Ya en el centro comercial, comenzamos a recorrer las tiendas en busca de algo adecuado para Thomas. Noté que algunas mujeres lo miran de reojo, lo cual me provocó una pizca de celos que no debería sentir. Sin embargo, esos sentimientos desaparecen cuando me doy cuenta de que él ni siquiera les presta atención. Mientras Tom examina los precios de la ropa, sus ojos se abren desorbitadamente y niega con la cabeza.
—No puedo aceptar esto —dice, alejándose hacia otro lado—. Con lo que cuesta... podría comer por un año. No voy a permitir que gastes dinero en mí, ni siquiera me conoces. Además... tus buenas intenciones me abruman; nunca nadie hizo algo así por mí.
Se sienta en un banco, apoya los codos en las rodillas y oculta su rostro con las manos. Me siento a su lado y le acaricio la espalda en un gesto de consuelo.
—Sé que eres una buena persona —le digo amablemente—. Desde la primera vez que te vi, supe que tenía que ayudarte. Lo necesitabas, ¿verdad?
Él asiente con la cabeza y destapa su rostro para mirarme con esos hermosos ojos azules. Observo más de cerca y noto que tienen pequeños matices verdosos que les dan un toque misterioso y los hacen aún más atractivos. Él sonríe tímidamente, y siento cómo mi corazón late con fuerza ante ese gesto. ¡Ay, Dios mío, Mayra, es un vagabundo!, pienso, recordando mi situación. Tom coloca su brazo alrededor de mis hombros y me atrae hacia él. Apoyo mi cabeza en su pecho y suspiro. Escucho los latidos de su corazón, que son lentos pero constantes, así como su respiración. Su tranquilidad me tranquiliza, y siento cómo su mano comienza a jugar con mi cabello.
Como el shopping tiene una sección abierta al cielo, notamos que el cielo se nubla y empiezan a aparecer nubes oscuras.
—¿Crees que lloverá? —pregunto.
—No lo sé, podría ser. Puede ser una tormenta de verano. Pero a mí no me importa. Que llueva tanto como quiera, no me voy a mover de aquí. Estoy cómodo —me río.
—Terminaremos empapados.
—Pues, nos mojaremos.
Como si el cielo hubiera escuchado, comienza a tronar y la lluvia cae suavemente. La gente comienza a marcharse poco a poco. Tom ríe y rueda los ojos.
—No tienen paciencia, es solo una lluvia —comenta en voz baja—. Esto solía ser mi ducha cuando estaba en la calle.
Diez minutos después, somos los únicos valientes que seguimos sentados allí, abrazados y mojados. La lluvia se intensifica, y empiezo a preocuparme de que pueda llegar a granizar. Mi acompañante está completamente relajado y no para de reír, lo que me contagia su alegría sin saber exactamente por qué.
—¿De qué te ríes tanto? —pregunto finalmente, consumida por la curiosidad.
—Es que... somos los únicos aquí, y estamos empapados... me hace mucha gracia. Es como si fuéramos pobres y no tuviéramos a dónde ir... perdón por la redundancia.
—No es muy divertido lo que dices. Hasta hace poco eras uno de ellos, y supongo que...
—No quise decir eso. No sé cómo explicarlo. Pero te estoy tan agradecido por tu ayuda. No sé cómo podré retribuirlo, estaré en deuda contigo de por vida.
Solo sonrío, ya que no sé cómo responder. Sus palabras me emocionan, y siento un nudo en la garganta. Al ver que no digo nada, él abre la boca y unas gotas caen en su boca. Esto me hace reír.
—Me cansé de estar sentado —anuncia—. Vamos a correr por ahí.
—Pareces un niño de diez años.
—Ese es mi estado mental —ríe. Se levanta de un salto y casi me hace caer—. Ahora corre, te atraparé.
—¿De verdad? —pregunto atónita.
—Sí, dale.
—No tengo ganas, Thomas.
—Mmm... —comienza a hacerme cosquillas, y no puedo evitar reír.
—Basta... basta, basta —no para y me quedo sin aire de tanto reír—. Está bien, voy a correr.
Apenas me suelta, empiezo a correr. Él me sigue de cerca, pero no logra alcanzarme; soy más rápida. De repente, resbalo con algo en el suelo y caigo, arrastrando a Tom conmigo. Caemos juntos al suelo, y sus labios quedan a escasos centímetros de los míos. Siento su aliento cálido en mi rostro. Su cuerpo cálido se posa sobre el mío, pero no es una sensación incómoda, todo lo contrario. Nuestras miradas se encuentran en un instante que parece eterno, hasta que finalmente él se aparta y me ayuda a levantarme.
—L-lo siento —dice con las mejillas sonrojadas, evitando mi mirada.
—No te preocupes —respondo con una sonrisa—. Fui yo quien tropezó, así que...
La lluvia empieza a amainar, y veo cómo un arcoíris comienza a emerger entre las nubes. Tom sonríe ampliamente y lo contempla durante varios minutos. De repente, siento cómo su mano busca la mía, pero me siento incómoda y la retiro. Tom me lleva a una tienda de ropa femenina y señala un maniquí que luce un elegante vestido rosa, con escote en V, corto hasta las rodillas y falda con corte de princesa.
—Creo que ese vestido te quedaría espectacular —comenta.
—¿Desde cuándo eres un experto en moda? —pregunto en tono divertido.
—Te sorprendería la respuesta... —suspira. Decido no indagar más; seguramente se relaciona con su pasado, y sé que no lo dirá hasta que esté listo.
Para distraerlo un poco, vamos a una tienda masculina y lo empujo hacia dentro. Juntos elegimos un traje azul que creo que resaltará sus ojos. Tom entra al probador para probárselo y ver cómo le queda. Pero después de esperar diez minutos y que no salga, toco la puerta y le pregunto si todo está bien. No recibo respuesta, así que decido entrar, con cierta aprehensión sobre lo que podría encontrarme. Cuando abro la puerta, lo veo admirándose en el espejo y sonríe al verme.
—No me reconozco —dice. Me río y le acomodo el cuello del saco; la ropa le queda perfectamente.
Al verlo tan contento, no puedo evitar acariciar su mejilla suavemente. Cierra los ojos ante mi contacto.
—¿Mayra? —cuestiona una voz masculina que conozco muy bien, con tono de incredulidad. Resoplo y me alejo de Tom para acercarme a mi amigo Martín con una sonrisa de disculpa.