LA VIDA DE UNA ESCRITORA

2856 Palabras
Katy se levantó temprano al día siguiente y se encerró en su estudio hasta casi el mediodía. —¡Aleluya! —exclamó, saltando de su escritorio después de guardar el manuscrito en un gran sobre marrón. Nunca se había sentido más aliviada de terminar un artículo. Ahora, podría manejar con más eficacia a Bill Winter. Pasó sus dedos por su largo cabello, se aseguró de que no tuviera ningún enredo, y lo enroscó con rapidez en su habitual y práctico recogido. Katy abandonó el estudio y salió de la casa. Una vez fuera, oyó las risas de Bill y los niños. Se detuvo en los escalones traseros al ver a Bill corriendo como alma que lleva el diablo para atrapar a Thomas, quien lo esquivaba con agilidad, hasta que al fin se metió entre las piernas de Bill. —Todavía te toca, tío Bill —gritó Lily. Katy vio a la niña en la rama inferior de su único manzano, que crecía cerca del pequeño prado. Alfred, el antiguo caballo de Katy, que estaba junto a la yegua alquilada de Bill, parecía mirar con cierto interés por encima de la valla. Katy pensó que ella y el viejo Alfred tenían algo en común, ambos observaban, pero sin participar. Tenía hambre de la risa y el placer de las caras de los niños. Suspiró y se sentó en los escalones, sintiéndose tan cercada como su caballo. Bill se giró y la vio. Para su asombro, después de una momentánea pausa, se dirigió directo hacia ella a toda velocidad. Katy retrocedió sobre los escalones, con los ojos bien abiertos, mientras él se detenía justo delante de ella. Sus ojos eran del mismo color que el claro cielo de Colorado, y el pelo, que solía estar pulcramente peinado, lo tenía alborotado por toda su cabeza, con un irresistible mechón colgando sobre una ceja. Katy deseó retorcer su suave y oscuro cabello entre las puntas de sus dedos. Él le sonrió, y ella sintió que el aliento se le atascó en la garganta. La mano de él serpenteó y le dio una ligera palmada a la suya, dejando un ligero escozor. Ella retiró el brazo y luego lo levantó, demasiado asombrada para hablar. —Ahora le toca a usted, señorita Sanborn. —Enseguida, Bill se lanzó a esconderse detrás del manzano, donde estaba Lily. —Me toca —repitió Katy. Así que, no se le iba a permitir seguir siendo una observadora. ¡Qué maravilla! Recordaba este juego de su infancia, antes... antes de que se le hiciera imposible jugar. Más tarde, había visto a Teddy con algunos de los niños en el patio de la escuela, y había algunos movimientos que todavía recordaba. —Entonces tengan cuidado, los tres —gritó. Se puso en pie y bajó los escalones con rapidez. Primero, fue en busca de Lily. La niña corrió hacia el árbol, fuera del alcance de Katy. Bill había escapado en el momento en que Katy se levantó, así que ella se volvió hacia Thomas, que estaba cerca y ansioso por ser perseguido. Este gritó de alegría cuando ella se acercó y luego corrió a su alrededor. Era bueno en esto —pequeño, escurridizo y rápido—, y Katy casi perdió el equilibrio. Ella hizo una pausa y, sin preocuparse por el decoro, se agachó y tiró del dobladillo trasero de su falda hacia adelante entre sus piernas para sujetarlo bajo la cinturilla. Aunque se parecía a un turco de uno de los libros de historia de su padre, al menos no se rompería el cuello. Sin importarle un comino sus medias blancas, fue en busca de Thomas una vez más mientras escuchaba a Bill animándola. Por el rabillo del ojo, pudo ver que él se había relajado, parado casi lo suficiente para alcanzarlo. Lily se cayó al suelo, y Katy fingió que se dirigía hacia ella. En el último minuto, cambió de dirección, cargando directamente contra Bill. Su cara registró su sorpresa, pero no tuvo tiempo de reaccionar antes de que ella se lanzara sobre él. Literalmente. Ella lo golpeó como un búfalo en una estampida, y él estaba indefenso para detener su impulso. Derribó a Bill, pero antes, la arrastró junto a él sobre la suave hierba. A Katy se le escapó un mechón del recogido, que voló a su alrededor en un salvaje remolino de color marrón rojizo. Ella sintió el cuerpo cálido y duro de Bill bajo el suyo y después encima cuando rodaron. Había cerrado los ojos en el último momento y escuchó las risas de los niños. Cuando abrió los ojos, vio a Bill mirándola, con su cabeza de pelo oscuro enmarcada por el claro y brillante cielo azul. El frescor de la hierba se filtraba a través de su fino vestido de algodón, pero la parte delantera estaba en llamas por el peso de sus músculos, que la inmovilizaba. Era un calor delicioso. Su cuerpo entero se estremecía en un placentero chisporroteo. Abrió la boca para recuperar el aliento, y vio cómo Bill dirigía su mirada a sus labios separados. —Ciertamente juega para ganar —murmuró él. Teddy siempre había dicho lo mismo. Fue él, de hecho, quien le enseñó esa maniobra: golpear al oponente como una bala de cañón. Ella misma había recibido el embate una o dos veces. Sin embargo, nunca pensó que usaría el movimiento contra un hombre adulto. —Lo he pillado, señor Winter —dijo Katy sin pensar. Él abrió la boca para responder, pero las risas de los niños le robaron la atención. Se puso rígido, todo su cuerpo se tensó encima de ella, como si lo hubieran cogido por sorpresa. En verdad, las sensaciones que se arremolinaban a través de ella y el olor de la masculinidad de Bill, mezclado con la fragancia de la hierba fresca, la deslumbrante luz del día, la suave brisa que llevaba cientos de aromas primaverales, sin mencionar el tacto de sus muslos y su pecho, le habían hecho olvidar que ella y este hombre no se encontraban solos. Bill la miró una vez más a los ojos, con una expresión ilegible, antes de rodar de lado para tumbarse de espaldas a su lado mientras los niños corrían. —Eso fue genial, tía Katy —dijo Lily—. ¿Quién se la queda ahora? —Él —respondió Katy, moviendo el pulgar hacia Bill. Ella se rio, sin aliento, y se sentó, congelándose un momento después al sentir la mano de Bill en su espalda. Él la deslizó de arriba abajo, y ella se sintió tonta al darse cuenta de que solo estaba quitándole unas briznas de hierba. No importaba, su corazón latía al doble de su ritmo normal. Él estaba sentado a su lado ahora, y ella dejó caer la cortina de su cabello entre ellos para proteger sus ruborizados rasgos. Bill se levantó, y Katy miró hacia arriba mientras él le ofrecía su mano. Ella dudó y al fin la aceptó. Fue como lo recordaba con su primer apretón de manos, cálido y fuerte, y esta vez sintió la amplitud de su palma mientras se cerraba alrededor de la suya. Enseguida, él la izó como si fuera una pluma. No soltó su mano cuando sus miradas se encontraron de nuevo, y ella vio detrás de su gesto divertido un destello de alguna emoción oscura y misteriosa que se arremolinaba en sus profundidades. Al fin, él la liberó, y Katy reaccionó. —¿Qué tal si almorzamos? —le preguntó ella. Podía ver por la posición del sol que era más de mediodía—. Los tres deben de estar hambrientos después del ejercicio. Katy reconoció que su constitución no estaría a la altura de ningún otro contacto físico con Bill Winter. Como si él hubiese pensado lo mismo, estuvo de acuerdo con ella. —Vayamos a almorzar —le respondió, y los niños echaron a correr hacia la casa. —Parece que ya ha terminado su artículo —aventuró Bill. Se refería, sin duda, al hecho de que ella había salido por fin de su estudio. Katy le regaló una sonrisa llena de alegría por haber terminado de escribir, por haber compartido un momento encantador con los hijos de su prima y, sobre todo, por lo viva que él la hacía sentir. —Tomaré esa hermosa sonrisa como un sí. Esa tarde, Bill se ofreció a llevarla a la oficina de correos de la ciudad, la cual era solo un escritorio en la esquina de la tienda general. Su artículo saldría en el tren expreso. Mientras tanto, él podía atender su propio negocio gracias al sistema telegráfico de Spring City. Esto significaba, por supuesto, que se quedaría sola con Thomas y Lily. Para asombro de Katy, disfrutaba sentada con los niños mientras estos jugaban. Había juegos de fantasía, seguidos por el escondite, primero en la casa y luego fuera entre las flores silvestres y los pinos que crecían en abundancia en su propiedad. Lily dijo que era tan bonito como algunos de los Jardines Públicos de Boston donde su madre solía llevarla a jugar. Katy solo deseaba que el suyo volviera a estar como en los tiempos de su madre, con un jardín de flores cultivadas a cada lado de la puerta principal, un huerto en la parte trasera, y rosas rojas y amarillas trepando por toda la casa. Al final de la tarde, cuando Katy oyó que se acercaba un caballo, levantó la vista esperando ver a Bill. En cambio, a quien vio fue a Emma Cuthins, con su rostro redondo y sonriente que expresó su sorpresa al ver a dos niños jugando frente a la casa de Katy. —¿Qué tenemos aquí? —preguntó su vecina sin fingir desinterés mientras detenía su caballo—. Vaya, qué pequeños tan dulces. Katy fue a saludar a la esposa del doctor. De inmediato, Thomas se agachó detrás de Lily, quien se apoyó en Katy. —Estos son mis jóvenes primos de Massachusetts. Lillian y Thomas Connors. Niños, saluden a la señora Cuthins, mi vecina. Lily murmuró un educado saludo. Thomas, por supuesto, no dijo nada. —Bueno, ahora entiendo por qué no has venido a comer, Katy. Estaba preocupada por ti. Pero parece que has tenido las manos ocupadas. —De repente su frente redonda frunció el ceño—. ¿Cómo han llegado hasta aquí? ¿Los estás alimentando? Katy no se ofendió por eso. Emma la conocía demasiado bien. —Vinieron en tren, y sí, les estoy dando de comer. Tres veces al día. —No añadió que no era ella quien cocinaba. Sus vecinos no tenían por qué saberlo todo. Entonces, la figura de Bill Winter sobre un caballo apareció alrededor de los pinos. Katy sintió que las mariposas volaban en su estómago. No estaba segura de querer que Emma supiera que en su casa se alojaba un soltero, y uno muy guapo, además. La esposa del doctor se volvió hacia el sonido del caballo y miró a Katy con las cejas levantadas. —¿Y ese es…? —El abogado de los niños de Boston. —Katy terminó en un tono que esperaba que sonara como si no fuera a darle más información. En todo caso, las cejas de Emma se elevaron y sus ojos marrones y cálidos se abrieron de par en par. Para entonces, Bill había desmontado y se dirigía hacia ellos. Llegó junto a Katy y los niños, y miró hacia abajo a la voluminosa figura de Emma Cuthins. Katy se la presentó con rapidez. —Encantada de conocerlo —dijo Emma, con un tono coqueto ante el apuesto desconocido del este. —El placer es todo mío, señora —respondió Bill. —Bueno —dijo Katy—, es hora de que los niños se aseen y empecemos con... —vaciló. Era demasiado pronto para la cena. —Con las tareas —intervino Bill—. Niños, ya habéis oído a vuestra tía. Despedíos de la señora Cuthins. —Los pequeños lo obedecieron de inmediato, como siempre, y murmuraron «adiós» antes de entrar en la casa. Obviamente, Emma quería quedarse a charlar. Sin embargo, como no había una invitación por medio, no pudo hacer otra cosa que dejar que Bill la ayudara a subir a su asiento del carro. —Supongo que me iré entonces, ya que estás bien —declaró ella—. ¡Oh, la comida! Como ya está cocinada, es mejor que la disfruten hoy. Hay suficiente para todos —dijo, mirando interrogativamente a Bill. Él solo sonrió. —Qué amable —dijo Katy, entregándole a Bill las dos cestas que Emma llevaba en el carro—. Tus platos son siempre deliciosos. —Sí, bueno, espero que a tu familia le guste, Katy. Te veré pronto. Que tengas un buen día. —Emma tiró de las riendas, giró al caballo en un amplio arco, y comenzó a bajar por el camino. Tenía una sonrisa desconcertada en su cara cuando los miró al menos dos veces. Katy gimió mientras caminaban hacia la casa. —¿Ocurre algo? —preguntó Bill, deteniéndose en el porche delantero y balanceando la canasta casualmente contra una rodilla. —Se sabrá en todo el valle antes de la puesta de sol —le dijo ella, sentándose en el columpio que había reparado muchas veces a lo largo de los años. Bill empezó a hurgar en una de las cestas y al fin sacó un pastel de nata. Satisfecho por su elección, la miró. —¿Qué se sabrá? —preguntó de nuevo antes de darle un gran mordisco al pastel. Ella suspiró. ¿Cómo podía ser tan tonto? —Que la extraña escritora está viviendo con un hombre con el que no tiene ningún parentesco y con dos niños. —Pero sí tiene usted parentesco con los niños —afirmó Bill. Katy comprendió que él había sabido todo el tiempo lo que la preocupaba. ¡Y eso le divertía! —No tiene gracia, señor Winter. Tengo que vivir aquí. ¿Y si mis vecinos quieren sacarme de la ciudad en un tren? Tal vez él intentó ponerse serio, pero no lo consiguió, y se terminó el pastel en dos mordiscos más. —Creí que le importaría un bledo lo que la gente pensase sobre usted. Todos creen que es una excéntrica de todos modos, ¿no? Eso le dolió a Katy. Ella anhelaba encajar, pero no sabía cómo conseguirlo. Durante años había temido que fuera demasiado tarde, que cualquier intento suyo de entrar en la vida social de Spring City fuera rechazado y que se rieran de ella. ¿Pero qué se creía Bill Winter? ¿Que ella era rara, que no le importaba la opinión de los demás? ¿Pensaba que estaba hecha de piedra? La expresión de su cara debió reflejar su disgusto, porque él se agachó ante el columpio y clavó su mirada en la de ella. —Estaba bromeando. Estoy seguro de que la buena gente de Spring City piensa que usted es tan honrada y estrecha como ellos. O incluso más aún, ya que vive aquí como un ermitaño. Ella hizo un gesto de dolor. —Nunca quise ser una ermitaña. —Katy trató de reírse como si ninguna de sus palabras importara. Pero al fracasar estrepitosamente, bajó los ojos y empezó a jugar con el paño rojo que cubría la cesta sobre su regazo. —¿Qué le pide a la vida? —le preguntó él—. No le gusta que la consideren una excéntrica, una ermitaña o una mujer insensata. —Bill le habló con tanta claridad que merecía una respuesta honesta. —Supongo que, en este punto, me conformaría con lo ordinario. Sin avisar, Bill le puso su mano en la barbilla y la alzó para obligarla a mirarlo. —Usted nunca será así, señora escritora. No pretenda ser diferente a como es. —él se detuvo, pareciendo buscar en su mirada verde la esencia misma de su ser—. Pero tampoco se esconda de lo que la vida tiene que ofrecerle. Hay más en el mundo, señorita Sanborn, que esta casa en las afueras de un pequeño pueblo llamado Spring City. Iba a besarla. Ella lo sabía por la mirada en su rostro y la intensidad de sus ojos azul zafiro. Su mano aún estaba en su barbilla. Todo lo que él tenía que hacer era sostenerla allí y luego acercar su boca un poco más. —¡Tenemos hambre! —dijo Lily desde el otro lado de la mosquitera de la puerta. Katy jadeó y vio cómo los ojos de Bill se abrían ligeramente con sorpresa. Entonces, él sonrió. —En cuanto a los rumores, todos se desvanecerán —dijo, fijando en ella esa mirada intensa una vez más, llena de risas maliciosas—. O quizá les demos una verdadera razón para chismorrear. Con esa declaración amenazadora, le quitó la cesta, recuperó la suya y la dejó sola en el porche, con el pulso todavía acelerado. Katy lo miró fijamente, tratando de calmar el revoloteo que parecía haber tomado residencia permanente en su estómago.
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