Capítulo 5

1965 Palabras
Annika  - Es una terrible idea... - dice Patrick.   - ¿De qué hablas? Fue tuya.   - Si, pero me refería a que fueras con algún amigo, no que contrataras a alguien, ¡menos al hombre que atropellaste! No deberías tener contacto con él.   - No confió en nadie para ese trabajo.   - ¿Y en un desconocido sí? - exclama con sorpresa.   - Te costará creerlo, pero sí.   - Annika...   - Mira, está por venir y...  - ¿¡Le pasaste tú dirección!?   - Si, necesito que ultimemos detalles.   - Escucha, iré contigo a la boda, ¿sí? Cancélale. Yo te acompañare, les puedes inventar lo que quieras de mi a tú familia.   - Ya le dije a mi madre que iría con mi prometido Aaron. Te conoce, sabes que eres mi asistente.   - Dudo que recuerde de mi nombre. Y, de todos modos, le dices que te enamoraste de tú asistente.   - Eso no suena a mí. Y ya le dije que era dueño de un restaurante, no mi asistente.   - Le diré a Ryan, mi hermano, que vaya contigo. - dice. - ¡Eso! ¡Es gran plan!   - ¿Acaso no es el que acaba de terminar la universidad?   - Solo tiene 24, pero es muy...  - No. - lo interrumpo. - No iré con un bebé.   - Perdona que pregunte, pero ¿por qué él? - me pregunta. - Está bien, tuvo un buen acto en no querer presentar una demanda y dado que lo atropellaste se lo tomo muy a ligera, pero le repusiste la bicicleta por una nueva, pagaste su renta de todo el año y encima le llenaste la alacena. ¿Qué más Annika?  Soy alguien que no me gusta compartir mi pensar con las personas, suelo guardarme todo para mí. Pero, creo que Patrick es el único que me genera esa sensación de confianza para decirle lo que sucede en mi cabeza. Ya sé que es mi empleado y que le pago, pero supongo que me genera eso porque pago por su lealtad.   - No lo sé... - digo. - Tal vez fue el hecho de ver donde vive, que se encuentra desempleado y que se maneja con una bicicleta de muy mala calidad, me hizo sentir muy afortunada de las comodidades en las que vivo, pero aun así siento que él tiene más que yo. Suena raro, ¿no?   - ¿Quieres honestidad o la respuesta que me mantiene con trabajo?   - O puede que solo sea mi acto de caridad del año. - sigo diciendo. - Algo así como darme una palmadita y decirme "no eres tan mala."  - Eso suena más a ti.   - Si, yo también lo creo así.   Nuestra conversación es interrumpida por el sonido del timbre.   Patrick se acerca hacía el portero visor.   - Es él... - me informa. - Y viene acompañado...  - ¿Qué? - pregunto acercándome.   Veo a Aaron y a su lado hay un muchacho de su edad.   - ¿Crees que sea su abogado? - me pregunta Patrick.   - Apenas si tiene para una lata de arvejas, dudo que le de para un abogado. - digo. - Además, mira cómo va vestido. Jamás vi un abogado sin traje.   - ¿Qué hago?   - Hazlos pasar.   Patrick presiona el botón.   - ¿Sí? - dice.   - Hola, buenos días. - dice Aaron. - Venimos a ver a...   - Annika Virago. - logramos oír que le susurra su amigo.  - A la señorita Virago. - termina Aaron la oración.   - Adelante. - dice Patrick y presiona el otro botón para abrir la puerta. Me mira.   - No lo digas...   - Necesito hacerlo... - dice. - ¡Ni siquiera recuerda tú nombre!   - No quiero que te atrevas a tratarlo mal. - lo señalo con el dedo acusatorio. - Qué podría ser lo que haga que mi madre me deje en paz de una vez por todas.   - ¿Qué sigue luego? ¿Organizar una boda falsa? - dice. - ¿Puedo ser tú testigo falso? - pregunta con sarcasmo.   - No. - le digo.   Se oye que tocan la puerta.   - Iré a abrir.   - Recuerda que es uno de los tantos hombres con los que hago negocios, así que trátalo como tal.   - Si señorita Virago. - dice y se dirige hacia la puerta.   Me acomodo en uno de los sillones de la sala y a los pocos minutos vuelve Patrick con Aaron y su acompañante.   - Señorita Virago. - dice Aaron con una sonrisa, acercándose.   - Hola Aaron. - digo parándome y extendiéndole mi mano. Él baja su mirada hacía mi mano y la toma, estrechándola con un suave movimiento, a diferencia del mío que es firme. - ¿Quién es su acompañante?   - Mi amigo Josh...   - Josh Henderson. - dice él.   - Él es Patrick, mi asistente. - digo.  - Un gusto Patrick. - dice Aaron.   Este le dedica una leve sonrisa, pero cuando posa su vista en mi le dedico una de mis miradas. Vuelvo la vista a los recién llegados.   - Por favor, tomen asiento. - les digo.   Yo me vuelvo a sentar en el sofá y ellos dos se sientan en el que está enfrentado.   - ¿Les gustaría algo para tomar? - pregunta Patrick. - ¿Café? ¿Té?   - Té me gustaría. - responde Aaron.   - Café. - dice su amigo.   - Otro café Patrick, gracias. - digo.   - Bien. - dice y se dirige hacia la cocina.   - ¿Cómo estás del golpe? - le pregunto.   - Bien, bien, gracias. - me responde. - Por cierto, gracias por la bicicleta.   - No hay nada que agradecer, Aaron. - le digo. - Fue lo de menos, es por eso que me gustaría recompensarte... Se que suena como un favor hacía mí, y me lo harías, pero también quiero que salgas beneficiado de esto.   Antes de que pueda seguir, Patrick vuelve con una bandeja y que tiene las pequeñas tazas encima. Nos extiende a cada uno una.   - Gracias. - dicen los dos.   - Gracias Patrick. - le digo.   - No hay de qué. - nos responde.   - Mira Aaron, voy a ir sin rodeos. - sigo diciendo. - Necesito a alguien que me acompañe a la boda de mi hermana menor y se haga pasar por mi prometido. ¿Por qué? Porque tengo una madre que no me dejará en paz hasta que me comprometa, así que por mi salud mental le voy a dar el gusto una vez. No hay ningún otro motivo oculto, ni dobles intenciones. Es algo tan sencillo como eso.   - Señorita Virago... - comienza a decir.   - Annika está bien. - lo corrijo. Ya veo que de tanto decirme así me llama "Señorita Virago" delante de mis padres.   - No entiendo por qué yo. Bien conoce mi situación y la verdad es que, si es por lo del accidente, en verdad no me debe nada. Es algo que ya paso.   - No voy a ser hipócrita, algo que me define es que digo las cosas de frente... Eres un hombre muy guapo, Aaron. Y con honestidad, me agradas, y a mí no me agradan la mayor parte de las personas que conozco y eso que apenas estuvimos unas horas.   - Gracias... - dice algo dudoso.   - Lo que te pido es sencillo. Vienes un fin de semana conmigo a Mónaco y te haces pasar por mi prometido. Claro que, con todo pago, allí puedes consumir lo que quieras, incluso comprarte lo que quieras, me da igual. Como plus, un guardarropa nuevo y por supuesto que te pagaré por tú tiempo. Te daré un cheque en blanco y tú escribes el monto que quieras.   - ¿Y qué tengo que hacer o decir?  - ¿Haces? Tomarme la mano, supongo, algún que otro beso en la mejilla y mirarme con esa sonrisa bonita que tienes. Fácil. - digo. - En cuanto a decir... solo que te llamas Aaron, que tienes 35 años y que eres dueño de un restaurante en Manhattan.  - ¿Y si preguntan cuál?  - Dirás que es el Empire, el dueño es un viejo amigo mío que va a cubrirme. - digo. - Mis padres nunca han ido a comer allí, no es su zona.   - Está bien...   - Y como otro plus, dependiendo de cómo salga todo, le diré a mi amigo que te entreviste para que trabajes allí. ¿Qué te parece?  Abre sus ojos ampliamente. - ¿En serio?   - Si.   - Wow... - dice sorprendido. Queda serio. - ¿Y si se dan cuenta?  - Es imposible que eso suceda. Mis padres no me conocen, así que no es como si verán que algo extraño sucede. Yo te diré los datos básicos que necesitas saber, juntos crearemos nuestra historia y listo. Es muy sencillo. Una, dos cenas como mucho, ir a la boda y listo. Una vez que pase ese fin de semana no volveremos a cruzar camino, puedes quedarte tranquilo que no te pediré que asistas a cenas de acción de gracia o de navidad, ni yo voy así que...  - Está bien... creo que podre... - dice no muy seguro.   - No, no, no, no. - lo detengo. - Esa no es la actitud que necesito, ni que quiero contratar. Yo quiero que estés seguro. Pago tanto por excelencia. Y la mejor forma de garantizar eso es que tú también te lo creas, no que estés dudando. Tienes que dar lo mejor de ti.   - Él lo hará. - me asegura su amigo. - No se va a arrepentir, mi amigo es el mejor hombre que conozco.   - ¡Josh! - dice este por lo bajo.   - Tú amigo puede venir si eso te ayuda a motivarte. - le digo.   - ¿Qué? - dicen los tres.   - Patrick, tú tienes prohibido hablar. - le digo. Vuelvo la vista a los dos que tengo enfrente. - Si, les ofrezco a los dos pasar el fin de semana, con las mismas condiciones. Diremos que es un socio tuyo y que planean expandir el negocio en Francia.   - Wow... ¿esto es real? - dice su amigo.   - Si, es real. No todos los días se tiene está oportunidad. - sigo diciendo. - Yo les diría que la aprovechen y que nos la desperdicien. Es como el cuento de la cenicienta, hasta las 12 el hechizo se mantiene. En este caso hasta el fin de semana.   - Disculpe que sea tan franco, pero ¿todo esto por su madre? - me pregunta.   - Créeme si la conocieras y fueras su hija lo entenderías.   - ¿Cuándo nos iríamos? - me pregunta Aaron.   - En cinco días. - le respondo. - Tenemos hasta entonces para prepararte.   - Cinco días... - se dice a sí mismo, pensativo.   - ¿Y bien? ¿Qué dicen? - pregunto.   Se miran entre ellos, como si le leyeran el pensamiento y asienten levemente. Vuelven la vista a mí.   - Aceptamos. - dice Aaron firme.   - Excelente. - digo con una sonrisa satisfecha.   ****  Una vez que los dos se van, quedamos solos con Patrick.   - Como si uno no fuera suficiente, ¿también le dices a su amigo? ¿su madre estará ocupada?   - No exageres. Viste como le susurraba al oído, era algo así como su voz de la conciencia, si eso es lo que necesita para tenerlo motivado y que haga las cosas bien por tres días, me sirve.   - Sigo sin entender porque haces todo esto.   - No necesitas entenderme, no eres mi psicólogo. - digo. - Quiero que para mañana consigas a un estilista, ropa, calzado. Que traigan varias opciones.   - Está bien... - me dice.   - Genial.   Todo saldrá bien, es decir, ¿Qué podría salir mal? 
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