Amelia estaba al borde del colapso, su respiración entrecortada y el pánico reflejándose en sus ojos. No pudo soportarlo más, así que, en un impulso desesperado, decidió contarle todo a Miguel. La verdad salió de su boca como un torrente descontrolado, cada palabra impregnada de angustia y arrepentimiento. Miguel la miró con horror, sus ojos se abrieron desmesuradamente, y la incredulidad lo paralizó. Finalmente, dejó escapar un grito de furia. —¡Eres una estúpida! —dijo, con los dientes apretados—. ¿Por qué demonios no lo dijiste antes? Podría haberte ayudado a detener a esa maldita mujer, ¡pero ahora lo has arruinado todo! ¿De verdad crees que Lexter te va a perdonar? ¡Él te va a echar a la calle como si fueras una perra! Después de enterarse de la verdad, no va a querer saber nada

