Maldito compromiso

3176 Palabras
Como era de esperarse, la presencia de Dmitry Antonov no tardó en materializarse en el umbral de la mansión. Miranda sintió una ligera incomodidad invadirla en cuanto sus ojos se cruzaron con los del hombre que, por cuestiones de biología pero no de leyes, era su hermano. Dmitry poseía los mismos ojos azules que ella había heredado de Randall, una mirada gélida y profunda que contrastaba con su cabellera larga, atada en una coleta impecable que acentuaba su atractivo maduro. Podía contar con los dedos de una mano las escasas veces que sus caminos se habían cruzado. No existía entre ellos nada más allá de la sangre; ni recuerdos de infancia, ni ese lazo fraternal que la mayoría de las personas daban por sentado. ​Dmitry jamás había reprochado que su padre los mantuviera en mundos paralelos, y él mismo no tuvo el reparo de buscarla por cuenta propia. Miranda no podía culparlo por su indiferencia; entendía perfectamente que Dmitry era un mafioso que seguía las reglas de la Bratva fielmente, como dictaba el honor que se le había inculcado desde la cuna. Ante sus ojos, por mucho que el lazo sanguíneo fuera real, ella no era su hermana. La sangre que Miranda portaba estaba manchada por la ilegitimidad, y en la estructura rígida de su mundo, ella simplemente no existía. ​—Quiero ver a mi padre —ordenó Dmitry a la empleada que le abrió la puerta, con una voz gélida. ​Miranda agradeció internamente que llegara solo, sin la compañía de su esposa o sus hijas. Recibir a más gente en su espacio personal habría sido una carga que no estaba dispuesta a soportar, especialmente cuando esa gente representaba al mundo que la había exiliado como si fuera una peste. Se alejó de la entrada, arrastrando el sonido rítmico de su bastón sobre las baldosas pulidas, y se colocó frente al gran ventanal de la sala. Se apoyó con fuerza en la madera del bastón, observando el jardín de Suzdal mientras esperaba impaciente a que los hombres terminaran su reunión y se marcharan. Quería estar a solas con su padre. Si había alguien en el mundo que merecía acompañarlo en sus últimos suspiros, era ella, la hija que lo había amado en las sombras. ​Pasó media hora antes de que la puerta de la habitación se abriera de nuevo. Dmitry y Aleksei salieron con semblantes indescifrables, y Miranda no esperó un segundo más. Sin dedicarles una mirada, caminó con dificultad pero con prisa hacia el interior del cuarto. Se acercó a la cama de Randall, sintiendo cómo el corazón le golpeaba contra las costillas, y se sentó en la silla de siempre, tomando la mano rugosa y todavía cálida del hombre que había sido su único mundo. ​Randall abrió los ojos con lentitud. Ya no eran las orbes potentes de un guerrero, sino las de un hombre que estaba cruzando el umbral. Aun así, su mirada conservaba esa imponencia que lo definía. No se veía como un anciano decrépito; su voluntad lo mantenía presente incluso cuando su cuerpo ya no respondía. ​—Eres lo mejor que la vida me dio, Miranda —susurró Randall, su voz era un hilo rasposo que parecía nacer del fondo de su alma. ​Miranda sintió una presión insoportable en el pecho. Las lágrimas, que tanto se había esforzado por contener frente a los miembros de la mafia comenzaron a nublar su vista y a rodar por sus mejillas. Al ver que su padre se desvanecía, el nudo en su garganta se rompió por completo. Randall apretó débilmente sus dedos, tratando de darle un consuelo que ya no le pertenecía ofrecer. ​—Lamento no haberte dado la vida que merecías —continuó él, manteniendo ese aire de autoridad que no lo abandonaba—. Si hay algo de lo que me pudiera arrepentir, no es del hombre que soy, ni de las decisiones que tomé en la organización, pero sí del hogar que no te pude dar por mis propios pecados. Ahora me quedo con la tranquilidad de que tendrás una vida mejor. Aunque no esté ahí para verte convertirte en una reina. ​Randall soltó un suspiro largo, un aire que parecía llevarse la última chispa de fuerza que le quedaba. Sus ojos azules se fijaron en los de ella con un amor infinito, desprovisto de las reglas de la mafia que tanto los habían castigado. ​—Moya málen'kaya koroléva (Mi pequeña reina) —alcanzó a decir con una ternura que solo ella poseía. ​Miranda rompió en un llanto silencioso pero profundo, hundiendo el rostro sobre la mano de su padre mientras sentía cómo los dedos de Randall se relajaban poco a poco. Se permitió llorar por todo lo que no fue, por la movilidad que perdió en la pierna, por el amor que sus padres le tuvieron y por la soledad que sabía que le aguardaba. Observó cómo Randall cerraba los ojos por última vez, entregándose al descanso que tanto había postergado por protegerla. El silencio que siguió fue absoluto, marcando el fin de una era y el comienzo de su propia caída. Aún estaba asimilando el silencio de la habitación cuando el médico entró acompañado por Dmitry y Aleksei, confirmando lo que ella ya sabía: Randall había muerto. El antiguo Pakhan la observó durante unos segundos, notando cómo aquel rostro que antes destilaba hostilidad ahora se veía vulnerable, casi indefenso. No era más que una jovencita que había tenido la mala fortuna de nacer fuera del matrimonio, y ahora, por una promesa de honor, esa misma jovencita era su responsabilidad. Sus ojos se encontraron con los azules de ella y Aleksei no pudo evitar recordar a su propia esposa y sus primeros meses de matrimonio. Miranda no bajó la mirada; ignorando deliberadamente la presencia de los hombres, se inclinó sobre el cuerpo de su padre y le lloró. Se había contenido durante tanto tiempo que ahora le importaba poco lo que esa gente pensara de ella. Su llanto era genuino, un dolor que brotaba de la pérdida del único hombre que la había amado, y no del miedo por el destino que le aguardaba. ​Aleksei rompió el momento con su voz autoritaria, aunque sin la dureza de antes. ​—Arregla tus cosas. Vendrás con nosotros a Moscú. ​Miranda se limpió las lágrimas con las palmas de las manos y asintió con la frente en alto. Ni siquiera hizo preguntas; sabía que no tenía voz ni voto en lo que vendría. Se puso de pie con esfuerzo, apoyándose en su bastón, mientras Dmitry, con un rostro solemne, ordenaba a los subordinados que esperaban afuera que entraran a preparar el cuerpo de su padre. Miranda sintió una rabia inmensa quemándole las entrañas. La presencia de esos hombres en el lugar que con tanto recelo había llamado hogar le enfermaba. Se sentía como una jodida invasión, una profanación de su luto, pero no podía oponerse y mucho menos tenía ánimos para iniciar una batalla perdida. Caminó hasta su habitación y, con movimientos lentos, tomó un abrigo y algunas prendas que metió en una maleta. Si el Pakhan cumplía su palabra y la dejaba asistir al velorio, Miranda no les daría el gusto de verla demacrada, incluso si la iban a ejecutar minutos después. Eligió una falda marrón y una blusa color crema con un escote sutil que descubría sus hombros, colocándola junto a otros vestidos antes de cerrar el equipaje. ​Su gata, Umma, soltó un maullido corto, estirándose sobre la cama como si preguntara por qué estaba empacando. Miranda apretó los labios con fuerza; además de Denis, ella solo tenía a esa felina de ojos amarillos y el pensamiento de abandonarla le causaba una angustia punzante. ​—Debes quedarte aquí, Umma —le dijo con severidad, intentando convencerse a sí misma. ​Pero la gata no tenía ánimos de ser obediente. Con un salto elegante, se metió en la maleta abierta y se echó sobre la ropa, dejando claro que si Miranda se iba, ella también lo haría. Una pequeña sonrisa triste asomó en el rostro de la joven y decidió que no la dejaría atrás. ​Afuera, Denis Belov observaba el despliegue de vehículos negros con una tensión evidente. Al ver a la gente de la mafia detenerse frente a la propiedad, caminó hacia ellos con la espalda erguida. Denis era un fiel de Randall, un hombre con el tatuaje de una cruz en la mano y un arete en la oreja que le daba un aire peligroso y leal a la vez. Al ver a Dmitry, le preguntó con un nudo en la garganta si lo peor había ocurrido, y al recibir el asentimiento del hijo legítimo de Randall, su mirada se endureció. Sabía lo que pasaría. Vio a un empleado cargando la maleta de Miranda y supo que se la llevaban. ​—Yo voy con ella —declaró Denis, plantándose frente a Aleksei, importándole poco si eso era una ofensa. No lo hacía solo por la consigna que Randall le había dejado, sino por una lealtad que iba más allá del contrato. Denis estaba dispuesto a seguirla hasta el último momento. Aleksei hizo un movimiento de mano autorizando su presencia, algo que intrigó a sus escoltas, no obstante le ordenaron abordar uno de los vehículos. ​Miranda salió de la casa con la mirada seria y los ojos enrojecidos. Al llegar al auto que le habían asignado, elevó la vista y se topó con el rostro de Levka Ivanov en otro de los vehículos. El Pakhan acababa de llegar para encontrarse con su padre. Sus ojos se encontraron y, durante unos segundos que parecieron eternos, ninguno de los dos bajó la mirada. En los ojos ámbar de Levka se notaba un aire burlón, casi divertido; le parecía irrisorio que, estando en esa situación desesperada, ella se empeñara en mostrarse tan digna. Miranda subió al auto cuando Dmitry se lo indicó, sintiéndose como una oveja que estaba siendo llevada al matadero. El convoy emprendió el viaje hacia Moscú, una ciudad donde ella era vista como una peste y donde la noticia de la muerte de Randall se esparcía como pólvora, poniendo a toda la organización a la expectativa de su ejecución. ​Aleksei dio órdenes precisas a su gente sobre dónde alojar a Miranda, mientras él y Levka se dirigieron a un club privado de la mafia, un lugar solitario donde podrían hablar sin interrupciones. Una vez adentro, Levka observó a su padre con curiosidad, sirviéndose un whisky mientras se preguntaba por qué los había hecho llegar hasta ahí de forma tan repentina. ​—Hay un cambio de planes respecto a la hija de Randall —soltó Aleksei con serenidad, pidiendo su propio trago. ​Levka frunció el ceño, deteniendo el vaso a medio camino de sus labios. ​—No entiendo a qué te refieres. El velorio es mañana, y después de eso, el cabo suelto se corta. Es la regla. ​—No habrá ninguna ejecución —declaró Aleksei, mirándolo fijamente—. Miranda Antonova se mantendrá con vida. ​Levka soltó una carcajada seca, llena de incredulidad. No podía comprender cómo su padre, el hombre que le había enseñado que el orden se mantenía mediante el ejemplo y que incluso había matado a su propio hermano bastardo en el pasado, hablaba ahora de dejar vivir a una ilegítima con tanta ligereza. ​—Tú mismo me enseñaste que las reglas son lo que nos separa del caos. ¿Ahora quieres tocarte el corazón por una bastarda? ¿Cómo carajos pretendes que exponga eso ante la Bratva? No lo van a aceptar. Yo mismo no lo acepto. No necesitamos complicarnos tanto; basta con clavar una bala entre sus cejas y fin de la historia, no es tan difícil. Si Randall decidió no ser precavido con su mierda, no es culpa nuestra. Todo acto tiene consecuencias. ​El ambiente se volvió denso. Dmitry se había marchado, estaba al tanto de todo y prefería no estar en medio de la disputa entre los dos Ivanov. Apreciaba a Aleksei como a un hermano y había amado a su padre, pero eso no lo ponía de acuerdo con ellos, aunque no quisiera ser un maldito. La existencia de Miranda había desatado años de tensión. Estaba del lado de Levka y el Pakhan estaba alterado. ​—Le hice una promesa a Randall antes de que muriera —dijo Aleksei, elevando la voz para silenciar a su hijo—. Y voy a mantener a esa chica con vida, le guste a la organización o no. —¿Y cómo carajos harás eso? —cuestionó Levka, mientras sus ojos competían con la intensidad de los de su padre. —Para asegurar que nadie se atreva a tocarla, para que su existencia no sea cuestionada por los buitres del consejo, necesito que te cases con ella. Es la única forma. Levka soltó una carcajada, mostrando una incredulidad que rayaba en el desprecio. Observó a su padre como si estuviera viendo a un extraño, un hombre que de pronto hablaba un idioma que no era el de la Bratva. Dejó el vaso de whisky sobre la mesa de madera con un golpe que resonó en todo el club solitario. ​—¿Acaso enloqueciste, papá? —espetó, con los ojos entornados y la mandíbula tan tensa que las venas de su cuello se marcaron bajo el tatuaje del dragón—. ¿Acaso estar en esa ciudad perdida te nubló el juicio? Estamos hablando de una ilegitima, de un error que debe ser corregido. Así se ha tratado el tema desde hace años. No puedes estar hablando en serio sobre un matrimonio. ​—Estoy más cuerdo que nunca —respondió Aleksei con una serenidad que solo lograba enfurecer más a su hijo—. Es la única manera de que esté a salvo. Solo siendo la esposa de la máxima autoridad de Moscú, nadie se atrevería a cuestionar su existencia. Se convertirá en alguien intocable por ley de matrimonio. ​Los ojos de Levka se volvieron fuego. Era una idea inconcebible, un insulto a todo lo que él representaba como Pakhan. Se puso de pie, rodeando la mesa con pasos largos, sintiendo cómo la rabia le quemaba la garganta. No podía creer que su propio padre estuviera sugiriendo una maldita unión con la mujer que según sus propias leyes, ni siquiera debería estar respirando. ​—Si te preocupa tanto el trabajo de deshacerte de ella. Yo mismo puedo hacerlo ahora mismo. Puedo ahorrarte el trámite y terminar con este asunto antes de que amanezca. ​Aleksei no esperaba otra reacción de su hijo. Levka era exactamente el hombre que él había moldeado: implacable, lógico y leal. Lo había educado para que su mano no temblara a la hora de ejecutar una sentencia, para ser el pilar de hierro que la organización necesitaba. Pero en ese momento, la lealtad a un viejo amigo pesaba más que la rigidez de la norma. Necesitaba que Levka accediera. ​—Tienes treinta y cinco años, Levka, y aún no has elegido una esposa —dijo Aleksei, terminando su trago con calma—. Casarte con Miranda Antonova te dará el mismo resultado que hacerlo con cualquier otra hija de la oligarquía criminal. Ella puede cumplir esa función perfectamente y darte herederos. Es bonita, tiene un carácter que seguramente ya has probado y posee una dignidad que muchas envidiarían. ​—Y es una bastarda —espetó Levka apretando los dientes con tal fuerza que le dolió la cara—. No es una cuestión de estética, es una cuestión de principios. ​Aleksei soltó una pequeña risa y lo miró con complicidad, casi como si estuvieran discutiendo un negocio menor. ​—Has tenido infinidad de amantes, Levka. Podrás tomarle el gusto pronto. La has visto y estoy seguro de que físicamente no te será indiferente. ​Levka no lo negó. Miranda era preciosa, de una manera que resultaba molesta. Tenía unos ojos azules grandes que parecían devorarlo, enmarcados por pestañas largas y tupidas, y unas cejas bien perfiladas que le daban un aire noble. Sus pechos, aunque podrían verse pequeños entre sus manos grandes y tatuadas, tenían un tamaño considerable que no había pasado desapercibido para su mirada experta. Pero eso no era una puta razón suficiente para romper generaciones de tradición. Lo que podría obtener de ella en una cama podría obtenerlo de cualquier otra que, a diferencia de Miranda, no tuviera la sangre manchada por el deshonor. ​—No lo haré —insistió Levka con firmeza—. Por mí, puede morirse en este mismo instante. No voy a cargar con el error de Randall por el resto de mi vida. ​Aleksei dejó el vaso vacío y se puso de pie, recuperando esa aura de mando que todavía hacía que hasta el Pakhan guardara silencio. Se acercó a su hijo y lo miró con una seriedad gélida, despojada de cualquier rastro de humor. ​—Está bien —dijo Aleksei—. Estaré de acuerdo con la decisión que tomes como líder. Pero así mismo, espero que respetes la mía como hombre. Desde este momento, Miranda Antonova es mi protegida. Y si quieres matarla, vas a tener que matarme a mí primero. ​Levka sintió un fuego atravesarle el pecho ante las palabras de su padre. Si Aleksei la protegía oficialmente, cualquier ataque contra Miranda se convertiría en un ataque contra el antiguo Pakhan. Estaba dispuesto a dividir a la Bratva, a enemistarse con su propio consejo y con su hijo por cumplirle una promesa a un muerto. Estaba jugando sucio, usando el lazo más fuerte que Levka poseía para acorralarlo. Sabía perfectamente que su hijo jamás levantaría una mano en su contra. ​—Es simple, Levka —continuó Aleksei, ajustándose el abrigo—. O te casas con ella y le brindas protección como tu esposa, o dejas que se forme una guerra contra tu propio padre. Tú decides qué es lo que más le conviene a tu imperio. ​Si había algo a lo que Levka era más leal que a la propia mafia, era a su familia. La manipulación de Aleksei era perfecta, magistral y maldita. Sabía que Levka no permitiría que el consejo se volviera contra su padre, porque eso significaría tener que exterminar a los suyos. El silencio en el club se volvió asfixiante mientras Levka procesaba la derrota. La rabia le hervía en la sangre, una mezcla de odio por Miranda y furia por la trampa en la que su padre lo había metido. ​Maldito manipulador. sintió el sabor amargo de la bilis en la boca. ​—Tú decides —repitió Aleksei con una sonrisa victoriosa. ​Levka clavó la mirada en la pared, visualizando el rostro desafiante de Miranda en la iglesia y odiando cada centímetro de su existencia. No tenía salida. ​—Organiza el maldito compromiso. Me casaré con la hija de Randall.
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