Emilia miró a su padre a los ojos. Enfrentarlo y vencerlo. Eso implicaba ser capaz de permanecer frente a Rubén Caballero sin sentir miedo, sin sentir la necesidad de echar a correr, y, por el contrario, permanecer firme, fuerte, ser la que reduce al otro, no la reducida; ser la que golpeaba primero. Tenía lógica. Sin embargo, no dejaba de sentir miedo. —Si hubiese sido… un drogadicto vagabundo y asesino quien me hiciera eso… y no el hijo de un hombre importante… —También te haría enfrentarlo –contestó Antonio—, sólo que esta vez lo tendría yo amarrado a unos grilletes, desnudo y sin… ya sabes, se lo habría cortado primero—. Emilia se echó a reír un poco horrorizada—. O tal vez te habría dado las tijeras para que fueses tú la que se lo cortara. —¡Papá! —¡Es lo que se merecen los hombr

