la chica y la tabla

2234 Palabras
La sombra del pasado Era una noche oscura y tormentosa. Un hombre llamado Carlos conducía por una carretera solitaria, tratando de llegar a su casa después de un largo día de trabajo. De repente, vio una figura en el arcén, haciendo señas con la mano. Era una mujer joven, vestida con un abrigo rojo y una bufanda negra. Carlos se detuvo y bajó la ventanilla. ¿Necesita ayuda? - preguntó Carlos. Sí, por favor - dijo la mujer con voz temblorosa -. Mi coche se averió y no tengo señal en el móvil. ¿Podría llevarme al pueblo más cercano? Claro, suba - dijo Carlos, compasivo. La mujer subió al asiento del copiloto y le agradeció a Carlos. Él arrancó el coche y siguió conduciendo. La lluvia caía con fuerza y el viento soplaba con violencia. ¿Cómo se llama? - preguntó Carlos, intentando romper el hielo. Me llamo Laura - dijo la mujer. Yo soy Carlos - dijo él -. ¿De dónde viene? Vengo de visitar a mi abuela - dijo Laura -. Vive en una casa en el bosque, cerca de aquí. ¿En serio? - dijo Carlos, sorprendido -. Yo también tengo una abuela que vive en una casa en el bosque. Tal vez sean vecinas. Tal vez - dijo Laura, sonriendo. Carlos sintió una extraña sensación al mirar a Laura. Era muy guapa, con el pelo rubio y los ojos azules. Pero había algo en ella que le resultaba familiar. Como si la hubiera visto antes. ¿Qué hace usted? - preguntó Laura. Soy periodista - dijo Carlos -. Trabajo para un periódico local. Qué interesante - dijo Laura -. ¿Y de qué escribe? De todo un poco - dijo Carlos -. Pero me gusta especialmente investigar casos sin resolver. Me fascina el misterio y el suspense. A mí también - dijo Laura -. Me encantan las novelas policíacas y las películas de terror. Carlos sonrió. Parecía que tenían mucho en común. Quizás fuera el destino que los había unido esa noche. ¿Sabe? - dijo Carlos -. Hay un caso que me obsesiona desde hace años. El caso de la chica del abrigo rojo. Laura se quedó quieta. Su sonrisa se borró de su rostro. ¿Qué caso es ese? - preguntó con voz tensa. Es una historia muy triste - dijo Carlos -. Hace diez años, una noche como esta, una chica llamada Laura desapareció en esta misma carretera. Iba a visitar a su abuela, que vivía en una casa en el bosque. Su coche se averió y un hombre se ofreció a llevarla al pueblo más cercano. Pero nunca llegaron. El hombre fue encontrado muerto al día siguiente, con una herida de cuchillo en el pecho. La chica nunca fue encontrada. Solo se halló su abrigo rojo, manchado de sangre, tirado en el arcén. Carlos miró a Laura. Ella lo miró a él. Sus ojos azules se habían vuelto rojos como la sangre. ¿Sabes qué? - dijo Laura -. Yo soy esa chica. Carlos sintió un escalofrío recorrer su espalda. Antes de que pudiera reaccionar, Laura sacó un cuchillo de su bufanda y se lo clavó en el pecho. Carlos gritó de dolor y perdió el control del coche. El coche se salió de la carretera y chocó contra un árbol. Laura salió del coche ilesa. Se quitó el abrigo rojo y lo tiró al lado del cuerpo de Carlos. Luego se puso otra capa de ropa que llevaba debajo y se alejó por el bosque, silbando una canción infantil. FIN Aquí hay otra historia turbia que se me ocurrió: **El juego del miedo** Era una noche de Halloween. Un grupo de cinco amigos, Ana, Bruno, Carla, Diego y Eduardo, decidieron celebrar la ocasión con una fiesta en la casa de campo de Eduardo. La casa estaba situada en las afueras de la ciudad, rodeada de campos y bosques. Era una casa antigua y grande, con muchas habitaciones y pasillos. Los amigos habían decorado la casa con calabazas, velas, telarañas y otros adornos típicos de Halloween. La fiesta empezó bien. Los amigos se disfrazaron, bebieron, bailaron y se divirtieron. Pero al cabo de un rato, se aburrieron y quisieron hacer algo más emocionante. - ¿Qué tal si jugamos a un juego? - propuso Ana. - ¿Qué tipo de juego? - preguntó Bruno. - Un juego de miedo - dijo Ana -. Algo que nos ponga los pelos de punta. - Me gusta la idea - dijo Carla -. ¿Qué tienes en mente? - Pues... podríamos jugar a la ouija - sugirió Ana. - ¿La ouija? - repitió Diego -. ¿No es eso un poco peligroso? - Vamos, no seas cobarde - dijo Ana -. Es solo un juego. No pasa nada. - Yo estoy de acuerdo - dijo Eduardo -. Tenemos una tabla de ouija en el desván. Voy a buscarla. Eduardo subió al desván y volvió con una tabla de madera con letras, números y símbolos grabados. También trajo un vaso pequeño que serviría como puntero. - Bien, ya tenemos todo lo necesario - dijo Ana -. Ahora solo tenemos que elegir una habitación donde jugar. - ¿Qué tal el salón? - propuso Bruno. - No, mejor el comedor - dijo Carla. - No, mejor el sótano - dijo Ana -. Es más oscuro y más tétrico. - Está bien, el sótano - aceptaron los demás. Los cinco amigos bajaron al sótano. Era un lugar húmedo y frío, lleno de cajas, muebles viejos y trastos. Encendieron una vela y colocaron la tabla de ouija sobre una mesa. Luego se sentaron alrededor de la mesa y pusieron sus dedos sobre el vaso. - ¿Están listos? - preguntó Ana. - Sí - respondieron los demás. - Entonces, empecemos - dijo Ana -. Espíritus del más allá, ¿hay alguien aquí que quiera comunicarse con nosotros? El vaso se movió lentamente sobre la tabla. Se detuvo sobre la letra S. - S... - dijo Ana -. ¿Qué significa? - Quizás sea el nombre del espíritu - dijo Bruno. - Sigue preguntando - dijo Carla. - Está bien - dijo Ana -. Espíritu que empiezas por S, ¿cómo te llamas? El vaso se movió otra vez. Formó las letras S-A-M-U-E-L. - Samuel... - dijo Ana -. Ese es tu nombre, ¿verdad? El vaso se movió hacia el símbolo del sí. - Samuel, ¿qué quieres de nosotros? - preguntó Ana. El vaso se movió hacia el símbolo del no. - No quieres nada... - dijo Ana -. Entonces, ¿por qué te has manifestado? El vaso se movió hacia las letras J-U-E-G-O. - Juego... - dijo Ana -. ¿Quieres jugar con nosotros? El vaso se movió hacia el símbolo del sí. - ¿Qué tipo de juego? - preguntó Ana. El vaso se movió hacia las letras M-U-E-R-T-E. Los amigos se miraron entre ellos con miedo. El ambiente se había vuelto tenso y opresivo. Sentían una presencia maligna en el sótano. - Muerte... - repitió Ana -. ¿Qué quieres decir con eso? El vaso se movió hacia las letras M-A-T-A-R. Los amigos se levantaron de golpe y apartaron sus dedos del vaso. Estaban aterrorizados. Querían salir del sótano cuanto antes. - ¡Esto es una locura! - exclamó Bruno -. ¡Vámonos de aquí! Pero cuando intentaron abrir la puerta del sótano, descubrieron que estaba cerrada con llave. Alguien o algo les había atrapado dentro. - ¡No puede ser! - gritó Carla -. ¡Estamos encerrados! - ¡Socorro! - gritó Diego -. ¡Que alguien nos ayude! - ¡Cálmense! - dijo Eduardo -. Tal vez haya otra salida. Busquen alguna ventana o alguna escalera. Los amigos se pusieron a buscar una forma de escapar del sótano. Pero no encontraron nada. Solo había una puerta, y estaba cerrada. - No hay salida - dijo Ana -. Estamos atrapados. - ¿Y ahora qué? - preguntó Bruno. - No lo sé - dijo Carla -. Tal vez deberíamos seguir jugando. - ¿Qué? - dijo Diego -. ¿Estás loca? Ese espíritu quiere matarnos. - Lo sé, lo sé - dijo Carla -. Pero tal vez si le hacemos caso, nos deje salir. Tal vez solo sea una broma. - ¿Una broma? - dijo Eduardo -. ¿Te parece esto una broma? - No, claro que no - dijo Carla -. Pero no se me ocurre otra cosa. Los amigos se miraron entre ellos con duda. No sabían qué hacer. Estaban asustados y desesperados. - Bueno, vale - dijo Ana -. Sigamos jugando. Pero solo una pregunta más. Y luego nos vamos. Los amigos volvieron a sentarse alrededor de la mesa y pusieron sus dedos sobre el vaso. - Samuel, ¿qué quieres que hagamos? - preguntó Ana. El vaso se movió sobre la tabla. Formó las letras E-L-E-G-I-R. - Elegir... - dijo Ana -. ¿Elegir qué? El vaso se movió hacia las letras U-N-O. - Uno... - dijo Ana -. ¿Uno qué? El vaso se movió hacia las letras D-E-V-O-S-O-T-R-O-S. Los amigos se quedaron helados. Entendieron el mensaje del espíritu. Quería que eligieran a uno de ellos para morir. - No, no, no... - dijo Bruno -. Esto es una pesadilla. - No podemos hacer eso - dijo Carla -. Somos amigos. No podemos matarnos entre nosotros. - ¿Y si no lo hacemos? - preguntó Diego -. ¿Qué pasará? El vaso se movió hacia las letras T-O-D-O-S-M-O-R-I-R-E-I-S. Los amigos sintieron un escalofrío recorrer su cuerpo. El espíritu les había dado un ultimátum. O mataban a uno de ellos, o morían todos. - Esto es horrible - dijo Eduardo -. No podemos hacer esto. - ¿Qué otra opción tenemos? - preguntó Ana -. Tal vez si le damos lo que quiere, nos deje salir. - ¿Y quién va a ser el elegido? - preguntó Bruno -. ¿Cómo vamos a decidirlo? El juego del miedo (final alternativo) Los amigos se miraron entre ellos con angustia. No querían matar a nadie, pero tampoco querían morir. Se sentían atrapados en un juego macabro y cruel. ¿Qué vamos a hacer? - preguntó Bruno. No lo sé - dijo Carla -. Esto es imposible. Esperen - dijo Eduardo -. Tal vez haya una forma de engañar al espíritu. ¿Cómo? - preguntó Ana. Miren - dijo Eduardo -. El espíritu nos ha dicho que elijamos a uno de nosotros para morir. Pero no ha dicho cómo ni cuándo. Tal vez podamos fingir que hemos elegido a alguien, pero en realidad no lo hemos hecho. ¿Y cómo vamos a hacer eso? - preguntó Diego. Pues… podríamos usar un truco de magia - dijo Eduardo -. Tengo una baraja de cartas en el bolsillo. Podríamos repartir las cartas entre nosotros y decir que el que saque el as de espadas será el elegido. Pero en realidad, yo habré preparado la baraja para que nadie saque el as de espadas. ¿Crees que funcionará? - preguntó Ana. No lo sé - dijo Eduardo -. Pero es mejor que nada. ¿Qué opinan? Los amigos pensaron un momento. Era una idea arriesgada, pero no tenían otra opción. Asintieron con la cabeza. Está bien - dijo Ana -. Hagámoslo. Eduardo sacó la baraja de cartas de su bolsillo y la mezcló. Luego repartió cinco cartas a cada uno. Los amigos miraron sus cartas con nerviosismo. Bueno, ya está hecho - dijo Eduardo -. Ahora vamos a ver quién es el elegido. Los amigos voltearon sus cartas sobre la mesa, una por una. Ninguno sacó el as de espadas. ¡Qué suerte! - exclamó Bruno -. Nadie ha salido elegido. Sí, qué suerte - repitió Carla -. Parece que el destino nos ha dado una segunda oportunidad. Samuel, ya hemos cumplido tu juego - dijo Ana -. Hemos elegido a uno de nosotros para morir. Ahora déjanos salir. El vaso se movió sobre la tabla. Formó las letras M-U-Y-B-I-E-N. Los amigos se sorprendieron. El espíritu parecía haber aceptado su trampa. ¿Muy bien? - repitió Diego -. ¿Eso significa que podemos irnos? El vaso se movió hacia el símbolo del sí. Los amigos se levantaron de la mesa y corrieron hacia la puerta del sótano. Para su alivio, la puerta se abrió sin problemas. Los amigos salieron del sótano y subieron las escaleras. Llegaron al hall de la casa y se abrazaron con alegría. ¡Lo logramos! - gritó Eduardo -. ¡Hemos escapado! ¡Sí, lo logramos! - gritó Ana -. ¡Hemos engañado al espíritu! Los amigos se rieron y se felicitaron. Habían sobrevivido al juego del miedo. Pero lo que no sabían era que el espíritu no era tan tonto como parecía. El espíritu sabía que habían hecho trampa. Y no le gustaba que le tomaran el pelo. El espíritu esperó pacientemente a que los amigos salieran de la casa. Cuando los vio salir por la puerta principal, sonriendo y bromeando, decidió actuar. El espíritu invocó una fuerza sobrenatural y provocó un terremoto. La casa empezó a temblar y a derrumbarse. Los amigos se dieron cuenta demasiado tarde de lo que pasaba. Intentaron huir, pero fue inútil. La casa se les cayó encima, aplastándolos y matándolos a todos. El espíritu se rió con malicia. Había cumplido su venganza. Había matado a los cinco amigos que habían osado jugar con él. FIN
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR