Capítulo dos.

1218 Palabras
Linda. Canto como si él pudiera escucharme, saborear el dolor a través de mis palabras. Desnudo mi alma a un público que me mira boquiabierto, sin saber que mi más profunda herida yace abierta, sin poder cerrarse. Le canto al desamor y al dolor de la pérdida, al ansia del anhelo. Aún lo amo con todo lo que soy, sabiendo que este sentimiento solo morirá el día que yo lo haga. —Magnífica, como siempre —Gustave me sonríe, dándome luego un beso en la coronilla—. Los de la mesa del fondo quieren que pases por allí. Es muy habitual que los clientes me llamen, llenándome el alma de calidez al emocionarse con mi voz. El arte de transmitir emociones es algo que me encanta, y adoro cuando el público parece leer entre líneas, entender y saborear el dolor que se ha vuelto mi fiel compañero estos años. Me dirijo hacia la mesa con una radiante sonrisa. Estoy lo suficiente encandilada por los reflectores del escenario que no vislumbro a los comensales hasta que estoy a la espalda de un hombre. Abro la boca, dispuesta a darles las buenas noches, cuando mis orbes se acostumbran a la luz y una fría mirada, que conozco bien, me deja clavada en mi lugar. Mis músculos se quedan duros, mi cerebro parece colapsar en alertas de pánico. Estoy dispuesta a darme la vuelta, a correr todo lo que me permitan los tacones, hasta que el hombre se da la vuelta y me clava en mi sitio con sus orbes azul grisáceo. El aire se escapa de mis pulmones como si me hubiesen dado un puñetazo en el estómago. El corazón se me estruja y late a ciento cincuenta kilómetros por hora. Tengo a Collin traspasando mi alma con esos orbes que veo todos los días en mis pequeños. Al principio hay sorpresa, pero esa emoción es rápidamente borrada por odio. Un odio que me parte el corazón en diez mil pedazos, un odio que me hace querer llorar, hacerme una bola en el piso y alejarme de todo. Pero no hago eso. Ya no soy la niña asustada, soy una mujer, soy una madre y no pienso dejarme pisotear por el pasado. Alzo la barbilla y clavo la mirada en una única persona, la encargada de mandar mi futuro a la mierda. —Buenas noches. Los orbes de Nora se abren por sorpresa, un segundo, antes de brillar con malicia. —Buenas noches. Magnífica presentación. —Se para de su asiento, su esposo siguiendo el acto—. Mi nuera quería conocerte. Y con esas simples palabras entiendo su presencia aquí, por qué han vuelto. Mentiría si dijera que no me sorprende la maldad de esta mujer. No solo se encargó de pisotear mi felicidad, de dejar a mis hijos sin padre, de robarme el futuro, ahora quiere hacerme ver que ese futuro jamás regresará, que esas nimias esperanzas adolescentes, que aún guardaba, se acaban de hacer trizas. La mujer que no había visto al lado de Collin se para del asiento. Tiene una sonrisa radiante, pero hay tensión en los bordes. ¿Se dará cuenta de lo que pasa aquí? —¡Tienes una voz angelical! Madre santa. Trago el dolor como puedo, observando la mano alzada en mi dirección, el anillo que brilla en ese dedo burlándose de mí. —Muchas gracias, señorita. Le estrecho la mano. No quiero mirar a su derecha, al hombre alto que parece manar un calor conocido para mí, demasiado conocido. —Nada de señorita. —Sonríe, y es hermosa—. Si no es mucho atrevimiento, me encantaría que cantaras en nuestra boda. Se aprieta al brazo de Collin, tocándolo con tanta libertad que ardo de celos, de dolor. —Yo… No necesito poner una patética excusa porque la voz de todos mis sueños truena en mi cerebro. —Ya tenemos a la banda sonora, Clarise. Es un gruñido tenso. Igualmente tengo que cerrar los ojos ante los recuerdos que me bombardean, destrozándome como solo él puede. Me permito echarle un vistazo, más por masoquismo que por otra cosa, y lo que veo me deja sin aliento. Los años no han hecho más que embellecerlo. Sigue siendo tan condenadamente guapo que duele. Ha crecido apenas y le llego al pecho, y eso que voy en tacones. Me pregunto qué se sentirá ser envuelta por esos brazos otra vez, y sé que eso jamás volverá a ser, que la oportunidad se fue de nuestras vidas sin fecha de retorno. —Muchas gracias por escucharme, pero tengo otras mesas a las que visitar. Es mentira, pero quiero salir de aquí lo más rápido que pueda. —Espera —Aprieto la mandíbula ante esa voz—. Toma. Cuando me giro, la madre de Collin me sonríe como la víbora que es. Tiene un billete tendido en mi dirección. —Si trabajas aquí, supongo que necesitarás la propina como el aire. Disfraza el comentario de chiste, pero su único propósito es humillarme, y lo lleva claro si cree que lo va a lograr. Cuadro los hombros y la perforo con todo el odio que siento hacia ella. —No acepto propinas, gracias. Alza una ceja en mi dirección llena de condescendencia. —No tengas vergüenza, la limosna no es mala cuando se necesita. —¡Mamá! No lo miro, no soy capaz de hacerlo sin romperme. Me aferro a la rabia, al calor en mi rostro. Sé que probablemente tenga la cara del color de mi cabello. Pero juro por mis hijos que esta vieja arpía no va a volver a pisotearme. —No acepto propinas. Esta vez mi voz no es más que hielo, y Nora lo percibe. El gesto se le agria como si hubiese comido un limón. Furia cruda en sus ojos. No puedo evitar preguntarme por qué me odia tanto, si yo jamás le hice nada. —Si no lo aceptas, me encargaré de hablar con Gustave para que te corra. Enarco una ceja en su dirección. —Corta el teatro, mamá. O te saco a rastras. Todas las personas en el local nos están mirando, inclusive la prometida de Collin, quien sigue el debate cual partido de tenis. Hay confusión en su rostro. A mi derecha observo cómo Oliver se acerca con una charola; es uno de los meseros. Así que, bajo las atentas miradas, me acerco a la mesa, tomo el billete de mierda y me abstengo de darle un puñetazo cuando la arpía sonríe con satisfacción. Pero pronto se ve borrada al ver que extiendo la mano, metiendo el billete en la chaqueta del mesero, sin quitarle los ojos de encima a Nora. —Esta propina es para ti, Oliv. —Gracias, jefa. Cuando esas palabras salen de la boca del mesero, Nora frunce el ceño confundida, para luego fulminarme con la mirada. —¿Cómo…? La corto antes de empezar. —Llamaré a mi socio, Gustave, para que resuelva todas sus dudas y sepa por qué razón no recibo propinas de los clientes de MI restaurante. Que tengan una excelente velada. Me doy la vuelta con el corazón hecho trizas, la mente embotada y un grito en mi subconsciente. Collin jamás puede descubrir mi secreto. Tengo que mantener a mis hijos alejados de esta maldita familia.
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