AÚN VIRGEN, CONTACTO CARNAL

4129 Palabras
Katy estaba decidida a terminar todo su trabajo antes del sábado para poder pasar todo el día preparándose para el baile, si fuera necesario. A falta de un par de días, estaba llena de una mezcla de terror abyecto y de anticipación emocionante. A la luz de la mañana, hizo una mueca frente al espejo que colgaba sobre el juego de cámara, mientras se secaba la cara y se peinaba. Probablemente le llevaría todo el día. ¿Y qué haría con su cabello? ¿Qué pensaría Bill de su vestido? Mil preguntas de este tipo le anudaron el estómago. Bill había entretenido a Lily y Thomas con una salida temprano esa mañana, incluso con un desayuno de picnic, para que ella pudiera trabajar en absoluta paz, pero simplemente ella no quería hacerlo. Ella también quería salir, pero parecía que iba a quedarse encerrada en la casa de los Sanborn hasta que muriera, una solterona marchita. Katy huyó de su reflejo ante ese pensamiento y se dirigió hacia abajo. La casa parecía vacía sin ellos. Sus pasos resonaban en el silencio como no lo habían hecho en las últimas semanas. Le recordaba dolorosamente a cuando Teddy se fue, y ella se abrazó con fuerza mientras cruzaba el pasillo hacia la cocina. Tras saltarse el desayuno, se preparó una fuerte taza de té para llevarla al estudio. No había tenido que hacerlo ella misma últimamente, ya que Bill siempre se aseguraba de que se tomara un descanso ocasional o le preguntaba si quería una bebida por la tarde. Katy atizó el fuego en la estufa hasta que ardió. Así es como será todo cuando se vayan, por el resto de sus días. ¿Y qué? Será como era antes de que vinieran. Pero has probado la compañía, y ahora será mucho más difícil. No te llevará tanto tiempo superarlo, como cuando Teddy se fue. Tal vez. Tal vez no. Intentó detener la conversación en su cabeza mientras vertía el agua hirviendo sobre las hojas de té en la tetera, y esperó a llenar con el líquido ambarino su taza favorita. Pero los horribles pensamientos continuaron hasta que Katy corrió a su estudio en busca de refugio. Al entrar, la recibió la inesperada imagen de Bill frente al fuego. Se veía misterioso y atractivo al mismo tiempo, arrebatándole el aliento con sus ojos, con su tacto. Luego se había ido, y ella había dejado de intentar escribir, ya no se sentía satisfecha trabajando hasta altas horas de la noche mientras todos los demás dormían en la planta superior. Hoy, en lugar de sentarse frente a su máquina de escribir, abrió el cajón de abajo del viejo escritorio de su padre y sacó parte de su manuscrito, aproximadamente la mitad de las casi mil páginas escritas en su ordenado guion. Hacía mucho tiempo que no lo leía, mucho tiempo que no se preguntaba cómo sería su vida si él y su madre todavía vivieran. Pasó las páginas, haciendo que una brisa levantara mechones de pelo rizado por sus mejillas. De repente, dejó las hojas sobre el escritorio. Esto no la llevaba a ninguna parte. Trabajó durante una hora, luego dos. Al fin, levantó la cabeza y se estiró. Le dolía el cuello. Lo que necesitaba era un baño, quizá con algunas de las mejores sales aromáticas de su madre para despejar su cabeza mientras tenía un momento de tranquilidad. Nada de niños gritando y corriendo por la casa... o riendo o jugando. Le llevó diez minutos acarrear agua para llenar la bañera de patas de garra. Pero mientras se tranquilizaba con el líquido calmante y aromático, suspiró y consideró que valía la pena el esfuerzo. Desde que Bill le aceleró el pulso a cien por hora dos noches seguidas, sentía ese calor solo de pensarlo. Necesitaba desprenderse de su tacto de inmediato, o no podría concentrarse en su trabajo durante el resto del día. Permaneció en el agua fragante hasta que su piel comenzó a sentirse fría. Para entonces, el sol estaba en lo alto del brillante cielo de Colorado. Se puso su banyan alrededor de su cuerpo húmedo, bajó las escaleras y llevó una silla del porche al patio, poniéndola a pleno sol entre los nuevos rosales. Sacó el peine de su bolsillo y comenzó a trabajar los enredos. No se dio cuenta de que la puerta estaba abierta a su derecha. No se dio cuenta del hombre que la miraba fijamente, absorto por su visión sentada en la silla, con una pierna de piel cremosa expuesta a través de su bata abierta, y su pelo brillante como una cascada de cobre. Pero entonces, escuchó sus pasos. Katy no pudo evitar el jadeo que se le escapó cuando levantó la vista y encontró a Bill de pie justo delante de ella, con la cabeza enmarcada por la luz resplandeciente como si fuera un dios solar en carne y hueso. Al principio, debido al ángulo, no pudo distinguir sus rasgos. Pero cuando se protegió los ojos con la mano, se quedó sin aliento ante la expresión de su cara, deteniéndose con el peine aún en su otra mano. —¿Bill? —Escuchó la palabra desconocida de sus propios labios y se sonrojó, dándose cuenta de lo inapropiadamente íntimo que sonaba—. ¿Están bien los niños? —Nos detuvimos en la casa de los Cuthins con las canastas de Emma y sus platos, y quiere enseñarles a hacer mantequilla. Creo que tardarán. —¿Pasa algo? —preguntó Katy cubriéndose con rapidez. —Usted. —Su voz era baja y áspera—. ¿Tiene idea del retrato de belleza que representa, aquí sentada en su jardín? Ella tragó saliva. Si se hubiera podido sonrojar más de lo que ya estaba, lo habría hecho. —Oh, señor Winter, no soy... quiero decir... ¡de verdad! —Ella apartó la mirada de su cara. Él se rio de repente. —Es realmente refrescante. —Se acuclilló a su lado y ella casi se cae de la silla. Bill acercó su mano para coger un mechón de pelo brillante, todavía húmedo y rizado—. Parece que no tiene idea de lo atractiva que es —continuó—. No solo su bello rostro —dijo, tocando su mejilla con la otra mano—, o su glorioso pelo —añadió, enroscándolo alrededor de su dedo—, sino también su admirable intelecto, señorita Sanborn. Debo creer que la razón por la que no ha sido arrancada del árbol de la mujer soltera es porque se ha escondido en este lugar tan primitivo. Katy abrió la boca para defender Spring City lo mejor que pudiese, pero no consiguió elaborar un pensamiento completo con él arrodillado junto a ella sobre la hierba. No podía oír nada más porque la sangre le latía en los oídos, y podía sentir su corazón desbocado dentro de su pecho. Ella estaba en silencio, mirando a este hombre con su pelo alborotado, cuya hermosa cara se veía tan seria. —Me pregunto, Katy Sanborn, si ahora mismo le importaría que la besara, porque en este momento, siento el fuerte impulso de hacerlo. Durante una larga pausa, ella fue incapaz de encontrar su voz. Se perdió en sus ojos azules, que se habían vuelto tan familiares, ya fuese por su mirada frente a la mesa del comedor o con su parpadeo inteligente mientras conversaban en su estudio por la noche. Sintió que su estómago saltaba como cuando se subía en el columpio de cuerdas que había compartido con su hermano de niña. Bill Winter ya no sonreía. Estaba muy serio, y eso también la hizo temblar. De hecho, en ese momento, ella quería desesperadamente que él la besara. Pero le avergonzaba decirle que sería la primera vez, y que no sabía cómo o qué esperaba él de ella. Sin embargo, cuando abrió la boca para confesárselo, todo lo que dijo fue: «Sí». Un fuego se encendió en los ojos de Bill, y la expresión de su rostro se volvió sensual ante su consentimiento, anticipando lo que vendría después. Con él de rodillas y ella en la silla, estaban cara a cara. Él solo tenía que inclinarse hacia adelante, y lo hizo. Katy contuvo su aliento un momento, disfrutando del cálido aroma a sándalo, que siempre se aferraba a sus ropas, y del olor masculino que reconoció como solo suyo. Sus palmas se sentían húmedas, y dejó caer el peine cuando él se acercó. Ella fijó su mirada en la suya hasta que cerró los ojos. Se entregó por completo, tanto su oído como su vista se perdieron en la sensación de su boca presionando la suya. Sus labios fueron una dulce sorpresa, firmes pero suaves, ligeramente ásperos, y la aspereza fue una delicia inesperada. Sus manos no la tocaron en absoluto, sino que la encerraron apoyándose en los brazos de su silla. Se sintió envuelta, pero no atrapada. Su camisa le rozó el brazo, y ella se deleitó con la sensibilidad de su piel. Ella quería que este momento durase para siempre mientras su beso se hacía más firme. Él no le sostuvo la cabeza, pero ella lo besó con una respuesta ferviente, como si lo empujara por detrás. Su lengua contra sus labios le hizo sentir escalofríos, que se deslizaron directamente a sus partes más femeninas. Luego, poco a poco, él se alejó, apoyando su frente contra la de ella mientras sus ojos se abrían con asombro. Katy respiró hondo para llevar aire a sus hambrientos pulmones. —Oh —jadeó ella. Él se sentó sobre sus talones con una mirada desconcertada acechando en sus brillantes ojos, y ella notó que su propio pecho subía y bajaba con rapidez. —Gracias por el honor, señorita Sanborn. —Su voz era como la miel, como si se le atascara en la garganta. Luego, con un movimiento rápido y fluido, Bill se puso de pie y caminó hacia la casa. Katy se quedó aturdida por lo que había pasado. Era como si lo hubiera conjurado con todos sus pensamientos esa mañana. Pero sospechaba que él se había apresurado a ocultar sus propias emociones turbulentas. Tomó aire y lo exhaló con fuerza. Ese beso había sido maravilloso. Se inclinó para recoger su peine de la hierba, y vio la hendidura donde habían estado las rodillas de él. ¿Había estado realmente allí, hacía un momento, besándola? Era increíble. Y dentro de un día, ella iría al baile de su brazo. Sabía que no había nada que pudiera pensar que fuera mejor... excepto otro beso. ¿Cómo se había vuelto su vida tan emocionante con tanta rapidez? Se detuvo cuando una oscura raya de soledad cortó sus pensamientos, insinuando lo que vendría cuando él y los niños al fin se fueran. ¿Soy una tonta por jugar con fuego? Sabía que se estaba apegando cada vez más a su nueva familia, y pronto se irían. Todo volvería a ser como antes. Miró la casa tal y como era ahora, silenciosa y oscura, y deseó poder oír la voz de Lily y la risa de Thomas igual que las había oído tantas veces en las últimas semanas, bajando por la ventana de arriba. Sí, todo sería como antes, todo excepto ella misma. Su corazón se desgarraría. Lo sabía con la misma seguridad con que sabía que se estaba enamorando de Bill. Cuando él se fuera de Spring City, se le partíría el corazón, pero cerró los ojos y sonrió bajo el cálido sol. Sin duda, el dolor valía la pena. No se guardaría nada y apreciaría cada momento de su estancia. Saltó de la silla y se apresuró a entrar. Encontró a Bill en su estudio, mirando fijamente los libros en las estanterías. Al principio no pensó que él la había oído llegar. Hasta que él habló sin darse la vuelta. —¡Esto se está volviendo intolerable! —exclamó antes de sacar un libro del estante a la altura de los ojos. Katy esperaba todo menos eso. Como no sabía a qué se refería, se mudó a un territorio familiar. —¿Traerá Emma a los niños a casa? —Sí, más tarde, o pueden venir a pie. —Parecía ojear el libro Vida de George Washington, de Ramsay, con gran seriedad, mientras Katy se acercaba—. Parece que necesitaban un cambio, y no solo jugar con el «Tío Bill». Ella se rio, esperando romper la tensión de su voz. —Ha hecho un excelente trabajo con... —Qué diablos —la interrumpió, y dirigió su aguda mirada hacia ella. Katy creyó haber visto que él se estremecía al fijarse en su escandalosa bata. Entonces sus ojos se encontraron con los de ella, y ella reconoció toda la pasión contenida, apenas insinuada en su beso. Estaba allí, brillando en sus ojos, y casi parecía que le dolía. —Bill —se adelantó, sin pensar en lo impropio de usar su nombre de pila, permitiendo que sus fuertes sentimientos por este hombre la guiaran. Le quitó el libro de la mano y lo dejó en el escritorio—. ¿Qué es intolerable? —No puedo quedarme aquí por más tiempo. Hay que tomar una decisión. Por eso he vuelto, para hablar de... —Entonces sacudió la cabeza—. Estoy mintiendo. Lo sabe, ¿verdad? Volví para estar a solas con usted. Sus ojos se rasgaban sobre su cara, y ella podía ver la guerra que estaba librando. —Se supone que soy un profesional y que debo ejecutar la última voluntad y testamento de mi cliente. Sabía que no eras «Charles Sanborn». Solo que no esperaba... —Extendió la mano y pasó los nudillos por la mandíbula de Katy—. No esperaba que fueras tan irresistible. Ella sintió que un rubor se deslizaba por su cuello y se extendía con rapidez por sus ya ardientes mejillas. —Maldición —juró Bill con suavidad, dando un paso atrás como si su vida dependiera de ello, pero chocó contra la estantería. Sacudió la cabeza, atrapado—. Ninguna mujer se sonroja en los círculos sociales de Boston, Katy. Ya no son capaces de hacerlo. Ella puso las manos en sus mejillas con la esperanza de enfriarlas. Sabía a lo que él se refería. Deseaba que solo fueran un hombre y una mujer, pero el correcto y honorable Bill Winter luchaba con el espíritu libre que había encontrado en su interior al venir al oeste. Katy había resuelto su propia batalla personal más fácilmente. Él ya ocupaba un lugar en su corazón, y ella no tenía a nadie ante quien responder o rendir cuentas. Ni parientes preocupados ni amigos chismosos. Nadie a quien le importara si cedía a los sentimientos que habían surgido entre ellos con tanta fuerza en las últimas semanas. Ella dio otro paso hacia él. Fue su elección salir de su mundo aislado para llegar a Bill y a todos los sentimientos que se había negado a sí misma durante tanto tiempo. Él gimió, leyendo la mirada en sus ojos. Y Katy pudo ver en el acto que él estaba bajo la misma influencia que ella. La agarró por la delgada cintura y la atrajo hacia sí. Katy expulsó el aliento que no sabía que había estado conteniendo. Fue un alivio físico y mental encontrarse al fin en sus brazos, contra su amplio pecho, y cedió al deseo de tocar su espeso cabello. Deslizó sus brazos sobre su pecho y le colocó los dedos en la nuca por un momento antes de entrelazarlos en las ondas justo encima de su cuello. Una de sus manos estaba todavía en su cintura, sujetándola con fuerza, mientras que la otra vagaba por su cuerpo, hasta descender con suavidad sobre su trasero. Ella jadeó por el calor que recorría el núcleo de su femineidad al sentir su mano a través de su bata. Entonces él enterró sus dedos en su brillante cabello, como ella le hacía a él. Su otra mano se movió hacia arriba sobre su pecho para acariciarlo con delicadeza. Katy tomó el aliento en sus pulmones y lo sostuvo mientras la mano de Bill se movía más arriba, abriéndose paso a través de su clavícula. Se detuvo allí un momento, antes de descender hasta el profundo escote. Ella levantó la vista y se encontró con su mirada. Sus ojos parecían estar ardiendo con una llama azul. Pensó que se derretiría si los miraba demasiado tiempo. —Katy, tengo una vida en Boston. Hay tantas cosas que no sabes. ¿Lo entiendes? ¿Quieres que me detenga? —le preguntó, con un áspero susurro que la hizo temblar. Su mano aún descansaba en la apertura de su bata. Podía sentir que temblaba ligeramente. Fue el saber que él estaba tan necesitado como ella lo que calmó sus temores. Katy no podía hablar. Lo intentó, y luego se lamió el labio inferior con el borde de su lengua húmeda. Tragó como si su propia garganta estuviera seca. Luego, en respuesta a su última pregunta, ella sacudió la cabeza. Él se inclinó hacia sus labios, y la besó con más pasión que antes, en el jardín, cuando habían experimentado la suave corriente de deseo que había fluido entre ellos. Ahora, este deseo se había convertido en un río caudaloso después de las lluvias. Mientras su boca reclamaba la de ella, atrayendo sus labios con su lengua, su mano detrás de su cabeza la sostuvo contra él. Era carnal y poderoso, y la excitación que ella sentía se intensificó casi más allá de lo soportable. Katy sabía que quería estar unida a este hombre por completo, para calmar la locura que corría por sus venas, y se preguntó cómo las mujeres sobrevivían a tal encuentro sin desmayarse. El beso de Bill continuó, incluso cuando empezó a apartar a un lado su bata, deslizando sus dedos por debajo de esta para facilitar su apertura. —Quiero hacerte el amor —respiró contra la boca de ella. —Pensé que ya lo estabas haciendo —dijo Katy jadeando mientras él la tomaba en sus brazos. —Aquí no —respondió él—. No entre libros viejos y mohosos que hablan de alambres de púas y reuniones de granjeros. La subió por las escaleras de dos en dos por el pasillo hasta su habitación. La suya era la más pequeña, con una luz tenue debido a las cortinas corridas. Katy se sintió segura cuando él la bajó y le apartó la bata de un hombro y luego del otro. Ella notó cómo el banyan se deslizaba por su piel ardiente y caía a sus pies. —Eres exquisita —dijo Bill, mientras la acercaba de nuevo hacia él y la conducía hasta la cama. «Esto está bien», pensó Katy para sí misma. Esto era lo que ella deseaba desde que Bill entró en su vida. —Deja de mirarme así —gruñó él cuando empezó a desabrocharse la camisa—, o serás mi perdición. Ella se rio al verle luchar con los botones, pero se calló en el momento en que él se dispuso a quitarse los pantalones de mezclilla que la habían vuelto loca. De repente, el relincho de un caballo sonó en el exterior. Ella se quedó paralizada, al igual que él. Katy iba a levantarse, pero Bill fue a mirar a través de las cortinas antes de subir a la cama a su lado. La acercó a él y luego la dejó caer sobre su almohada. Una vez más, ella respiró su delicioso olor a sándalo. —Es solo Alfred y mi caballo —dijo Bill. Katy ya lo había olvidado, demasiado distraída por la sensación áspera de sus vaqueros contra su piel desnuda. Era como estar en el cielo. Elevó la parte inferior de su cuerpo, ansiosa de su encuentro. Bill la miró, al darse cuenta de su intento, y le sonrió. —Eres tan sensual —dijo contra su pelo. Apoyó sus caderas contra las de ella, sujetándola hábilmente en su lugar—. ¿Es esto lo que quieres? Pero ella no podía responder. Cerró los ojos y separó los labios, como si luchase para recordar cómo respirar. Su cuerpo estaba en llamas y humedecido al mismo tiempo por el mismo calor que recorría sus venas. Ella sintió la dura cresta a través de los pantalones de Bill mientras él presionaba profundamente entre sus piernas, rozando la carne sedosa entre sus caderas. Su estómago se estremecía con el primer orgasmo. —Ohh —gimió ella, agarrándolo por los hombros con dedos tensos, sabiendo que había más, que debía ser paciente y dejar que se quitara toda la ropa. En cambio, se estremeció, al intuir que ya estaba muy cerca de su destino y de que no había ninguna parada. No quería que se detuviera la presión en su montículo o el roce entre sus muslos. Incluso creyó oír cómo se lo pedía ella misma con un jadeo suplicante. Pero era Bill quien le hablaba en voz baja y tranquilizadora, continuando el suave asalto a su cuerpo y realzándolo con la creciente urgencia de sus caderas. Luego, él bajó la cabeza y tocó su pecho izquierdo con los labios. Ella sintió como si se estuviera rompiendo. Inclinó sus caderas con un grito y agarró su cabeza mientras él mordisqueaba su seno. Ella estaba lejos, ligera como una hoja de otoño levantada por la brisa, y pensó que seguiría a la deriva sin cesar en las ondas de placer. Pero estas cesaron al fin, y empezó a volver poco a poco en sí. —¿Estás bien? —le preguntó él. Katy abrió los ojos ante el sonido de su voz. ¡Qué pregunta! —Pero yo... —Ella tropezó con sus palabras, sintiendo una punzada momentánea de egoísmo—. Ni siquiera dejé que terminaras de desvestirte… Él se rio entonces, con un sonido masculino y áspero que la hizo temblar. —No tienes idea de lo que es ver a una mujer mientras descubre su propia sensualidad. Nunca antes había experimentado algo así. Katy consideró sus palabras. ¿Era eso lo que ella acababa de hacer? ¿Descubrir su propia sensualidad, y en los brazos de Bill? Para ella esto era algo nuevo, y no quiso preguntarle qué quería decir, aunque él había insinuado a las hastiadas y cínicas mujeres que conocía. ¿Podría ser cierto que ella era la primera mujer inocente con la que se había acostado? Le pareció que las vírgenes harían cola para tener el privilegio de que Bill Winter las desflorara. Entonces recordó que aún no había sido desflorada, y decidió ofrecerle ese regalo, si lo aceptaba. Él se inclinó para besarla de nuevo. Entonces ambos escucharon el inconfundible sonido del aullido de un lobo. —Los caballos —dijo ella—. Alfred. —Seguro que pueden cuidar de sí mismos —le aseguró Bill, pero ya estaba saliendo de la cama y abriendo las cortinas. La luz del sol entró a raudales—. ¿Has visto algún lobo por aquí últimamente? —preguntó mientras exploraba el prado que rodeaba la casa. —No, solo durante los duros inviernos, nunca tan entrada la primavera. —Se sentó a su lado en la cama, agarrando las mantas para cubrirse—. Si no pueden encontrar ciervos, van a por el ganado. Pero este escasea, así que suelen pasar por aquí. Luego lo escucharon de nuevo, un grito solitario que puso los pelos de punta de Katy. —No sé mucho sobre ellos —dijo Bill—, pero estoy un poco preocupado por... —¡Los niños! —Katy se levantó de la cama de un salto y se dirigió por el pasillo a su dormitorio. Escuchó a Bill bajar las escaleras momentos después, mientras se apresuraba a ponerse la camisa, la falda y la blusa, antes de correr para alcanzarlo. Él estaba en el salón, bajando el arma de encima de la chimenea. —Un viejo Sharps —murmuró, mirando el rifle de un solo tiro—. ¿Funciona? —preguntó cuando ella se detuvo junto a la puerta. —Funcionaba. Mi padre lo usaba. Sé que Thaddeus también lo utilizaba. —Cerró la boca al darse cuenta de que estaba balbuceando por el miedo—. Las balas están por ahí. —Corrió hacia los estantes de la esquina y llegó al más alto—. Las tengo. —Le entregó la pequeña caja a Bill. —Vamos —dijo este. Katy lo vio pasar de ser el amante apasionado de hacía un momento a ser el hombre con nervios de acero que había llamado a su puerta, listo para matar dragones, si hacía falta, para proteger a estos dos niños.
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