Capítulo 6 “Amantes”

2049 Palabras
Estacionó su Vespa justo frente a mí, tenía un bolso grande y cuadrado en su espalda donde cargaba los pedidos del restaurant donde trabajaba. Me estaba sonriendo, él siempre hacía eso, me sonreía y por eso era la persona con la que menos deseaba encontrarme ahora. No quería estropear su sonrisa con una de auténtica lastima, él seguramente era tan bueno que se ofrecería a ayudarme. —¿Cómo estás? —preguntó al abrazarme. Y sí, fue incómodo. Seguía oliendo bien y aunque llevaba un casco, podía notar que se había cortado el cabello. —Bien —tosí, mi sonrisa fue tensa—, ya sabes, en lo mío. Austin me observó por unos cuantos segundos, como percibiendo mi mentira. Él me conocía bastante, habíamos estado juntos durante un año entero, vivimos en mi departamento dos meses antes de que nuestra relación terminara. —Leí que…van a construir un centro comercial en la calle donde vivías —vaciló. Así que ya lo sabía, porque si no fuera así, no hubiera usado “vivías”. Chasqueé la lengua. —Sí —dije, y de pronto me quedé sin palabras. Reconocía la mirada que me estaba dando, me la había dado muchas veces en el pasado, solo que yo no lo había sabido reconocer. Él pensaba que yo no sabía lo que hacía, que soñaba despierta y que no veía la realidad. Era lastima mezclada con una dosis amarga de desaprobación. Pero él había sabido disfrazarla muy bien, haciéndome creer que creía en mí, cuando todo lo que hacía era esperar que las cosas me salieran mal para sacármelo a la cara. «Tarde o temprano la realidad te abrirá los ojos, Estela». Fue lo que me había dicho la noche en la que terminamos. Hacía eso cuando yo sacaba las cuentas y me daba cuenta que las ventas habían disminuido. Siempre me había dirigido esa mirada. —Si hay algo en lo que pueda ayudarte yo… —Gracias, pero no es necesario —lo interrumpí, cerró sus labios entendiendo mi brusquedad—. Estoy bien. Miré hacia la calle y vi la camioneta de Reese cruzar hacia mi dirección, me tragué un aullido aliviado. —Ya vinieron por mí —avisé como si lo lamentara—. Cuídate, Austin —palmeé su hombro. —¡Llámame si necesitas algo, Estela! —gritó, yo había salido corriendo hacia la calle para no dejar que la camioneta se estacionara. Afortunadamente la puerta no tenía seguro, habría sido vergonzoso si no hubiera podido abrirla. Me subí con un suspiro agotado. La única cosa buena de este encuentro era que Austin estaría impresionado por verme subir a una camioneta carísima.  —¿Te estaba molestando ese chico? —preguntó Reese, él y el conductor me estaban viendo con las cejas enarcadas. —¿Qué? ¡Oh, no! —negué riendo. Reese asintió sin creerme, sus ojos seguían al muchacho que se subía a su Vespa—. Es mi ex —confesé quejándome, su rostro no cambió—. Se enteró de “mi situación”. —¿Y? —inquirió. Rodé mis ojos. —¿Te gustaría que tu ex supiera que la estás pasando mal? —cuestioné con obviedad—. Él me dijo muchas veces que tenía que tener ases bajo la manga, pero nunca le hice caso, ahora no soporto que quiera decirme “te lo dije”. Reese me miró confundido. —¿Estás molesta por que él quiso que tuvieras cuidado? Quise sacudir sus hombros con fuerza, pero dudaba que lograra moverlo un solo centímetro. Él estaba recto en su asiento, regio, inmovible. Tenía el aspecto de un hombre que sabía que podía mover el mundo. ¿Cómo podría sentirse eso? Porque a mí el mundo solo me pasaba por encima. —Fue su forma de decirlo, ¿sabes? —suspiré—. Fue…como si estuviera esperando que las cosas malas me pasaran. Él no creía en mí. Era un realista de lo peor. —Ser realista no es malo. —Lo es cuando lo usas de excusa para no tener sueños —dije. Crucé mis brazos y miré por la ventana, me di cuenta que ni siquiera le había preguntado hacia donde estábamos yendo. Temía que estuviera desarrollando una extraña confianza hacia este hombre que apenas conocía. —¿Cuánto tiempo estuvieron juntos? Me quejé. —Cuéntame tú de alguna ex novia —mascullé—. El mundo de los ricos debe ser más interesante que mi patética vida sentimental. El chofer tosió ruidosamente, algo me dijo que eso no era una tos real, parecía estar disfrazando una risa.   —No tengo nada interesante para contarte. —Ah, claro, seguro no has tenido novia, solo…amantes —dije con una voz teatral. Cuando lo miré, rodó sus ojos. —Por dios, no lo digas de esa forma, suenas como una adolescente. —Cuéntame algo interesante —pedí—. ¿Has tenido una amante famosa? —Deja de decir eso —advirtió, llevando sus ojos hacia la ventana, evitando mi mirada. —¿Qué? —La palabra “amante”. Presioné mis labios para no reír, me quedé callada por lo que conté cinco segundos antes de comenzar a cantar: —Amantes prohibidos…Tú eres mi amante ideal —era la canción de una telenovela, solo que no recordaba cual, aunque estaba casi segura que el titulo llevaba la palabra “amante” —. Amante mía —chillé. Me detuve cuando él se partió de la risa. —¿Cuántos años tienes, Estela? —Lo suficientes para tener un amante —corté. —¿Te detendrás si te cuento algo de mi vida privada? —ofreció, pasando sus manos por su rostro, mechones de cabello cayeron sobre su frente, me pareció que eran tocados por sus largas y espesas pestañas. —Sí. Volvió a mirarme derrotado. —Una vez fui a la fiesta de compromiso de uno de mis socios, allí conocí a una mujer hermosa que no dudé en seducir. Terminamos teniendo sexo en uno de los jardines —mi boca se abrió, Reese se rió de mi expresión, pero continuó—. Más tarde, la vi parada junto a mi socio, él la presentó como su prometida y ella actuó como si nunca me hubiera visto. —¿Qué hiciste tú? —cuestioné escandalizada. Se encogió de hombros. —Me acosté con su hermana. —Por dios, Reese, fuiste el amante de alguien —me di cuenta. Eso lo hizo soltar otra carcajada. —En definitiva es como si hablara con una adolescente —revoloteó sus pestañas en mi dirección—. Espero que te guste la comida italiana —comentó de pronto. Nos habíamos detenido y yo no me había dado cuenta, estábamos frente a un restaurante, su puerta era grande y de madera, en ella estaba tallada la palabra “Benvenuto”. ***** Me sentía menos entusiasmada que esta mañana, había puesto mis esperanzas en Reese, pero las opciones que él me ofrecía, aunque fueran buenas, no podía costearlas. Eran zonas buenas y estratégicas para negocios, también había conseguido departamentos bonitos. —¿Siempre te olvidas de comer cuando estás en situaciones estresantes? Estábamos caminando hacia la entrada de su casa, el viaje hasta aquí había sido silencioso. —¿Qué? —pregunté sin entender. —Me atrevería a apostar que ayer lo único que tenías en tu estomago era el desayuno. Lo comprobé esta mañana cuando devoraste toda la mesa —sentí que mis mejillas se encendieron como bombillas. Él ya no estaba bromeando, me hablaba con seriedad—. Te ofrecí algo de cenar, pero no aceptaste. Y esta tarde si no te llamo, ¿habrías comido algo? Apreté los labios con desagrado, sentía que me estaba regañando y eso no me gustaba. No le contesté. ¿Es que no lo entendía? Ayer cuando me había enterado que era una completa idiota y que me quedaría en la calle, el hambre desapareció. No fue mi prioridad, la ansiedad era todo lo que pude haber conocido en ese momento. Él se tomó su tiempo abriendo la puerta, burlándose de mi frustración.  Cuando la abrió, entré primero, tenía la intención de subir a la habitación y comenzar a hacer llamadas, pero entonces…lo vi todo. Oh, oh. Jefry había hecho un desastre. Había unos jarrones en el suelo estropeados, rotos en miles de pedazos. Los muebles tenían manchas de patas por todo el sofá y…el gato tuvo el descaro de ignorarnos acostado sobre una pieza de decoración. —¡Jefry! —chillé horrorizada. —No lo regañes —me chitó Reese yendo hacia el gato—, ¿se habrá hecho daño? Mi boca quedó abierta con incredulidad. —Me regañas a mí por no comer, pero a él… ¿a él no? —cuestioné—. ¿Ya viste tu casa? Tendré una deuda de por vida contigo por su culpa. Movió su mano como si espantara una mosca. —Deja el drama, Estela. Uno de mis parpados palpitó. Escuché la puerta principal abriéndose y unos pasos suaves. Me giré y encontré a Maya con una sonrisa divertida. —Llevan un día juntos y ya discuten como un matrimonio, chicos —silbó viendo el desastre—. Yo no limpiaré esto, tú tampoco, Estela. Reese quería un gato, que se haga cargo. Ven, querida, parece que vas a tener un ataque.   Reese repitió lo que ella había dicho con burla mientras acariciaba al gato, parecía un niño con un juguete nuevo. Él en realidad no estaba molesto, las cosas no le importaban en lo más mínimo, no como le importaba el bienestar de ese gato callejero. ***** Maya era una persona genial, había estudiado cocina y trabaja para Reese con un horario flexible, lo que le permitía tener otros trabajos. Reese era su mejor cliente —sus palabras—, podía venir en la mañana, cocinarle todas las comidas y dejárselas en el refrigerador para que las calentara más tarde. También comentó que en ocasiones hacía el aseo, aunque la encargada de ello era Teresa, su tía. —La conocerás el viernes —se emocionó. —No sé si esté aquí el viernes —confesé. —¿Por qué? —ella se movía por la cocina casi por instinto. —Tengo la esperanza de que conseguiré un lugar donde quedarme pronto, al menos eso espero. Todavía tenía amigos a los que llamar y páginas en internet por las cuales navegar. —Qué lástima —dijo ella revolviendo un guiso para la cena—. Es divertido hablar contigo, Reese es demasiado silencioso a veces. Con ese comentario me retiré, pensando en que a veces incluso el silencio decía cosas. ***** La luz de la laptop lastimaba mis ojos aunque estuvieran cerrados, estaba bastante segura de que tenía el teléfono en mi cuello, había estado llamando a mis amigos de confianza, pero todos ellos tenían sus propios problemas. Le había insistido solo a Roxy. —Lo lamento, nena, pero el casero de Jess nos tiene el ojo encima porque ahora vivo con ella —es lo que me había dicho—. Pero puedo guardarte algunas cajas. Jess era su novia, sabía que estaban viviendo juntas, había esperado que pudieran préstame su sofá. A ellas las había conocido en mi primer mes, no fue hasta cinco meses después que nos hicimos amigas de verdad, cuando coincidimos en una feria y ellas me enseñaron el lugar. Pasábamos navidades, año nuevo y feriados juntas o con el resto de mis amigos, nunca me habían dado la espalda, esta vez tampoco lo veía de esa forma. El casero de Jess era un hombre gruñón que le gustaba husmear en la vida de otros, él solo le había alquilado a Jess y cuando Roxy se mudó comenzó a acosarlas con el fin de subirles el alquiler. Era detestable.  No sabía qué hora era, pero estaba en un estado entre el sueño y la realidad que era agotador. Soñaba que conseguía un lugar, pero que era destrozado por Jefry. Soñaba que alguien me cubría con una manta y decía: “Descansa, terca Estela”. —Gracias, Reese —me creí balbucear. 
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