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Éxtasis

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oscuro
forzado
los opuestos se atraen
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crush de la infancia
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Descripción

En un mundo donde la pureza se entrelaza con la crueldad, la historia de Liliana y Dimitri se teje en una telaraña de contrastes y pasiones prohibidas.Liliana, una joven criada en un convento rodeada de la paz y la bondad de las monjas, irradiaba dulzura e inocencia en cada gesto y mirada. Su corazón puro no conocía la maldad ni la astucia, y su alma resonaba con la serenidad de los cantos sagrados que resonaban en los pasillos del convento.Por otro lado, Dimitri era un hombre apuesto y poderoso, cuya autoridad se imponía con cada paso que daba. Sin embargo, detrás de su atractiva fachada se escondía un corazón oscuro y despiadado. Su mirada fría y sus acciones crueles revelaban la ausencia de escrúpulos y compasión en su ser.El destino los unió en un encuentro que desafió las leyes del universo. Cuando Dimitri puso sus ojos en Liliana, supo de inmediato que ella sería su obsesión, sin importarle el costo que tendría que pagar. Su deseo posesivo se mezcló con una determinación implacable, decidido a tener a Liliana a su lado, aunque eso significara destruir todo lo que ella conocía y amaba.Mientras Liliana intentaba comprender el cambio abrupto en su vida, se vio envuelta en un torbellino de emociones y peligros. La bondad de su corazón chocaba contra la crueldad de Dimitri, creando una tensión palpable en cada interacción entre ambos.¿Podrá la inocencia de Liliana resistir la oscuridad que envuelve a Dimitri? ¿O será arrastrada hacia un abismo de deseo y peligro, donde las fronteras entre el bien y el mal se desdibujan en una danza peligrosa de amor y obsesión?Este trabajo tiene licencia CC BY-NC-ND 4.0.

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☠️Dimitri Ivanov☠️
La habitación estaba sumida en una penumbra, solo rota por el tenue resplandor de unas velas que bailaban al compás del viento. El frío suelo de piedra resplandecía con el reflejo de la sangre que se había derramado esa noche. Podía oír los susurros, aquellos que venían de las sombras y que solo yo podía discernir. "¿Otro juego, Dimitri?" decían con voces burlonas que resonaban en mi mente. Mi monstruo interior siempre anhelaba más, siempre buscaba ese placer retorcido que solo yo podía entender. Miré a mi alrededor, saboreando la escena. El olor a hierro y miedo llenaba el aire. La rata que yacía delante de mí era simplemente otro peón en mi teatro de horror. No había piedad en mi corazón, solo una oscura satisfacción. El eco de mis pasos resonaba por todo el lugar mientras me dirigía hacia la mesa. Había herramientas allí, cada una diseñada para un propósito específico. Las había coleccionado a lo largo de los años, y cada una tenía su propia historia que contar. Historias de dolor y desesperación. Me tomé un momento para apreciar la belleza de mi obra de arte. En su mirada podía ver el terror, y eso solo intensificaba mi excitación. La vida y la muerte, ambas estaban en mis manos, y esa sensación de poder era intoxicante. La figura amarrada en la silla, con sus ojos ensombrecidos por el terror, parecía una escultura grotesca. Me acercó lentamente, sintiendo cómo el peso de la atmósfera se hacía cada vez más palpable. Al verme acercándome, la víctima intentó hablar, pero su voz quedó atrapada detrás de la mordaza. Sus ojos, sin embargo, gritaban en silencio una súplica desesperada. Yo, siempre el artista, me inclinó y retiró con delicadeza el pañuelo de la boca de mi prisionero. Espero, con una paciencia casi serena, que éste encontrara su voz. Finalmente, con voz temblorosa, la víctima imploró: —Déjame ir, haré lo que quieras... solo no me lastimes más. Lo observo por un momento, como si estuviera ponderando una decisión artística. —Ves, ahí radica la belleza de esto—dije suavemente, —tú ya eres parte de mi obra. Y una vez que algo se ha transformado en arte, ya no puede volver a ser lo que era antes. Con esas palabras, saque una fina navaja, su brillo contrastando con la oscuridad del cuarto. La víctima sollozó, y con un tono de casi con melancolía, añadí —Desearía que pudieras entender la trascendencia de este momento. Pero me temo que ya es demasiado tarde para explicaciones. Y mientras levantaba la navaja, el silencio en la habitación era ensordecedor, interrumpido solo por el latir acelerado de un corazón aterrorizado. Con la navaja en mano, pude sentir cómo la tensión llenaba el aire. El sujeto ante mí estaba inmóvil, sus ojos fijos en mí, llenos de un terror y comprensión inminentes. Cada respiración que tomaba era un recordatorio audible de la vida que estaba a punto de extinguir. Me moví con una precisión metódica, permitiendo que la hoja fría de la navaja hiciera su trabajo. A medida que la sangre empezaba a fluir, pude ver cómo el color se drenaba del rostro de mi víctima, reemplazado por una palidez cetrina. Los ojos, una vez vívidos, empezaron a vidriarse, y su respiración se volvió errática. El sonido del latido del corazón se hizo cada vez más débil, una sinfonía agonizante que resonaba en mis oídos con una melodía que solo yo podía apreciar. Cada pulso era un recordatorio de que estaba en control, de que tenía el poder de dar y quitar la vida. Finalmente, el cuerpo dejó de luchar. La vida que una vez había brillado en esos ojos ahora estaba ausente, dejando un vacío que me llenaba de una satisfacción sombría. Había llevado a cabo el acto final, y aunque para muchos podría parecer cruel, para mí, era una representación pura y artística de la fragilidad y finitud de la vida. Me quedé allí, en el silencio, contemplando mi obra. Un testimonio de mi dominio y poder. El aroma de mi tabaco cubano llenaba la habitación. Una elección específica que me recordaba a los viejos tiempos, cuando todavía no había logrado dominar el mundo que ahora yacía a mis pies. La luz de la pantalla de mi computadora arrojaba destellos de información, nombres y cifras que solo yo podía comprender en su totalidad. No necesito la compañía de otros, salvo mis hombres de confianza. La lealtad de Nicolai es inquebrantable, Viktor siempre tiene una estrategia financiera bajo la manga y Sergei se encarga de que mis secretos permanezcan ocultos en el vasto mundo digital. Juntos somos invencibles. Mientras escaneaba la información, una sensación de satisfacción se apoderaba de mí. Esos nombres en la pantalla, todos influyentes, todos endeudados conmigo de alguna manera, eran evidencia de mi influencia y poder. Yo, Dimitri Ivanov, había creado este imperio, y protegerlo era mi única obsesión. Sin embargo, no todo era trabajo. Un recuerdo fugaz de mi difunta esposa Leticia cruzó mi mente, pero lo aparté rápidamente. No hay lugar para la vulnerabilidad aquí. El reloj marcó la medianoche. Un nuevo día, más oportunidades, más secretos para descubrir y controlar. Me encontraba en un juego constante de ajedrez, y cada movimiento debía ser más astuto que el anterior. En este mundo de sombras, solo los más fuertes, los más despiadados, sobreviven. Y yo pienso ser el último hombre en pie. La quietud de la medianoche fue abruptamente interrumpida cuando Sergei irrumpió en mi oficina con una mezcla de urgencia y excitación en sus ojos. —Tenemos que hablar de la fiesta de Harrison este fin de semana—declaró sin preámbulos. Me recliné en mi silla, irritado por la interrupción. —¿Qué hay con la fiesta de ese gobernador? ¿Por qué debería importarme?. Sergei se aclaró la garganta, tratando de escoger sus palabras con cuidado. —Harrison te debe más favores de los que le gustaría admitir. Si bien es cierto que ha sido de gran utilidad para nosotros en el pasado, sus deudas han crecido y su influencia también. Esta fiesta es una perfecta oportunidad para recordarle quién tiene realmente el poder. Fruncí el ceño, sabiendo exactamente a lo que se refería Sergei. Aunque Harrison ocupaba un cargo de alta importancia, era un peón en mi juego, y a menudo se olvidaba de ello. —No tengo tiempo para frivolidades sociales, Sergei—dije con desdén. Sin embargo, Sergei, fiel a su naturaleza, insistió. —Es cierto, Dimitri, pero en esta ocasión, no es solo una fiesta trivial. Harrison intentará consolidar alianzas con otros magnates de la ciudad, muchos de los cuales no nos ven con buenos ojos. Tu presencia sería un recordatorio silente pero poderoso de que él está bajo nuestra influencia. Además, nunca es malo mostrarse de vez en cuando. Miré a Sergei por un momento, valorando sus palabras. Era raro que insistiera tanto en algo. Tal vez tenía razón. Además, tener a Harrison a la vista, especialmente en un ambiente social, podría proporcionar oportunidades que de otro modo no serían evidentes. Con un suspiro resignado, asentí. —Está bien, Sergei. Iré a la dichosa fiesta. Pero asegúrate de que todo esté preparado, no quiero errores. Una sonrisa de alivio cruzó el rostro de Sergei. —Por supuesto. —Y con eso, salió de mi oficina, dejándome de nuevo en la penumbra, sumido en mis pensamientos y estrategias, en este eterno juego de poder. Me levanté de la mesa, sintiendo el peso del día sobre mis hombros. A medida que salía de la oficina, el pasillo, adornado con antigüedades y obras de arte que había adquirido a lo largo de los años, reflejaba el testamento de mis logros. El silencio era casi ensordecedor, roto sólo por el eco de mis pasos contra el suelo de mármol. Al llegar a mi habitación, un amplio espacio decorado con sobriedad, sentí esa familiar sensación de reclusión que siempre venía con la noche. Me acerqué al minibar y saqué una botella de whisky escocés, una de mis preferidas. Serví un generoso vaso y me dirigí hacia la ventana, dejando que el líquido dorado se deslizara suavemente por mi garganta, quemando y reconfortando al mismo tiempo. Me acomodé en mi silla de cuero, sintiendo su familiar frío contra mi piel. Desde aquí, podía ver la ciudad que había llegado a dominar extendiéndose ante mí, sus luces parpadeantes como estrellas en la oscuridad. Mis pensamientos volvieron a los negocios. A Harrison, a la fiesta, y a las infinitas posibilidades que presentaría. Si bien Sergei tenía razón sobre la necesidad de hacer acto de presencia, no podía evitar preguntarme si Harrison tramaría algo contra mí. Después de todo, en este juego de ajedrez, todos buscan dar jaque mate al rey. La oscuridad de la noche parecía reflejar la oscuridad de mis pensamientos. Siempre debía estar un paso adelante, siempre alerta. El whisky, con su calor y amargura, parecía ser el único consuelo en estas horas solitarias. Con cada sorbo, el sabor del whisky revivía en mí recuerdos que había enterrado profundamente. La oscuridad me llevó de regreso a un tiempo en que todo era mucho más simple, pero también más brutal. Rusia. Un país frío y despiadado, especialmente para aquellos que, como mi familia, vivían al margen de la ley. Mi padre era una leyenda. Su nombre inspiraba miedo en todos los rincones del país, y su reputación le precedía dondequiera que fuera. A pesar de su apariencia elegante y refinada, no tenía piedad. Aquellos que lo traicionaban o que simplemente estaban en el lugar equivocado en el momento equivocado, conocían su ira. Aunque era un hombre de pocas palabras, sus lecciones eran claras. Desde joven, me sumergió en el mundo del crimen, mostrándome todos sus aspectos, desde el tráfico de armas hasta la extorsión y el juego político. Con cada lección, me enseñaba que en este negocio, solo los más fuertes sobrevivían. Y si quería ser el más fuerte, tenía que ser despiadado, igual que él. Con el tiempo, y bajo su tutela, empecé a ver las imperfecciones en su imperio. Si bien tenía poder, carecía de la visión estratégica y la astucia que yo había desarrollado. Lentamente, empecé a hacer cambios, a modernizar nuestras operaciones, a expandirnos más allá de las fronteras de Rusia. Y mientras mi padre veía con orgullo cómo su legado crecía, no se daba cuenta de que estaba siendo superado. Fue un juego delicado, uno que requería paciencia y precisión. Pero, con el tiempo, convertí nuestro imperio familiar en una organización global, con conexiones en cada continente y en los más altos niveles del poder. Devolví el vaso vacío a la mesa y cerré los ojos por un momento, recordando la imagen de mi padre. A pesar de nuestras diferencias, y de las tensiones que a veces surgían entre nosotros, le debía todo. Me había hecho quien era, para bien o para mal. Al final del día, las lecciones que aprendí de él, la brutalidad, la astucia y la determinación, eran las que me habían llevado al lugar donde me encontraba ahora. Con un suspiro, me puse de pie y caminé hacia la ventana, mirando las luces de la ciudad que ahora estaba bajo mi control. En este mundo de poder y control yo, había superado al maestro. El suave tintineo de las joyas de Natali resonó en la penumbra de la habitación, anunciando su presencia. Sin girar para mirarla, reconocí su aroma, una mezcla de sutil perfume y el rastro de pasión compartida durante años. —Es tarde, Natali— murmuré, sin apartar la mirada de la ventana. Mi voz era fría, distante, como era mi costumbre en situaciones como esta. Ella se acercó a mí, susurros de seda en cada paso. Sus dedos trazaron un camino ligero sobre mi hombro, tratando de suavizar mi actitud.—Siempre estás atrapado en tus pensamientos. ¿Por qué te torturas así?. Mi mandíbula se tensó mientras enfrentaba la pregunta. Me volví finalmente hacia ella, encontrando su mirada con mis ojos grises que habían visto demasiado. Natali era una de las pocas personas en mi vida que había permanecido durante años, y eso tenía su valor. Pero la debilidad no tenía cabida en mi mundo. —Sabes cómo es esto. No hay lugar para el sentimentalismo en mis asuntos. Y este mundo no se detiene. Ella asintió, una mezcla de entendimiento y resignación en sus ojos. —Lo sé, Dimitri. A veces, solo necesitas recordar que eres humano, no solo un poderoso hombre de negocios. Mi mirada se endureció aún más. —La humanidad es una debilidad, Natali. Y yo no puedo permitirme ser débil. Ella se acercó y puso una mano en mi mejilla, acariciándola suavemente. —Pero a veces, esa debilidad es lo que nos hace verdaderamente fuertes. Las palabras de Natali me hicieron pensar, aunque mi expresión seguía imperturbable. Era una paradoja que había lidiado durante años: el equilibrio entre el poder despiadado que había alcanzado y el hombre que, en algún lugar dentro de mí, todavía existía. —¿Viniste a que follemos o adarme consejos?. Natali sonrió— Sabes mejor que nadie a que vine. La tomé en mis brazos, presionándola contra mi pecho, sabiendo que la pasión momentánea sería suficiente para aliviar las tensiones. Pero cuando la pasión se desvaneciera, volvería a ser el hombre de hielo que el mundo conocía. En este mundo no había lugar para la debilidad, ni siquiera avía amor. Las luces de la ciudad brillaban como testigos silenciosos mientras la pasión entre Natali y yo crecía. Su calor contra mi piel era un contraste evidente con la frialdad que normalmente me envolvía. Pero con Natali, siempre había sido diferente; ella era una de las pocas personas capaces de hacerme sentir algo más allá de la ambición y el control. Me sonreí, sentándola en sofá la besé con fuerza metiéndole la lengua, la desnudé dejando sus pechos libres, con una aureola perfecta, grande y los pezones rectos, Natali se levantó y se arrodilló delante de mí, con cara de sátira me sacó la polla y empezó a chuparla con fruición, como si su vida dependiera de ello, lentamente pero con el paso de los minutos casi con rabia, tragándosela toda hasta la misma base de los huevos, un deseo incontenible salía de mi pecho, necesitaba azotarla. Alcancé los pantalones y le quité el cinturón, doblándolo me dedique a pegarle pequeños cintazos en el culo que veía reflejado en un espejo, estaba casi goteante, con el primer cintazo, Natali se sobresaltó un poco, y me miró sin sacarse la polla de la boca, según me iba calentando iba dando más cintazos, para estimularla aunque su entusiasmo no mermó en ningún momento. Algunos fuertes que eran correspondidos por pequeños gruñidos de dolor amortiguados por mi polla, se corrió un par de veces y yo sin poder aguantar más me corrí en su boca, no desperdicio ni una gota, seguí con la polla en su boca varios minutos, la mantenía dentro pero sin moverse, Natali apretaba los labios para evitar que se escapara mi p**o, fue tragando poco a poco. Los ojos picarones me sonreían, seguimos follando toda la noche, asta que nuestros cuerpos quedaron saciados en múltiples orgasmos . Después, yacíamos en la cama, el sudor todavía brillando en nuestra piel. A pesar del calor del momento, el silencio entre nosotros era ensordecedor. Sabíamos que estos encuentros eran efímeros, una simple pausa en la constante lucha por el poder y el control. Natali se giró hacia mí, su expresión suave y pensativa. —A veces me pregunto, Dimitri, ¿alguna vez te has permitido sentir algo más? Algo más allá de todo esto... La miré, con esa frialdad que había construido durante años. —El amor es un lujo que no puedo permitirme. En mi posición, es una vulnerabilidad. Ella suspiró, trazando círculos en mi pecho con su dedo. —Todos necesitamos algo o alguien en quien apoyarnos, Dimitri. No importa cuán fuerte o poderoso te consideres. Por un breve momento, la armadura que había construido alrededor de mi corazón se resquebrajó. Pero rápidamente, me puse en guardia nuevamente. —Sólo es sexo, Natali. Y nada más. Ella se levantó, envolviéndose en las sábanas y dirigiéndose hacia la ventana. —Sí, lo sé. Pero, a veces, solo desearía que hubiera algo más entre nosotros. Mientras observaba su silueta contra la luminosidad de la ciudad, sabía que no podía ofrecerle lo que ella deseaba. Mi vida, mi misión, era más grande que cualquier pasión o relación. Sólo una vez me permití sentir dicho sentimiento, pero ella se lo llevo. El sol apenas comenzaba a filtrarse por las cortinas cuando desperté. Las sábanas aún estaban impregnadas con el aroma de Natali, un recuerdo fugaz de la noche anterior. Estirándome, sacudí de mi mente el eco de la pasión y me dirigí al baño. El agua fría de la ducha me revitalizó, aclarando mi mente y preparándome para el día que tenía por delante. Al salir, me vestí meticulosamente, eligiendo uno de mis trajes a medida, una corbata de seda y zapatos pulidos. La imagen que reflejaba el espejo era la del hombre de poder que el mundo conocía. Bajé las escaleras hacia el comedor, donde un desayuno ya me esperaba. Mi mansión, aunque imponente, a menudo estaba silenciosa, ya que la mayoría de mis hombres se movían en las sombras, manteniendo un perfil bajo. Pero al entrar al comedor, me encontré con una sorpresa. Nicolai, mi leal guardaespaldas, ya estaba allí, revisando unos documentos con expresión seria. No era común que estuviera aquí tan temprano. —Buenos días, Dimitri—saludó sin levantar la vista de los papeles. Asentí mientras tomaba asiento. —¿Qué te trae tan temprano, Nicolai?. Con una mirada preocupada, finalmente levantó la vista. —Tenemos información sobre un posible movimiento en contra de nosotros. Aparentemente, algunos enemigos están buscando aprovechar la fiesta de Harrison para actuar. Mis ojos se estrecharon. —¿Quiénes?. Nicolai pasó una carpeta con fotos y detalles. Mientras la revisaba, sentía cómo la ira crecía en mi interior. —No dejarán de intentarlo, ¿verdad?. —murmuré. Nicolai asintió. —No, no lo harán. Pero siempre estaremos preparados. Una vez más, me encontraba en medio del juego del poder, con enemigos al acecho en cada esquina. Pero no importa lo que intentaran, yo siempre estaría listo.

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