Ver su reflejo detrás de la mampara me paraliza, haciendo que un calor suba desde mi estómago bajo hasta mi rostro. Mis piernas comienzan a temblar, y mi corazón late tan fuerte que me retumba en los tímpanos. Está de espaldas a mí, y observo con detenimiento cómo sube sus brazos y pasa sus manos por su cabello, dejando que la lluvia de la ducha le caiga en su cabeza. El vapor que nublaba antes el baño por completo ahora se va deshaciendo de a poco, haciéndose cada vez más cristalina la mampara. Sus músculos marcados se definen con precisión, su tersa y pálida piel me deja con la boca entreabierta, y con un calor en mi pecho que se va expandiendo hacia abajo.
—¿Pasa algo, Ellie? —su voz es ronca, y me sobresalta de tal manera que cubro mi boca con mis manos para ahogar un gritito.
—Yo sólo… Yo sólo necesitaba un calmante —tartamudeo y voy retrocediendo, acobardada y con la vergüenza carcomiéndome por dentro—. Lo siento, es sólo que no encontré un calmante, ya sabes, el dolor de cabeza…
Cierra la llave de la ducha y veo que entreabre un poco la mampara para tomar la toalla. En mi interior quiero morir, no sé qué excusa darle, ni siquiera sonó real lo del calmante. Además de que soy pésima mintiendo, él ya me conoce, ni siquiera sé qué quise hacer. Él se estaba bañando, ¿acaso lo quise ver? ¿Qué esperaba que pasara?
‹‹Tonta, ¡pero que tonta! ¿Qué creía que pasaría? ¿Qué acaso todo se convertiría como en una de esas películas que todo es fácil y que el sexo es erótico?››, ni siquiera había dado mi primer beso antes de aquella tarde con él, hace un mes, esa es la realidad. Él me ve como si fuese una niña inocente, si bien me dio a entender que quería que pasara nunca me insistió, sabía que no podría con esto. Es demasiado, ¿cómo debería comportarme? ¿Qué debería hacer? Es algo que jamás pensé que me pasaría, o sea sí, pero no lo tomé jamás como algo próximo en mi realidad. Y pensar que he vivido tanto en tan sólo unas cuantas semanas, situaciones que no debería vivir una persona normal, menos una niña de dieciséis años, porque así me sentía yo…, una niña.
Una niña que seguramente no podría igualar la experiencia s****l que un chico como Alessander tendría, con esa actitud de chico malo, con esa sensual y pícara sonrisa, con esa mirada que derretía a cualquiera, y esa personalidad tan fanfarrona y divertida… Imposible, seguramente habrá tenido mil aventuras eróticas con muchas chicas, mujeres de verdad que sabrían lo que querían, o quizás él incluso sea de los dominantes, como en aquellas novelas que con curiosidad he leído en la galería de Sara.
Con la vista clavada en un punto en el suelo, intento no ver cuando Alessander sale de la ducha con la toalla envuelta en la cintura, dejando todo su torso descubierto. Su cabello aún gotea agua, observo de reojo las pequeñas gotitas que va dejando, aquellas que caen al lado de sus pies descalzos.
Escucho el leve rechinido del botiquín abrirse, y el bufido que él suela luego de unos segundos.
—No hay calmantes, le pediré a María que consiga unos —se acerca a mí e instintivamente doy un brusco paso hacia atrás, sin levantar la vista. Él vacila, y con lentitud se vuelve a acercar, intentando tomarme de la barbilla para que lo mire, pero le corro la cara cerrando mis ojos, incapaz de poder ver los suyos—. Oye, pequeña, ¿estás bien? ¿Qué te pasa?
—Nada… —mi voz se ahoga en un susurro aún más vergonzoso, siento la garganta cerrada y mis ojos comienzan a aguarse. Me siento totalmente patética, insignificante y sumamente tonta. ¿Acaso podría volver a mirarlo luego de la estupidez que hice? Ni siquiera sé lo que quería, como siempre, nunca sé cómo conseguir lo que deseo, me quedo estática como un indefenso cervatillo.
—Sabes que no debes sentir vergüenza conmigo, ¿verdad? —insiste para que lo mire, y esta vez, ya derrotada, dejo que levante mi barbilla. Sus ojos me observan embelesado, con un intenso brillo tan magnífico que hace detener mi corazón— Te amo, Elleonor. Lo eres todo para mí, y no hay nada en el mundo que cambie eso, jamás, ¿me oyes? Jamás —la seguridad que me transmite hace que varias lágrimas se me escapen, y me abrazo a su pecho tibio, embriagándome del aroma y la textura de su piel. Sus brazos me rodean con fuerza, me siento en casa cuando él me abraza, él es mi hogar, y tiene razón, no hay nada más importante que eso.
—También te amo —susurro sobre su piel, aún cohibida por tantas emociones juntas.
Él deja varios besos sonoros en mi coronilla, bajando por mi mejilla y subiendo hasta mi nariz, haciéndome cosquillas, logrando que me ría y me sienta mejor, y dejándome loca de ternura. Cuando se detiene y siento el roce de sus labios sobre los míos me alejo vacilante sólo un poco, y en ese instante sé que no todo debe ser perfecto, ni planeado, ni mucho menos como en una película. Lo importante somos nosotros, este inmenso amor que nos tenemos, y esta preciosa conexión de sentirnos en casa junto al otro, porque es donde realmente pertenecemos. Nos pertenecemos, y eso nada lo podría cambiar.
Doy un corto paso hacia atrás y con una amplia sonrisa observo de nuevo sus preciosos ojos, que me observan con un intenso amor. Le acaricio la espalda y sus brazos, uniendo nuestras manos, mientras él apoya su frente a la mía.
—Iré a bañarme —anuncio dándole un corto beso en la punta de su nariz, y saliendo disparada a encerrarme en el baño.
Me observo en el espejo y, demonios, estoy hecha un asco. Mi frente, mejillas y cuello tienen polvo pegado, desde la base de mi cuello hasta mi codo derecho una línea bastante grotesca de cresta de sangre vieja me marca la piel, y mis ropas junto con mi cabello parecen salidos de un apocalipsis zombi. Con desespero me quito a apurones la ropa y me meto a la ducha, el agua sale tibia y el placer y alivio que recorre mi cuerpo al sentirme limpia es exquisito, me siento más ligera, como si un enorme peso de encima se hubiese esfumado. Y quizás, inconscientemente, sea el peso de toda esa pelea, de la angustia atorada en mi interior por tantas horas, de ese terror por todo lo que pasamos. Ahora estoy segura, protegida, y sobre todo junto a mi novio. Y debo disfrutar eso, atesorar cada momento feliz, porque cuando la tempestad vuelva, los recuerdos son los que me darán la fuerza de seguir adelante, rememorar la felicidad y anhelarla para volver a vivirla es la única manera de mantener mi mente enfocada en sobrevivir.
Tallo con esmero cada centímetro de mi piel, dejando una enorme capa de espuma de jabón en mi cuerpo. El agua se lleva todo rastro de mugre y jabón, y trato de respirar profundo para que también se lleve mi ansiedad y nerviosismo, esas emociones que parecen enterradas en lo profundo de mi ser sin querer dejarme realmente. Intento poner la mente en blanco, concentrándome en el sonido de la ducha. Cuando siento que mi cuerpo y mi cabello están realmente limpios, cierro el grifo e intento secarme con prisa y lo mejor posible con dos toallas blancas que encontré en la estantería. Mi reflejo en el espejo cambió, ahora veo a una Elleonor más relajada, más enfocada y, sobre todo, más alegre y segura de sí misma. Giro hacia la puerta para buscar ropa limpia en mi mochila, pero no la encuentro, y recuerdo que sigue arriba del sofá de la sala.
Vuelvo a verme en el espejo y una idea cruza mi mente. Con determinación rebusco en los gabinetes bajo el lavamanos, y en la estantería, pero no encuentro ninguna bata. Suelto un bufido y trato de acomodarme bien firme la toalla alrededor de mi cuerpo, tratando de que el enganche quede bien armado y no se salga. Intento arreglar un poco mi cabello, meto mis dedos dentro de mi melena y lo ajito un poco para que tenga volumen, aún está húmedo, pero logro darle algo de vida. Reviso la piel de mis piernas y mis zonas que he depilado hace dos días, aún está todo en orden, y eso me da un mayor alivio y tranquilidad. Mis ojeras están bastante marcadas, y mi piel se ve más pálida de lo normal por la falta de sangre y toda la energía vital perdida. Doy un par de golpecitos a mis mejillas, aunque el color no sube a estas, así que, resignada, acomodo la ropa sucia en un cesto junto a la toalla que usé para mi cabello, y salgo del baño con la frente en alto.
No encuentro a Alessander en la habitación, pero sí su ropa aún intacta sobre la cama, junto a mi mochila y su bolso. Aprovecho a tomar roma interior de mi mochila, y me llevo la sorpresa de que sólo hay dos conjuntos, ambos son de encaje n***o. El piyama que debería ser una camiseta con un pantalón fue reemplazado por un vestido demasiado corto y suave al tacto, también en color n***o.
‹‹Malditas seas, Sara Cooper››.
Siento la puerta de salida cerrarse, seguido de pasos, por lo que tomo la remera más amplia que hay en mi mochila y uno de los conjuntos de ropa interior, y corro con prisa encerrándome de nuevo en el baño. Una vez cambiada, y con vergüenza por no haber tenido tiempo de sacar un pantalón, regreso a la habitación, pero me quedo estática ante lo que veo.
—Trajeron suministros —Alessander tiene puesto solamente un jogging gris, las gotas de agua aún le surcan el pecho y los brazos, cayendo desde las puntas de su cabello…, y sostiene dos bolsas de sangre.