A MANO

968 Palabras
—No hablemos más de ella, no me agrada. —Habías tardado en ponerte de mal humor.  Hubo una fuerte detonación, los alrededores de la habitación parecieron moverse, en especial la cama y los cuadros. El chillido en mis oídos me dejó sordo por unos instantes. —¿Qué demonios ha sido eso? Mi primera reacción fue equiparme con el rifle que guardo en el armario en casos de emergencia. Torres y Cedeño fueron los primeros en llegar a mi habitación, armados hasta los dientes. La balacera que se escuchaba no me permitía oírlos del todo bien. —Tiene que acompañarnos, señor. Debemos sacarlo de aquí. Nos han caído. —¿Quiénes son? —No sabemos. Nos aventaron un camión de carga que derivó el portón eléctrico y se llevó todo por delante. La explosión ha dejado varios heridos y varios muertos. El fuego se está propagando muy rápido, señor. Debe salir de aquí. La camioneta ya está preparada. —Debe ser ella. Te lo advertí, pero nunca me escuchas, Leonel. —¡A eso es lo que llamo ovarios, carajo! —¿No piensas hacer nada al respecto? ¿Vas a permitir que destruya tu villa? —Que nadie más dispare. A mi mujer nadie la toca. ¿Ha quedado claro? —Como usted mande, señor— salieron de volada de la habitación. —¿Qué? ¿En estas circunstancias todavía estás pensando en proteger a esa mujer? En este momento ella debe estar pensando que la estabas tratando de matar a propósito. —Cuando el dueño habla, las perras obedecen y guardan silencio. —Te has ablandado mucho por esa mujer, Leonel. Es imposible reconocerte ya. Quiero recordarte algo muy importante antes de que salgas; esa mujer podrá ser muy importante para ti y por eso la proteges, pero ella no siente lo mismo que tú, por lo que no dudará en volarte la cabeza. La dejé con la palabra en la boca, no iba a perder el tiempo escuchándola. Bajé las escaleras a toda prisa y llegué al primer piso, comprobando instantáneamente el daño que le ha provocado a mi villa. Tan pronto me asomé a la entrada, me percaté de un segundo camión mal estacionado y mis hombres estaban rodeándolo. Aunque pensé que no se atrevería a bajarse todavía, esa condenada le vale madres el peligro. Su ropa estaba ensangrentada, mientras que su rostro estaba transformado de furia. Como me estremece esa única forma suya de ser. Lo más curioso de todo, es que no sé en qué momento se apropió del cuerno de chivo personalizado de alguno de mis muchachos, pero ya lo tenía en sus manos. ¿Es esa sangre suya? ¿Acaso está herida? —¿Querías la entrega? Pues ahí las tienes, cabrón. Dame el privilegio ahora de empujartela por el cuatro letras. —Ay, mi Sarita. Tú sí sabes cómo impresionarme. —Si querías matarme, al menos hazlo de frente, como los machos— ni siquiera dudó en apuntarme.  Esa postura, esa mirada tan penetrante y oscura, me excita. No importa cuántos años pasen, sigue siendo la misma chica salvaje y fuerte que me cautivó desde que era un chamaco. Su locura, sus ovarios bien puestos, la forma en que es capaz de enfrentarse a quién sea, sin importar las consecuencias que pueda tener, son puntos que sigue acumulando a su favor. —Leonel — Keyla se acercó, pero ninguno de los dos le prestó atención. —¿Cómo crees que mataría a mi mujer, sin haberla probado antes? No esperaba menos de ti, mi Sarita. Has pasado la prueba con honores. Con esto demuestras que lo nuestro va a funcionar. —Con que una prueba, ¿eh? — en sus labios se dibujó una sonrisa—. Bueno, entonces si como socio tuviste el derecho de ponerme a prueba sin consultarme e intentaste matarme, también estoy en todo mi derecho de hacerlo contigo— abrió fuego contra Keyla, lo que provocó que mis hombres le apuntaran. —¡Bajen las armas! —Pero, señor… —¡Bajen las putas armas! Todos bajaron las armas y Cedeño fue a auxiliar a Keyla, quien estaba agonizando y desangrándose casi a mis pies. —Ahora estamos a mano, socio. —¿Eso era todo lo que querías? Te creí más exigente y vengativa. ¿Por qué le disparas a ella en mi lugar? Escuché un sonido proveniente del camión en que se bajó y ella fijó su mirada en mí. —Esto no termina aquí — se dio la vuelta, en su semblante noté preocupación, algo que me generó muchas dudas. ¿Quién es la persona por la cual ella sería capaz de darme la espalda como si nada y mostrar esa expresión tan depresiva? Necesito saber quién es. —¿A dónde vas con tanta prisa? ¿Quién está contigo? —Te recuerdo que mi padre murió hace mucho tiempo— me miró de reojo—. A buen entendedor, pocas palabras bastan— sonrió. —No te atrevas a darme la espalda de nuevo, Sara— le advierto, apuntándole con el rifle. —Trata de detenerme entonces, cabrón — se subió al camión, sin siquiera mirar atrás. La amargura y la lucha contra mí mismo desata que pierda el control y dispare al aire. ¿Por qué demonios me tiembla la mano al momento de apuntarle? Está retando su suerte. —¿Quiere que la sigamos, señor? —Sí. Quiero saber todos sus movimientos. En especial hacia dónde se dirige en este momento y quién es la persona que se encuentra con ella. ¿Qué esperas? ¡Muévete! —¿Qué hacemos con Keyla, señor? Se está desangrando. —Me da lo mismo lo que quieras hacer con ella. Te he dado una maldita orden y te estás tardando.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR