Antonio Ospino levantó la vista del plano que el ingeniero le mostraba en el momento cuando alguien le dijo que lo solicitaban afuera. Estaba en el tercer piso de una obra en construcción, con su casco, chaleco y demás elementos de seguridad. Cuando le dijeron que era su hija quien lo solicitaba, le extrañó. Miró su reloj, las once y cincuenta de la mañana. —Nos vemos en la tarde entonces –dijo el ingeniero, que parecía estar buscando una excusa para salir de la construcción temprano. —Está bien –contestó Antonio, y se encaminó a la calle, donde aún los obreros trabajaban introduciendo materiales. Algunos miraban a Emilia con interés, otros, que sabían que era hija del maestro de obra, sólo la saludaban con una sonrisa. —¿Qué haces aquí? –preguntó Antonio acercándose. —Hola, papá –l

