Mi espalda tocó nuevamente la madera de aquella silla tan condenadamente incómoda, mis movimientos ahora son observados con mucho más detalle tras las gafas del director, como si de un delincuente se tratase.
Oh viejo amigo, si supieras que ese adjetivo no me hace justicia, tendrías que buscar uno con más poder, o mejor dicho uno menos moral.
— Kalem, creó que ya he dicho suficiente, y ninguna de mis palabras parecen afectarte, así que no seguiré gastandolas en alguien que no planea tomarles el más mínimo cuidado.
Las comisuras de mis labios se elevan un poco, dejando ver una pequeña mueca de burla hacia su comentario.
— Pasó una hora para que me dejarás de sermonear Benjamín, finalmente vamos a conversar como adultos.
— Detalla los hechos sobre los cuales se le acusa, profesor Kalem.
—“Profesor”. Adjetivo, persona que enseña o forma, especialmente de aquella de la que se reciben enseñanzas muy valiosas.
— No te he preguntado la definición de la palabra Kalem, te he dicho que tienes que relatar los hechos de los cuales de te acusan.
— Como siempre eres una persona sin paciencia Benjamín. Tienes que cambiar eso ya que, no es nada atractivo. Te digo la definición para que observes que estoy perfectamente capacitado, y que no se te ocurra decir que estoy loco, pero todo inicio con esa palabra “profesor”.
Cuatro meses atrás, retorno del corté de invierno, 16 de enero de 2017.
El regresar a esos pasillos nunca había sido unas de mis mayores alegrías, de hecho, esperaba enfermarme por jugar con la nieve con mis primas lejanas, para que mi regreso tardará solo una semana más.
Me parezco mucho a mis estudiantes en ese aspecto, tal vez por ello siempre me he llevado bien con los cursos. Nunca me mencionaron de ser el mejor maestro, ese lugar lo tenía la profesora Swan, que tan prominentes curvas son tan magníficas como las praderas a las afueras de la ciudad, sus piernas tan largas como las manecillas del imponente Big Bang, y su cabellera tan clara como la mismísima miel que producen las abejas sin parar trabajar.
La profesora Swan, tan bella como inteligente, la nombraron mejor maestra hace unos dos meses, la mujer se observaba verdaderamente feliz, ya que estaba tras ese reconocimiento hace un buen tiempo.
Lo tenía muy merecido, se hizo cargo de ser una buena amiga para los estudiantes, y cada curso a su cargo era impecable.
Lastimosamente sus mejores alumnos siempre terminaban compitiendo con los míos por alguna razón y estos siempre terminaban llevándose la máxima calificación.
La maestra Swan me miraba con autoridad y victoria, mientras que yo, estaba más concentrado en comer la deliciosa tarta de banana que le compraron para celebrar en la sala de maestros.
¡Cielo santo! recuerdo el merengue de esa tarta y me dan arcadas de recordar el delicioso y dulce sabor tan suave y nada empalagador.
Llegó al salón de mis alumnos, para dictar una charla de bienvenida que nos habían obligado a decir, si no fuera por está condenada iniciación hubiera podido dormir un poco más.
Me asomo por la ventana del salón para abrirla solo un poco, pero me arrepiento inmediatamente cuando la brisa helada se filtra al interior del aula.
Me retiro los guantes para soplar un poco de aire caliente sobre mis manos, las cuales estaban bastante rojas por la falta de calor.
La campana sonó mientras me despojaba de mi abrigo de gabardina y de mi bufanda. Los pasos de todos se escuchaban apresurados por los pasillos y yo aún intentaba quitarme las pocas señales de nieve que tenía mi ropa.
Empezaron a llenar el aula bastante rápido, yo me senté sobre el escritorio esperando que todos estuviesen listos para escuchar la sarta de palabras que me olbligaron a escribir a las cinco de la mañana.
— Hola chicos ¿Cómo se encuentra?
Les saludo aún sentado sobre el escritorio. Todos respondieron al unisono que bien.
— ¿Profesor?- me pregunta uno de mis estudiantes.
— Jayden, aún no he empezado a hablar para me hagas preguntas- ellos ríen.
— Disculpe, pero hoy no tenemos clase con usted, así que si no es muy imprudente que pregunte ¿Qué hace aquí?
— Disculpa por molestarte con mi presencia querido Jayden- se vuelven a reir-. Es broma. Cómo saben es un nuevo ciclo escolar, y como soy su coordinador me han indicado dedicarles unas pocas palabras para que se sientan motivados en este nuevo corte- todos asintieron-. No sé preocupen, no seré nuestro director dedicándoles horas de charla y hablar sobre el fundador- los chicos volvieron a reír.
— Profesor De’Ath- me llama la voz de mi amigo Benjamín.
— Hola, director Bell- sonrió.
— Siempre me pones mal en frente de tus alumnos- dicen con una ligera chispa de regaño en su voz.
— Claro que no mi querido director, todos aquí lo respetamos y nunca haría nada para que usted quede mal.
— Buenos días, alumnos- saluda desde la puerta.
— Buenos días, director- corean sin ningún imperfecto.
— Escucha Kalem- me toma del brazo para salir un poco del aula y de los oídos de los demás adolecentes-. Se que conoces acorde todos nuestros procedimientos y reglas, así que no te preocupes por lo que te voy a decir- dice buscando algo en su saco-. Tienes una nueva alumna.
Aquellas palabras nunca las había oído en estos ocho años instruyendo clases en este lugar.
Cómo lo había dicho Benjamín, aquí son muy protocolares, que haya un alumno nuevo en medio curso significa que compraron el cupo o que es un conocido de Benjamin, y las dos cosas representan un gran problema para él.
— ¿Aceptaste un soborno a inicios de año?- bromeo.
— Por favor, sabes la clase de hombre que soy- responde girando sus ojos con fastidio.
Eso era verdad, conocía a Benjamín desde mucho antes de ir a la universidad, la diferencia era que nos separamos al acabar el instituto y había quedado solo de nuevo.
Cuando nos volvimos a encontrar tenía un año de casado, un hijo en camino y lo acaban de subir de puesto.
Todo le había salido bien, yo que acaba de terminar mi maestría de seis años en otro instituto y al mismo tiempo empezaba mi doctorado.
La vida nos sonrió a ambos de buena manera, y siempre agradeceré ese reencuentro.
— Lo se, lo sé, no es necesario que me regañes- digo bromeando-. ¿Quien es?
— Se llama Ciara.
Recuerdo que en ese momento nunca había escuchado un nombre tan diferente, único y atrayente.
— Bueno, ¿Dónde está?
— Estaba en mi oficina, ya debe de venir cerca, sus padres murieron y es una conocida del Isabella.
— ¿Ahora haces actos de caritativos?- bromeo de nuevo.
— Deja de bromear, sus padres la dejaron muy bien posicionada, tiene su vida resuelta, y esta prometida con Nicholas.
Sus palabras me dejaban completamente incrédulo, era mucha información que asimilar para tan poco tiempo, y lo peor de este caso es que ni siquiera había podido fumar un cigarrillo está mañana.
— Pero si Nico tiene aún diecisiete años ¿Cómo que prometidos?
— Fue un acuerdo entre mi esposa y la madre de Ciara, pero su madre había hecho un documento legal que afirmaba lo que ellas habían conversado.
— Que mujer tan demente ¿Acaso estamos en siglo quince? ¿Que clase de persona hace eso actualmente?
— Al parecer aún las hay- nos quedamos en silencio unos segundos.
— De acuerdo, ¿Que quieres que haga?
— Solo da la información correctamente, y que los alumnos no hagan comentarios extraños.
— Sí señor- digo bastante divertido-. La chica se tiene que apresurar porque ya les toca clase de geometría- digo al aire.
— Disculpen la demora- hablo un voz bastante serena, suave como el terciopelo, y bastante delicada como la porcelana.
Me giro a observar a la “prometida” de Nicholas y reconozco que en ese instante quedé bastante cautivado por la pequeña dama que se encontraba frente a mí.
Su expresión se veía bastante amable e incluso tierna, sus mejillas estaban bastante rojas debido al frío, al igual que sus labios, su cabello n***o como la mismísima noche caía delicadamente sobre su frente y hombros, sus ojos que intentaban demostrar dulcura, se veían bastante fríos, casi podría decir que mostraban completo desinterés.
— Ciara, él será tú profesor y coordinador, tendrás ciertas clases con él, pero lo verás mayormente para darte informaciones sobre eventos y excursiones- le informa Benjamín.
— Un gusto profesor, mi nombre es Ciara Devine- dice bastante cortés mientras muestra una sonrisa de labios cerrados y al mismo tiempo me extiende su pequeña mano.
— Un placer señorita Devine- tomó su mano la cual se encontraba muy fría-. Espero que pueda adaptarse rápidamente y que no tengamos ningún problema- nos soltamos.
— Bueno, los dejo, tengo unas juntas con algunos padres, Profesor De’Ath te dejo el resto.
— Gracias director.
Benjamín se va, dejándome la hoja de traslado en mis manos.
La señorita Devine me observa sin saber muy bien qué hacer, hasta que le digo que entre al aula con los demás.
Mientras entramos con el resto observó que acaba de cumplir los diecisiete en su hoja de traslado y que se saltó un año por sus increíbles calificaciones.
La señorita, aún no sabía muy bien el que hacer, se veía nerviosa, parecía un cachorrito temeroso, todo diminuto y temblando solo por estar de pie.
Pequeña cachorrita, tienes tantas cosas que afrontar en tu vida y te sientes temerosa de un grupo de chicos que asemejan tu edad, no parecías tan miedosa al hablar conmigo, seguramente estás acostumbrada a estar entre personas adultas.
Presentó a la señorita Devine al resto de la clase, lo más aplicados compartieron una mirada dudosa cuando dije que la habían trasferido, así que tenía que tenerlos bien vigilados, ya que podrán ser los más inteligentes de la clase, pero si hablamos de que puedan sentir empatía por situaciones ajenas a las suyas, siguen siendo unos niños.
Por suerte, podía hacerme cargo de eso.
La pequeña cachorrita se presentó, parecía un Chihuahua con problemas de ansiedad, su pierna no dejaba de moverse, miraba sus manos una y otra vez y se mordía los labios.
Le indique que se sentará dónde guste, y que alguno la pusiera un poco al corriente si no entendía algo, le daría un crédito extra.
Coloqué su informe de traslado en el archivo de asistencias, y ya que faltaba poco para que llegara el maestro de geometría solo los dejé conversar hasta que fuera el momento de irme.
— Chicos, se salvaron del discurso de bienvenida, pero recuerden que siempre tienen que esforzarce y ser los mejores.
— Sí profesor- corearon.
— Y dejen la competitividad con los de la clase “C”, luego la profesora Swan me acusa de inducir al odio.
— No es nuestra culpa que su ego sea más grande que su rendimiento- dijo Lea uno de los primeros índices.
— Recuerden que la mejor arma contra un ego gigantesco, en un alfiler de indiferencia.
— O aplastar su ego como si fuera un bicho- dice Jayden haciendo que rían.
— Tienen que tener cuidado, si algún día ellos logran vencerlos, se les borrará esa sonrisa del rostro- digo buscando mi cajetilla de cigarros.
— Esperemos que puedan lograrlo antes de graduarnos- vuelven a reír.
— Volveré antes de que llegue el maestro Mayers, no hagan tanto alboroto.
Salí del aula con bastante tranquilidad, lleve conmigo mi gabardina y mis guantes, subí a la azotea del edificio ya que está prohibido fumar dentro.
Ya arriba me dedicaba a mirar las nubes, parecía que pronto nevaria de nuevo, haciendo cada vez más visible que febrero iba a ser el mes más frío por venir.
Cada vez que cae nieve ocurren cosas verdaderamente lamentables para mí, el año anterior me resbale por un escalón congelado provocando que usará un yeso en el brazo por tres semanas.
Espero que esté año no ocurra nada de lo que pueda lamentarme o incluso medicarme.
Consumí los primeros tres cigarrillos como si me estuviera comiendo un Bagel con queso crema, había dejado de desayunar hace unos cuantos años cuando había empezado a consumir con mayor frecuencia los cigarrillos.
En su punto me ayudaron mucho a tranquilizarme, pero con el tiempo se habían vuelto un vicio bastante difícil de dejar ir.
Podrían abandonarme todas las mujeres del país, pero nunca la nicotina, ella es mi más fiel compañera, escucha mis problemas, me alivia cuando mi cabeza está llena de pensamientos innecesarios y me da tranquilidad cuando más la necesito.
Observó mi reloj ya que debe de estar llegando el profesor Mayers al aula, le doy una última calada al cigarrillo para tirarlo al piso y pisarlo.
Me giro para ir en dirección a la puerta y me asusto al ver a la señorita Devine.
— ¡Por… Zeus!- exclamó al verla tras de mí.
— Disculpe profesor, no era mi intención asustarlo- se disculpa bastante tímida.
— Señorita Devine, acepto sus disculpas pero casi hace que me dé un ataque al corazón- rio bajo-. ¿Ocurre algo?
— Bueno, quería saber si me podía dar mi horario de clases e indicarme si habrán actividades extracurriculares recientemente.
— Bueno, el horario de clases se encuentra en nuestro grupo de mensajería, me encargaré de decirle a la delegada que la agregué y usted se encargará de rectificarlo, y sobre que actividades extracurriculares quiere saber.
— Si hay un coro, sería fantástico saberlo.
— Creo que si lo hay, pero no es muy bueno a mí parecer, podría intentar en el club de teatro, hacen muchos musicales.
— Está bien, intentaré con los dos de todas formas- se veía inquieta ya que sus manos seguían moviéndose.
— ¿Tiene frío?- le pregunto al observar que sus manos están completamente pálidas.
— No, no mucho- su labio tembló un poco al decir la mentira.
Me acerque a ella, tomando sus manos con las mías, las suyas estaban tan heladas que me parecía increíble que pudiera moverlas aún. Frote nuestras manos unos cuantos minutos y acerque mi boca para exhalar un poco de calidez a sus manos.
Sus ojos fríos me observaban curiosa, incluso podría decir que tenia otra pregunta en esa pequeña cabecilla.
— Tendría que traer guantes si es tan influeciable al frío señorita Devine- le digo soltando sus manos tranquilamente.
— La verdad no estoy acostumbrada a usarlos.
— Pues hoy tendrá que hacerlo- me quito mis guantes para proceder a colocarlos en sus manos.
La pieza de tela quedaba bastante grande a comparación de sus pequeñas manos de porcelana, pero eso era mejor que aguantar frío.
— No maestro, son sus guantes, yo estaré bien- dice mientras intentaba quitárselos.
— Señorita Devine, solo por hoy uselos, si quiere puede tomarlo como que me está haciendo un favor, no puedo permitir que mi nueva alumna se quede sin dedos por culpa de mi incapacidad- le sonrió y está parece asentir.
— De acuerdo, gracias profesor De’Ath- veo que sonríe amablemente, sus mejillas se sonrojaron un poco y sus ojos no se percibían tan fríos está vez.
— Por favor, dime Kalem- le suguiro para poder parecer un poco más amigable.
— Entonces, digame Ciara- responde aún con esa sonrisa amigable.
— Será entre nosotros, pero en el aula seguiré siendo su profesor, Ciara- la veo convertir su sonrisa de labios cerrados en una completamente diferente, mostrando sus dientes enteros.
— Claro que si, no se preocupe.
Ambos decidimos regresar juntos al aula, abrimos la puerta y bajamos las escaleras, pero al llegar al escalón final, ella resbala.
Dejo caer la puerta abruptamente, mientras que la tomo en mis brazos y evitó que caiga por las escaleras, me lastimo mi brazo nuevamente y miro como ella se refugia en mi pecho.
Sus ojos, ahora para nada fríos, me observaban con un poco de asombro, sus pupilas se habían dilatado, su respiración se volvió acelerada y sus manos se aferraban a mi camisa como si fuera un gato asustadizo.
— ¿Te lastimaste Ciara?- preguntó aguantando el dolor de mi brazo.
— No, no, estoy bien- dice intentando ponerse de pie, pero se queja al lograr levantarse-. Creo que me torcí el tobillo- anuncia.
— Vaya, hay que ir a la enfermería, tal vez solo es algo mejor, que necesite descanso- me pongo de pie tomado mi brazo para evitar que duela más.
— ¿Estás bien?- pregunta acercándose rápidamente al ver mi brazo.
— Si, es un viejo esguince, no se preocupe- digo intentando calmarla.
— No, esto es mi culpa, permítame llevarlo al médico- dice observandome con esos ojos tan hermosos.
— Estoy bien, en serio- le digo tomando su mano-. No es necesario hacer tanto drama por esto, me tomaré un analgésico y estaré bien en unas horas.
— ¿Seguro Kalem?- pregunta genuinamente preocupada.
Mi nombre es sus labios me hizo sentir bien, tal vez demasiado bien. Sentí que mis músculos congelados se habían calentando con solo escucharla llamarme.
¿Que era este sentimiento de calidez?
Nunca había sentido esto, nunca sentí que alguien siquiera se preocupara por mi, como lo hizo esta chica que acababa de conocer.
Hermosa como una Diosa, sensible como una humana, y tan delicada como la porcelana, las ninfas se sentírian tan celosas de tus cualidades querida. A mí parecer ni siquiera el adjetivo de Diosa te hace justicia a tan magnífica criatura.
— Estoy seguro, Ciara- le respondi.
Su nombre parecía vino en mis labios, refrescante y embriagador.
¿Como era posible que un nombre te hiciera sentir tantas cosas?
¿Cómo es posible que tú nombre fuera tan unico?
¿Cómo es posible que tú nombre describía a la perfección tú ser?
Ay diosa, recuerdo aquella sensación de tu nombre siendo emitido por mis labios y no puedo pensar claramente… Querida diosa, seguirás siendo como el vino hasta que inventen un mejor licor digno de ti.
Ambos salimos de aquellas escaleras que pronosticaban otro accidente si seguíamos ahí, y estoy seguro que ninguno quería eso.
Ciara me acompañó hasta la enfermería, sosteniéndome con bastante fuerza, podía sentir como su corazón estaba completamente acelerado, y como se olvidó completamente de su tobillo lastimado cuando trató de ayudarme.
Al déjarme en la enfermería, fue a avisarle a Benjamín y este le indico que siguiera sus clases.
La observe marcharse con una mirada llena de preocupación y culpa, pero por lo menos había dejado de ser fría.