Tomé té n***o y comí plátano, y a continuación regresé a mi tierra natal, el infierno: la sala de máquinas. Cuando me marché, Ina sonrió de manera femenina. Parecía un muñeco. Prefería quedarme rodeado de chusma en la sala de máquinas a tener que ver el rostro tierno y perverso del muchacho.
Cuando volví a mi lugar de trabajo, el odio y el temor de los marineros hacia el joven Ina eran tan inmensos que superaban todas mis expectativas. Habían planeado algo por si el capitán insistía en que el muchacho siguiera a bordo. Me contaron que, en cuanto salieran a alta mar, lo usarían como camada para tiburones. El marinero más veterano, Kane «el Rajado», vino a verme para contarme el resultado de su negociación.
Tenía los dientes superiores muy salidos, por eso también lo llamaban «el Dientes». En su cabeza rapada podía verse una cicatriz que iba desde la frente hasta la nuca. Además, en uno de sus brazos, que era tan grueso como los muslos de un hombre normal, tenía un tatuaje de una mujer decapitada mordiendo un cuchillo. Se sentó sobre mi cama y me mostró su tremenda dentadura.
—Perdona que te moleste, jefe. ¿Has estado en el camarote del capitán?
—Sí, de allí vengo. ¿Qué problema tienes?
—Quería saber qué te ha dicho sobre el mocoso… Yo he intentado convencerlo, hablando en representación de los marineros, por eso me gustaría saber qué te ha dicho.
—Pues gracias, pero no me ha dicho nada.
—¿No le has explicado el asunto?
—Sí, lo he intentado, pero no me ha dado una respuesta. El capitán…
—No me digas. Entonces, ¿no te ha respondido?
—No. Ya sabes cómo es.
—No te habrá dicho que tenemos que tratar bien a ese mocoso, ¿verdad?
—No seas idiota. Aunque lo hubiera hecho, me habría negado.
—¿No será una represalia hacia el Empress China?
—Por supuesto que no. El capitán no puede creerse que estemos temblando de miedo por un mocoso.
—Bien. Me ha quedado claro. Ahora entiendo lo que pretende.
—No seas tonto, ¿qué dices? El capitán no pretende pasar por encima de vuestros sentimientos. Pronto lo entenderás.
—No, no estoy diciendo que el capitán se haya equivocado. En este barco, en el mar, él es Dios; por eso no dudo de él. El que me da mala espina es el muchacho. Me molesta que intente viajar en este barco sabiendo lo que ha ocurrido las veces anteriores. Lo normal sería que no quisiera acercarse al mar, jefe.
—En eso tienes razón. Teniendo en cuenta su pasado, lo más sensato sería que evitara navegar, pero no es más que un niño. No creo que haya embarcado con la intención de provocar una desgracia.
—Si el barco se hunde, eso es lo que ocurrirá.
—Oye, no digas eso. Deja esto en mis manos.
—Quisiera, pero no puedo. Los demás no me lo perdonarían. Si siente lástima por él, échelo de inmediato. Yo, cuando lo veo, siento náuseas.
—¡Qué cosas dices, caray!
—No estoy loco, jefe, lo digo en serio. Cuando este barco se aleje del muelle, tenga por seguro que las horas del mocoso estarán contadas… Por eso se lo estoy diciendo.
—Está bien. Yo me encargo.
—¿Qué piensa hacer?
—Si consigo que nadie muera y que el barco no se hunda no habrá quejas, ¿verdad? Yo me encargaré de ese mocoso.
—Está bien. Si tanto insistes, jefe, nos mantendremos alejados de él. Sin embargo, no pongo la mano en el fuego por el resto de marineros. De hecho, el muchacho forma parte de la tripulación de cubierta.
—Lo sé. Soy consciente de ello.
—Muchas gracias. Disculpa que me haya entrometido. Perdonadme vosotros también, compañeros.
Me saludó con una reverencia y subió a cubierta. La sala de máquinas era la guarida de los tipos duros a los que no les importaba perder la vida. Hasta entonces, ningún marinero había venido nunca con una queja. De hecho, mis hombres se habían acercado a mi camarote para escuchar nuestra conversación. No les había gustado que Kane, que pertenecía a la cubierta, bajara a pedir cuentas a su jefe, pero les había agradado que bajara la cabeza y dijera: «Perdonadme vosotros también, compañeros».
De este modo, el Alaska-Maru zarpó de Shanghái llevando a bordo a un mocoso cuya vida estaba en peligro. No tuvimos ningún problema. Atravesamos Moji hasta llegar a Kōbe. Después, fiel a su espíritu aventurero, el capitán hizo que el gigantesco navío de siete mil toneladas atravesara las aguas turbulentas del estrecho de Naruto para ahorrarse seis horas de navegación. Y aunque eso hizo temblar al chico del SOS, llegamos a Yokohama sin ningún incidente.
Después de descargar el cargamento de algodón indio y maderas tropicales, llenamos el barco de barriles llenos de telares de algodón que teníamos que llevar a Vancouver. Además, para estar preparados para los mares bravos de Alaska, nos cargamos de provisiones. Normalmente tardábamos dos o tres días en hacer todo eso, pero recibimos un telegrama urgente desde Vancouver pidiéndonos que zarpáramos en veinticuatro horas. Estábamos realmente atareados. Para rematar, debido a unas obras de construcción en las calles de Yokohama no pudimos contratar ayuda extra, por lo que el transporte del carbón hasta la sala de máquinas fue literalmente un infierno.
Acabo de decir que se trató de un infierno, pero los que nunca han formado parte de una tripulación no pueden comprender a qué me refiero. Como nos dirigíamos a Alaska, y la travesía era complicada, teníamos que cargar más carbón de lo acostumbrado. No sabíamos qué nos íbamos a encontrar y necesitábamos estar preparados. El espacio en las bodegas era estrecho y peligroso cuando se iba tan cargado; un paso en falso podía romperte los huesos.
Para llegar a ellas había que pasar por un reducido espacio ubicado detrás de la cocina cuyas vigas metálicas lo hacía parecer una pecera. Pasaban por allí las tuberías del vapor, que estaban tan calientes que aturdían a los hombres, incapaces de respirar. Además, se quemaban si las rozaban. Se añadía al calor todo el polvo del transporte del carbón y el hecho de que estuviera iluminado con una tenue luz roja. Después de hacer dos o tres viajes con las cestas cargadas de carbón, al salir al aire frío de la cubierta se mareaban y se les doblaban las piernas; aquellos hombres fuertes como ogros terminaban tirados por los suelos. Cuando alguno se desvanecía, sus compañeros tiraban de él hasta uno de los laterales del barco para mojarle la cabeza con las mangueras con las que sacaban el agua del mar. Después le daban un par de golpes. Los que aún respiraban recuperaban el conocimiento y se incorporaban de inmediato, sobresaltados.
Era una crueldad, pero también inevitable; teníamos un número limitado de hombres y poco tiempo.
Mientras supervisaba la carga del carbón en el embarcadero de Yokohama, bajo la llovizna, se me acercó corriendo mi segundo. Tenía un bigote como el de Chaplin, estaba empapado en sudor y llevaba el mono totalmente cubierto del polvo n***o del carbón.
—No podemos seguir, señor, nos falta gente. Haga algo, por favor.
—Idiota, ¿no sabes que nos ha sido imposible contratar gente? —le grité.
—Ya lo sé, pero ¿no podrían ayudamos los de cubierta? —me preguntó con angustia.
—Los de cubierta también están ocupados.
—El protegido del capitán está jugando.
—Ese mocoso no os servirá.
—La gente se está quejando, señor. Ese muchacho no hace nada más que ir de un lado a otro con la bandeja del té. Van a despedazarlo.
—Entonces ve a decírselo al capitán.
—Bueno, es que… Me da miedo, señor.
—Está bien. Se lo diré yo.
Estaba tan cansado que la charla con mi segundo me había enfurecido. Crucé la pasarela rápidamente y corrí al camarote del capitán. Este estaba como siempre, bebiendo su té n***o con expresión infranqueable. El problemático Ina estaba cortando una tortilla sobre la mesa de experimentos.
Con ambas manos en el interior de mi mono de trabajo, me quedé observando a aquel mocoso al que no parecía importarle nada.
—Necesitamos ayuda. ¿Puede cedernos al muchacho?
Ina palideció de repente. Parecía asustado; nos miró alternativamente con los ojos muy abiertos. Le temblaban los dedos. El capitán dejó el té n***o que estaba bebiendo.
—¿Qué quieres que haga? —me preguntó.
—Nos falta gente para cargar el carbón. Mis hombres se están quejando. Lo siento, pero tenemos que…
—¿No puedes contratar a alguien?
—Imposible; tenemos que terminar el trabajo en menos de veinticuatro horas. Los hombres están agotados y…
La frente del capitán se llenó de arrugas. Se limpió los labios delicadamente con una servilleta blanca, se incorporó lentamente y contempló al joven Ina. El muchacho estaba pálido y tenía los ojos llenos de lágrimas. Miraba fijamente al capitán.
Aunque su expresión se mantenía fría como el acero, yo podía notar la preocupación del capitán. El hombre parpadeó dos veces y me miró.
—No hay problema —me dijo.
Asentí sin decir nada más.
El capitán se giró hacia Ina con los ojos tan brillantes que parecían de cristal.
—Está bien… Ve —le dijo con decisión.
—¡Ah…! —gritó el joven, asustado, antes de salir disparado del camarote del capitán.
Cuando recuerdo aquel alarido, aquel estruendo cargado de sufrimiento, aquella voz que parecía venir del otro mundo… Acordarme de esa voz me da escalofríos. El muchacho sabía lo terrible que era la carga del carbón y presentía el terrible destino que le aguardaba.
Sin embargo, no pudo escapar. Kane me había seguido para ver qué ocurría y estaba en la puerta del camarote. Cuando Ina salió, abrió sus grandes brazos y lo atrapó.
—¡Ay! ¡Ay, ay! ¡Socorro, salvadme! ¡Me iré del barco, lo prometo, pero salvadme, por favor!
—No chilles que no te vamos a hacer nada —le dijo Kane, riéndose—. Mientras nos ayudes con el trabajo, no habrá ningún problema.
—Lo siento, va a tener que disculparme. Es que mi madre… mi hermana… las dos están solas en casa…
Ina lloraba y gritaba, agitando brazos y piernas sobre la cubierta mojada.
—¿Qué dices, mocoso? No te preocupes, yo me encargaré de ti; no dejaré que nadie te toque. Pero, si no me haces caso, te esperará esto.
Kane le mostró una pala rusa enorme. Luego levantó en el aire al muchacho, que había unido las manos para rezar.
—Le haré caso, señor. Le juro que sí. Bájeme, por favor. No me mate.
Mientras Kane reía a carcajadas, tanto el capitán como mi segundo y yo observábamos con gesto serio.
—Venga, a trabajar.
El joven Ina bajó por la escotilla con los hombros encogidos bajo la llovizna. Era una imagen patética.
Después de eso, no volvimos a verlo.
Pasamos por el cabo de Inubō y, cuando nos alejamos del faro de Kinkasa, la famosa niebla de Hokkaidō se hizo más densa. Como no dejaban de hacer sonar el silbato, el manómetro no aumentaba. La velocidad era insuficiente.
El primer piloto, el capitán y yo nos reunimos en el comedor para tomar un té n***o con whisky.
—La niebla ha llegado antes de lo acostumbrado.
—¿Cree que habrá algún iceberg cerca? La neblina es densa.
—Hace frío. En días así no hay nada mejor que el té n***o con whisky.
—Ahora que ha dicho té n***o: capitán, ¿Ichirō Ina está en su puesto?
El rostro del capitán era inescrutable; parecía un ídolo de madera. Sin decir nada, negó con la cabeza.
—Qué raro. No lo he visto desde Yokohama.
—Yo tampoco. Desde que te lo cedí no he sabido nada de él.
—Oiga, yo no tengo ninguna responsabilidad. Se lo llevó Kane, usted mismo lo vio.
—No lo habrá echado, ¿verdad? —preguntó el primer piloto, palideciendo.
—No creo. El muchacho estaba dispuesto a bajarse y Kane no se lo permitió.
—Además, si lo hubiera hecho, al menos se habría despedido.
—Uhm. Puede que siga en el barco, escondido en algún lugar —dijo el capitán con una sonrisa fría.
Como siempre que las bolas de vidrio que tenía por ojos brillaban, sentí un escalofrío. Me terminé el té y me incorporé.
Aquella charla llegó a oídos de toda la tripulación. Todavía no sé cómo.
—Buscadlo. Y, en cuanto lo encontréis, arrojadlo al mar. Es un inútil.
Varios hombres estaban formando alboroto, pero Kane parecía tranquilo.
—¿Por qué creéis que sigue en el barco? Escapó. No podría estar a bordo sin beber ni comer —señaló a todos.
A partir de ese momento no volvió a hablarse del tema, pero la duda sobre su paradero se mantuvo en la mente de todos. Los marineros no dejaban de buscarlo, en los pasillos estrechos y en los rincones más oscuros de cubierta.
La niebla que cubría el barco era cada vez más densa y oscura.
Habían pasado ya dieciséis días desde que salimos de Yokohama y llevábamos recorridas tres mil millas de la ruta del Gran Círculo. En el momento en el que teníamos que poner rumbo estesudeste, el capitán y los pilotos empezaron a discutir. Yo estaba preocupado por el consumo de carbón. Disminuí las veces que tocábamos el silbato a una tercera parte y reduje la velocidad de ocho millas por hora a la mitad. Aquella masa gigantesca de siete mil toneladas avanzaba a paso de tortuga.
—Oye, ¿sabes dónde estamos?
—Tienes razón. ¿Dónde estamos?
Continuamente escuchaba este tipo de conversación, aunque no podía saber quién era porque la niebla era tan densa que no podía verme la punta de los dedos.
—Sin el sonido del silbato parece que estamos más solos, caray.
—¿Estaremos cerca de las islas Aleutianas?
—Quién sabe. Ni idea. No se ve el sol ni las estrellas. El sextante no sirve de nada.
—¿Dónde estaremos?
—Quién sabe. ¿Dónde estaremos?
En ese momento, el fox terrier del viejo cocinero empezó a correr por la cubierta y se detuvo de pronto mirando hacia proa. Comenzó a olfatear y a ladrar.
—Oíd. ¡Tierra, tierra! —gritó el cocinero.
Tenía razón; el oleaje cambió y se acercaba a nosotros la silueta de una isla.
—Oh… Tierra firme. Estamos en un embrollo.
—¡Retroceded! ¡Go astern! ¡Tierra, tierra!
—Tenemos un problema, maldita sea. Vamos a chocar…
La cubierta bullía como si alguien hubiera pisado un hormiguero; el barco comenzó a retroceder de inmediato y, finalmente, lograron parar la inercia de siete mil toneladas y nos alejamos de la costa. Al ver que la proa se había salvado por un pelo, toda la tripulación dejó escapar un suspiro de alivio.
—Ha estado cerca, maldita sea.
—El cabrón del jefe de máquinas ha racionado tanto el vapor que el silbato no ha sonado cuando nos hemos acercado a la costa.
—¿Qué isla será?
—Tal vez Saint George.
—¿Tú has estado alguna vez?
—Sí, en una ocasión fui a recoger un avión.
—¿Qué? ¿Has dicho Saint George?
—Sí. No creo que esté equivocado. Recuerdo muy bien cómo impactaban las olas.
—No seas idiota. Si se tratara de Saint George, significaría que estamos en mitad de las islas Aleutianas.
—Sí. Con la niebla hemos debido de adentramos en el mar de Bering.
—Anda ya, ¿por qué iba a tomar el capitán esa ruta tan absurda?
—El chico del SOS ha debido maldecirlo. Estamos en aprietos.
—Pero si el mocoso ya no está aquí…
—Claro que está, escondido en algún lugar del barco. Me han dicho que una noche lo vieron entrar en el camarote del capitán.
—¡Qué asco! ¿En serio?
—Claro que sí. Lo más sorprendente es que, según el cocinero, el muchacho es en realidad una mujer. ¿Conoces a Yoshiko Kawashima? Pues es como ella. El cocinero dice que los capitanes ketō acostumbran a hacer pasar por muchachos a sus concubinas.
—Ah, entiendo. Creo que ya me queda claro el asunto.
—Por eso. Yo creo que el espíritu protector de este barco nos abandonó hace ya un buen rato.
—Ay, qué calamidad. Esto me da escalofríos.
—Los hombres dicen que, cuando encuentren al mocoso, lo descuartizarán para calmar la ira del espíritu protector de este barco. En la caldera, en menos de cinco minutos sería ceniza.
—No comprendo lo que tiene en mente el capitán.
—Pues le dijo al jefe de máquinas que los rumores sobre el muchacho solo eran una superstición, y que si sus cálculos eran correctos nada malo nos pasaría.
—¿Y qué le contestó él?
—Le dio la razón y se retiró.
—Le faltaron agallas.
—El capitán está al mando y no es inusual que actúe de un modo extraño, pero cuenta con el apoyo de sus hombres y son muchos los que aceptarían cualquier decisión que tomase.
—En eso tienes razón.
—Así que, cuando lleguemos a Vancouver, aparecerá esa mujerzuela travestida y el capitán nos dirá: «Vaya, ¿qué os parece?», y nos echará en cara nuestra superstición pues habremos llegado sanos y salvos. Seguro que piensa ponemos en ridículo, a nosotros y a los ketō que tan asustados estaban.
—Menudo malnacido. Qué calamidad. Somos nosotros los que nos jugamos el pellejo.
—Pues sí. Pero al capitán le gustan este tipo de cosas.
—Hasta el jefe de máquinas está de su lado.
—Sí. Aunque en este caso, no sé a dónde nos va a llevar.
—Pues sí. Aunque sus cálculos sean correctos, perder la cabeza no será bueno para su trabajo.
—Tienes razón. De hecho, hace un rato estuvimos a punto de estrellamos.
—Maldita sea.
Al escuchar a hurtadillas esta conversación, me sentí tan mezquino que no pude decirles nada. Regresé a la sala de máquinas a través de la niebla. Puede que fuera superstición, pero me sentía como si me hubieran rodeado la cabeza con una pesada cadena…
Pasaron tres días después de eso. Un cambio en el sonido de las olas me despertó a medianoche. Pensé que nos habíamos unido a la corriente cálida que recorría la costa de Alaska y me sentí aliviado, así que me levanté de la cama.
En ese momento recibí una llamada desde el puente para poner a toda potencia el motor que estaba a medias. La niebla empezó a disiparse y apagamos las luces. La sala de máquinas recobró la alegría. En el auricular resonó la voz del primer piloto.
—¿Cómo vamos de carbón?
—Nos da para llegar a San Francisco. ¿Ya se ha disipado la niebla?
—Todavía no. Se ve mejor, pero todavía cubre el cielo. Por eso no podemos hacer cálculos con las estrellas.
—No sabemos dónde estamos ni hacia dónde tenemos que ir.
—No, pero creo que ya estamos a salvo. Hace un rato me ha parecido ver la constelación de Casiopea. La suerte nos sonríe.
—¿Qué pasó al final con la alerta?
—Ya no hay peligro. El capitán está de muy buen humor. Dice que cargaremos salmones y cangrejos en Vancouver. Después iremos a San Francisco, y más tarde a Hawái.
—Qué alivio.
—Pasaremos la Navidad en Hawái.
—A mí me da igual, que hagan lo que quieran.
El buen humor se disipó en cuanto se despejó la niebla.
Amaneció despejado. Al salir aquel sol que llevábamos tanto tiempo sin ver, nos dimos cuenta de que el barco estaba más lejos de lo que habíamos calculado. Se había desviado hacia el norte, lejos de Vancouver, junto a la bahía del Almirantazgo, en dirección a las cimas nevadas de San Elías y el monte Fairweather. Nos quedamos anonadados al verlo; los cálculos del capitán y los pilotos, así como mi estimación de las provisiones, habían sido totalmente erróneos.
Y no solo eso.
Cualquier persona que haya viajado en barco por los mares de Alaska puede imaginar, aunque sea un poco, lo grandes y terribles que son las olas en aquel lugar, tan extraordinarias que ninguna descripción les haría justicia. El oleaje era tan fuerte que parecía poder echar abajo los cinco mil metros de altura del monte San Elías. Aunque el Alaska-Maru era un buque de carga muy grande, las posibilidades de supervivencia allí serían las mismas que sobre un miserable tronco.
Una ola nos elevó y vimos ante nosotros el San Elías. Casi parecía que podíamos tocarlo. El día estaba tan despejado que habríamos podido ver las hormigas que subían la montaña. Justo en ese momento, caímos bruscamente desde la cumbre de esa gran montaña de agua. Al girarme y ver la espuma que habían dejado las hélices sobre las olas, empecé a pensar que aquel barco de siete mil toneladas solo pesaba mil.
En ese momento alcanzamos el fondo del acantilado y de inmediato nos alcanzó por la proa una ola gigantesca. El barco se hundió y la cubierta quedó inundada. Como la base de la embarcación era tan pesada, cuando la golpeaba una gran ola no podía emerger fácilmente. Desde las ventanas de los camarotes solo se veía azul, como si fueran acuarios. Mientras estábamos bajo las olas, se hizo la oscuridad. Después oímos el rechinar de las tablas y de la sobrequilla debido a la presión del agua. Aunque sabíamos que, en teoría, aquel buque podía resistir la presión, no nos sentíamos tranquilos. Solo respirábamos aliviados cuando subíamos a la cima de la ola, pero de nuevo bajábamos en caída libre hacia el acantilado. Después de repetir esto mil o diez mil veces en un solo día, terminé tan agotado que caí rendido en mi cama.
—Atención, jefe de máquinas —me llamaron desde el camarote del capitán.
—Soy yo. ¿Qué ocurre?
—¿Podrías incrementar la velocidad?
—Podría pero ¿por qué?
—Me lo pide el primer piloto porque no avanzamos nada.
—Vamos a dieciséis nudos. Es la velocidad a la que mejor va el barco.
—Te he dicho que aumentes, así que hazlo.
—¿Cuánto quiere?
—Dame dieciocho.
—Es la velocidad máxima.
—Sí. ¿Aún queda carbón?
—Todavía queda, señor. Tenemos suficiente para cuatro o cinco días si avanzamos a la velocidad máxima.
—Bien.
La comunicación se cortó en ese momento y, de pronto, se oyó un fuerte estruendo que hizo retumbar la base del barco. Aunque la diferencia era apenas de dos nudos, parecía que la fuerza de las olas se había duplicado. Además, no se trataba solo del gasto de carbón, sino del modo en el que el barco golpeaba las olas.
El día terminó rápidamente, pues estábamos en una latitud alta. La aurora boreal apareció en la popa, como una candileja de la constelación de Cerbero. La aurora se unió a las olas que parecían montañas y durante toda la noche mordió la espuma blanca que subía y bajaba. Cuando llegó la mañana pálida, la proa del barco seguía señalando el San Elías y el Fairweather. No sabía si había continuado en esa dirección todo el tiempo o si habíamos vuelto al mismo lugar durante la noche.
Justo cuando los pilotos empezaban a poner excusas, apareció un sol brillante y blanco. Se veía la orilla a la perfección y una vez más habríamos podido ver la sombra de las hormigas en la falda de la montaña.
El capitán parecía un poco sorprendido por la situación. Subió al puente y se quedó contemplando el sol como si fuera algo curioso. Junto a él estaba el primer piloto, temblando de frío.
—¿Hemos retrocedido?
—Sí, señor, las olas nos han hecho retroceder. Los dieciocho nudos no han sido suficientes.
—No puede ser.
—Aunque no quiera admitirlo, señor, esa es la realidad. Este oleaje no es comparable al que vimos el año pasado.
—A mí me parece igual.
—No, señor. Es realmente distinto.
Mientras el primer piloto y el capitán discutían estas tonterías, subí las escalerillas.
—Ya… ¿No podemos aumentar más la velocidad, jefe de máquinas? —me preguntó el capitán con una expresión que habría podido competir en dureza con las rocas del San Elías.
—Imposible, las válvulas están a tope.
—Estamos en un aprieto.
Era la primera vez que le escuchaba decir algo así.
—Todo esto es muy raro. ¿Es posible que estemos experimentando algún fenómeno extraño?
—¿No habrá sido porque subimos a bordo a ese mocoso? Si lo hubiéramos echado… —dijo en voz baja el primer piloto.
—Aunque hubiera sido así, ya no está en nuestro barco.
El capitán no dijo nada. Hizo una mueca y usó sus prismáticos de dieciocho aumentos para observar el San Elías.