Pactar una tregua

1803 Palabras

Miranda soltó un suspiro cuando despertó esa mañana, sintiendo el peso de la realidad cayendo sobre sus hombros con la primera luz del día. Trató de estirar sus brazos, pero como cada noche desde ese viaje a Suzdal, Zar estaba echado junto a ella, ocupando más de la mitad del colchón con su imponente cuerpo y su aura oscura. La presencia del Cane Corso en su cama no era algo que le disgustara; para su sorpresa, el calor del animal y su respiración pesada la ayudaban a sentirse acompañada en medio de esa soledad impuesta. El perro entraba y salía de su habitación cuando le placía y, lo mejor de todo, era que esa cercanía no tenía nada contento a Levka. El Pakhan y ella no habían vuelto a cruzar más que palabras gélidas desde el beso en Suzdal y el macabro hallazgo en el jardín. Para fortuna

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