Los ojos de Lexter se clavaron en esa mujer con una rabia feroz, pero contenida. Su mandíbula se tensó mientras su voz resonaba en la habitación. —¡¿Qué demonios quiere de mi hermana?! —rugió, avanzando un paso hacia ella, como un león a punto de atacar. Rita, lejos de intimidarse, soltó una carcajada estridente, que resonó como una bofetada en el aire cargado de tensión. —¡Lexter, esta mujer está completamente loca! —interrumpió Amelia, su voz temblorosa—. ¡Dile que se largue de una vez, no puedo soportar verla aquí! —¡No estoy loca! —Rita levantó la voz, dejando claro que no pensaba ceder—. Dígame, señor Rinier, ¿cuánto estaría dispuesto a pagar por mantener oculto este secreto? El grito ahogado de Amelia atravesó la estancia como una daga. —¡Basta ya, mujer! —suplicó Amelia, aferr

