Tumba o corona

2709 Palabras
—¿Casarme con él? ​La pregunta salió de los labios de Miranda cargada de una incredulidad que rayaba en el espanto. Era algo ridículo, una ocurrencia tan fuera de lugar que por un segundo pensó que el agotamiento le estaba jugando una broma cruel. Observó a Levka, quien acababa de pronunciar aquellas palabras, y notó de inmediato que él no parecía ni un poco entusiasmado con la idea. Su rostro era gélido y su postura destilaba una hostilidad que se podía sentir en el aire. Cuando se supo años atrás que Randall tenía una bastarda, Aleksei, al igual que el resto de la organización, se había hecho de la vista gorda. No porque no le molestara, pues la existencia de hijos ilegítimos estaba estrictamente prohibida en la Bratva y todos conocían el destino que les aguardaba, sino porque el hecho de que Miranda fuera mujer jugó a su favor. Jamás fue vista como una amenaza real para el poder. ​Sin embargo, pese a que el propio Aleksei había deseado erradicar su existencia en el pasado, la charla final con Randall en su lecho de muerte lo había cambiado todo. Comprendió que el viejo Randall se había mantenido leal a los principios de la organización hasta su último aliento. Podía haberse levantado en armas, tenía hombres que lo seguían con devoción ciega y que habrían provocado una guerra interna por proteger a su hija, pero no lo hizo. Esa era la lealtad que Randall le tenía no solo a la Bratva, sino a los Ivanov como su propia familia, y Aleksei no podía ignorar un sacrificio de esa magnitud. ​—Le hice a tu padre la promesa de darte una vida digna —respondió Aleksei, rompiendo el silencio con su voz autoritaria—. Y esa vida no es posible a menos que tengas el respaldo de alguien poderoso. No hay nadie mejor que Levka para asegurarte ese lugar. Solo bajo su nombre estarás a salvo de los que hoy mismo piden tu cabeza. ​—¿Qué pasa si me opongo? —preguntó Miranda, clavando sus ojos azules en los del antiguo Pakhan. ​Levka soltó una risa burlona, un sonido seco que no tenía nada de alegría. Se adelantó un paso, invadiendo el espacio de Miranda con una presencia que resultaba asfixiante. ​—Si te opones, solo me facilitarás esta estúpida enmienda —declaró, demostrando que no estaba más feliz que ella con el arreglo—. Podré ahorrarme el teatro y meterte el plomo que tanto ansío justo en la frente. No creas que esto me causa placer; eres una carga que mi padre me ha impuesto. ​Hijo de puta. Miranda sintió que la sangre le hervía. Aquel hombre quería matarla tanto como los buitres que aguardaban afuera del panteón, y no se molestaba en ocultarlo. Sus ojos eran del color de una llama ardiente, fijos en ella con una intensidad que pretendía doblegarla. Comprendió la situación con una claridad dolorosa: estaba atrapada entre una tumba y un altar. ​—Piénsalo bien, Miranda —intervino Aleksei, tratando de suavizar la tensión sin perder su firmeza—. Tendrás esa vida que se te negó desde que naciste. Te convertirás en la reina de la Bratva. Nadie volverá a dirigirte una mirada de desdén sin pagar las consecuencias. ​Pero ella no quería eso. ¿Por qué demonios querría formar parte del mundo que aún la despreciaba? Casarse con el Pakhan no borraría el odio que toda esa gente sentía por ella, ni borraría el dolor y el daño causado en el pasado. No borraba las lágrimas que derramó cuando, años atrás, al querer borrarla del mapa en aquel atentado, terminaron matando a su madre y dejándola a ella con una pierna destrozada. Miranda se negó, apretando el mango de su bastón hasta que los nudillos le quedaron blancos. ​—Si esto no es más que un favor que pretende hacer a mi padre, entonces no demoren más y tiren esa bala que tanto han guardado para mí —declaró con voz firme, dirigiendo su mirada una vez más a esos ojos ámbar que no se habían alejado de ella—. No estoy dispuesta a cambiar de jaula, y mucho menos a unir mi vida a un hombre que ansía verme muerta. Prefiero el final que me corresponde al lado de mi padre que vivir bajo el mismo techo que mi verdugo. ​Levka reaccionó por instinto, llevando la mano hacia el arma que cargaba en el pantalón, si eso quería, no había más que hablar, terminaría con eso de una buena vez. Pero Aleksei fue más rápido y lo detuvo, sujetándolo del brazo con una fuerza que recordaba quién seguía teniendo el mando moral en esa habitación. El ambiente se volvió denso, cargado de una electricidad que amenazaba con estallar. ​—Dejaré que lo pienses —sentenció Aleksei, manteniendo su porte imponente de mafioso—. Si bien estoy dispuesto a que se cumpla el deseo de Randall, no se puede lograr si tú no cooperas. No nos hagas perder el tiempo, Miranda. Tienes hasta mañana para decidir si quieres una corona o un entierro. ​Miranda los vio alejarse, sintiendo el eco de sus pasos resonar en el despacho como una cuenta regresiva. Sin decir una palabra más, se dio la vuelta y se encaminó hacia la habitación donde había pasado la noche. Se encerró bajo llave, sintiendo que las paredes de la lujosa mansión comenzaban a cerrarse sobre ella, mientras el rostro de Levka y su promesa de muerte seguían grabados en su mente. No estaba dispuesta a ceder. Ahora resultaba que eran unas almas caritativas dispuestas a darle una nueva oportunidad. Que se fueran al diablo todos. Se sentó en el sofá, repitiendo el ritual de su primera noche, y con Umma refugiada en su regazo comenzó a llorar. Las emociones la sobrepasaban; jamás pensó que añoraría tanto la muerte hasta que su padre dio su último respiro. El pecho se le apretó y las gotas saladas escurrieron en silencio por sus mejillas, manchando su falda mientras el vacío de la ausencia de Randall se ensanchaba como una herida abierta. … ​Cuando Levka salió con Aleksei de aquella habitación, la furia le desencajaba las facciones. Aunque una parte de él disfrutaba de la negativa de Miranda, el orgullo herido pesaba más. Eso le pasaba a su padre por tratar de ser generoso: una bastarda estaba rechazando un matrimonio con el mismísimo Pakhan de la Bratva. No quedaría más que matarla. En el pasillo, Nyx se acercó a ellos, y lo primero que recibió de su hijo fue un reclamo cargado de veneno. ​—¿Qué carajos hace ella aquí? —le espetó Levka a su madre, detestando la idea de tener a esa mujer bajo un techo sagrado. ​—Es la mujer con la que vas a casarte, ¿dónde más podría quedarse? —le cuestionó Nyx con una calma que a él le resultó insultante. Estaba dando por hecho que sería su esposa. ​Estaba indignado. La casa de sus padres, al igual que la suya, era un lugar respetado, un refugio donde no se permitía la entrada de cualquiera, y mucho menos de alguien como ella. ​—Tal vez no sea una esposa y sí un cadáver mañana. No debiste precipitarte con una invitación tan imprudente —masculló él, aludiendo a la hospitalidad de su madre. Nyx soltó un suspiro pesado. ​—Ella no tiene la culpa de los errores de su padre ni de las reglas que rigen en la Bratva —sentenció, dirigiendo una mirada a su marido. Aleksei clavó sus ojos en su mujer mientras que Levka elevó una ceja, endureciendo la mirada. ​—Ella es lo que es, madre. Y si decide que debe morir, será lo mejor para todos. ​Nyx no pudo evitar estar en desacuerdo; había conocido a Miranda y creía firmemente que no merecía el destino que todos pregonaban como suyo. Escuchó a Levka salir de la casa con paso pesado y, poco después, el rugido de los motores de los autos siguiéndolo. Una vez que el silencio regresó a la mansión, la mujer se dirigió nuevamente a la habitación de la joven. Al entrar, vio a Miranda limpiarse los ojos frenéticamente, tratando de ocultar su rastro de vulnerabilidad. ​—Los hijos no deberían pagar por los errores de sus padres —comenzó Nyx, rompiendo el hielo—, y con "error" me refiero al hecho de que Randall no se haya casado con tu madre. ​—¿Cree que no soy un error? —preguntó Miranda con la voz ronca. Nyx sonrió débilmente y negó con la cabeza. ​—Deberías tomar esa propuesta justamente como una nueva oportunidad de tomar esa vida que te fue negada. Ser la esposa del Pakhan tiene sus beneficios, Miranda. El primero es que puedes restregarle en la cara a toda esa gente que no pudo contigo. Demuéstrales que mereces vivir más que nadie; y demuéstrale a Levka que no siempre el que tiene más autoridad es el que cumple sus deseos —culminó y se encogió de hombros. ​Miranda elevó las cejas ante la última frase. Nyx no parecía oponerse a que una ilegítima fuera la esposa de su hijo; al contrario, parecía incitarla a una rebelión silenciosa desde el trono. ​—La decisión está en tus manos —agregó la mujer antes de salir de la habitación. ​Miranda pasó el resto de la noche en vela. No quería estar cerca de esa gente, pero consideraba injusto su destino. Siempre creyó que eran unos malditos al querer deshacerse de alguien que solo quería un lugar en el mundo sin dañar a nadie. Lo consideró todo: si aceptaba, ¿cuál sería su lugar al lado de un hombre que la odiaba tanto? Tenía claro que, al aceptar, él ya no podría matarla. Una boda con el Pakhan que, irónicamente, la protegería de él mismo. ​Cuando el sol salió, su decisión estaba tomada. No tenía nada que perder; la muerte la rondaba desde su nacimiento. Lo peor que podía pasar era que la vida matrimonial fuera un infierno tal que ella misma solicitara el final, y como el divorcio no existía en la mafia, terminaría en el mismo lugar donde comenzó: reuniéndose con sus padres. ​—¿Dónde está el señor Ivanov? —preguntó a una mucama al salir de la habitación. ​La mujer le indicó que estaba en el despacho del fondo. Miranda caminó por los pasillos, apoyándose en su bastón con paso decidido. Al llegar, vio la puerta entreabierta y entró sin llamar. Sin embargo, al que encontró tras el escritorio no fue a Aleksei. Levka estaba ahí sentado, jugando con una pistola sobre la madera noble del escritorio, con una expresión de aburrimiento. ​—¿Se te perdió algo? —preguntó sin dejar de mirar el arma. ​Miranda negó con la cabeza, sin intención de hablar con él. Se dio la vuelta para irse, pero Levka se levantó y en un par de zancadas, se interpuso en su camino, bloqueando la salida. Miranda retrocedió por instinto, sintiéndolo demasiado cerca. Podía oler su colonia, una fragancia masculina y sofisticada que, aunque no era desagradable sino todo lo contrario, prefería no sentir tan cerca. Sus pasos hacia atrás la llevaron a chocar con el borde del escritorio, quedando atrapada entre el mueble y el cuerpo imponente del Pakhan. ​Levka la miró con un desprecio absoluto, inclinándose ligeramente hacia ella. ​—Dile a mi padre de una buena vez que rechazas esa propuesta tanto como yo —le ordenó con voz baja y peligrosa—. Ponle fin a este destino que están prolongando. ​Miranda no le agachó la cabeza pese a sentirse acorralada e indignada por sus palabras; sostuvo su mirada desafiante. En ese momento de tensión, Umma entró en el despacho. Al ver a su dueña en lo que parecía una situación de peligro, la gata no lo dudó: saltó con elegancia y ferocidad sobre el brazo de Levka, enterrando sus garras y arañando la piel tatuada. ​Soltó un gruñido sacudiendo su brazo y, en un arranque de furia ciega, sacó su arma y apuntó directamente a la gata, que había vuelto al suelo erizada y bufando. Miranda reaccionó por instinto, con una chispa encendiendo sus ojos azules. Antes de que Levka pudiera apretar el gatillo contra el pequeño animal, ella estiró la mano y sujetó el arma que él había dejado sobre el escritorio. Sin un gramo de duda, la levantó y le apuntó directo al pecho. Levka detuvo su movimiento, girando el rostro hacia ella con una sonrisa gélida y cargada de un desafío letal, mientras Miranda elevaba el mentón, sosteniendo el peso del metal con esa firmeza que poseía. ​—Atrévete a tocar a mi gata y tendrás una maldita bala en el pecho —sentenció, con una furia que hizo que el aire en el despacho se volviera irrespirable. ​La tensión entre ambos era insoportable, podía matar a la maldita gata en ese segundo y disfrutar del drama, de los gritos y del dolor de la joven. Miranda estaba nerviosa, con el corazón martilleando contra sus costillas, pero no titubeó. Sus dedos estaban listos; estaba decidida a disparar si él se atrevía a lastimar lo único que le quedaba de su hogar en Suzdal. ​Levka guardó su arma con una lentitud exasperante, pero no lo hizo por miedo a que ella le disparara. Se acercó tanto que sus alientos se mezclaron en el espacio mínimo que los separaba. Con un movimiento brusco y dominante, le sujetó la mano con fuerza, obligándola a clavar la boca de la pistola contra su propio pecho, justo sobre el lugar donde latía su corazón oscuro. ​—Hazlo, Milaya (Lindura) —le susurró con un tono que destilaba veneno y provocación—. Dispara la puta pistola y dame una razón más para querer matarte. Demuéstrame que tienes la sangre de Randall corriendo por las venas. ​Antes de que ella pudiera procesar el contacto o la palabra, Levka le arrebató el arma con una agilidad asombrosa. En un movimiento fluido, la puso contra la frente de Miranda, mientras con la otra mano la tomaba de la cintura, apretándola contra su cuerpo con una fuerza que le impedía cualquier intento de zafarse. Miranda no bajó la mirada; lo retó con la barbilla en alto, sus ojos azules ardiendo en un duelo silencioso contra los suyos. Sin un centímetro de espacio que pudiera separarlos. ​—Hazlo de una puta vez —le soltó ella, su rostro a milímetros del suyo—. Dispara esa bala que tanto has querido darme. No te tengo miedo. ​Levka ni siquiera lo pensó, apretó el gatillo sin pestañear. Miranda cerró los ojos con fuerza, esperando el estallido, y el silencio eterno. Sin embargo, lo único que se escuchó fue el seco ruido del percutor golpeando el vacío. El arma no tenía balas. Miranda abrió los ojos, encontrándose con la sonrisa cínica de Levka mientras él bajaba el arma. Por supuesto que quería pegarle un tiro, deseaba hacerlo más que nunca, pero más que a la propia Bratva, él le era leal a su padre; y le había prometido no matarla. Arrojó el arma nuevamente al escritorio y la soltó de golpe. La rabia en ambos bullía con una intensidad salvaje. La tormenta entre los dos solo se vio interrumpida cuando la puerta se abrió por completo y Aleksei entró, encontrándose con los dos envueltos en un aura de odio recíproco. ​—Creo que has tomado una decisión —dijo Aleksei, dirigiendo su mirada hacia Miranda. ​Se separó de Levka con toda la dignidad que pudo reunir, acomodando su falda y sujetando su bastón con fuerza. Miró directamente a los ojos del hombre que acababa de jugar con su vida, sosteniéndole el pulso de la mirada hasta el último segundo. ​—Acepto casarme —respondió, sellando su destino con una voz que no tembló al indicar que sus deseos de matarla no serían cumplidos.
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