No podía evitar morir del miedo, mis manos temblaban y evitaba a toda costa ingerir cualquier sustancia que viniera de aquel sujeto.
Lo observé de arriba abajo, y por más que busqué descifrar aquel lugar, terminé por fallar en el intento.
—¿Dónde estoy? —pregunté confundida tomando mi cabeza con firmeza. Tenía jaqueca.
—Tranquila, señorita Leia. Estamos en las afueras de la ciudad, un galpón ando abandonado. Espero me disculpe ante las circunstancias que todo ha ocurrido. Soy un hombre muy precavido. —susurró al ponerse de pie y arreglar su traje. —Dígame algo, ¿por qué aceptó venir aquí? Cualquiera hubiese dicho que no.
Negué. —Al contrario, señor Darren. Cualquiera hubiese ansiado venir. Es usted el hombre más buscado en toda la ciudad, una entrevista puede ser más que valiosa. La verdadera pregunta sería, ¿por qué yo? —cuestioné manteniéndome firme. —Y espero no responda con lo mismo que me dijo por el celular. No se le ofrece una oportunidad así a un completo desconocido. —advertí.
Inmediatamente, y por primera vez en ese instante, Darren dejó escapar una sensual sonrisa. —Eres muy inteligente y hábil, Leia. Eso me gusta mucho de ti. Entenderás entonces que no ha sido una simple casualidad.
—No lo es, señor. Quisiera saber porqué. —susurré.
Entonces, rápidamente, aquel mismo hombre al cual él llamaba Pipe regresaría con mis pertenencias entre sus manos. —Todo limpio, señor. Estaremos tras la puerta. Todo está bien por ahora. —señaló.
Así mismo, Darren señaló mis cosas, pidiéndome tomar mi grabadora, libreta y comenzar con mis apuntes.
—Espero ya haya pensado las preguntas que me haría, señorita Leia. Es momento de comenzar, mi tiempo es muy corto, y estar aquí es bastante arriesgado. —advirtió. —Recuerde que habrán muchas cosas que no podré responder por mi propia seguridad. —señaló. —Y una vez más, por lo que más quiera, tome el analgésico, le vendrá bien. —insistió señalando la pequeña mesa.
Ya rendida, terminé por aceptar. Tomé aquella pastilla y la bebí con un poco de agua, terminando por encender la grabadora, buscar mi libreta y ponerme cómoda aunque estuviese muriendo del miedo.
—Bien, señor Darren. ¿Cómo se siente al estar aquí? —pregunté primeramente.
Él rió a carcajadas. —Ansíaba ésta reunión y ¿esa es la primera pregunta que hará, señorita? —rió con sarcasmo una vez más. —Me siento bien. Al igual que usted, también ansiaba éste momento.
—¿Por qué? ¿Por qué usted querría conocerme a mi? —pregunté.
—Porque conocí a su madre, señorita. La gran reportera, quien jamás temió nada y aquella misma que llevaba la casería sobre mis movimientos. Llegó a hacerme la vida imposible muchas veces. —confesó riendo. —Pero era hermosa, una mujer única. —dijo al recordar. —Una pena que la ambición, el deseo de saber más y lograr la perfección, acabaría con su vida. —Dijo con pena.
—Fue su culpa. El tiroteo era para usted, lo estaban buscando. Ella solo cumplía con su trabajo. —dije algo molesta.
Él negó. —Hay mucho que no sabe usted de su madre, señorita Leia. Su madre supo de ese tiroteo y fue quien me advirtió que me fuera de allí. Gracias a ella no fui capturado ese día. Pero por desgracia, el afán de tenerlo todo en primera plana acabaría con su vida. —susurró.
—Mi madre no haría algo así, señor. Eso se lo digo con seguridad. Jamás hubiese interderido en la justicia, mucho menos para atrapar un pez tan grande como lo es usted. —solté sin más.
Él rió. —Comencemos con lo sencillo, señorita, Leia. Puede tuitearme, no soy un anciano. Puedo tener años en ésto, pero no resta el hecho de que aún no pise siquiera los treinta. —confesó.
—¿Cuál es su verdadera edad, Darren? —pregunté.
—Tengo veintisiete años, y la mitad de mi vida en éste negocio. —señaló. —Supongo que cuando creces dentro de la maldad, crees que no hay nadie más malo que tú. —advirtió buscando otro cigarrillo.
Reí. —Me empiezo a dar cuenta que es hábil evitando por completo aquellos temas de conversación sobre los cuales no quiere hablarme. —dije.
Asintió. —Repito, es usted muy inteligente.
—También puede tutearme. —susurré llevando mi cabello tras mi oreja.
—Eso me parece genial, señorita Leia. Pero por ahora, podemos continuar. ¿Quiere saber por qué creo que éste es el final de mi historia? —preguntó.
—Por supuesto, para eso estoy aquí. La pregunta es, ¿por qué se entregaría después de huir tantas veces? ¿Qué es lo que sucede? —insistí.
—Llevo la mitad de mi vida huyendo, no tengo familia más allá de mis guardaespaldas. No conozco vida más allá de vender y distribuir, tengo más enemigos que vida, y todos los mafiosos que he conocido no han pasado más allá de los treinta y cinco años. La vida del mafioso es corta, muy corta, Leia. Y esperaba que si algún día iba tras las rejas o llegara mi muerte, quizás fuese por decisión propia, no porque unos tontos con traje se llevaran la gloria por hacerlo. ¿No lo cree justo? —cuestionó.
Asentí aunque no tuviese sentido para mí, mirándolo fijamente mientras tomaba otro cigarrillo en su boca. Su mirada era fría, pesada y misteriosa, hablaba siempre mirándome, era rápido con sus manos, elegante aunque fuese delincuente y un léxico único a pesar de haber crecido en las calles.
Sabía mucho, y eso era completamente extraño.
—Debo confesar que no es nada de lo que esperaba. Esperaba un hombre bruto, mal vestido, nada educado. —confesé. —Y usted es todo lo contrario a eso. —señalé.
Sonrió de lado rápidamente. —Supongo que debo agradecer eso. Pero el simple hecho de haber crecido entre delicuentes y en la calle, no significa que deba ser igual. Algo que me ha puesto en el primer lugar, y al tope ha sido mi inteligencia, señorita. Así que, una vez más, gracias. —confesó.
Pero ante aquellas palabras, y un par de miradas fijas, escucharía un par de armas detonar. Eran tiros, una y otra vez.
Su rostro cambió rápidamente, se puso de pie y sacó un arma que llevaba en su espalda. Corrió hasta mi, tomando mi cuerpo con fuerza y presionando mi garganta casi trancando mi respiración.
—¿¡Me delastaste!? ¿¡Qué hiciste, Leia!? —preguntó furioso.
—¡No, lo juro por Dios que no! ¡Siquiera sabía cuándo ibas a aparecer, no lo haría! ¡No podía! —grité intentando salir de su agarre.
Y ahí mismo, aparecería Pipe. Semblante blanco, frío, y perdido.
—¡Señor, nos cayeron, señor! ¡Corra, hay que irnos! ¡Nos delataron! —gritaba apuntando. —¡La reportera nos puso una trampa, señor!
—¡Lo juro no he hecho nada! ¡No he hecho nada!
—¡Maldita sea! —gritó por última vez Darren.