—Muchas gracias no sabes lo agradecidos que estamos —le estrechó la mano Fortuna. —No hay nada que agradecer, ¿van algún lugar en particular? Por sus acentos se nota que no son de por aquí— dejó todo en la barda y comenzó a dibujar y a señalar los poblados cercanos. —Quiero volver a mi pueblo, pero no sé cómo llegar de aquí, para eso queremos el mapa. —¿De dónde vienen? —Se pego la cabeza y no lo recuerda —hablo Leo desde atrás de la espalda de Fortuna, se asomó un poco, pero se volvió a esconder. —Ah... Que mal que te pegaras —levantó una ceja el chico de pelo alborotado— Pues por tu acento, tu forma de pararte la ropa que llevas, me suena que eres de Epimoní, está como a tres o cuatro horas caminando de aquí. —¡Epimoní! —grito Mateo con una sonrisa. —Adivine —le sonrió— espero que

