Emilia sacó su teléfono cuando estuvo en la parada de autobús con una sonrisa que le era imposible disimular. —Mamá –saludó al escuchar su voz. —Hola, Emilia. Qué bien que llamas –la voz de ella parecía un poco preocupada. —¿Pasó algo? ¿Santiago? —Santiago está perfecto. Es tu hermano; tuvo un accidente. —¡Oh, Dios! —No, no te preocupes, él está bien. Ahora mismo lo están atendiendo los médicos. Sólo fueron raspaduras y golpes. —¿En dónde están? Iré a verlos… —No tiene caso. Para cuando llegues, ya nosotros estaremos de salida. Nos vemos en la casa. —¿Santiago está contigo? —Sí… —Emilia suspiró y cerró sus ojos. —Vale, nos vemos en casa entonces. —¿Te dieron el trabajo? –preguntó Aurora antes de que su hija cortara la llamada. Emilia sonrió. —Sí. Empiezo en una semana. —¡Qué

