza, reservada y poco sociable. La nueva señora de la Cruz me hizo prometerle que me quedaría en su apartamento, sin embargo, era un lugar muy grande para mí. ¿Qué haría yo sola en ese lujoso apartamento? Además, me quedaba algo lejos del trabajo y preferí buscar algo más acorde a mis gustos y necesidades. Conseguí un apartamento de un solo dormitorio, en una ubicación mucho más céntrica. Gracias a la promoción que Milena había conseguido para mí en el Departamento Legal y a los consejos de mi amiga para estirar mi presupuesto al máximo, pude comprar algunos muebles sencillos. Además, algunos de los regalos de su boda acabaron en mis estantes. En cuanto regresaron de su luna de miel, Milena me invitó a visitarla en su nuevo hogar. Fernando tenía en las afueras de la ciudad una casa bellísima, decorada con buen gusto y algo de ostentación. Aun así, permitió que su esposa hiciera algunos cambios para hacer el lugar más suyo. Sin duda alguna mi amiga era muy feliz. Me narraba entusiasmada todas las aventuras que habían vivido y sus planes para su nueva vida. - Trabajaré un par de meses más - decía mientras bebíamos un café - Solo mientras dejo listo el cierre. Le dije a Fernando que deseo empezar a tener hijos de inmediato - hizo un gesto pícaro - Creo que tendremos tres o cuatro - - ¡Guau! Vas muy rápido - dije riendo. - Es lo que más deseo, tú lo sabes, linda. ¿Cuántas veces te hablé de mi familia soñada? - - Lo sé, lo sé - estreché su mano - Pero dime, ¿él está de acuerdo? - - ¡Oh, por supuesto! Quizás Fernando habría querido esperar un poco más, pero desea tener hijos tanto como yo - - Serás una madre maravillosa y tendrás niños hermosos - Traté de retirarme temprano, pero cada vez que lo mencionaba, Milena cambiaba de tema. A eso de las siete, Fernando llegó. Creo que no esperaba tener visitas tan pronto y no fue lo suficientemente rápido para ocultar su sorpresa. Sin embargo, se rehízo rápidamente y me saludó. - ¿Quieres cenar, cariño? - Milena había ido a su encuentro. - Iré a darme un baño primero. Me reuniré con ustedes en un momento. ¿Te quedas a cenar, Amelia? - - No, en realidad debo irme - dijo mirando mi reloj - Es tarde y no quiero molestar - - Anda, acompáñanos - de pronto su tono era más relajado - Yo te llevaré a casa luego - Esa última frase me provocó un escalofrío y sentí la urgencia de retirarme cuanto antes. - Ven, Amelia, ayúdame - intervino Milena antes de que yo pudiera decir palabra - Ve, cariño. No tardes - No podía dejar de pensar que no debía estar allí. Ellos eran recién casados. No debí permitir que ella me retuviera. Milena era práctica con relación a la comida. Aun así, podía preparar los platos más sencillos y hacer que parecieran obras de arte. Me encargué de preparar la ensalada y cuando Fernando se nos unió, ya casi todo estaba listo. Conversamos sobre temas generales y no bien acabamos de cenar, me disculpé. - Bien, creo que ya he abusado demasiado de su hospitalidad. Pero no te preocupes - me volví a Fernando - pediré un taxi. Volver a esta hora a la ciudad será una locura - - No digas tonterías - él se puso de pie sin mirarme - Te llevaré a casa. Buscaré mis llaves - se inclinó para besar la mejilla de Milena y desapareció en el vestíbulo. - No quiero molestar… - dije a mi amiga. - Como dijo mi esposo: no digas tonterías. ¿Un taxi desde aquí a tu casa? ¡Eso sí es una locura! - La abracé. - Me alegró mucho verte y pasar este rato juntas - - Aun podremos vernos por unas semanas en el trabajo, pero luego de eso, vendrás a visitarme con frecuencia, ¿me lo prometes? - - Amiga, estarás muy ocupada para recibir visitas - le dije riendo. - No para ti, linda. No para ti - Oí el motor del auto y preferí no hacer esperar a Fernando. Milena me acompañó al portal y subí al auto. Rápidamente hice un gesto de despedida con la mano y él arrancó. Viajábamos en silencio. No sabía qué decirle. ¿De qué podíamos hablar? La verdad no me habría importado no decir una palabra en todo el camino, pero me parecía de mala educación. - Milena se ve muy feliz - dije al fin. - Ese es mi trabajo ahora - respondió él y hubo algo en su tono que me hizo mirarlo. Quizás era muy solemne. - No te será difícil - traté de sonreír - Ella te ama con locura - Fernando no respondió y me inquieté. - Y tú la amas también… - traté de leer sus pensamientos. - Sí, la amo - me miró un momento y luego volvió su atención al camino. Bien, había sido suficiente charla. - ¿Sigues bailando salsa? - Su pregunta me sobresaltó. De pronto su actitud había cambiado y ahora sonreía. - No - logré responder - Esa es una misión suicida. No arrastraría a nadie a ella - - Creo que estás exagerando - - Tú lo viviste en carne propia, ¿no? - El semáforo estaba en rojo y se detuvo. Me miró fijamente. - Creí que habíamos acordado que no había sido tan malo - Me encogí de hombros y mantuve la mirada fija en el parabrisas. - No creo que quiera adentrarme en ese campo - - Es una lástima. Creo que serías una gran bailarina - Volví a encogerme de hombros. - No salgo mucho - - Milena siempre te invitaba a nuestras actividades, ¿no es así? Pero siempre te negabas. Quizás no te agrada nuestro grupo - - No es eso - me sentí avergonzada - Yo soy así… solitaria. Me cuesta integrarme en los grupos - Él no respondió. Exhalé un suspiro. De pronto me sentía como una tonta. - Es por aquí, ¿verdad? - su voz me sacó de mis pensamientos. Miré a mi alrededor. Me era difícil distinguir donde estábamos. - Pasamos la avenida seis hace un momento - dijo él - ¿Debo seguir directo? - Titubeé y busqué en mi teléfono. - Lo siento. Soy terrible con las direcciones - observé el mapa - Sí, hay que seguir directo dos cuadras y luego a la izquierda - - Bien - El auto finalmente se detuvo frente al edificio y aunque quería bajar de allí cuanto antes, tomé algo de aire y me volví a él. - Gracias por traerme. Fue muy amable de tu parte… Supongo que estabas ansioso por llegar a casa con tu esposa y yo lo estropeé - - En lo absoluto, Amelia - me miró muy serio - Milena tenía muchos deseos de verte y sé que le alegró pasar la tarde contigo - - ¿Ves? Eres demasiado amable - tomé la manija de la puerta, pero esta no se abría. - Aguarda - estiró la mano y su gesto me sobresaltó. Repentinamente, mi corazón latía aceleradamente. Liberó el cinturón y luego oprimió el seguro de la puerta. Bajé rápidamente y me dirigí a la calzada. Él también había bajado del auto y observaba el lugar con curiosidad. - Así que aquí vives ahora - - Sí, es un lugar humilde, pero está bien para mí - - Supongo que te es más fácil ir al trabajo - - Sí, es una de las razones por las que me mudé aquí - Busqué mis llaves. Esperaba que se retirara, pero simplemente permanecía allí. ¿Qué esperaba? No lo iba a invitar a pasar. ¿Por qué no se va a casa con su esposa? - Ve - de nuevo había leído mis pensamientos - Aguardaré que entres a la casa - - Gracias de nuevo por traerme - traté de sonreír, pero no logré más que una torpe mueca - Buenas noches - - Buenas noches, Amelia - Entré a la casa rápidamente y ni siquiera prendí la luz. Me quedé apoyada en la puerta, aguardando que el auto se alejara. Oí el golpe de la puerta y el rugido del motor. Aceleró un par de veces y finalmente se fue. Me dirigí al dormitorio y busqué mi pijama. Solo quería acostarme y dormir. Me sentía algo cansada, pero a la vez nerviosa. No sabía por qué me comportaba de esa forma con Fernando. Sabía que era una buena persona, amable y simpático, pero siempre me ponía a la defensiva en su presencia. Milena trabajó dos meses más y dejó la empresa. Sabía que no extrañaría trabajar. Ahora solo pensaba en su nueva familia, en la familia que quería construir al lado de Fernando. Aunque conversábamos con frecuencia y ocasionalmente nos veíamos para comer algo, no volví a visitarlos a su casa. Me parecía que era una intromisión. Además, mi nuevo puesto me exigía más dedicación. Quería aprovechar la experiencia, aprender todo lo posible para cuando pudiera volver a la universidad. Tenía que hacer algunos ajustes en mi presupuesto, pero tal vez, para el próximo cuatrimestre podría matricular un par de cursos. De todas formas, con el trabajo, no podía sobrecargarme mucho y, además, no podía pagar más que eso. Pero sentía que si lograba matricular aunque fuera un curso, me daría el impulso que necesitaba. De pronto, todo en mi vida parecía marchar bien.
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