Levka regresó a la mansión cuando la luz de la tarde comenzaba a ceder ante las sombras largas del vestíbulo. Lo primero que vio fue a Miranda instalada en el sofá de la sala, con Umma ovillada sobre sus piernas. Ella le acariciaba el pelo a la gata con una tranquilidad que parecía ignorar la tormenta que siempre acompañaba la entrada del Pakhan. Maksim no estaba; el hombre tenía asuntos propios que atender en la ciudad y había salido hacía horas, dejando aquel espacio cargado de una calma artificial que Levka rompió con el solo eco de sus pisadas sobre el suelo. Miranda levantó la vista y sus ojos azules buscaron de inmediato lo que él había prometido, pero las manos de Levka estaban vacías. No traía el bastón nuevo. A pesar de la falta de apoyo, ella se levantó despacio, apoyándose con f

