CASTIGÁNDOSE

3543 Palabras
Ensillaron sus caballos sin sentir ninguna vergüenza. Era casi como si la intimidad entre ellos nunca hubiera existido. Cabalgaron hacia la granja de los Cuthins, a menos de una milla de distancia. Katy, tensa, se inclinó hacia adelante, buscando cualquier signo de una manada de lobos, mientras que Bill escudriñaba de lado a lado. Escucharon el aullido del lobo otra vez, ahora más cerca. El miedo corrió por la columna de Katy, y Bill obligó a su caballo a galopar. Y luego, escucharon un grito de Lily, nítido y espeluznante. Katy sintió que el corazón le saltaba a la boca y se quedaba allí. Aterrorizados, ninguno de ellos habló. No tenía sentido, no había tiempo. Simplemente se dirigieron al lugar de donde provenía el sonido, y luego lo escucharon de nuevo. —Eso es bueno —dijo Bill por encima del ruido de los cascos—. La voz de Lily mantendrá a la bestia a raya. Thomas debería gritar también. Sabía que compartían la misma preocupación. ¿Y si algo hubiera pasado y por eso no habían oído gritar a Thomas? Katy se estremeció al pensarlo, pero estaban cerca, y confiaba en que Bill era un hombre capaz e inteligente. Todo iría bien. Se sorprendió a sí misma en ese instante, incapaz de creer que estaba confiando en alguien más. ¡Una confianza sin sentido! Bill no podía garantizar la seguridad de los niños más que ella, pero era reconfortante compartir la responsabilidad. —¡Ahí! —gritó él—. Junto a esos pinos. Katy miró hacia donde Bill había señalado. Por supuesto, allí estaba Lily, con la espalda contra un árbol alto, una pequeña rama en sus manos, y un lobo gris solitario, con su amplia cabeza y su largo cuerpo, agachado frente a ella. Thomas no se veía por ninguna parte. Nunca había visto nada parecido, nunca había temido por su seguridad en todos estos años. ¿Por qué ahora? Katy rezó en silencio para que todos salieran sanos y salvos de esto. Bill detuvo su caballo, desmontó con rapidez y se afirmó en el suelo con los pies separados. Disparó el rifle en el aire. El lobo apenas tardó un segundo en mirar hacia ellos antes de salir huyendo a toda velocidad. Katy pateó a Alfred hacia adelante, cabalgando hacia Lily en una carrera de obstáculos antes de que su caballo se detuviera. Se arrodilló y cogió a la niña en sus brazos, cuyo pálido semblante estaba bañado en lágrimas. —Está bien, cariño —le dijo acunando a Lily, que rodeó con sus brazos el cuello de Katy. Esta oyó que el caballo de Bill se acercaba. En un instante estuvo a su lado en el suelo, con la mano extendida para tocar el brazo de Lily. —Cariño, ¿dónde está Thomas? —le preguntó con la voz firme. —Él... cayó —dijo Lily entre sollozos—. Estábamos juntos y luego, no sé… —gimió. —Sshh… —Katy la abrazó de nuevo y le acarició el pelo, tratando de tranquilizarla. —¿Qué quieres decir? —preguntó Bill—. ¿Lo persiguió el lobo? —Katy podía oír la tensión en su voz mientras luchaba por no asustar a Lily con la urgencia de encontrar a su hermano—. Piensa, Lily, ¿hacia dónde se fue? Katy sintió que la niña se ponía rígida en sus brazos. —Una pregunta a la vez —advirtió Katy, tratando de evitar que Bill abrumara a la niña de ocho años. Pero Lily se recompuso, enderezó sus hombros y miró a su alrededor. —Fuimos a buscar oro —dijo—. Por ahí… —Señaló hacia las colinas. Katy se quedó congelada. —Las minas —dijo—. Bill, fueron a las viejas minas. —Una noche, ella les habló a los niños sobre el campamento minero abandonado, como si fuera un cuento. Bill se puso de pie lentamente. Lily continuó. —El doctor Cuthins fue a atender un paciente, así que la señora Cuthins dijo que podíamos ir directamente a casa. Pero no lo hicimos. —Empezó a llorar de nuevo—. Sé que dijiste que no lo hiciera, tía Katy, pero solo queríamos echar un vistazo. —Se tragó el aire—. Hiciste que sonara tan emocionante… Katy siempre supo que las minas eran particularmente peligrosas, porque era el único lugar al que su tranquilo padre les prohibía ir. Sin embargo, Thaddeus había explorado a fondo los túneles. Miró a Bill. —Hay pozos profundos. Están tapiados, por supuesto, pero la madera es muy vieja. No tuvo que decir más. Podía ver en su cara que él entendía el peligro. —Necesitaremos una linterna y una cuerda —dijo Bill—. Lily, cuando Thomas se cayó, ¿podías seguir viéndolo? —No, pero pude oírlo. Estaba llorando, y le dije que iría a buscarte. Entonces vi al lobo. —Iré a casa a recoger lo necesario —dijo Katy. Dejó que Bill le ayudara para montar en Alfred—. Seré rápida, sé dónde está todo. Y llevaré a Lily a casa. —Extendió los brazos para que Bill le entregara la niña. —No —dijo Lily—. No me iré sin mi hermano —dijo con un sollozo de hipo. Bill y Katy se miraron. Entonces, él subió a Lily a su caballo y se balanceó detrás de ella. —Dime qué camino tomar. —Hacia el oeste —señaló Katy—, justo sobre esa colina. No está muy lejos. Verás el viejo tanque de agua. Y hay una cabaña, pero está en ruinas. Él asintió con la cabeza. Katy pudo ver, por los pliegues de su frente, que él ya estaba concentrado en encontrar al niño. —Nos encontraremos allí —le dijo, e instó a su caballo a avanzar. Por un segundo, Katy deseó que se llevara a Lily con ella. La quería a salvo en su casa. ¿Pero dónde podría estar más segura que en brazos de Bill? Él ya no la tocaba, pero aun así ella sintió su fuerza y se consoló. —Vamos, muchacho —le dijo a Alfred y volvió a casa tan rápido como pudo. Katy había corrido a una velocidad vertiginosa hacia su granero para recoger las provisiones, pero aun así se sentía cada vez más frustrada por la cantidad de tiempo que le había llevado. Al acercarse a las minas, deseaba fervientemente que Thaddeus estuviera cerca para ayudar a encontrar a Thomas. El sol de la tarde ya se estaba ocultando cuando ella coronó una colina y vio el caballo de Bill atado a un árbol frente a uno de los pozos de la mina. Lily estaba sentada junto al árbol, pero no había señales de Bill. —¿Dónde está el señor Winter? —le preguntó Katy a la niña mientras desmontaba y ataba a Alfred. —No lo sé. Me dijo que me quedara aquí quieta. —Y estás siendo una chica muy buena. Vigila los caballos. —Caminó a unos pocos metros de distancia—. ¡Bill! —gritó, rompiendo el silencio de los alrededores. Su voz parecía resonar sobre las dormidas colinas, y esperó una respuesta. Nada. Su piel se volvió húmeda. ¿Y si él también tenía problemas? —¡Bill! —gritó de nuevo, escuchando el ligero pánico en su propia voz. —¡Estoy aquí! Katy casi lloró de alivio al escuchar el sonido de su profunda voz, y corrió hacia él. —¡Ten cuidado! —gritó Bill mientras ella tropezaba con la cubierta de una mina y casi aterrizaba en el agujero abierto de otra—. Son pozos de aire —le dijo, surgiendo de la nada junto a la entrada de uno de los viejos túneles. —¿Lo has encontrado? —preguntó ella, sintiéndose ya mejor al verlo. Bill agitó la cabeza. —Me pareció oír un sonido hace unos minutos, pero ahora, nada. Está claro que nadie ha estado aquí en años. Es una trampa mortal. Ella asintió. —¿Por dónde deberíamos empezar? —Por donde lo haría un niño de cinco años —dijo Bill, mirando a su alrededor—. Probablemente... —¡Auxilio! La voz era débil y sonaba a lo lejos. Convirtió la sangre de Katy en hielo y confirmó sus mayores temores. No había duda ahora. Thomas estaba bajo tierra. —¡Socorro! —Lo escucharon de nuevo. Estaba quizá a solo unos metros bajo sus pies. —¡Estamos aquí, Thomas, justo aquí! —le respondió ella. Bill no dijo nada mientras estudiaba el terreno. —Allí —dijo, caminando con cuidado, pero decidido, para cubrir la distancia entre las llamadas de ayuda y el pozo de aire—. Debe de haber caído justo aquí. Katy se acercó a su lado. No era más que un agujero n***o en el suelo, un agujero aterrador que se había tragado a un niño. Cayó de rodillas en la tierra. ¿Y si no podían alcanzarlo? ¿Y si estaba herido? —Thomas, estamos aquí, cariño. ¿Estás bien? —No hubo respuesta al principio. Trató de reprimir sus miedos. No sería de ayuda si entraba en pánico. Luego volvió a escuchar el grito. «¡Ayuda!». Bill se levantó y la miró de pies a cabeza. —Es demasiado pequeño para que yo quepa ahí —declaró él con tranquilidad. Ella respiró hondo, sabiendo a qué se refería, y no dudó. —Voy a entrar. Puedes bajarme fácilmente. —¿Estás segura? El miedo a descender en la oscuridad, a criaturas que se arrastran, a asfixiarse, a ser sepultada viva, y a un millón de cosas sin nombre, se arremolinaron en su cabeza. Pero, en lugar de huir de sus temores, hizo lo mismo que cuando se dispuso a jugar con los niños. Se sujetó el dobladillo de la falda en la cintura y se arremangó la camisa. —Será mejor que te ates el pelo también. Podría engancharse en algo. Rápida, eficiente, pero con manos temblorosas, Katy retorció el largo de su cabello en un nudo y lo apretó con fuerza contra su cuello. —¿Conseguiste una lámpara? —La dejé con Lily. Bill se apresuró a ir y volver en un instante, guiando a su caballo. Tenía la linterna en una mano y la cuerda en la otra. —Solo una de las sogas es lo bastante larga para servirnos. Tendré que bajarte primero, y luego bajaré la lámpara. Ella asintió. —Iremos despacio —dijo Bill, sin esperar su consentimiento para empezar a atar la cuerda a su alrededor. La pasó alrededor de sus muslos y creó una especie de arnés. Mientras hacía un nudo seguro delante, sus dedos trabajaban hábiles, sin dejar de mirarla a los ojos. —Si pudiera, lo haría yo mismo. —Lo sé —respondió ella. Deseaba que su voz no hubiera salido como un débil susurro. En ese momento, Thomas volvió a gritar. —Date prisa —añadió Katy, casi desesperada por empezar su parte en el rescate. Cuando Bill terminó de asegurar la cuerda a la silla de su caballo, volvió a donde ella estaba junto al oscuro agujero. Por alguna razón, Katy susurró su nombre. —Bill… Sin avisar, él bajó la cabeza y la besó. Fue rápido, cálido y ferviente, y le dio el valor que necesitaba. —Ni un momento aburrido desde que llegamos, ¿eh? —dijo él, comprobando la cuerda. —Hay mucho que decir en favor del aburrimiento. —Katy no podía creer que estaba bromeando con él cuando se acercó al conducto de aire, pero se puso de rodillas y bajó la cabeza. Sí, aquello era muy n***o y mohoso. —Los pies primero —le dijo él, y ella se sentó en el borde de la oscuridad, balanceando sus piernas en el aire húmedo. —Ahí voy. —No dudó más, pero permitió que Bill la ayudara a entrar. Por un momento, se preguntó si sería capaz de meter sus caderas en el agujero, pero empujó y, de repente, estaba dentro. Sus hombros se deslizaron con facilidad por donde los de Bill se habrían quedado atascados. Colgada en la oscuridad, con la cuerda cortando sus manos y solo su falda como protección, pensó que podría gritar. Lo hizo, pero fue el nombre de Thomas el que salió de sus asustados labios. Por un momento, no escuchó nada, y luego lo oyó. —¡Estoy aquí, tía Charlie! No sonaba tan lejos después de todo. Bill la bajó poco a poco, hasta que su pierna rozó algo. Ella sacó su mano con pánico e hizo un gesto de dolor cuando sintió que se cortaba. —Trata de no balancearte —le dijo Bill, tenso, y Katy se obligó a quedarse quieta mientras se adentraba cada vez más en la oscuridad—. ¿Estás bien? —le preguntó él. Katy miró hacia arriba y vislumbró la forma de su cabeza enmarcada por la luz. —Creo que sí. Estoy casi en el... —Sus pies tocaron el suelo—. ¡Estoy en el fondo!, ¡Lo logré! —Desata la cuerda y bajaré la lámpara. A Katy le pareció que sus dedos tardaron una eternidad en funcionar. Sus manos le temblaban, y respiró hondo para no ceder al terror de la negrura total. Bill estaba justo ahí, encima de ella, y Thomas estaba en algún lugar cercano. Al pensar en criaturas que se arrastran y se deslizan, se le puso la piel de gallina. —Está suelta. Cógela —le dijo él, y el último contacto tangible con Bill desapareció por completo. Ella esperó, agradecida de que él mantuviera un flujo constante de comentarios mientras le decía exactamente lo que estaba haciendo. De repente, sintió que algo rozaba su pie, y no pudo evitar el grito estridente que salió de ella. —Espera, Katy. La linterna está bajando ahora. —Ya la había encendido y la luz brillante descendía como un faro. Ahora podía ver estructuras de madera a su alrededor, con al menos algunos de los postes en posición recta, y rezó para que la tierra no se derrumbara sobre ellos. Pronto, la lámpara estaba colgando a su lado, con un halo brillante a su alrededor. No era tan malo como ella esperaba una vez que la lámpara de aceite iluminó los pasajes a su derecha e izquierda. Había telarañas colgadas de las vigas de madera que cubrían los túneles, y una escalera con peldaños rotos contra la pared cavernosa, pero nada aterrador a la vista. Entonces vio lo que la había tocado cuando una larga cola rosada pasó ante ella. Katy se estremeció. —Thomas, ¿dónde estás? —¡Aquí! —dijo el niño. Katy se dirigió hacia su voz. Resultó que no se había arrastrado muy lejos en la oscuridad. El alivio fue inmediato, pero también lo fue su sensación de que algo iba mal. —Me duele el brazo. Katy dejó la linterna y se agachó a su lado. Thomas acunó su brazo izquierdo en su regazo. Su cara sucia mostraba las líneas de las lágrimas, pero ella se sintió tan aliviada, que podría haberse sentado y llorado a su lado. Lo atrajo hacia sí, intentando de no ejercer ninguna presión sobre su brazo. —¿Todo lo demás está bien? ¿Cómo están tu cabeza y tu barriga? —Tengo hambre —dijo Thomas, y Katy sonrió. Esa era una excelente señal. —Cenaremos pronto y comeremos pastel de cereza de postre. Pero primero tenemos que salir de aquí. Ella lo sintió asentir contra su pecho mientras se agachaba para enganchar la linterna en su muñeca y mantenerlo seguro al mismo tiempo. —Katy. —La voz de Bill sonó ansiosa desde arriba. —Lo tengo —le respondió ella—. Se va a poner bien. Era tarde cuando se sentaron juntos como una familia. Tomaron pastel de cereza, como Katy había prometido, los cuatro en la mesa de la cocina. Thomas cogió su porción con su mano derecha. El Doctor Cuthins le había puesto el brazo roto en un cabestrillo. —El color está volviendo a sus mejillas —comentó Katy, contenta de que el chico recuperara con rapidez el ánimo después de su terrible experiencia. Emma había necesitado sales aromáticas cuando Bill fue a buscar a su marido, mortificada por haber dejado que los niños volvieran solos a casa. Bill le dijo más tarde a Katy que tuvo que convencer a Emma de que no fue culpa suya, sino una cuestión de mala suerte unida a la desobediencia de los niños. —¿No fue terriblemente aterrador? —preguntó Lily por enésima vez. Sus ojos marrones fueron de Thomas a Katy—. No podría soportar estar en un agujero. —No era un agujero —se burló Thomas—. Era un túnel. —Tiene razón, pero es peligroso. —Bill aún no había terminado con el incidente. Había estado extrañamente tranquilo desde el rescate—. Voy a hablar con su... ¿sheriff? —le preguntó a Katy. —Alcalde —dijo ella, poniéndose de pie para empezar a calentar agua para los platos—. Alcalde Lang. Se le puede encontrar casi todos los días... durmiendo en el Ayuntamiento. —¿Durmiendo? —Tres voces sonaron al unísono. Katy asintió. —El alcalde Lang ya era un hombre mayor cuando yo tenía la edad de Lily. Ahora es un anciano. Pero todo el mundo le quiere, y siempre es reelegido, así que... —Creo que lo entiendo —dijo Bill, mientras se servía una taza de café—. Si quieres que se haga algo, hazlo tú mismo. Katy se encogió de hombros. —De lo contrario, tendrías que avisar al gobernador, pero eso puede llevar meses. Además, no estarás aquí lo suficiente para poder hacer algo al respecto. Desearía no haber dicho eso, ya que una sombra cubrió la pequeña llama de jovialidad que habían disfrutado esa noche. Los niños guardaron silencio ante su comentario, pero cuando Bill contestó, su tono fue natural. —No tardaré mucho en hacer lo que pretendo, si consigo las herramientas adecuadas y suficiente madera. «No tardaré mucho», repitió Katy para sí. Ese era todo el tiempo que les quedaba. Ella hundió sus manos en el agua caliente y jabonosa y gimió. —¿Qué pasa? —Bill estuvo a su lado en un instante. —Me olvidé de la astilla —admitió, girando la mano para mostrar una larga y oscura línea, donde la madera se había roto. La piel que la rodeaba estaba roja e irritada. —Eso parece doloroso —comentó Bill—. Deberías haber dicho algo antes, cuando el Doctor Cuthins estuvo aquí. Katy luchó por no sentirse herida por la dureza de su tono. —Comparado con el brazo de Thomas, apenas parecía... —Está bien pedir ayuda —la interrumpió, con la voz áspera por la irritación—. No significa que pierdas tu independencia. ¿Tienes una aguja? Minutos después, él estaba pinchando la profunda astilla con una aguja esterilizada sobre la llama de una vela. Los niños miraban fascinados. Katy se mordió el labio inferior y contuvo la respiración mientras Bill trabajaba eficiente, pero dolorosamente. Después de todo lo que había pasado hoy, estaría condenada si llorase ahora. —Ya casi está —dijo él, levantando la vista para ver su pálido rostro. Miró por encima de su cabeza y se dirigió a los niños—. ¿Por qué no subís las escaleras y os preparáis para ir a la cama? Lily, puedes ayudar a tu hermano a quitarse la ropa, ¿no? Cuando se quedaron solos, Bill le dedicó una sonrisa. —Vamos, señora escritora —añadió, con una voz ahora más suave—. He visto lo valiente que puedes ser. No te ablandes conmigo ahora. Cuando terminó, Katy aceptó una copa de brandy, preguntándose si se debía mencionar lo que había pasado entre ellos hacía tantas horas. El silencio absoluto en la cocina parecía tangible, hasta que Bill se hizo cargo de los platos. Tomó un pequeño sorbo del líquido calmante, seguro de que él podía oírla tragar. Pero ¿qué podía decirle? —Katy. —Bill. Hablaron a la vez. Bill estaba inmóvil, apoyado en el mostrador con un plato que goteaba en una mano. Luego, le regaló a Katy una sonrisa torcida que le hizo querer deshacerse de su ropa y sus inhibiciones. —Creo —dijo él, pero Lily la llamó desde las escaleras. Parecía que se volcaban en ella más y más a medida que pasaba el tiempo. —Será mejor que vaya a ver lo que quiere —dijo Katy, un poco aliviada por la interrupción, pero también castigándose por su cobardía. Él asintió con la cabeza. Para cuando los niños estuvieron dormidos, ella apenas podía mantener sus propios ojos abiertos. Sentada en su cama, Katy tenía la intención de descansar un momento, sabiendo que Bill probablemente la esperaba abajo o en el porche. Sin embargo, en lugar de eso, cayó casi de inmediato en un sueño profundo.
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