Querida Katy,
Me encuentro con la desagradable tarea de escribirte una vez más para un propósito nada feliz. Espero que este asunto no resulte tan grave como la muerte de mi querida hija, Ann.
Aunque eres por nacimiento una Sanborn, como hija de tu madre, siempre te he considerado una Randall. Por lo tanto, doy por sentado que llevas una vida honesta y virtuosa. Así pues, es impensable para mí que ciertas sórdidas acusaciones, que no dejaré por escrito, no sean más que tonterías.
Sin embargo, como estas afirmaciones provienen de una fuente que parece fiable, no tengo más remedio, Katy, que pedirte que tú y mis nietos vengan de inmediato a Boston para una visita temporal.
Durante ese tiempo, estoy convencida de que este asunto podrá resolverse. ¿Cómo podría descansar sin asegurarme de que mis nietos estén en un hogar de la más alta moralidad?
No me gustaría verme obligada a usar medidas legales para desafiar los últimos deseos de mi hija, por muy desacertados que crea que son, ni quiero que nuestra familia sea expuesta al público. Sin embargo, haré lo que sea necesario en nombre de mis únicos nietos. Espero tu oportuna respuesta.
Tuya, con todo mi amor,
Alicia Randall».
Katy dejó la carta sobre la mesa cubierta de tela del vagón comedor del tren. Había leído y releído las palabras de Alicia Randall, pero el resultado seguía siendo el mismo. Ella y los niños iban de viaje a Boston.
No se había dado tiempo para pensar en lo que estaba haciendo, o para cambiar de opinión. Precisamente tres días después de recibir la carta, con dos niños emocionados sujetos a sus manos, subió al tren en dirección al este. Esperaban con ansias regresar a «casa», como todavía se referían los pequeños a Boston, a pesar de que había pasado un mes desde que Bill se fue. Y Katy sintió que no podía retrasar el viaje. Todo tenía que arreglarse antes de que la escuela comenzara en otoño.
En Spring City envío dos telegramas, uno a su tía para anunciarle su viaje, y otro a Bill explicándole que iría a Boston y el motivo. Ella no quería que él pensara que lo estaba siguiendo por cualquier otra causa que no fuera los niños. Aun así, su corazón se iluminó al saber que pronto estarían en la misma ciudad.
Dobló la carta y la devolvió a su bolso. La primera emoción de Katy había sido la rabia de que su tía diera crédito a rumores, sobre todo, cuando se dio cuenta de que la única fuente posible tenía que ser Helen Belgrave. Nadie más tenía conexiones en el este, excepto John Trelaine, el cual sabía dónde se había alojado Bill durante su visita a Spring City, y a nadie más podría importarle eso.
Ella sola había lidiado con la preocupación después de su desinhibida noche con Bill, hasta dos semanas después de su partida, cuando tuvo su flujo menstrual. Al menos, el único resultado de su unión había sido su propia melancolía.
Mientras veía a los niños terminar su comida, Katy sabía que ir al este a enfrentarse a su tía era la decisión correcta. Aunque Ann Connors había pensado que la vida de su prima era adecuada para sus propios hijos, quizá había tenido la idea equivocada de que Katy vivía una existencia más interesante, más en contacto con los centros de progreso y educación, incluso en una ciudad real. No una pequeña y seca ciudad que ya no era útil como refugio para los mineros.
Tal vez Alicia Randall podría dar a los niños un mejor comienzo en la vida. O tal vez Katy podría hacerlo por sí misma... en Boston, si pudiera demostrarle a su tía que era apta para criarlos.
Sin embargo, cuando se encontrase con Bill Winter, como seguramente lo haría, iba a ser mucho más difícil mantener una imagen de decencia en lo que a él se refería. ¿Y si a ella le gustaba estar allí? Entonces, Katy supuso que echaría nuevas raíces y se quedaría.
Mientras masticaba un panecillo de mantequilla, esperaba no engañarse a sí misma, usando la amenaza de Alicia Randall como excusa para seguir a cierto abogado atractivo. Después de todo, él le había advertido que su tía podría impugnar el testamento. También pensó que, con toda probabilidad, la mujer mayor perdería. Katy sabía que no debía preocuparse por nada. Pero ¿había tenido Bill en cuenta la posibilidad de que su breve incorrección llegara a oídos de Alicia, por no hablar de un juez?
Katy repasó una y otra vez las preguntas en su cabeza durante tres largos días. Tomaron el ferrocarril de Topeka y Santa Fe a San Luis, pasando por Dodge City, la capital de la industria ganadera, y Kansas City a lo largo del camino.
En San Luis, Katy pudo haber descansado un día, pero en lo único que podía pensar era en que Helen Belgrave había parado en ese pueblo para ver a su hermana. Ahora, la mujer estaba difundiendo historias maliciosas, aunque ciertas, posiblemente por todo Boston.
Ella y los niños siguieron su viaje y subieron al tren de Baltimore y Ohio con destino a la costa este. Pasaron a través de Baltimore, Filadelfia y Nueva York.
Cuando llegaron a la estación de Providence en Boston, Katy se sintió lista para enfrentarse a Bill Winter, Helen Belgrave y la tía Alicia Randall, todos a la vez. Por desgracia, ninguno de los tres apareció para recibirlos.
Se regañó a sí misma por no recibir confirmación de su telegrama. ¿Y si nadie sabía que estaban aquí? Se vería obligada a hacer el camino con los niños y sus baúles hasta Beacon Hill. Ni siquiera sabía cómo contratar una berlina o cuánto costaría.
Justo cuando sus temores aumentaban, vio la figura familiar de John Trelaine que se aproximaba a ellos a través de la bulliciosa multitud, como una respuesta a sus oraciones.
—Gracias a Dios, señorita Sanborn —dijo él, tomando su bolsa de viaje—. Me retrasé por el tráfico. Tengo mi coche esperando.
—Es muy amable de su parte, señor Trelaine. No esperaba que nos recogiera. —Como no quería decir quién esperaba que lo hiciera, Katy cerró la boca.
—¿Qué tal el viaje? —preguntó él, atento.
—Largo y cansado. No pudimos conseguir un coche hotel con tan poca antelación, pero sí un coche cama. Fue una aventura. —Ella miró a los niños. Se mostraban igual que el día que Bill apareció por primera vez en su puerta, cansados y ligeramente polvorientos, pero sin esa mirada perdida. En su lugar, parecían reforzados por el entusiasmo de haber regresado a la ciudad que conocían.
—¿Supongo que tiene equipaje? —La voz de John irrumpió en sus pensamientos.
—Sí, bastante, me temo. —Los niños se rieron de esto. Habían insistido en traer mucho de lo que se había enviado a Spring City unas semanas antes, ya que no querían quedarse de nuevo sin sus pertenencias.
—Hablaré con el portero, y haremos que lo envíen todo a casa de tu tía. Ahí es donde piensa quedarse, ¿no es así?
Ella le aseguró que estaba en lo cierto y, en un instante, él hizo los arreglos oportunos y consiguió otro vehículo para llevar sus baúles directamente a la residencia de Alicia, en la calle Chestnut.
—La señora Randall contactó con mi despacho y se disculpó por no venir ella misma, pero no está a la altura de todo el alboroto.
—Oh, está bien, señor Trelaine. —Le sonrió—. Pronto estaremos bajo su escrutinio.
Él le ofreció una mirada compasiva. Viajaron a paso lento por la ciudad, pasando por parques y largas avenidas. Las calles eran todas empedradas. No había un camino de tierra a la vista. Y las aceras eran de granito sólido. Desde la ventanilla del tren, Katy pensó que había visto suficientes maravillas para una vida entera, pero ahora, toda la ciudad era una nueva y emocionante aventura para explorarla a su antojo. Eso le recordó al hombre que nunca estaba lejos de sus pensamientos, el que se había ofrecido a mostrarle su ciudad natal.
—Esperaba que el señor Winter nos recibiera, dado su interés por los niños —mencionó, esperando no parecer demasiado decepcionada.
John se veía incómodo, parecía estar de pronto demasiado atento al trayecto. Señaló la cúpula de la Casa de Gobierno mientras se acercaban a Beacon Hill.
—Acaba de ser cubierta de pan de oro —añadió con orgullo, mientras el sol la golpeaba, deslumbrándolos momentáneamente. Katy ya estaba tan abrumada por la altura de los edificios, muchos de ellos de más de cinco pisos, que se limitó a levantar la mano para protegerse los ojos mientras miraba embobada esta nueva maravilla. Entonces, él se aclaró la garganta.
—La verdad es, señorita Sanborn, que Bill nunca recibió su telegrama. Ya se había ido de la ciudad cuando usted llegó.
—Oh, bueno, en ese caso, aprecio aún más que haya venido a la estación. —Era innegable que Boston había perdido un poco de su atractivo ahora que Katy sabía que Bill estaba fuera.
—Señorita Sanborn… —dijo
—Por favor, llámeme Katy.
—Solo si usted me llama John.
Los niños, sentados en silencio en el asiento de enfrente, se rieron de este intercambio, y el socio de Bill se sonrojó. Empezó de nuevo.
—Katy, hay más. Bill estaba en camino a Spring City.
Sus palabras resonaron en su cabeza, pero no tenían ningún sentido. Ni un poco.
—¿Para qué? —preguntó ella mientras la absurda imagen de sus trenes pasando uno al otro en la pradera abierta se le vino a la cabeza. Además, su corazón empezó a latir un poco más rápido. Cualquier cosa que tuviera que ver con los negocios, Bill la habría manejado por telégrafo o correspondencia regular.
—Me temo que no hay nada más que pueda decirle. Bill le explicará cuando regrese, estoy seguro.
Katy abrió la boca para hablar, pero le sorprendió el grito de una voz áspera.
—¡Tijeras para afilar! —Katy giró la cabeza a la derecha para ver a un hombre pequeño, con manos nudosas y un molinillo portátil en el pavimento, muy cerca del carruaje, ejerciendo su oficio de afilador de cuchillos. Ella respiró hondo, pero John no la dejó hablar.
—Por favor, no me haga ninguna pregunta —le pidió él—. Sé que no le sentaría bien a Bill si le dijera algo más. No es que sepa mucho… —Volvió a guardar silencio mientras el cochero maniobraba su carruaje a través del tráfico—. Le he enviado a Bill mensajes en las estaciones a lo largo de la ruta, y probablemente ya esté de regreso. —El conductor hizo otro giro rápido en una pequeña calle que se inclinaba con suavidad hacia arriba.
—¡Es la casa de la abuela! —estalló Lily, mientras los dos caballos los arrastraban sin cesar por la calle Chestnut, sin dejar tiempo para más preguntas.
Katy miró a lo largo de la discreta y elegante calle con todas las casas adosadas. Tenía aceras de adoquines y luces de gas en cada esquina.
A mitad de la cuesta, su carruaje se detuvo, y ella miró la estrecha, pero imponente estructura de ladrillo de cuatro pisos que Lily señaló como la casa de Alicia Randall. En una ventana del segundo piso, Katy estaba segura de que vio las pesadas cortinas color rosa hacerse a un lado y cerrarse una vez más.
Sabiendo que su familia nunca había sido bienvenida allí, después de que su madre se casara con su padre, Katy se preguntó cuál sería ahora su recibimiento. Alicia era la hermana de su madre, doce años mayor, pero también era una extraña. Aun así, después de haber hecho todo ese camino, no era el momento de dudar.
Minutos después, subió los seis escalones de la puerta principal arqueada, que se abrió antes de que tuvieran tiempo de llamar. Fueron conducidos al vestíbulo de mármol rosa por un hombre encorvado y canoso con enormes cejas blancas.
—Buenos días —le dijo Katy en voz baja.
Detrás del mayordomo, bajando las escaleras, estaba Alicia Randall, de baja estatura, ligeramente ancha de cintura y caderas, y vestida de luto por su hija. Se veía casi tal y como Katy había esperado, excepto por su cabello grisáceo peinado en lo alto de su cabeza y adornado con tirabuzones postizos a los lados. Al acercarse, fueron los ojos de Alicia los que capturaron la atención de Katy, con el mismo verde vivo y brillante de los suyos y los de su madre.
—Katy, querida —dijo su tía, extendiendo una mano.
Katy la tomó en la suya mientras su tía se inclinaba para besar el aire entre ellas.
—Tienes la mirada de mi pobre y dulce hermana. Nunca he perdonado a tu padre por llevarse a Regina a ese bárbaro territorio de Colorado.
No parecía ser una apertura auspiciosa, y Katy se preparó antes de responderle.
—Fue su decisión de casarse con mi padre, y también la de marcharse. —Trató de no parecer irrespetuosa, pero quiso dejar claro desde el principio que no toleraría que menospreciara a su padre. Sabía que él se había esforzado al máximo y que había amado mucho a su madre—. Siempre habló muy bien de ti, tía Alicia —añadió, estirando la verdad como un caramelo caliente.
—Sí, bueno, conocía a una buena mujer cuando la veía —dijo su tía, más tranquila—. Déjame ver a estos niños. —Ellos se movieron tímidamente hacia adelante y se detuvieron frente a ella, alineados como les habían enseñado.
—Umm… Lillian, creo que has crecido.
Katy casi se rio. El tono de la señora mayor rayaba en la desaprobación, como si la chica lo hubiera hecho sin su permiso.
—Thomas, eres la viva imagen de tu padre. —Katy pensó que eso fue amable de su parte, aunque no por mucho tiempo—. No sé cómo lo voy a soportar —agregó Alicia—. ¿Tenéis apetito? He retrasado la comida del mediodía por vosotros. Todos arriba para lavarse y cambiarse. —Alicia aplaudió mientras cumplían sus órdenes—. Nos reuniremos en el comedor en quince minutos. Gerald, muestra a mi sobrina y a mis nietos sus habitaciones —añadió, volviéndose hacia el viejo.
Katy se dejó llevar, por el momento, y deseó que John se hubiera quedado a comer, en vez de tener que ocuparse de asuntos urgentes. Caminó detrás del encorvado Gerald, subió las suaves curvas de la escalera al final del vestíbulo y a lo largo de un pasillo, bordeado por un lado por pinturas. Al otro lado, estaba la escalera que llevaba al siguiente nivel.
Insistió en ver las habitaciones de los niños antes que la suya, y subió al tercer piso. Bill tenía razón en cuanto a la falta de comprensión de su tía por los caprichos infantiles. Si sus habitaciones en Spring City eran sencillas, la idea de Alicia Randall de una habitación para niños era muy sombría. Los oscuros muebles, las camas con pesados doseles, las cortinas aún más pesadas y el papel pintado de color oscuro, no hacían nada para inspirar alegría juvenil ni para ahuyentar la melancolía por haber quedado huérfanos.
Tan pronto como deshicieran su equipaje después del almuerzo y sacasen sus cosas, las habitaciones se verían más alegres, se aseguró Katy.
Gerald estaba de pie al final de las escaleras cuando ella bajó. La llevó a lo largo del pasillo, le abrió la puerta del dormitorio y le hizo señas con su mano enguantada para que entrara.
—Señorita —dijo, con una ligera inclinación.
Ella entró y se giró para darle las gracias, pero la puerta ya estaba cerrada. Miró a su alrededor y silbó como hizo Bill cuando la vio con su vestido verde esmeralda.
Decir que era grandioso sería quedarse corta. A diferencia de Thomas, que se había arrojado en medio de su gran cama con dosel, Katy tenía miedo de sentarse en el cobertor de seda, que no tenía ni una arruga.
Dejó su mejor sombrero y su chal en la silla en forma de corazón junto a una ventana, y salió al balcón privado a través de unas puertas de cristal.
Se alegró de ver que estaba en la parte trasera de la casa, con vistas al pequeño jardín y a los establos de ladrillo y la cochera. Parecía un lugar muy tranquilo, aunque no hubiera tiempo para quedarse.
Volviendo a entrar y se miró en el espejo sobre el aparador de caoba. Alicia le había dicho que se cambiara, pero su ropa seguía guardada, su baúl aún no estaba en la habitación. Sin embargo, vio un peine con mango de marfil, que usaba para ordenar los mechones de pelo que habían escapado de su moño.
Había agua fría en la bonita jarra de flores del juego de cámara, y ella vertió un poco en el gran tazón que estaba en su mueble de caoba. Después de lavarse la cara y las manos, se alisó el pelo una vez más, esta vez con las palmas húmedas.
Guiada por Bridget, la criada personal de su tía, que la saludó al pie de las escaleras, Katy se dirigió al comedor. Podía oír que los niños habían llegado antes que ella, ya deleitando a su abuela con historias del oeste.
Al entrar en la habitación, con su enorme chimenea y su gran araña de cristal, Katy se estremeció al oírles hablar de Bill y su baile.
—Qué interesante —dijo Alicia, y sus ojos se fijaron en Katy, que se sentó junto a Thomas en la mesa pulida, con su tapete de encaje y sus gruesos manteles individuales.
Katy le devolvió la mirada a la mujer mayor sin parpadear. Si esto fuera una prueba de voluntad, no se inclinaría, ni siquiera ante su imperiosa tía, que estaba sentada tan regiamente en la cabecera de la mesa. Lily se sentó frente a Katy a la izquierda de su abuela, y una joven de unos dieciséis años estaba ocupada sirviendo la comida.
Cuando empezaron a comer, por cortesía, se callaron durante unos minutos, disfrutando de una sopa de verduras, pollo asado, chuletas, patatas y judías verdes con salsa. Fue un cambio bienvenido comparado con la comida del tren y del hotel.
—He invitado a una nueva amistad a tomar el té mañana por la tarde —dijo Alicia.
Katy sonrió educadamente, y limpió la salsa de la barbilla de Thomas mientras una sirvienta llenaba su taza de café.
—Gracias, ¿eh...?
—Soy Lacey, señorita —respondió la chica, con un fuerte acento irlandés, que sonaba exótico a oídos de Katy.
—Creo que ya la conoces —continuó Alicia, como si su sirvienta no hubiera hablado.
Fue la forma en que lo dijo lo que atrajo la atención de Katy y le dio la pista de quién podría ser la invitada. Por dentro, se sintió molesta, pero por fuera, se siguió ocupando de Thomas, sin dejar que su agitación se notara.
Alicia se enfadó cuando Katy no le preguntó la identidad de su conocida, pero eso no impidió que su tía hablase con voz triunfante.
—Sí, una tal señora Helen Belgrave, una mujer simpática que fue a visitarte hace poco. Creo que es amiga del abogado de mi difunta hija.
—Sí, creo que sí —dijo Katy. Así que las pesquisas comenzarían casi de inmediato, y Alicia traía al testigo estrella.
A pesar de la sensación de hundimiento, se las arregló para beber su café, terminar su último bocado de patatas, y remover unas cuantas judías en su plato. Lily y Thomas reanudaron sus historias de Spring City, el viaje en tren, y cada cosa que se les ocurrió.
—Los niños deberían descansar y luego podemos deshacer las maletas —dijo Katy, arrastrando su silla—. Mañana me van a mostrar su ciudad. ¿No es así, Lily?
La niña estuvo de acuerdo, aunque su abuela parecía que iba a protestar. Katy la miró. Después de todo, ella era su tutora legal, al menos por el momento. Sin embargo, podía ser amable al respecto.
—¿Le gustaría acompañarnos?
—Oh no, querida. No hay nada ahí fuera que no haya visto antes. Encontraremos algo más que podamos hacer juntas, tal vez un paseo en carruaje o una noche en la ópera. Quiero pasar tiempo contigo, querida —añadió Alicia— y conocerte de verdad.
«Y escarbar en mi vida personal tanto como sea posible», pensó Katy, a la vez que se levantaba y cogía a Thomas de la mano.
—En cuanto a la visita turística de mañana —continuó Alicia—, debo insistir en que la pospongas, al menos por un día. Tenemos mucho que hacer. Primero, tenemos que equiparte con un nuevo vestuario, apropiado para la ciudad, y a toda prisa, por lo que parece… —añadió con una mirada a Katy de pies a cabeza—. Y necesitarás todo tipo de accesorios. A final de la semana, iremos a una pequeña fiesta en la Casa Tremont.
—¿Una pequeña fiesta? —preguntó Katy. La idea de ser empujada tan pronto a la sociedad de Boston hizo que se le fuera de la cabeza cualquier pregunta sobre qué accesorios podría necesitar.
—Bueno —dijo Alicia—, confieso que es más bien un baile. Bailas, ¿verdad? Por supuesto que sí —añadió, sin duda recordando que su sobrina y sus nietos habían estado bailando en un granero—. Mi hermana era una excelente bailarina —concluyó con nostalgia.
Entonces su tía le dedicó a Katy una pequeña sonrisa.
—Es una ocasión especial tener a la hija mayor de Regina al fin en casa después de todos estos años. Mis amigos se mueren por conocerte, y es una oportunidad espléndida. Por supuesto, mantendré mi luto y no bailaré, pero eso no tiene por qué impedir que entres en sociedad.
Katy pensó que la bienvenida de su tía sería tibia en el mejor de los casos. En cambio, Alicia parecía estar extendiendo una alfombra roja real. Y Katy podía imaginarse perfectamente cayendo en esa alfombra, frente a todo Boston.
—Tía Alicia, no creo que esto sea una buena idea. Al menos, no tan pronto.
—Tonterías —insistió la señora mayor, y luego sus ojos verdes se estrecharon—. A menos que tengas una buena razón para no querer alternar en una sociedad elegante.
—Por supuesto que no —dijo Katy con los dientes apretados—. Pero… la ropa nueva… Apenas puedo permitirme tal gasto.
—Nada de eso. Es mi regalo para ti por todos los años perdidos. No me envidiarás el placer de hacer esto por la única hija de mi única hermana.
Katy apenas podía luchar con ella por eso. Además, Alicia parpadeaba en un gesto de súplica.
—Supongo que un nuevo vestido... —cedió Katy.
—Bien —la interrumpió Alicia—. Ahora pueden marcharse. Bridget te ayudará a instalarlo. Los baúles ya deberían estar en vuestras habitaciones. Duerman una siesta. Lacey, ya puedes recoger. —Después de dar las órdenes, Alicia los despidió con una palmada.
Con un niño a cada lado, Katy subió las escaleras. De ama de su propia casa, saltó a recibir órdenes de su tía. Y ella iba a ser exhibida en una fiesta como si fuera el último espectáculo del misterioso Oriente.
Lily bostezó, y Katy apretó su mano alentadora mientras subían la segunda escalera detrás de Bridget. A pesar de lo que Alicia le hiciera pasar, Katy estaba segura en su corazón de que quedarse con los niños era lo correcto, sin importar lo que eso implicara.