Moscú se sentía como una boca abierta dispuesta a devorarla. A través de los cristales tintados del auto, Miranda observaba la capital rusa bajo el manto de la noche; resplandecía con una luz fría, eléctrica y despiadada. Sus calles eran anchas, flanqueadas por edificios que exhalaban un aire de poder antiguo y riqueza peligrosa. Era la primera vez que pisaba esa ciudad, y lo hacía con el corazón encogido, sabiendo que en cada rincón de ese asfalto ella jamás sería bien recibida. Para la gente que caminaba por esas aceras, ella era un fantasma, una mancha en el historial de uno de sus hombres más ilustres. Umma soltó un maullido inquieto desde el regazo de su dueña, y Miranda la apretó entre sus brazos, buscando en el calor del animal un consuelo que le impidiera desmoronarse mientras los hombres de Aleksei la guiaban hacia el lugar donde pasaría la noche.
Había imaginado todo tipo de destinos horribles para terminar su travesía. En su mente se habían dibujado calabozos húmedos, celdas malolientes en algún sótano industrial o cualquier rincón degradante que la Bratva creyera digno de alguien con su origen. Sin embargo, el lugar donde la camioneta se detuvo era todo lo opuesto. Miranda observó con el ceño fruncido la vasta mansión que se alzaba ante ella, una estructura imponente que gritaba linaje y estatus. El portón de hierro se abrió con un chirrido, dando paso a unos jardines perfectamente cuidados que parecían no tener fin bajo la luz de la luna. Estaba en la mansión del antiguo Pakhan.
Dos empleados se acercaron para guiarla al interior, mientras que a Denis, su único aliado, lo llevaron hacia alguna otra parte sin darle explicaciones. El sentimiento de desprotección la golpeó de lleno, pero mantuvo la espalda erguida mientras cruzaba el umbral.
Una empleada de uniforme impecable la recibió en el vestíbulo y le indicó que la siguiera. Miranda caminaba en silencio, con el eco de su bastón sobre el suelo de mármol siendo el único sonido que la acompañaba en aquel espacio que se sentía demasiado grande y demasiado ajeno.
«¿Se habrán equivocado» pensó con una amargura creciente. No tenía sentido que una bastarda fuera alojada en el corazón del poder de los Ivanov. Subió las escaleras con lentitud, sujetando el bastón con una mano y aferrándose al barandal con la otra. No es que el dolor en su pierna fuera insoportable en ese momento, pero solía evitar los esfuerzos innecesarios que delataran su limitación física. Al llegar a la planta alta, la mujer la condujo hasta el fondo de un pasillo y abrió una habitación que resultó ser tan amplia como acogedora. El lugar era cálido, decorado con telas pesadas y muebles de madera fina que hacían que el ambiente se sintiera casi hogareño.
Dejaron su maleta junto a la cama y la empleada le indicó que regresaría pronto con lo necesario para su gata. Miranda observó a Umma, que de inmediato saltó sobre uno de los sillones para inspeccionar el territorio con curiosidad felina. Poco después, otra mujer entró con una charola de comida que desprendía un aroma delicioso, mientras la primera dejaba un arenero en el cuarto de baño. Miranda observó los platos de porcelana y luego a las criadas con una mueca de incredulidad.
—¿Qué es esto? ¿Mi última cena? —preguntó con una voz cargada de un sarcasmo.
La empleada hizo una mueca nerviosa, sin saber qué responder, y se apresuró a salir de la habitación cerrando la puerta tras de sí. Miranda se quedó sola nuevamente. Tomó a Umma en sus brazos, se sentó en el sofá y soltó un largo suspiro. Comenzó a acariciar el pelaje n***o de la gata y pronto, aquellas gotas saladas que había estado conteniendo comenzaron a caer sobre su falda marrón. Dejando que una vez más el llanto la invadiera.
Cualquier persona normal a esa hora estaría velando a su muerto, lidiando con el vacío de la ausencia en un entorno conocido, pero ella estaba en territorio enemigo, esperando que alguien entrara para darle el tan aclamado tiro de gracia y así poder reencontrarse con sus padres en el silencio de la muerte.
Un golpe suave en la puerta la obligó a reaccionar. Limpió sus mejillas con rapidez, tratando de borrar cualquier rastro de debilidad. Escuchó unos pasos acercarse, firmes pero ligeros, y pronto una voz interrumpió su soledad.
—Así que tú eres Miranda Antonova —exclamó la mujer que acababa de entrar.
Miranda no respondió. Se topó con una figura elegante de ojos esmeralda y cabello oscuro que la observaba con una mezcla de curiosidad y algo que parecía ser respeto.
No tenía deseos de entablar conversación con nadie que perteneciera a esa familia, mucho menos con alguien que portara el apellido Ivanov con tanto garbo.
—Soy Nyx Ivanova, la madre de Levka —se presentó la mujer, mientras Umma ladeaba la cabeza desde el sofá—. Deberías comer algo. Te ayudará a sentirte mejor.
Miranda soltó una risa irónica, una que sonó vacía en la inmensidad del cuarto. ¿Cómo diablos se suponía que debía sentirse mejor en medio de su propio funeral anticipado?
—¿Qué es lo que desea, señora Ivanova? —preguntó sin rodeos, fijando sus ojos azules en los verdes de la otra mujer—. No comprendo qué hago aquí, pero viniendo de ustedes, no puede ser nada bueno.
Nyx sonrió levemente ante la franqueza de la joven. Parecía comprender que Miranda estuviera a la defensiva.
—Siento mucho la muerte de tu padre, Miranda. Sé lo que sientes en este momento —dijo Nyx con un tono suave.
Los ojos de Miranda se volvieron a llenar de agua, pero esta vez fue la rabia lo que impulsó las lágrimas. Negó con la cabeza, sintiendo que las palabras de la mujer eran un insulto a su propia tragedia.
—No, no lo sabe —explotó, con la voz quebrada por la indignación—. Estoy segura de que usted no tiene idea de lo que significa depender de una sola persona. De aferrarse al único ser que no la mira por encima del hombro como si fuera escoria. Usted no sabe lo que fue ver a su padre enfermo durante meses, aferrándose a una vida que ya no le pertenecía solo por el temor de que, con su muerte, se llevaran también a su bastarda. No se atreva a decir que sabe lo que siento.
La rabia de Miranda era un incendio que no planeaba cesar. Recordó a Dmitry entrando en la habitación de Randall sin siquiera mirarla, recordó el desprecio de la Bratva y la frialdad de Levka en la iglesia. No quería estar en esa mansión de lujo; quería estar con el cuerpo de Randall, permitiéndose llorar hasta vaciarse. Nyx escuchó el arrebato en silencio, manteniendo una calma que resultaba desconcertante.
—Es verdad —respondió finalmente—. Yo no tuve que pasar por nada de lo que has pasado tú. Pero estoy segura de que la pérdida de un padre, sin importar la forma en la que se vaya, es un vacío que no se puede llenar con nada. Ese dolor sí lo conozco.
Sus palabras fueron seguidas de un corto silencio.
—Me alegra saber que eres una mujer fuerte, Miranda. Espero que Alek no se haya equivocado en su decisión contigo.
Miranda abrió la boca para preguntar a qué demonios se refería con esa "decisión", pero Nyx ya se había dado la vuelta. Caminó hacia la puerta con la misma elegancia con la que había entrado y se retiró, dejando a la joven sumida nuevamente en el silencio de la habitación. Miranda no tuvo fuerzas para levantarse del sillón. Se quedó ahí, abrazada a su gata, respirando hondo y tratando de secar sus lágrimas mientras esperaba que aquel viacrucis terminara pronto, sin saber que su destino acababa de ser sellado en un pacto que la mantendría atada para siempre a la familia que tanto despreciaba.
La noche no fue menos fría pese a que la habitación era bastante cálida. Miranda apenas pudo cerrar los ojos un par de horas por el agotamiento, pero se negó a usar aquella acogedora cama que se sentía como una trampa. Se mantuvo en el sofá, que por fortuna era lo suficientemente cómodo para sostener su cuerpo exhausto y su mente alerta. Tomó su bastón y se puso de pie de inmediato cuando una de las empleadas entró con el desayuno, rompiendo el silencio del amanecer moscovita. La mujer le entregó una taza humeante con un gesto sereno.
—Es café caliente —le dijo con voz neutra—. La señora dijo que por lo menos lo bebiera; en una hora vendrán por usted para la sepultura de su padre.
Aquel comentario fue una punzada directa en su pecho, un recordatorio de que el tiempo se había agotado. Miranda tomó la taza entre sus manos y dejó que el vapor golpeara su rostro frío, aspirando el aroma amargo mientras trataba de encontrar fuerzas en algún lugar de su interior. Lo bebió más por inercia que por deseo. Después, cuando la empleada abandonó la habitación, se vistió con una lentitud ceremonial. Eligió una blusa de cuello alto y mangas largas, junto a una falda amplia, ambas de un n***o riguroso. Aplicó un poco de maquillaje en su rostro para ocultar las huellas del llanto y el insomnio; no esperaba impresionar a nadie, pero quería verse presentable para rendirle los últimos honores al hombre que lo había dado todo por ella.
Cargó a Umma en sus brazos y abandonó la habitación en cuanto le avisaron que era hora de partir. Bajó las escaleras con la misma dificultad con la que había subido la noche anterior, soltando un suspiro de alivio cuando vio a Denis esperando junto a la puerta principal. Caminaron hacia el auto en silencio, pero Miranda se inclinó hacia él para hablarle en voz baja, asegurándose de que nadie más escuchara sus últimas disposiciones.
—Quiero que te lleves a Umma y regreses a casa cuando esto termine —le dijo, entregándole a la gata—. Sé que papá te dejó una pequeña fortuna con la que podrás vivir cómodamente, así que, siendo un poco encajosa, quiero que me prometas que cuidarás de ella.
Denis apretó los puños, y sus venas se marcaron por la contención. Lo habían alojado en la casa trasera con el resto del personal y él tampoco había pegado ojo, torturado por la impotencia de no poder sacar a Miranda de aquel nido de lobos. Había pensado en mil planes de huida, pero todos terminaban con ellos dos acribillados antes de salir de Moscú. Era imposible cambiar lo que ya estaba escrito.
—No hagas algo estúpido, Denis. Prométemelo —le pidió Miranda, deteniéndose frente al vehículo y elevando el rostro para encontrar los ojos de su guardaespaldas. Eran un poco más claros que los suyos, pero en ellos se desataba la misma tormenta de rabia y desesperación que ella cargaba. Denis asintió con un nudo en la garganta, haciendo la promesa en silencio mientras tomaba a la gata. Miranda subió al vehículo que le correspondía y fueron llevados al panteón bajo un cielo gris que amenazaba con desplomarse sobre ellos.
El cementerio estaba abarrotado de miembros de la Bratva. Cada uno de ellos dirigió su atención hacia ella en cuanto bajó del auto, como si su sola presencia fuera un insulto a la solemnidad del acto. Miranda, con el mentón en alto y una dureza que no pensaba abandonar, caminó con su bastón hasta el féretro donde aguardaba Randall. Ahí pudo observar a la familia "oficial": Dmitry con su esposa tomada de su mano y dos mujeres más, que por el lazo sanguineo eran sus sobrinas, Darya y Viktorya. Aunque las dos eran mayores que ella.
Eran rubias, bonitas, con ojos marrones y vestidas con un luto impecable. Eran su sangre, y aunque ninguna le dedicó una mirada desagradable. Miranda no se permitió bajar la cabeza.
Antes de regresar su atención al ataúd, apoyando su bastón con fuerza en el suelo para evitar que cualquier temblor delatara su estado emocional.
Sintió la presencia de Levka Ivanov sin siquiera verlo. El Pakhan llegó junto a sus padres y se colocaron demasiado cerca de ella, permitiéndole sentir el desdén que emanaba de su figura imponente. Miranda sonrió para sus adentros; a pesar de no ser bienvenida, disfrutaba el hecho de que su existencia los incomodara incluso en el funeral.
La ceremonia fue rápida y dolorosa. Escuchó al sacerdote despedir al gran Randall Antonov y vio a las hijas de Dmitry llorar con sinceridad por su abuelo. Miranda no soltó ni una lágrima; ya se había vaciado por la noche y ahora solo se preparaba mentalmente para el final que creía inminente. Cuando la última palada de tierra cayó sobre la tumba, sintió las miradas de los presentes clavándose en su nuca como colmillos. Eran lobos hambrientos esperando el permiso para devorar a la oveja.
—¿Qué pasará con la bastarda, Pakhan? —preguntó de pronto Kazimir, un jefe regional de facciones toscas que no ocultaba su repudio.
Miranda apretó el puño sobre el mango de su bastón. Deseaba con toda su alma tener un arma para volarle la cabeza a ese sujeto antes de que terminara la frase. No tenía nada que perder. Sin embargo, la voz grave de Levka resonó con una autoridad que hizo que el aire se volviera pesado.
—No será aquí. Respeten la tumba de Randall —declaró el ruso, con un tono que mostraba cierta irritación.
Levka les dio la espalda y subió a su vehículo sin mirar atrás. Luego, Aleksei se colocó detrás de Miranda y le indicó que volviera con ellos. La llevaron de regreso a la mansión y ella solo pudo dedicarle un leve asentimiento a Denis a lo lejos, una despedida silenciosa antes de entrar de nuevo en la propiedad de los Ivanov. No entendía qué estaba ocurriendo; ¿de verdad pensaban matarla en la sala de su casa?
—No pareces tener miedo —le dijo Aleksei cuando estuvieron en el despacho.
—No lo espere —respondió ella con amargura—. Si su deseo es torturarme para desquitar cada año que me mantuve con vida, empiecen de una vez, porque han sido veintitrés años muy largos.
Aleksei sacó su arma con un movimiento fluido y caminó hacia ella, pero en lugar de apuntarle, la dejó sobre una mesa cercana y se detuvo frente a Miranda. Su porte era imponente, la viva imagen del poder que alguna vez había regido esas tierras.
—Lo que ocurre contra ti no es personal. La Bratva tiene reglas que se han mantenido por generaciones y el que tú sigas viva va en contra de nuestros principios —soltó sin intentar justificarse. Tampoco esperaba que lo comprendiera.
—No obstante... si esperabas morir, te tengo malas noticias —le dijo con voz serena—. Por qué eso no va a ocurrir.
Sirvió un trago de whisky y lo bebió con lentitud.
—Yo mismo me encargué de seguir esas reglas. Y jamás creí que llegaría el día de romperlas, pero le hice una promesa a tu padre: mantenerte con vida.
Miranda lo miró sin comprender, con el corazón acelerado por la confusión.
—No vas a morir como todos piensan. Tienes una nueva oportunidad.
Lo que el hombre decía debía ser una puta locura. Pero no parecía estar bromeando. De inmediato Miranda pensó que aquello no podía ser así de simple.
—¿A cambio de qué? —preguntó sabiendo que en ese mundo nada era gratuito.
—De casarte conmigo —respondió la voz de Levka a sus espaldas.
Él se colocó frente a ella, destilando un fuego en sus ojos ámbar que los hacía ver casi negros. El corazón de Miranda pareció detenerse por un segundo. No comprendía qué clase de broma retorcida era aquella, pero la mirada de Levka no era la de un hombre feliz. Parecía querer aniquilarla ahí mismo, y Miranda supo que era cierto. Que no estaba bromeando.
Mierda
Quizá su nueva vida sería mucho más oscura que la muerte que tanto había esperado.