Sara
Manejé a toda prisa, rebasando los semáforos aunque estuvieran en rojo. No podía perder tiempo, pues Marcela se estaba desangrando rápidamente.
—Perdóname, Marcela, pero no te puedo llevar a un hospital o abrirán una investigación. Me tendré que detener en una farmacia y comprar lo necesario para extraer la bala. Presiona tan fuerte como puedas.
—¿Así que así es como se siente un balazo?
—No hables o vas a perder más sangre.
—Conozco un doctor —murmura agitada—. Estoy segura de que si me llevas a su casa, él podrá ayudarme.
—¿Confías en él?
—Es un buen muchacho.
Estoy consciente de que no debía bajarme en una farmacia de esta manera o llamaría la atención por las manchas de sangre que tengo en la ropa, por eso no me quedó de otra que confiar en ella y en ese supuesto doctor. Me dirigió a la casa de ese supuesto doctor y se veían todas las luces apagadas.
—Maldita sea, parece que no está — le digo, antes de bajarme.
Toqué la puerta en repetidas ocasiones, casi a punto de derivarla, cuando las luces dentro de la casa se encendieron. No pasaron ni dos segundos, cuando abrieron la puerta y un hombre mucho más alto que yo, con unos monstruosos pectorales que fue lo primero que llamó mi atención hacia su persona, abrió la puerta. La diferencia de estatura era bastante notoria, pues tenía que levantar un poco la cabeza para verle la cara. Vestía una camiseta negra, donde se notaban perfectamente sus anchos brazos. Su cabello tenía sus ondas y caía a la altura de su perfilada nariz. No tiene pinta de médico, sino de criminal. En apariencia no se ve nada mal, pero de cierta manera intimida, y más por esa estatura. Sus ojos azules se posaron en mí y me mantuve alerta ante cualquier cosa. No ponía en duda que en cualquier momento me hiciera alguna llave o me diera una patada que me devolviera directita al camión.
—Serena, morena— levantó las manos y caí en cuenta de que había visto el rifle, por lo que lo llevé a la espalda—. No puede andar a estas horas como si estuviéramos en el día de las brujas y con un disfraz tan realista. En estos tiempos si la policía la ve con un arma, así sea de juguete, se la van a llevar arrestada. Hará que alguien se muera del susto.
—Creo que me he equivocado de casa.
—Estas no son horas de estar en la calle. ¿Sus padres no le dicen nada, niña?
—Con qué niña, ¿eh? — arqueé una ceja—. Escúchame, pedazo de excremento… — cuando me disponía a responderle, escuché la voz débil de Marcela detrás de mí y eso fue lo que me detuvo.
—Braulio, que bueno que estás aquí— sus piernas flaquearon y le ayudé a mantenerse de pie.
—¿Es este tipo el médico? — pregunté sorprendida.
—Sí.
—Permíteme ayudarte — levantó en sus fuertes brazos a Marcela y la llevó dentro.
Lo seguí hasta la sala y tendió el cuerpo de Marcela en el sofá.
—¿Qué te ha pasado, mujer?
—Le dieron un balazo en el hombro— respondí por ella—. ¿Puede hacer algo?
Sus ojos volvieron a posarse en mí.
—Debiste llevarla al hospital. Haré lo que pueda.
Le examinó la herida y me dejó a cargo de ella mientras buscaba el equipo. No puedo creer que ese hombre sea médico. ¿Quién podría sentirse seguro teniendo a un doctor así?
Observé su trabajo, y debo admitir que me impresionó la forma en que trató la herida de Marcela y en cómo la mantuvo calmada durante el proceso de extraer el casquillo de bala. Su rostro había adquirido algo de color, luego de la palidez que tenía. Eso me tranquiliza enormemente.
—Se ha dormido muy rápido. ¿Estará bien?
—Sí. Ella debe descansar. Los medicamentos que le di le ayudarán para el dolor. Le anotaré en un papel los medicamentos que deberá tomar, así puede ir a la farmacia y recoger lo que necesitará para los próximos días.
—Gracias, doctor.
—Tengo curiosidad de saber en qué líos pueden estar dos chicas como ustedes.
—Su trabajo lo ha hecho muy bien. Me llevaré a mi amiga a la casa.
—No la puede mover todavía.
—¿Por qué? El balazo fue en el hombro, no en las piernas.
—Pero ella necesita descansar. Además, es muy tarde para que estén en la calle solas. Aquí estarán a salvo de lo que sea que haya ocurrido allá fuera.
Por culpa de ese maldito de Leonel, es que Marcela está en estas condiciones. Debo estar al pendiente de todos los movimientos de ese tipo. Me estoy echando más enemigos y en las condiciones que estoy actualmente, estoy en desventaja. Y todo por culpa de Arturo. Había ahorrado mucho dinero, más de medio millón, partiéndome el lomo y arriesgando mi vida, y ese desgraciado me lo robó en un abrir y cerrar de ojos. Las cosas serían distintas si contara con ese dinero. Todavía no logro descifrar lo que quiere Leonel, si hubiera querido matarme realmente, ya a estas alturas estuviera con moscas en la boca. Se contradice en cada cosa que dice o hace. Lo único cierto es que si antes no confiaba en él, ahora lo hago menos; y si me declara la guerra, guerra le voy a dar.
—¿Hay alguien ahí? — el vaso de agua que Braulio mueve frente a mis ojos es lo que me despierta de esa lluvia de pensamientos—. Es agua con un toque de Azahar. Se ve muy intranquila, esto le ayudará a calmarse, pequeña.
—Pequeña la tienes, pedazo de excremento — me defiendo molesta.
—Parece que es cierto eso que dicen; entre más pequeña, más rabiosa — su comentario vino acompañado de una sonrisa burlona.
—Y entre más grande, más pendejo — contraataco.
—No se ponga tan seria. Una mujer bonita siempre debe sonreír.