En cuanto lo vi caminar a las escaleras entré a la habitación y cerré la puerta. El pasillo estaba desolado y Mariana dormía con esa sombra lila bajo los ojos. Si me acercaba y me inclinaba podía ver las marcas de los dedos de Eugenio en su cuello. ¿Qué fue lo que pasó? ¿Cómo se arriesgó a tanto? ¿No temía a matar a alguien? Bueno, si se atrevió a causarle ese daño a Mariana podía ser capaz de cualquier cosa. La puerta se abrió lentamente, yo ya me acomodaba en el sillón junto a la cama, pero me detuve y me levanté con un respingo. Eugenio entró y cerró detrás de él. Se veía sudado, cansado. –¿Es cierto lo que ella me dijo? –Apenas era un chico, pero me llenaba de mucho miedo su mirada, su tono de voz. –¿Es verdad? –Gritó y brinqué. –N-no sé qué te dijo ella. –Le respondí con los pies

