La mujer carmesí (2)

2612 Palabras
Los tres miembros de la cuadrilla volvieron de su baño matutino y se sentaron para continuar con su partida de cartas. Esta vez se les sumó Kumazawa, que finalmente había salido del retrete. Decidieron pedir sushi y tofu cocido para desayunar, junto con una copita de sake. Amaya sugirió que acompañaran el té con unas galletas de arroz de Soma, que servían como especialidad de la casa. Se trataba de unas pastas saladas y asadas con una capa de soja y marcadas con el dibujo de un caballo. La tienda donde se elaboraban estaba en un callejón de Miyamoto-cho, justo bajando por el empinado tramo de escalones situado en la parte inferior de la cuesta de Myojin. Amaya propuso invitar también a Osen. Por desgracia para Sokichi, era a él a quien le tocaba hacer los recados. Y esto fue precisamente el desencadenante de lo que ocurrió después. ¡Ay, el apetito de un adolescente de diecisiete años! Cualquiera a su edad comería glotonamente tres veces al día, pero para el pobre chico eso era un sueño imposible, y recordemos que estaba en ayunas. Las punzadas de su estómago eran cada vez más intensas. El dolor era tan profundo como el de un cuerpo que se precipita por un acantilado escarpado y cae al abismo. Tempura, fideos, patatas dulces asadas…, habría sido capaz de soportar cualquier olor delicioso, pero el aroma de las galletas marrones especialidad de Soma hacía que las manos de Sokichi temblaran de deseo. Estaba hambriento. Ignorar semejante fragancia era una tortura penosa. Gotas de sudor frío comenzaron a resbalarle por la espalda. En aquellos tiempos, con siete sen[89] podía uno comprarse un montón de galletas. La bolsa era grande y Sokichi cogió solo dos obleas redondas como monedas de plata. Después de hacer una pausa en las escaleras, volvió a empezar la cuesta. El camino que llevaba colina arriba era tan empinado que casi parecía una pared. Oculto tras un fino manto de hojas de ginkgo y bajo la mirada de las lejanas ramas de los abetos, sin sombra alguna en la que escudarse, Sokichi probó el fruto prohibido por primera vez en su vida, allí frente la zanja del alcantarillado. Dio un bocado como si fuera un caballo que pastara con impaciencia por llenarse la boca. Un mordisco justo en el hocico del caballo que decoraba la galleta. ¡Increíblemente deliciosa! De inmediato el exquisito sabor, pero también la angustia y la vergüenza, lo abrumaron. Se le heló el corazón y sintió que se le caía del pecho y se hacía añicos en la cuneta, igual que las galletas se hacían migas en el estómago. El dolor era inmenso, como si se hubiera golpeado la frente con el saliente de una fachada para luego girarse y clavarse una punta afilada en el ojo. Enrojeció de rabia. La sangre le hervía a borbotones abrasando su cuerpo. Sintió que se transformaba en una serpiente y que se arrastraba, culpable y zigzagueante, por los escalones empedrados, como Oshichi cuando, enloquecida de amor y acorralada, subía la escalera para ver arder la ciudad[90]. Los rayos de sol, rojos como la sangre, le abrasaban los ojos y se derramaban a lo largo de la escalinata. En el templo de Myojin, Sokichi se purificó con el agua sagrada de la pileta. Unos escalofríos pavorosos recorrieron todo su cuerpo como si se hubiera quedado atrapado en el hielo. —Ja, ja, ja. Los hombres seguían sentados jugando a las cartas y riéndose a carcajadas. Sokichi intuyó el peligro nada más entrar en la habitación. La culpabilidad ruborizó su rostro mientras entregaba a Amaya la bolsa de galletas. —¡Hombre! ¡Ya ha llegado! Pruébelas. —Amaya dio la vuelta a una carta y la puso junto a otra. A continuación le entregó la bolsa a Osen, que parecía cansada y no se había unido al juego—. Tome. Dígame qué le parecen. Osen, sentada al otro lado del brasero, puso la bolsa sobre sus rodillas y miró en su interior: —¡Menudo manjar! Las probaré para saber si están envenenadas —dijo inocentemente. ¡Cómo le dolieron esas palabras a Sokichi! Pero, si solo hubiese sido eso, esta historia simplemente habría terminado aquí. Aún había más. —Ja, ja, ja. Desde que había entrado en la sala, Sokichi no había dejado de percibir el sonido de una risa sorda. Para apartar la vista de la galleta que Osen había cogido de la bolsa, el muchacho se hizo a un lado y, entonces, chocó con Heishiro, el Platito. En la cara romboidal de gordas mejillas unos ojos hundidos y estrechos lo miraron fijamente. Platito rio y arrugó la nariz. —Je, je. Platito había tenido una mala mano y se había quedado fuera de la partida. Con la pipa plateada en la mano, levantó una rodilla, apoyó la mejilla en ella y empezó a reír incontrolablemente. 7 —¡Toma esto! El casero dio la vuelta a la carta y el monje agitó las mangas rojas al poner la suya boca arriba: —¡Maldita sea! Las carcajadas de Platito se hicieron más escandalosas. Kumazawa alcanzó la copa de sake mientras miraba fijamente el revoltijo de naipes decorados con tréboles, camelias, lirios y peonías que descansaban sobre el futón. —¿Qué pasa contigo? —bramó fulminando a Platito con la mirada mientras este continuaba riendo enloquecido y rojo como una guindilla—. ¡Idiota! Kumazawa se relamió los labios y sostuvo la copa de sake en lo alto. Osen se acercó con el sake que había estado calentando en caldera de cobre y se detuvo un instante. —¿Qué pasa? —preguntó —Lo siento —balbuceó Platito entre risas—. ¡Ay, no puedo parar! Platito seguía. —Parece poseído —masculló Amaya con repugnancia. Todos estaban callados, pero el silencio no hacía más que intensificar las carcajadas. —Ja, ja, ¡ay!, je, je, ji, ji, ja. Platito cayó de lado, clavándose en las costillas la pipa plateada y curva como el cuello de un cisne. Retorciéndose sobre el tatami, añadió: —¡Socorro! ¡Ja, ja! ¡Que me ahogo! ¡Ji, ji! ¡Menuda angustia! ¡No puedo más! Ja, ja, ja… Se revolcaba con la cara roja y los ojos inyectados en sangre cuando tropezó con una taza de té frío. Entre respiro y respiro dio un sorbo, pero se atragantó. Se fijó en el cubo de las cenizas, pero ya era demasiado tarde y no se pudo contener: volvió a toser y se formó una nube de cenizas. El monje apuntó en la dirección de la pared y ordenó: —Muchacho, abre la ventana. Sokichi saltó como un resorte y deslizó el fusuma[91]. Rápidamente la ventisca de ceniza se escapó hacia el cielo azul y desapareció sobre el océano de Shinagawa. Desde la ventana, Sokichi pudo ver las chimeneas del distrito de Kuramae y el pabellón Ryoun, con sus doce pisos, en Asakusa, al norte[92]. Más abajo había un acantilado, con su avalancha de rocas, y todavía más allá del racimo de tejados se vislumbraban las puertas de papel aceitado del comercio donde había comprado las galletas. La pequeña tienda era claramente visible iluminada por un claro rayo de sol. También podía ver, hendida en un hueco profundo y oscuro, la escalera de piedra por la que había subido y que se retorcía bruscamente por la colina de Myojin como un enorme ciempiés. Rechinaba sus dientes en el callejón, se arrastraba por la cuneta corriendo parejo al n***o alcantarillado como una línea fea, retorcida y sucia cuya lengua lamía un mendrugo de pan. De repente Sokichi se puso pálido. Supo en ese momento que alguien lo había visto comer las galletas. Platito se limpiaba la baba que le había caído en la rodilla con un pañuelo. ¡Él lo había visto todo desde la ventana! Dejó escapar un suspiro alto y claro y el eco de su malvada risa retumbó en los oídos de Sokichi. —Sokichi —preguntó Osen—, ¿no va usted a comer una galleta? Si el acantilado que tenía ante sus ojos hubiese estado tan afilado como una espada, Sokichi habría saltado por la ventana en aquel mismo momento. La voz de Osen todavía sonaba en sus oídos. La vergüenza era tan insoportable que quería estallar en pedazos. ¿No había sido ella quien había protegido sus cejas de la cuchilla de Amaya? ¿No era ella la persona que había hecho que anhelara a la mujer que le había dado la vida? —Yo… tengo algo que hacer en casa —consiguió decir. Con «casa» se refería a la casa adosada del callejón. Sin embargo, Sokichi pasó de largo por el callejón intentando no ser visto y siguió hasta el templo de Myojin, donde también se ocultó de las miradas olvidándose incluso del hambre atroz. Y lloró y lloró por las esquinas hasta que las estrellas empezaron a brillar en el cielo medio nublado. Esa misma noche le dijo a la mujer de Matsuda: —Puedo llevar la cuchilla de afeitar a la barbería, si a usted le parece bien. Pasaré por ahí de todos modos. Sokichi evitó a propósito la puerta principal. Se escabulló por las habitaciones de las señoras hasta la cocina y cogió la cuchilla de afeitar de Matsuda. El muchacho sentía la presencia de Osen en el cuarto de al lado e incluso olía la fragancia de su perfume. Pero ella no salió a su encuentro. Desde el callejón, Sokichi podía ver las siluetas de Kumazawa, del monje y de Platito moviéndose bajo la luz roja del farolillo de papel de la casa. Sus voces apenas eran audibles. Afortunadamente, nadie lo oyó a él ni tampoco lo vieron marchar. 8 —¿Qué haces? ¿Qué crees que estás haciendo? No es ninguna broma. Un pájaro maravilloso con rostro de mujer hermosa había descendido de los árboles. Él estaba apoyado contra el tronco de un ginkgo que, a su vez, servia de poste para uno de los puestos de té, ya vacíos, detrás del templo principal. Cuando acercó la cuchilla a su garganta para hundirla en la carne, apareció Osen. Se la arrebató de la mano. Todo parecía un sueño. —¡Vaya, qué bien que he llegado a tiempo! —Osen se dio la vuelta y rezó ante el templo mientras aún agarraba el brazo de Sokichi—. Tuve una premonición. Te oí decir en la cocina que… que ibas a llevar la cuchilla… ¡Me dio un vuelco el corazón! Te llamé… Hata-san, Hata-san… Pero tú ya no estabas. Tenía el presentimiento de que ibas a hacer alguna tontería. Y salí enseguida detrás de ti. No sabía dónde buscar y no te veía por ningún lado. Pasé por la barbería cerca del pórtico, pero me dijeron que no te habían visto. «¡Demasiado tarde!», pensé. Estaba abrumada, pero le doy gracias a los dioses y a Buda por haberme guiado hasta aquí. Hata-san, no he sido yo quien te ha salvado. Los espíritus de tus padres velan por ti. ¿Lo entiendes? Como un niño, Sokichi se enterró en la suavidad del pecho de Osen y la rodeó con sus brazos firmemente, acariciando el obi que envolvía su cintura. —Mira la luna —dijo ella—. El Buda[93]. Jamás olvidaría ese momento. La media luna parecía descender de una nube negra derramando su luz brillante sobre las altas copas de los ginkgos y mostrándose tan dulce como el contorno del pecho de su madre muerta. —El futuro te pertenece… —continuó Osen— hombre o mujer, estás en la primavera de tu vida. ¿Por qué has querido suicidarte?… A no ser que… me da vergüenza pensarlo… a no ser que sea debido a mí —Sokichi sentía que el pecho de ella temblaba contra el suyo—. ¿Por qué acabar con tu vida solo porque hayan dicho que te has comido una de esas galletas? Eso no importa. Tú sabes que yo siempre… —Se detuvo un instante y continuó—. De todos modos ven a mi casa. No hay nadie esta noche. Ella se calzó las geta[94]. El quimono interior carmesí danzaba sobre la piel inmaculada de sus piernas. Osen parecía agitada y, sin preocuparse por el calzado de Sokichi, tiró del brazo del muchacho para huir lo más lejos posible, intentado escapar sin aliento del horror. A la salida del templo, sacó agua con el cacillo de madera de la pila sagrada y mojó con unas gotas el cabello de Sokichi. ¿Intentaba espantar a los espíritus malignos? ¿O acaso era al dios de la muerte lo que ella temía? —Salud. Longevidad. Conocimiento. Que nuestros deseos sean concedidos —cerró los ojos llenos de lágrimas, juntó las manos mojadas e hizo una reverencia hacia el altar. Un rayo de luna resaltó la blancura de su cuello—. Ahora bebe y cálmate. Yo también beberé —y lentamente se llevó el cazo a la boca—. Mira, estoy temblando. Sokichi ya lo había notado. —Hata-san, ya no vamos a volver a este sitio. Tú nunca debes volver aquí. Yo he arriesgado mi vida por ti. Es más, acabo de pedir al dios del templo que nos perdone. ¿Sabes por qué? Esa agua que te he echado en la cabeza, también te la eché el primer día que llegamos a la casa… Podría afeitarte el pelo como un bonzo con esta cuchilla y entonces podríamos dormir juntos. De todas maneras, ese monje de Kishu iba a hacerme el amor esta noche. Era todo idea de Kumazawa y de Amaya. Iban a interrumpirnos durante el acto para chantajear al monje. Me convencieron para seguir su plan. Ya sabes que el monje había traído objetos valiosos del monte Koya para venderlos aquí en Tokio. Pero Kumazawa lo engañó. Le dijo que él los vendería en su nombre a algún hombre de negocios pudiente. Pero, en realidad, lo empeñó todo y se gastó el dinero. Cuando tuvo que restituirlo, ideó esta trampa, pues se había fijado en cómo me miraba el monje. Sokichi, yo no soy una persona fuerte. Me he mezclado con esta gente porque dependo de la fuerza de Kumazawa. Pero, después de oír sus planes… y de ver tus cejas —Osen acarició suavemente los hombros de Sokichi—, odio a Kumazawa. ¡Imagínatelo entrando a empujones mientras estoy con el monje! Decidí que iba a dormir contigo en lugar de con el otro. Entonces, cuando él entrara, me incorporaría y le diría exactamente lo que pienso. Le daríamos la satisfacción de ver cómo nos fugábamos juntos en mitad de la noche. Pero luego pensé que esos hombres podían hacerte daño y entonces… ¡sería demasiado horrible! No voy a seguir adelante con mi plan. ¡No! Vámonos, Sokichi. ¡Vayámonos ahora! ¡Déjalo todo por mí! No puedes volver con ellos. Cuando descendieron las escaleras de piedra y llegaron a la parte inferior de la colina, Sokichi sintió como si hubiera atravesado un paso frecuentado por lobos para ver ahora que un valle de promesas se abría ante él. —Este es el lugar, ¿verdad? Osen sonrió y sacó el monedero para comprar unas galletas de arroz. Parecía barato pero tenía el color de la primavera. —Caminemos mientras las comemos —dijo ella—. No temas. En el oscuro callejón que llevaba a la calle principal, Osen lo alimentó con galletas de arroz de su propia boca —pedacitos dulces y fragantes desmigados por sus dientes blancos—.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR