DESEANDO SU ABRAZO

3512 Palabras
le apetece una copa y algo de conversación? Katy asintió sin decir palabra de forma instintiva. Bill abrió la puerta con su hombro, y ella pudo ver que llevaba dos vasos en una mano y una botella de brandy en la otra. ¿De dónde había salido eso? —¿Está segura de que no la estoy molestando? —Oh no —dijo Katy con rapidez—. No estaba trabajando. —Ella deseó de inmediato no haber dicho eso, ya que él se fijó en el comentario, como el abogado bien entrenado que era. —¿Por qué, señorita Sanborn? —Se sentó en la silla al otro lado de su escritorio y, después de intentar despejar un lugar en la pequeña mesa de Pembroke, al fin puso los vasos encima de la pila de libros más cercana. No la miró mientras servía, pero ella sabía que esperaba su respuesta. Para darse tiempo, se movió por el frente de su escritorio y se apoyó en él. —Naturalmente, los eventos de las últimas semanas han causado un poco de confusión en mi cabeza. —Sí, por supuesto. —Él le entregó un vaso—. Y supongo que cuanto antes termine todo, mejor para su carrera. —Mis sentimientos no han cambiado nada, si es lo que me está preguntando. Sostengo que no estoy bien adaptada para ser una cuidadora a tiempo completo. —No podía creer que estuvieran en esto de nuevo a los pocos segundos de comenzar una conversación. Bill entrecerró los ojos, tomando un sorbo del brandy. —Ya veo. —Miró fijamente el rico líquido ámbar, y Katy se preguntó qué fue lo que vio. Ella contempló su oscuro y espeso cabello, y el ahora familiar mechón de pelo que colgaba sobre su frente. Parecía cualquier cosa menos la idea que ella tenía de un estirado abogado de ciudad. Su mirada se dirigió a su boca, a sus firmes y bien definidos labios, los cuales ella había visto tanto sonreír como mantener en una lúgubre línea recta. Ella prefería la suave curva de su sonrisa. Sus ojos parpadearon a la par de los de ella y sus miradas se encontraron. Katy no podía apartar la vista de su intenso azul. —¿Qué tal un compromiso, señorita Sanborn? No dijo nada, hipnotizada por su brillo sensual. —¿Y si fuera su tutora a tiempo parcial? –añadió. Katy frunció el ceño. —¿Y cómo sería eso? —No estoy del todo seguro, pero se me está ocurriendo una idea. ¿Qué tal si se muda al este con los niños, vive con ellos, y deja que su abuela los cuide cuando esté demasiado ocupada? Katy lo miró fijamente durante cinco segundos. Estaba totalmente atónita de que él esperase que reorganizara toda su vida y se mudara a miles de kilómetros de su casa para facilitarle a él su deber como albacea. ¿Qué le hizo pensar que no tenía raíces aquí, ni amigos, ni intereses en su casa? ¡Qué descaro! —Está balbuceando —apuntó Bill. —Eso es porque apenas puedo articular una palabra civilizada para usted, señor Winter. ¿Cómo se atreve a movernos a mí y a los niños a su gusto, como si fuéramos peones? —Miró su copa y tomó un sorbo de brandy. Él había tocado un nervio con eso, y ella admitió —para sí misma, por supuesto—, que el cambio era una cosa que la aterrorizaba. Esta casa, y Spring City, eran todo lo que había conocido. Sus ojos se abrieron de par en par, sorprendido por esta expresión de reproche. Se inclinó hacia adelante y la miró con seriedad. —Creo que está poniendo excusas, si me permite que se lo diga. En cuanto a los niños, son jóvenes y no les afecta en absoluto todo este viaje. Lo encuentran excitante. En cuanto a usted. —Se detuvo. Ella miró fijamente los dos zafiros oscuros y quedó hipnotizada una vez más. —En cuanto a usted —continuó—, no lo presumo, pero puedo sugerirlo. Creo que su carrera de escritora solo puede beneficiarse al trasladarse a una gran ciudad, en lugar de vivir aquí enterrada. Además, muchos grandes escritores y pensadores han salido de Nueva Inglaterra. Longfellow, Whittier, Hawthorne… —Thoreau, Emerson —añadió ella, con una mueca involuntaria—. Todos hombres. Si me mudara a cualquier parte, señor Winter, sería mejor que fuese a Wyoming. Al menos allí, podría votar y opinar sobre las leyes que tan acertadamente usa en la defensa de sus clientes. Él le sonrió. —Le aseguro que la Asociación de Sufragio Femenino está activa en Boston. Las mujeres de Massachusetts ya tienen mucho poder, señorita Sanborn. Quizá haya oído hablar del desfile de huelga de 1860 de los trabajadores del calzado. Fue liderado por ochocientas mujeres. No estaba convencida. La cuestión no era, después de todo, que ella fuera una mujer en Boston. La cuestión era su propio terror a enfrentarse a lo desconocido, con dos niños pequeños a cuestas. —De hecho —continuó él—, no solo encajaría bien en nuestra bella ciudad, sino que sería bienvenida como otra luz literaria si eligiera escribir con su propio nombre. Francamente, me encantaría tenerla como una adición a mi círculo de amigos y ayudarla a aclimatarse a su nuevo entorno. Esta última noticia fue la que más le interesó. La idea de ser escoltada por Bill Winter en Boston era muy atractiva. Pero a Katy le sorprendió esta repentina insistencia en mudarse al este. —Mi carrera no está enterrada —dijo al fin, aferrándose a su primer punto como la única parte de su discurso que podía debatir—. Después de todo, usted ya había oído hablar de mí en Boston. —Solo porque su prima lo hizo. Ella dio otro sorbo a su brandy. —Lo tomaré... en consideración, señor Winter. No se me había ocurrido que podría compartir la responsabilidad de los niños. Ella mintió. Se le había ocurrido, pero con la ridícula ilusión de hacerlo aquí mismo, en su casa, con este hombre guapo cuya voz parecía rasgar un acorde dentro de ella. Algún gesto debió de reflejar tal pensamiento, porque él le dirigió una mirada de desconcierto. Bill inclinó su cabeza hacia un lado, y luego sonrió. La pura sensualidad de ver su boca hizo que el estómago de Katy se encogiera. Él se levantó, dejó su vaso en un movimiento lento y posó su mirada en ella otra vez. —Nos facilitaría las cosas a los dos —dijo, y pareció inclinarse más, hasta que Katy pudo oler su limpio olor masculino, una fragancia de sándalo y el cálido aroma del brandy. Su corazón comenzó a golpear en la base de su garganta. Sus intereses parecían cambiar de su discusión a algo más personal, mientras su mano se agachaba y tomaba una de las suyas con un firme y cálido apretón. La sacudida que la atravesó al tocarla fue tan fuerte como el primer día que se conocieron, y ella aspiró su aliento mientras él lo llevaba a sus labios. Sus ojos dejaron su propia mirada verde y cautelosa solo una vez, notando el revelador latido del corazón que palpitaba al lado de su garganta, y ella vio cómo sus pupilas se dilataban. Con suavidad, besó el dorso de su mano. Luego, para su asombro, y casi para su perdición, giró su mano y le marcó la palma con otro suave beso. Ella jadeó y la apartó como si se hubiera quemado. Su repentina inclinación fue clara para Katy, y lo más aterrador fue que ella quería seguir con lo que este atrevido bostoniano quería hacer. —Será mejor que me vaya a la cama. —Se escuchó a sí misma decir antes de arder de vergüenza, esperando que él no pensara que ella tenía eso en mente. En silencio, maldijo. Era la segunda vez que se avergonzaba de la misma manera. Bill alzó sus cejas como si supiera exactamente lo que ella estaba pensando. —Lo que quiero decir —añadió ella, alejándose de él y dirigiéndose a la puerta—, es que es tarde. Bill sonreía como un gato con un canario al alcance de la mano, pero ella lo oyó darle las buenas noches mientras se escabullía por la puerta. No fue hasta que estuvo en las escaleras que se dio cuenta de que había huido de su propio estudio. Cuando llamaron a su puerta la noche siguiente, no se sorprendió tanto. Él fue lo bastante amable como para dejarla trabajar durante el día, pero parecía que anhelaba algo de compañía adulta por la noche. Se había dicho a sí misma que si él volvía, no se dejaría asustar, sin importar el giro de los acontecimientos. Katy respiró hondo, se alisó el pelo, se tiró distraídamente de su blusa blanca de algodón, que estaba metida en la cintura de su falda, y le hizo señas para que entrara. Esta vez, se tomó dos tazas de café, pero su primer sorbo le dijo que había whisky en la taza. Se deslizó cálidamente por su garganta, y ella sonrió. —Aprecio su consideración. Es un verdadero placer que me atiendan en mi propia casa, y hace mucho tiempo que no tomo una copa por la noche. Él tosió y luego cruzó una pierna sobre la otra y la estiró. —¿Qué pasa? —preguntó ella, viendo su divertida mirada. —Es que no parece tener edad suficiente para haber tomado una copa en mucho tiempo, a menos que fuera una tisana antes de ir a la cama. Se sonrojó por esto. Él la había sorprendido, pero ella se rio con buen humor de la imagen de ella con un gorro de punto. —Bueno, tiene razón, señor Winter. Este estudio no ha visto alcohol desde los tiempos de mi padre. Pero a veces tomo una copa de vino en el restaurante Fuller's de la ciudad. Él bebió un sorbo, pensativo. —Mencionó que su padre también era escritor, ¿verdad? A Katy le resultó fácil hablarle a Bill de su familia. Sus vivencias de la infancia eran similares a las historias fantásticas que contaba a los niños a la hora de dormir, excepto que estas pertenecían a su pasado. Parecía que fue hace mucho tiempo cuando era una niña pequeña con unos padres. Le habló del amor de su padre por la historia y de su trabajo, el cual relataba las vidas de los primeros colonos de allí, aquellos que llegaron incluso antes de que se descubrieran las ricas vetas de oro. —He leído mucha historia, señorita Sanborn, pero me disculpo, nunca he oído hablar de la obra de su padre. Ella arrugó la nariz. —Eso es porque sus manuscritos yacen aquí, en el cajón de este escritorio, sin publicar. Algún día, quizá lo remedie. —Se encogió de hombros—. De todos modos, continuó trabajando en ellos hasta su muerte, aunque para ganarse la vida tuvo que recurrir al campo más práctico de la enseñanza. Fue el maestro de la escuela de Spring City durante muchos años. Pero lo que quería era hacerse rico en una de las minas, y entonces... entonces no estoy segura de lo que habría hecho. —¿No tenía confianza con él? —No particularmente. No vio que yo tenía intereses similares, pero por aquel entonces no tenía intimidad con nadie, excepto con mi madre. Estaba absorto por completo en su trabajo. Supongo que eso lo heredé de él. Mamá vio que yo era muy parecida a él y quizá deseaba que fuera una niña normal. Sé que echaba de menos su antigua vida y todas las sutilezas sociales de la ciudad. Pero estoy segura de que usted sabe más de eso que yo. —Algunas mujeres viven para ello —respondió él. Katy tenía la sospecha de que no estaba hablando de su madre en ese momento, pero asintió con la cabeza. —Por suerte, nunca he conocido otra manera de vivir, así que estoy contenta. —¿Qué pasa con su hermano? —preguntó Bill, sorbiendo su café. —Thaddeus tenía diecisiete años cuando se fue. —Se mordió el labio inferior—. Confieso que no fue un día feliz para mí cuando entré en esta casa después de que se marchara. Lo veo una vez al año, pero no estoy segura de dónde está ahora. Mientras Katy hablaba, se alejó de su escritorio y se sentó en el suelo frente al fuego. Era extraño para ella ahora pensar en sus años de juventud. A veces, parecía como si hubiera llegado allí, completamente madura, para cuidar de Teddy y luego vivir su vida tranquila sin conectar con nadie. Sacudió la cabeza. —¿Qué pasa? —preguntó Bill, viniendo a sentarse con las piernas cruzadas a su lado en el suelo—. ¿En qué está pensando? —Me preguntaba cómo habría sido tener una educación al uso. ¿Me habría formado de forma diferente? Mi naturaleza ya estaba definida, tal y como mi madre solía decir. —Katy sonrió con ironía—. Pero me pregunto, conociendo a Lily y a Thomas, si el tono de la casa, con papá tan preocupado y mamá tan inquieta, debió de haber tenido algo que ver con que Thaddeus esté desarraigado y con que yo sea una especie de palo en el barro. —No importaba los momentos en los que se había sentido más cercana a la flor salvaje que Bill había mencionado—. No había sitio aquí para unos niños, no en la vida de mis padres —añadió. —¿Y ahora? —preguntó Bill. —Ahora tampoco —continuó ella—. Creo que si hubiera estado más apegada a la gente de niña, sentiría la necesidad de tener compañía de adulta y encontraría esta existencia solitaria más pesada. Una vez que me acostumbré a que Teddy no estuviera, este estilo de vida resultó ser una bendición. Puedo hacer lo que me plazca. —Sonrió con ironía—. Pero no hay muchos problemas en los que pueda meterme como mujer soltera en Spring City. Ella sostuvo su taza con ambas manos y respiró el rico olor del café, preguntándose por qué estaba siendo tan habladora. Normalmente, pasaba semanas sin hablar con nadie, pero ahora se estaba desahogando con Bill Winter, que parecía estudiarla con atención. —Oh, estoy diciendo tonterías —terminó. —No, creo que es interesante. —Sus ojos permanecieron fijos en los de ella—. Siempre he sido extrovertido y he disfrutado de una buena charla desde que era joven. Estoy seguro de que la confianza y la seguridad que me inculcaron de niño me llevaron a seguir a mi padre en el ejercicio de la abogacía. Bill miró al fuego un momento, sonriendo a algo lejano en sus pensamientos. —Y las burlas de mis hermanas me mantuvieron humilde, sin importar mis logros —añadió. Pero la confirmación de su idea preocupaba a Katy, especialmente a la luz de cómo había resultado cada uno. Ella frunció el ceño, ya que consideraba la importancia de tener unos padres, una familia grande y un hogar seguro. Él levantó la mano y le tocó el profundo surco entre sus cejas, pero ella estaba demasiado distraída para alarmarse por este gesto íntimo. —¿Qué pasa con Lily y Thomas? —preguntó ella de pronto—. ¿Sigue creyendo que soy lo mejor para ellos? ¿No se merecen un hogar normal? Bill suspiró, y en lugar de responder con más razones por las que ella debería quedarse a los niños, se encogió de hombros. —Ann Connors quería que usted criara a sus hijos. Nunca he sido un padre y no puedo decir qué es lo mejor. Confío en su instinto de que usted sería una influencia más vibrante que vivir solos con su abuela. No es solo por su avanzada edad. —Tomó otro sorbo de su bebida antes de continuar—. Alicia Randall tiene ideas anticuadas sobre la crianza de los niños, inclinada a que sean poco vistos y raramente escuchados. Por supuesto, ella ama a sus nietos, pero su sociedad es cerrada, incluso congestionada, y solo compuesta de adultos. Adultos bastante mayores. Los niños vivirían en una calle concurrida en el corazón de la ciudad, en una residencia fastidiosa. ¿Podrían ser niños allí? Esa es mi pregunta. Ella miró su cara de preocupación. Era obvio que le importaban, y mucho. No era extraño, dada su dulce naturaleza. Habiendo escuchado su descripción de Alicia, Katy pudo ver como su propia casa, con sus prados abiertos, y su manera de dejar que los niños hicieran lo que quisieran, parecía preferible. Podrían estar aún más aislados con su abuela que con ella. ¿Pero qué había de su idea de compartir los niños? En realidad, ella había pensado en su sugerencia de mudarse a Boston. Sin embargo, la posibilidad le provocó un terror tan intenso que la descartó con rapidez. Sus ojos volvieron a su rostro serio. —Entiendo que esto haya sido una sorpresa para usted —dijo Bill—, pero sé, dada su personalidad, que mantiene una mente abierta. Ella sonrió ante eso. —¿Ha deducido mi personalidad, señor Winter’? ¿Ha sido por mis escritos o por la maravillosa hospitalidad y habilidad doméstica que he demostrado desde que llegó a mi casa? —Como me dijo el día que nos conocimos, tiene cosas más importantes en la cabeza que las tareas domésticas, y no la culpo por la falta de habilidades culinarias. Tiene más que suficientes rasgos positivos para compensar eso. —¿Los tengo? —preguntó Katy antes de bajar las pestañas. Dios mío, ella estaba coqueteando al hacer que la felicitara. Tomó un trago de la humeante bebida para cubrir su vergüenza, y se ahogó mientras el whisky le quemaba la garganta. Él le dio una palmadita en la espalda, pero cuando ella le hizo señas para que se fuera, llevando su pañuelo a la boca, sintió su mano haciendo círculos contra la fina tela de algodón de su blusa. Él la empujó por encima del hombro con su largo pelo castaño, reluciente de brillantes rayas doradas. Se sintió encantada de ser tocada, de ser consolada, incluso por algo tan tonto como beber demasiado rápido. Bill la miró con una mirada oscura e interesada que prendió fuego a las terminaciones nerviosas donde descansaba la palma de su mano, El orgasmo estomacal se comenzó a manifestar... —Supongo que los sorbos delicados no son uno de mis buenos rasgos —dijo ella. Él no respondió. Su mano aún estaba sobre ella. Bill deslizó la palma hacia la parte baja de su espalda y luego hacia arriba, apoyándola en la nuca. Poco a poco, masajeó sus músculos, que estaban rígidos por estar todo el día sobre su escritorio. Ella levantó la cabeza y luego la agachó, sin poder evitar cerrar los ojos y relajarse bajo su toque. Era una sensación celestial sentir sus músculos desanudándose bajo su suave masaje. Sentía como si fuese a ronronear de un momento a otro. Luego, para asombro de Katy, creyó sentir sus labios tocando su cabello, sobre su cabeza. Pensó que sería su imaginación, y sonrió dejando escapar un suspiro. Pero no se imaginaba el siguiente gemido que escuchó, haciendo que sus ojos se abrieran de golpe. Bill se inclinó hacia su cara levantada, con la mirada en sus labios. Viendo el parpadeo de la luz de fuego en sus tensos rasgos, estaba segura de que iba a besarla. Cada parte de su ser lo esperaba, pero luego, él se alejó de repente. Katy podría haber gritado de frustración. El hombre parecía incapaz de apartar sus manos de ella, aunque al mismo tiempo trataba de contenerse, no sin dificultad. Bill se puso de pie de forma abrupta, con gesto incómodo. —¿Pasa algo malo, señor Winter? Él hizo una mueca. —Usted es sin duda la mujer más cautivadora que he conocido. También puede ser extremadamente frustrante para un hombre, siendo tan ingenua como lo es. Pero, aun así, no cambiaría nada de su persona. Ahora, si me disculpa, me retiraré. Fue a la puerta, y luego se volvió hacia ella justo antes de desaparecer. —Me apetece mucho bailar con usted el sábado. Katy no tuvo tiempo de responder. Se le ocurrió que esta noche él había sido el que se marchó —también con rapidez— de su estudio, dejando su taza de café atrás con las prisas. Sentada frente al fuego un rato más, ella desenredó sus palabras, se acabó el café, y al fin decidió que él la había halagado de una manera extraña. Ella nunca se había considerado ingenua, pero tampoco se había enfrentado a una situación así. Ella también estaba esperando el baile del sábado y, sobre todo, que al fin la abrazara.
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