Era incapaz de dormirme, daba vueltas en la cama y no era porque no fuera una buena cama, pero me sentía incomoda, tenía una presión en mi pecho y la cabeza me palpitaba. Estaba preocupada, ansiosa y sentía que me estaba faltando la respiración. Pensaba en mi futuro, pensaba en qué pasaría si las cosas no mejoraban, intentaba detener los pensamientos, pero iban tan rápidos que no podía atraparlos. Tal vez si fuera de día sería diferente, cuando había luz no solía recurrir al pesimismo. Pero era de noche, una hora muy oscura y sentía que así estaba por dentro, oscureciéndome.
Las preguntas me comían la cabeza, ¿y si mis padres tenían razón?, ¿y si Austin tenía razón?, ¿y si mis sueños eran demasiado grande?
Sabía que no era así, porque había habido una época buena, donde tenía un lugar. Había tenido un lugar. Lo había perdido, pero eso no significaba que no podría recuperarlo. Sin embargo, tenía miedo de empezar otra vez, no había querido admitírmelo a mí misma, pero así era y solo lo aceptaba cuando no veía luz en mi oscuridad. Tenía miedo porque sabía lo que costaba.
Tenía miedo del punto donde me encontraba ahora.
Me habían advertido que era como una montaña rusa, a veces estabas arriba, a veces tenías que soportar la caída a toda velocidad. A veces sentías que ibas a terminar estrellándote contra el suelo, pero no era así. Y era eso lo que no podía permitirme olvidar.
«No voy a estrellarme». Repetía. Una y otra vez. De nuevo.
Salí de la habitación sin emitir un solo ruido, no quería seguir molestando a Reese, ya llevaba cuatro días en su casa y seguía sin conseguir nada. Comenzaba a entrar en pánico.
Bajé a la cocina seguida por Jefry, se frotaba contra mis piernas buscando mimos, casi haciéndome tropezar. Tuve que alzarlo para que no caer.
La casa de noche se sentía fría, estaba temblando.
Encendí la luz de la cocina y busqué lo necesario para prepararme un té. Jefry me distraía de mis tortuosos pensamientos, pero cuando el té estuvo listo y me di cuenta de que eso ni siquiera era mío, eso me golpeó. Fue como una bofetada con la fuerza de mil huracanes. Tal vez exageraba, pero no sabía cómo controlarlo.
Puse mi frente contra el frío mármol y comencé a llorar, tan silenciosa como me fuera posible. No quise tocar el té. Limpiaba las lágrimas en cuanto caían, era una tonta, esto no iba a ayudarme. Por alguna razón ese pensamiento me hacía llorar más fuerte.
Tomé respiraciones profundas. Me decía a mí misma: «No vas a estrellarte».
—¿Estela?
Giré mi cuerpo en la dirección contraria a su voz.
¿Por qué pasaban las cosas que exactamente no quería que sucedieran?
Rogué que mi voz no saliera dispareja.
—¿Qué haces despierto?
Demonios, estaba temblorosa. Seguí teniendo frío.
—Venía por un vaso de agua —respondió bajito—, ¿Qué tienes?
—Nada —suspiré.
Mordisqueaba mi labio, mantenía mis ojos cerrados y peleaba por desaparecer el resto de las lágrimas. Él ya me había visto llorar, pero no quería que volviera a repetirse. Quería que borrara ese recuerdo de mí y que fuera sustituido por la imagen de mí siendo la chica determinada que había descubierto.
Yo era esa chica.
—Estela —dijo, sabía que mentía. Por dios, nada más había que verme los hombros temblorosos y escuchar mi voz.
Él caminó y yo tallé mis mejillas con más fuerza. Agaché mi rostro cuando estuvo frente a mí, esperando que mi cabello me ayudara a pretender que estaba bien.
—¿Qué pasa? —insistió.
Una de sus manos fue hacia mi barbilla, intentaba hacer que lo mirara, pero yo aparté el rostro.
—Estoy bien —aseguré, mi voz volvió a temblar.
—Evidentemente no, Estela —difirió—. ¿Por qué no tomas un poco de té? No tienes que decirme nada, solo…déjame quedarme un rato contigo.
Asentí, porque estaba avergonzada y no quería que volviera a escuchar mi voz rota. Rodó la taza hacia mi dirección y la tomé aún sin mirarlo. Me senté en el banco que estaba cerca y Reese se sentó junto a mí, en silencio.
Cuando iba por la mitad de la taza terminé descubriendo mi rostro, apoyándolo en mi mano.
—Se está volviendo más difícil —murmuré.
—No significa que será así por siempre —dijo. Tragué, pero la presión en mi garganta no se iba—. ¿Recuerdas lo que te dije de “trabajar duro y más duro”?
Sabía lo que quería decirme. Lo sabía.
—Ahora estoy en la parte de “más duro”, lo sé —resoplé—. Pero desearía… no afectar a nadie más.
—¿A quién estás afectando?
Lo miré, justo en ese momento Jefry saltó hacia su regazo, frotándose contra su pecho. Reese lo llenó de mimos con su mano, pero no apartó la mirada de mí.
Tenía el cabello despeinado, sus ojos me veían con pesar. Él no parecía sentir frío, tenía una camiseta sencilla y unos shorts de algodón que dejaban al descubierto sus poderosas y velludas piernas.
Desvié la mirada.
—A ti, obviamente. No quiero ser la molestia de nadie y temo que eres demasiado amable para decirlo —mis dientes casi tiritaban.
Mis palabras lo hicieron echarse hacia atrás con asombro, para luego volver a su posición inicial.
—Tú no eres una molestia, Estela —reprochó, achicando sus ojos, como si lo ofendiera—. ¿Qué te hace pensar eso?
Sentí exasperación.
—Estoy invadiendo tu espacio, soy una extraña —enumeré—, no estoy haciendo nada, ¡nada!
Reese asintió con lentitud.
—Primero, no considero que estés invadiendo mi espacio. Yo te ofrecí mi casa. Eres bienvenida aquí, ¿bien? —me miró fijamente—. Segundo, sé que tus búsquedas no han dado resultado, pero eso no significa que no estés haciendo nada. Desde el día uno no te has detenido, Estela. Estás frustrada, lo entiendo, eso está bien —su voz era suave, pero eso no le quitaba la firmeza—. Te sientes mal, porque has perdido mucho en poco tiempo, es válido —afirmó, colocando una de sus manos sobre las mías—. Vas a estar bien, Estela. Lo sé. Porque siendo como eres no puedo creerlo de otro modo.
Para no quitar su mano de la mía, limpié mis lágrimas con mi otra mano, asentí, porque no podía decir nada. Pero seguí llorando en silencio, dejando que las lágrimas calientes resbalaran por mi rostro.
Esa era una de las cosas más significativas que me habían dicho alguna vez.
«Vas a estar bien, Estela. Lo sé. Porque siendo como eres no puedo creerlo de otro modo».
Reese se quedó conmigo hasta que pude calmarme y comencé mis parpados pesaron por el sueño. Quise decirle “gracias”, pero cada vez que lo intentaba, las palabras me faltaban. Sin embargo, su mirada me decía que no era necesario. Decía: «Está bien».
Cuando me acosté y cerré mis ojos, me dije: «Vas a estar bien, Estela. No vas a estrellarte». Y me dormí.
*****
Estaba saliendo del baño, casi sufro un infarto al ver a una mujer hurgando en la ropa que estaba tirada en el suelo. De hecho, grité.
Se suponía que estaba sola, Reese se había ido a trabajar temprano y Maya se había marchado antes de que yo me metiera a la ducha.
La mujer se giró con un brasier en su mano y el ceño fruncido, cuando se fijó en mí gritó, y yo volví a hacerlo. Ella no me había escuchado antes, me percaté de ello cuando una de sus manos tiró de un par de auriculares con nerviosismo.
—¿Quién eres? —preguntamos al mismo tiempo.
Sus facciones me recordaron a Maya, pero esta mujer tendría unos cincuenta años, tenía el pelo encanecido y unos ojos castaños inquisidores.
—¿Eres Teresa? —cuestioné, recordando que Maya había dicho que su tía vendría a limpiar.
La mujer retrocedió alarmada.
—Sí, ¿por qué? ¿Quién te envió? —gruñó hasta chocar su espalda con la pared.
Sostenía mi brasier como si fuera un arma.
—Soy Estela, ¿nadie te habló de mí? —negó, movió su mano lentamente hacia uno de los bolsillos de su pantalón, estaba sacando su celular—. Reese me recibió como su huésped —me defendí, no despegaba su mirada de mí, pero su dedo se movía sobre la pantalla de su celular con familiaridad—. Puedes llamarlo.
—Eso es lo que haré —advirtió, llevándose el teléfono hasta su oído.
Esperé incomoda, manteniendo la toalla firme a mi cuerpo.
—Reese, hay una mujer en la habitación de invitados, dice que es tu huésped, ¿debo llamar a la policía? —farfulló. Se quedó callada escuchando la respuesta de Reese. Sus ojos se agrandaron y la mano con la que sostenía mi brasier bajó—. Oh, ¿Por qué no me dijiste? ¡Casi maté del susto a la pobre muchacha! —masculló—. Entiendo, está bien, hasta luego —colgó. Su rostro se transformó a uno avergonzado—. Lo lamento, nadie me había dicho nada.
Suspiré aliviada.
—No hay problema —aseguré.
—Ahora todo tiene sentido, pensé que me había vuelto loca al encontrar esta habitación así —rió—. Bien, supongo que continuaré con mis tareas, trabajaré en la habitación de Reese primero para que puedas vestirte. Luego vendré a limpiar aquí, también puedes dejarme tu ropa sucia sobre el sofá y vendré a recogerla más tarde.
Estaba equivocada si pensaba que la dejaría lavarme la ropa.
—Gracias, Teresa, pero si me enseñas donde está la lavadora, la usaré yo misma, también puedo limpiar la habitación, aunque no lo veo necesario, solo está…desordenada —sonreí apenada. Su rostro se frunció, como si la hubiera ofendido, eso me alarmó—. No quiero entorpecer tu trabajo, solo creo que es justo encargarme de este espacio cuando soy yo quien lo está utilizando.
—Señorita, no puedo permitir que haga mi trabajo —objetó.
—Técnicamente atenderme no es su trabajo, trabaja para Reese, atiende sus requerimientos —pensé—. Por favor, Teresa, siempre me he encargado de mis cosas, me sentiría muy incómoda si te dejo recoger mi desastre.
Teresa mantuvo su postura inquebrantable, pero yo también.
Suspiró.
—Está bien, pero le diré a Reese que fuiste tú quien lo decidió así.
—Sí, por supuesto.
Teresa resopló soltando mi brasier y caminó hacia la puerta para dejarme vestirme.
Fui a mi maleta, no había puesto la ropa en el closet porque había pensado que solo estaría aquí durante un día o dos, pero ya casi iba a cumplir una semana. Estaba avergonzada, aunque me sentía un poco mejor después de haberlo “hablado” con Reese.
Saqué un vestido sencillo, no tenía planeado salir, a menos que me llamaran para ver algún lugar. Tenía planeado seguir mi búsqueda por internet y atender un poco mi página web.
Vi que tenía dos solicitudes para pedidos en la página donde ofrecía mis dulces, no los respondí, primero tenía que pedirle permiso a Reese para volver a usar su cocina y tenía que comprar los ingredientes. No me daría el lujo de rechazarlos, perder dinero no me convenía.
Cuando se hicieron las dos de la tarde Teresa tocó mi puerta, traía una bandeja de comida en sus manos.
—Reese me dijo que a veces olvidas comer, aquí tienes —entró y la dejó sobre el tocador, me levanté para tomarla con las mejillas rojas—. Llamé a Maya, al parecer le pareció gracioso ocultarme tu existencia.
Sonreí, viéndolo ahora, sí, había sido un encuentro gracioso.
—Ella me habló de ti hace un par de días, pero lo había olvidado por completo —confesé, suspiré al meter un trozo de pollo a mi boca.
—¿Segura que no quieres que me encargue de tu ropa? Comenzaré con la de Reese.
Negué tomando la bandeja, iba a llevarla hasta el escritorio para seguir en mi laptop.
—No, pero gracias.
Teresa salió refunfuñando, pero no le presté atención. Comí y tecleé en mi computadora con cada búsqueda. Había varios lugares disponibles para un negocio, pero eran más del estilo de los restaurantes. Demasiado grandes. Demasiado caros. Demasiado…para mí.
Antes de que Teresa se fuera le pedí que me enseñara donde estaba la lavadora. Ella me guió hacia un cuarto rectangular que Reese no me había mostrado, había una lavadora, secadora y una mesa para planchar. Entraba mucha luz natural por una ventana larga que abarcaba toda la pared que daba hacia el patio trasero, el atardecer había pintado el cielo de rosado.
Me sentí hipnotizada, había estado demasiado tiempo en la habitación.
Teresa llamó mi atención para explicarme el procedimiento de la lavadora última generación. Anoté cada uno de los pasos en mi teléfono y le agradecí cuando se fue. Busqué mi ropa y la tiré al suelo para comenzar a separarla. Puse música en mi celular y cantando inicié mi tarea.
Jefry quería acostarse en mi pila de ropa, pero yo lo empujaba con mi pie, no quería que llenara todo de pelo. En una de esas ocasiones, él salió corriendo de la habitación.
Reese había llegado.
Escuché que le hablaba a Jefry y me reí, era graciosa la forma en la que se había encariñado con él. Incluso le había comprado una cama, algo que casi nunca usaba, Jefry prefería dormir sobre los humanos.
—¿Estela? —cuestionó cuando llegó a la cocina y vio la puerta de esta habitación abierta.
—Hola —saludé.
En pocos segundos apareció en el marco de la puerta, sostenía Jefry en sus manos, sin importarle si llenaba su traje de pelo. Se veía increíble, como siempre. Importante. Imponente. Como aspiraba verme algún día.
Alzó una de sus cejas.
—¿Qué haces?
—Voy a lavar mi ropa —dije con obviedad, lanzando la primera tanda dentro de la máquina.
—¿Por qué no dejaste que Teresa lo hiciera?
—Porque yo puedo hacerlo.
Reese se inclinó para dejar a Jefry en el suelo y se adentró, la habitación se sintió pequeña un segundo después.
—Tu tono me hace sentir un mimado —comentó, cruzándose de brazos.
Apoyó su cuerpo en la secadora y pensé en la portada de alguna revista, porque se veía listo para ser fotografiado. La luz de la tarde hacía algo maravilloso con sus ojos.
—No es mi intención —aseguré—. Tienes la posibilidad de pagarle a alguien para hacerlo, eso no te hace un mimado.
Sonrió resoplando.
—Creo que no hay forma de que suene bien, Estela, por favor deja de intentarlo.
Levanté mis manos rendida.
Tomé mi teléfono para recordar los botones que debía tocar. Mientras lo hacía Reese se sacó el saco y lo echó en una cesta vacía, se aflojó la corbata y se dedicó a observarme.
—Estela.
—¿Qué?
—Yo no he lavado ropa en mi vida, pero estoy seguro de que para hacerlo hay que usar detergente y no te vi agregarlo.
Me detuve un momento, recordando y luego miré dentro de la lavadora. La ropa estaba dentro de agua pura, sin espuma. Sin jabón.
Genial, había quedado como una idiota frente a él.
—¡No te rías! —gruñí, buscando el botón para agregar el detergente.
—¿Cómo olvidas el detergente?
Rodé mis ojos ante sus burlas y procedí a dejar caer detergente.
—Te reto a hacerlo sin cometer errores —mascullé entre dientes.
Puse a funcionar la lavadora nuevamente y lo escuché decir: —Acepto.
Lo miré.
—¿Qué?
—Acepto el reto.
Mi boca se abrió, tenía que estar bromeando, pero su rostro tenía una sonrisa socarrona, narcisista.
Enarqué mi ceja.
—Tu ropa está limpia —señalé.
Se encogió de hombros.
—Puedo lavar parte de la tuya, solo por el placer de la competencia.
Por dios, esto valía oro, ¿el millonario quería lavar mi ropa?
—De acuerdo —accedí.
Reese se enderezó.
—Pero que sea una apuesta, quien lo haga mejor obtendrá algo —propuso agrandando su sonrisa.
—Ya he cometido un error —me quejé.
Se acercó.
—Sí, pero considera que yo nunca he usado una de estas y…tú no podrás ver tu teléfono, vi que tienes instrucciones allí. Así estaremos a mano —resolvió.
¿Era ridículo? Sí.
¿Inmaduro? También.
¿Acepté? Por supuesto.