La casa estaba más quieta que un domingo por la mañana mientras Alexandra y Daniel se perdían en sus propios pensamientos. Cada rincón se volvía una suerte de cámara de reflexión, donde el pasado y el futuro se mezclaban en la danza de dos almas que todavía no habían encontrado su groove definitivo. Alexandra se encerró en su estudio, rodeada de lienzos que parecían reflejar su propio conflicto interno. Los trazos de su pincel intentaban plasmar esos sentimientos enredados que la tenían en jaque. La paleta con colores vibrantes era como un contraste ante la tormenta emocional que tenía adentro. En una noche sin luna, con las estrellas de testigos, Daniel se aventuró al territorio artístico de Alexandra. La puerta se abrió despacito, y ahí estaba ella, perdida en su creación. "Estuve dán

