El pasar de los días estuvieron mucho peor, sentía el terror crecer dentro de mi y llegué hasta pensar en desistir.
Héctor quizás lo sospechaba, y cada que podía, me interrogaba, pero en su lugar, decidí guardarlo para mi.
Darren había confiado en mi, y ante aquel presente de un ramo de rosas entendí que tenía razón. Él tenía ojos en todos lados, y absolutamente todo lo sabía.
Un movimiento en falso y me despedía no solo de aquella gran oportunidad, si no también de su confianza y probablemente de mi bienestar.
Lo único que podía hacer por ahora era guardar la calma, respirar hondo y esperar de manera ansiosa el gran momento.
Hice un par de cartas, tenía que explicar de alguna u otra manera lo que había sucedido.
Escribí con dedicación en casa, expliqué aquella primera llamada, el interés de Darren y aquel ramo de rosas que llegó a casa con una gran noticia.
Si algún día solo desaparecía, probablemente alguien sabría tras quien ir.
Entonces, no solo me preparé mentalmente para aquel momento, me preparé practicando ante el espejo y repitiendo aquello que posiblemente le preguntaría durante la entrevista.
Quería no solo saber de su pasado, comportamiento y actos ilícitos, quería saber que pasaba por la mente de Darren, y que era aquello que él esperaba para el resto de su vida.
También, al igual que eso, quería comprender porqué se rendía, porqué aquel temible hombre buscaba entregarse, y principalmente la pregunta más arriesgada, ¿por qué yo?
Caminé durante muchas horas mi departamento, limpiando un poco y tratando de distraer mi mente del miedo.
Sabía que solo una duda, un poco de miedo o flaquez de mi parte, arruinarían por completo aquel encuentro.
Así como Darren lo había advertido, no supe más nada de él, me quedé en casa todo el fin de semana, y en su lugar, aferrada a su palabra, él tampoco apareció.
Me rendí, debía admitirlo, y aunque tuviese su número, cada que llevaba aquel número dejaba de existir.
La semana siguiente a eso, iba saliendo para el trabajo, tomaba café, arreglaba mis zapatos y lucía bastante cansada. No había dormido del todo bien, y por obvias razones, mi despegue había sido bastante frustrado.
Dos camionetas negras se detuvieron con fuerza delante de mi.
Quedé tan helada y muerta del miedo, que por relfejo mismo dejé caer aquel vaso de café.
Intenté dar un paso atrás, pero aquel primer automóvil bajaría su cristal rápidamente.
—¡No corras! —gritó un hombre. Inmediatamente le reconocí, era aquel mismo repartidor.
Lo miré confundida. ¿Era él? ¿Ese era Darren? No lo parecía.
—¿Qué quiere? ¡Gritaré si no me dicen que sucede! —exclamé.
—El señor Darren mandó a buscarla, lamenta no poder haber cumplido con su cita. Puede subir ahora o puede quedarse. No es una obligación. —aclaró.
Inmediatamente di otro paso atrás. Tenía miedo.
—Habíamos quedado que vendrían por mi el fin de semana. —dije confundida. —Pasó una semana.
—Un par de asuntos pendientes, señorita. El señor Darren lo lamenta. Decida rápido, el tiempo es corto, no estamos arriesgando. —dijo firme. —¿Viene o se queda?
Así mismo, ante su pregunta, aquel sujeto, a quien conocía como el repartidor, bajó rápidamente del automóvil, mirándome fijamente e intentando acercarse a mi.
—No se acerque o gritaré. —advertí.
—Señorita, no haga ésto más difícil. Darren habló con usted, lo sabe. Después de todo, ya había aceptado la entrevista, ¿o no? Nosotros estamos corriendo más peligro que usted. ¿Acaso no lo ve? —preguntó.
Así mismo, solo en cuestión de segundos, esa decisión cambiaría el resto de mi vida.
Me acerqué un poco con temor, él estiró su brazo ofreciendo su mano, y sin más, abrió la puerta trasera y me ayudó a subir.
Una vez dentro, intentando observar rápido, sentí una mano presionarse contra mi boca y rápidamente perder el conocimiento.
.
(...)
Horas más tarde.
Mi cuerpo pesaba, sentía un ligero dolor de cabeza y mi garganta seca.
Al abrir los ojos, sentí la comodidad de lo que parecía ser un sofá. Toque mi cabeza, revisé mi cuerpo y noté a simple vista que todo estuviese en orden.
Aquel sitio estaba casi baldío, y el olor a humedad llegaba a un simple respirar.
—¿Dónde estoy? —pregunté sin pensar.
Así mismo, ante mi tonta pregunta, un cuerpo aparecería en la lejanía y oscuridad.
—Señorita, Leia. —dijo su gruesa voz.
Inmediatamente lo recordé todo, me habían drogado.
—... No me haga daño, por favor... —pedí aterrada. —No quiero entregarlo, ni meterlo en problemas. Confíe en mí como yo confié en usted. —susurré.
Él rió aló bajo, caminando poco a poco hasta mi, llevaba un traje azul, sus manos dentro de sus bolsillos, un cabello peinado a la ligera, un cigarrillo en su mejilla y un aroma a perfume caro que llegó inmediatamente a mi nariz.
—¿Cómo sabes quién soy yo? —preguntó Darren al salir a la luz.
Claro que era él.
Allí mismo, se acercó hasta tomar una silla, sentándose frente a mi, exhalando el humo de aquel cigarrillo, abriendo su traje y sonriendo de lado.
—Lamento que las cosas tengan que ser de éste modo, señorita, Leia. Entenderá que no puedo confiar en nadie, siquiera en usted aunque lo quiera. —continuó diciendo. —¡Pipe, venga, traiga el café y pastilla de dolor para la periodista! —gritó sin más.
Me senté sin despegar mi mirada de él, no podía negar lo evidente, Darren era un hombre extremadamente guapo, algo que chocaba con el simple hecho de ser un delincuente.
—Tranquila, señorita Leia. Está segura aquí. Beba un poco de café y tome la pastilla. Apenas se sienta bien, comenzaremos la entrevista. —insistió.
Ante sus palabras, aquel hombre que conocía como el repartidor, y ahora entendía se llamaba Pipe, se acercó al dejar un vaso de café sobre la mesa y la pequeña pastilla que Darren había pedido para mí.
Miré sin cuidado el café, regresando mi mirada fija ante la de él.
—No lo tomaré. Ya me drogaron una vez. —solté a la defensiva.
—Tranquila, señorita Leia, está en buenas manos por ahora. Es por su propio bien, la necesito en sus cinco sentidos para la entrevista. Ya traerán sus pertenencias para comenzar, póngase cómoda. —insistió. —¿Fuma? —preguntó al sacar una caja de cigarrillos de su bolsillo.
Rápidamente negué. —No. No fumo, señor.