Capitulo 6

1468 Palabras
— ​A la mañana siguiente me levanto y aún no tengo respuesta de él. Ya a eso de las 10:00 me suena el teléfono con una llamada con su nombre, así que respiro profundo porque al menos sé que está bien, pero no le contesto; no quiero hablarle, estoy muy enojada. Luego me envía un mensaje y, como no puede saber si lo leí o no, simplemente no le respondo. No me importan sus excusas y así pasa todo el sábado y el domingo. ​Hasta el lunes, que me toca ir al colegio a oficializar mi inscripción y él va a retirar sus papeles. Vamos con nuestros padres, los cuales, al verse, se saludan alegremente. Yo solo voy al aula donde están mis compañeras y él a la dirección por sus papeles. Tiempo después me llega un mensaje, el cual leo y dice: ​MENSAJE ​—ÉL: No te vayas, tenemos que hablar. Lo leo, pero no respondo. ​Ya cuando me voy con mis padres, sus padres interceptan a los míos invitándonos a almorzar y no queda más que irnos con ellos. Cuando terminamos toca despedirnos, pero Juan pide permiso para ir a comer un helado conmigo y mis padres aceptan, siempre y cuando me deje en casa de regreso. ​Fuimos por los helados y nos sentamos en el parque. Hubo silencio entre nosotros hasta que él habló: ​—Beba, disculpa por dejarte aquel día en la fiesta. Es que Carlos y César me llevaron casi a la fuerza a su casa y después no me dejaron venirme; de paso, se me descargó el teléfono y, para completar, me embriagué —dice nervioso. ​—¿Y crees que todo eso es excusa para justificarte, Juan? No sabes lo preocupada que estuve cuando no aparecías. Si hubiera sabido eso, me habría quedado tranquila en casa para que hicieras lo que quisieras. ​—Perdón, perdón, juro que no va a volver a pasar si... ​—Ya no te creo... ​—¿Qué? ¿Por qué no?, si eres la niña de mis ojos. ​—Porque me dejaste sola, todas se burlaron de mí. ​—Lo siento, beba, de verdad. No sabes cuánto me arrepiento de haberme ido —dice triste. ​—¡Ah, sí! ¿Y por qué? —pregunto curiosa. ​—Bueno, por... porque estás molesta conmigo. ​—Me contento solo si no se vuelve a repetir. ​—Lo juro, no se volverá a repetir. ​—¡Está bien, ya me contenté! —Y le doy un beso de pico y él me abraza. ​Cuando de pronto se acerca una joven como de 20 o 21 años. ​—Hola, Juan, ¿cómo estás? —Yo lo veo y él se pone de todos los colores; me pareció extraño. ​—¿Tú eres? —pronuncia él, nervioso. ​—¿Qué, ya no te acuerdas de mí? ¿No te acuerdas del viernes con César y Carlos? ​—Ah, ya, claro, pero no recuerdo tu nombre. ​—Qué mal, pensé que jamás lo olvidarías. ​Lo veo tragar y sé que está nervioso. Respondo yo: ​—¿Más o menos por qué no lo olvidaría? —pregunto molesta. ​—Tú debes de ser Emili, ¿no? Porque no dejaba de nombrarte. ​—Sí, así es, y soy su novia —exclamo furiosa. ​—Bueno, pregúntale a él por qué no me olvidaría jamás... —Y se va, no sin antes pasarle la mano del pecho al hombro. Me paro molesta y estoy por tirarle el helado cuando Juan me agarra y me sienta. ​—No, por favor, no hagas eso. ​—¿Por qué no? ¿Acaso la estás defendiendo o no viste lo que hizo? —le reclamo muy molesta. ​—Sí vi, pero a mujeres así no hay que prestarles atención. ​—¡Ah, no! ¿Y tú me puedes explicar por qué esa... esa mujer te trata con tanta confianza? Por encima se le ve lo que es. ¿Cómo puedes tú relacionarte con alguien así? ​—Yo no me relaciono con nadie así, Emili, ¿o acaso me has visto alguna vez con ella? ​—¿Y cómo la conoces entonces? ​—Bueno... estaba en casa de César —lo siento dudar un poco. ​—Sabes que hay algo que no me cuadra de todo esto —veo cómo su respiración se agita—. ¿Qué hiciste con esa que te trata con tal confianza y por qué no te olvidarías de ella? Y no me mientas, Juan, porque lo puedo averiguar y tú lo sabes. ​—¿Qué voy a hacer, por Dios? Estás loca. Mejor vamos, te llevo a tu casa. ​—No, no me quiero ir hasta que me digas la verdad. ​—Pero ¿cuál verdad, Emili? Ya te lo dije: es amiga de Carlos y César y estaba en su casa cuando fuimos. Tomamos todos juntos, hablamos, me emborraché, me acostaron a dormir y nada más. Eso es todo. ​—¿Y por qué diría algo como eso entonces? ​—No lo sé, por eso dijo que me preguntaras a mí, porque no tenía respuesta. ​—Sí, pero debe haber un motivo para que fuese tan intrigante... ​—¡Ya, sí! Ven, deja de pelear. ​Y de repente llegan mensajes al grupo del colegio. No le prestamos atención porque ahí se publican eventos y puros chismes, pero luego empiezan a llegar mensajes a montones y soy la primera en revisarlos, ya que parece algo interesante porque todo el mundo se activó. Así que los leo del último hacia arriba: ​MENSAJES ​ *​Es un perro, ¿cómo le pudo hacer eso? *​Estúpida ella por creer en él, ¿acaso no se dio cuenta de lo coqueto que era? *​Jajajaja, bien hecho, por creérsela más que las demás. *​Pero míralo, en el colegio se veía tan santo. *​¡Dios! ¿Será que se lo gozó? *​Pobre de Emili con ese novio que se gastó, de verdad la compadezco. *​Tanto amor que se profesaban y mira, la engañó con otra. *​¿Qué es esto, señor? ¿Quién publicó eso? ¿Acaso este es un grupo porno? ​[DESCARGAR VIDEO] ​— Cuando llegué a ese punto, no sabía si quería descargar ese video o no, porque ya sentía que se acababa mi vida. Tenía el teléfono tan apretado en mis manos que sentía que se me dormían. Volteo a verlo y está más pálido que una hoja de papel. ​—¿Qué significa esto, Juan? —le pregunto al borde de las lágrimas. Él niega con la cabeza como diciendo "no sé". ​—¡Por Dios, Juan! Dime qué voy a ver cuando descargue ese video... —Ya no podía contener mis lágrimas. ​—Perdóname, Emili... —es lo que dice. ​—¿Perdóname qué, Juan? —Me acerco y lo empiezo a golpear en el pecho. ​—No fue mi intención que pasara eso... —No lo dejo terminar. ​—¡Que pasara qué! —le pregunto gritando y le doy a descargar, ya que no me quiso decir claramente qué pasó. Él tomó asiento con la cabeza gacha. ​Al descargar, no podía creer lo que veían mis ojos. Era él teniendo relaciones con esa mujer a la que acabábamos de ver. Estaba hecha un mar de lágrimas. ​—¿Cómo pudiste? ¿Cómo pudiste hacerme esto, Juan? —Me derrumbo en el piso y no paro de llorar. ​—Déjame explicarte, por favor, eso tiene una explicación. ​—¿Cuál explicación, Juan? ¡Por Dios! Si ya todo el mundo vio lo que hiciste con esa mujer. Además, se ve que lo disfrutaste mucho más que estando conmigo. ​—No digas eso, beba, déjame explicarte por favor... ​—No me llames más así, ¡hipócrita, mentiroso, traidor, sucio! Nunca te voy a perdonar esto. Eres un maldito... —Me levanto e intento irme, pero no me deja. ​—Por favor, por lo menos déjame llevarte... ​—¡No quierooooo! Y quítame tus sucias manos de encima. ​—No, Emili, por favor. ​Salgo corriendo y él va tras de mí hasta que paro un taxi y me voy. Cuando llego a casa, subo las escaleras a toda prisa. Mi madre me observa mientras corro a mi habitación y me sigue preocupada. ​—¿Hija, qué te pasa? —pronuncia mientras toca la puerta. No le contesto.
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