ASHER.
Mi aliento sale en una sola bocanada blanca frente a mí. Nueva York está especialmente frío hoy, aunque puede ser porque estoy a punto de entrar por las puertas principales de Cargill Realty. Mila había salido de mi departamento esta mañana y todavía puedo saborear sus besos en mis labios. Me siento a la vez soñador y temerario. Como Romeo antes de seguir toda esa locura con la familia de Julieta. Probablemente por eso estoy aquí en primer lugar.
Conozco a un tipo que trabaja para Conrad. De nivel básico, pero estoy dentro. Rick y yo habíamos ido juntos a la universidad en Columbia. Le di 10,000 dólares después de que tuvimos nuestra primera ganancia inesperada cuando Weston exprimió a Wall Street. Los necesitaba para cubrir los gastos del funeral de su madre, y hemos estado vinculados desde entonces. Supongo que hay algo especial en ayudar a alguien a pagar un funeral. No había planeado pedirle un favor hasta que Rick mencionó que trabajaba en el último puesto de la empresa de Conrad. Conoce a las personas adecuadas para ponerme en la agenda de Conrad, bajo un alias por supuesto.
Solo llámenme, Spencer Wattford.
El interior del edificio es liso y gris, como si el acero pulido se hubiera acostado con mármol. Justo en medio del vestíbulo hay una enorme escultura de cristal, que se curva desde el suelo como volutas de humo. Es a partes iguales llamativa y fascinante, aunque mi primer pensamiento es que la escultura representa las llamas de las almas que Conrad quemo para permanecer en su posición dorada.
El aire en si está cubierto de silencio, aunque no estoy seguro de si la gente le tiene miedo a Conrad como para hacer ruido o si proviene de la reverencia a la industria inmobiliaria.
La mudanza de la empresa de Conrad a este edificio ha sido un gran problema a principios de la década del 2000, aparentemente; no es que yo estuviera en Nueva York en ese entonces, o que me importe su negocio, pero Mila me había dicho que la fiesta inaugural aquí era uno de sus primeros recuerdos, y están bien documentados en la revista Time.
Y supongo que, en cierto modo, puedo verlo. El lugar es cavernoso y profesional, artístico, pero de buen gusto. Pero cada centímetro grita dinero. Las paredes mismas están tejidas con los recuerdos de las vacaciones caribeñas que la familia Cargill había tomado con tanta frecuencia que Mila había visto las Islas Caimán como su patio trasero cuando era niña. El suelo está pulido con los millones de dólares de intereses que las inversiones de su padre generaban mientras dormía. El aire mismo presiona todos los rincones con el inmenso peso de su riqueza.
>. Golpeo el dólar de plata de un botón de subir al ascensor, mi mirada se dirige a las mangas desgastadas de mi chaqueta de cuero. Es un marcado contraste con el resto de mi atuendo: pantalones azul marino planchados, una camisa blanca impecable. Pero no tengo un abrigo formal.
Me quito la chaqueta de cuero, mi mirada rebotando por el vestíbulo. Se que no puedo ir a la reunión con esta triste y destartalada excusa de chaqueta. No es que alguna vez dijera esas cosas delante de ella; amo mi chaqueta. Simplemente no puede acompañarme arriba.
Veo un helecho ostentosamente grande cerca, algo así como el follaje de Jurassic Park con esteroides. Parece un guardarropa lo suficientemente bueno por ahora. Doblo mi chaqueta lo más pequeña posible y la meto entre las hojas. Estará allí cuando regrese, lo sé. Nadie que venga a este edificio necesita robar una chaqueta de mierda de dentro de un helecho.
Las puertas del ascensor se abren y entro, mi imagen se refleja interminablemente a través de las paredes cubiertas de espejos. Es fácil perderse en las trampas de la riqueza; eso es algo que he aprendido inmediatamente en Columbia y en cada velada a la que asistí con Mila. Y es cuando te pierdes en las trampas que facilita tomar la delantera.
Pero no me voy a distraer con el brillo y el mármol. Podré esconder mi chaqueta en su maldito helecho, pero Conrad no va a ganar. Toda esta exhibición de riqueza no va a distraerme ni intimidarme. Con calma y abordar firmemente a Conrad sobre mi inquebrantable intención de casarme con su hija. Demonios, incluso lo invitaré a la boda. Después de todo, soy un buen tipo.
Cuando las puertas se abren, el rostro inexpresivo de una recepcionista me saluda.
–Spencer Wattford– digo en lugar de un saludo, fingiendo la misma energía desinteresada que ella desplega. Tienes que jugar el juego en este mundo. Yo sé cómo jugar el juego. Me humedezco el labio inferior e intento apoyarme casualmente en su escritorio. –Estoy aquí para reunirme con el señor Cargill–
Su mirada me recorre, irritada y desaprobadora. Consulta su computadora, me evalúa una vez más como si buscara mi etiqueta con mi nombre. Se que es mejor no reiterar mi identidad. La reiteración es una señal segura de mentira, o peor aún, de desesperación. De nuevo, parte del juego en este mundo. Mentir está bien, pero ¿ser visto como desesperado? No hay pecado más grave. Me mantengo firme, mi sonrisa fría inquebrantable. Mientras nada en mi traicione el martillo de mi corazón, está bien.
–Un momento, por favor– frunce el ceño, sus uñas repiqueteando contra el teclado mientras escribe algo. Luego suspira, arrastrando su mirada de desaprobación en mi dirección una vez más.
–Te vera–
La recepcionista me conduce por el largo pasillo. A través de las ventanas, el crepúsculo tira de los bordes de la luz del día, impaciente y bochornoso. Manhattan se extienden como un reloj de metal alejándose de nuestro cuadragésimo piso. Al final del pasillo, la recepcionista llama dos veces, espera algo y luego abre la puerta. Me clava una mirada muerta.
–Buena suerte–
Fuerzo una sonrisa y paso junto a ella, luchando contra el impulso de volver con sarcasmo. La oficina de Conrad Cargill se extiende lujosamente a mi alrededor. Dos paredes enteras son ventanas del suelo al techo con la mejor vista de la ciudad de Nueva York que jamás había visto. La ciudad de Nueva York sin obstáculos. Los fotógrafos probablemente pagan mucho dinero por esta vista exacta. Y este es el aburrido paisaje cotidiano de Conrad.
–Señor Cargill– Aparto la mirada del brillante hormigueo de vida más allá de los cristales. –Me alegro de volver a verlo–
Conrad está sentado detrás de un escritorio enorme, con una computadora portátil apartada a un lado y papeles apilados cuidadosamente en bandejas de cartas con códigos de colores. Su cabello oscuro esta impecablemente arreglado, en un estado constante de muñeco Ken. Es un oso embutido en un traje de Armani, del mismo tono azul marino informal de negocios que el mío, pero probablemente sesenta mil dólares más caro. Me mira, sus cejas comenzando a subir lentamente hacia el centro de su rostro.
–¿Qué demonios haces aquí? – la claridad agudiza sus ojos verde salvia, del mismo tono que los de Mila, pero mucho más amenazantes.
–He concertado una cita con tu oficina– digo, poniendo mi mejor voz neutral. Tengo que borrar cualquier rastro de obviedad en mi voz, porque este hombre está a medio segundo de echarme.
Toma su celular del escritorio con el movimiento experto de un jaguar. Comprueba algo y luego me mira. –Entonces, ¿Cuándo cambiaste legalmente tu nombre a Spencer Wattford? –
–Hoy– Ups. El sarcasmo se me escapa a veces.
–Fuera–
–Conrad, por favor– levanto las palmas de las manos, como si esto pudiera convencerlo de mi inocuidad.
–Solo necesito cinco minutos de tu tiempo. Tu recepcionista te bloqueó durante treinta minutos con Spencer. Esto es ganar-ganar, porque así estarás adelantado–
Su mandíbula se tensa y su mirada verde se vuelve nublada; una tormenta se avecina. –Tienes un minuto. Empezando ahora–
–Genial. Trabajo mejor bajo presión– meto las manos en los bolsillos, pasándome la lengua de un lado a otro por la mejilla mientras lucho por recordar el monologo que había preparado. Pero todo lo que puedo pensar es “que te jodan” lo cual no ayuda. necesito calmarme y hacer que él se relaje un poco. Tal vez ofrecerle un Xanax primero pondría las cosas en marcha.
–Gracias– comienzo, con el corazón latiendo tan fuerte que me pregunto si puede oírlo. –Su oficina es absolutamente impresionante. Nunca he visto una vista tan asombrosa como esta– Hago un gesto inútil hacia Manhattan a través de la ventana. –Honestamente, este tipo de cosas son una meta para mi–
–Ve al grano–
Trago saliva con fuerza. –Bien. probablemente sepas que tu hija y yo estamos, eh…– Me fallan todas las palabras. Me paso la lengua por el labio inferior. Este hombre me va a asesinar aquí arriba, y su recepcionista lo cubrirá. Si salgo con vida, me casaré con Mila de inmediato.
–Llevamos mucho tiempo juntos. Y quería formalmente, eh, ya sabes…–
–¿Olvidaste como hablar? –
Me aclaro la garganta. El hombre no es conocido por ser un tiburón por nada. –Planeo pedirle matrimonio a Mila– Mi cuello se acalora cuando el rostro de Conrad pasa de sarcástico a inexpresivo. De alguna manera, la emoción despareciéndose de él es más aterrador que cualquier otra reacción que haya imaginado. –Pienso que deberías saberlo. Y quiero ver que podemos hacer para que esta relación entre nosotros sea un poco más…agradable–
Me mira fijamente, pero se ha desconectado. Me mira tanto tiempo que el último hilo de mi exterior ultra fingido de frialdad se está deshilachando. Di algo ya. Me froto la nuca, pero no me quebrare primero. El silencio se vuelve ensordecedor. Cuando finalmente parpadea, al menos me hace saber que no lo había matado en el acto con la noticia.
–¿De verdad crees que va en serio contigo? –
Las palabras caen como un gancho. Me trago el dolor. –Se que lo está–
–Estas completamente loco si crees que se casará contigo–
Meto las manos en los bolsillos, recordándome a mí mismo que debo morderme la lengua. Hay una persona completamente loca en esta habitación, pero no quiero decirle a Conrad que es el. –Ella y yo hemos hablado del futuro. Se que aceptará cuando se lo pida. Quiero extender la cortesía de…–
–La cortesía– una risa sarcástica sale de él, y se pone de pie, con las palmas apoyadas en el escritorio. –Eso sí que es jodidamente gracioso–
–No estoy bromeando, Conrad– Trago saliva, pensando mejor en usar su nombre tan casualmente. –Señor–
–No me llames señor, mierda. No has tenido ni una pizca de respeto por mí ni por mi familia desde el día que conociste a Mila. No solo es ridículo que estes en mi oficina, faltándome el respeto una vez más al dar información falsa a mi personal, sino que es presentible. –¿y luego tienes el descaro de decirme que te vas a casar con mi hija? – Su se estremece con una risa amarga. –Absolutamente ridículo–
Aprieto los puños. No está yendo exactamente lo que yo llamaría bien. –Si hubiera dado mi nombre real, nunca me habrías dejado pasar–
–¡Y con razón! – Golpea la palma de la mano contra el escritorio, haciendo que algunos papeles caigan al suelo. –Mientes para entrar por la puerta, ¿sobre qué más va a mentir? ¿Tus ingresos? ¿Tu estabilidad? No puedo confiar ni en una maldita palabra de lo que dices, chico. Mi hija merece más que eso. Se merece a alguien de su nivel, en todos los sentidos, que nunca serás tú–
Se me hace un nudo en la garganta y enderezo la espalda. –Estoy a poco más de seis meses de obtener mi MBA. He creado un LLC– una pequeña mentira piadosa, pero ahora no es el momento de retractarme; necesito ir por todas. –Y mis hermanos y yo vamos camino de generar un cuarto de millón de ganancias en nuestro primer año de gestión financiera–
Sus dientes brillan en un blanco brillante mientras ríe y ríe. –¿No es un pequeño y pintoresco negocio familiar? ¿Estás involucrando también a tus padres? Tal vez pueden ayudar a imprimir el papeleo o preparar las comidas mientras tú y tus hermanos están tan ocupados ganando todo ese dinero. Estoy seguro de que disfrutarás del pequeño armario en el que puedes trabajar con todas esas ganancias ganadas con tanto esfuerzo. ¡Wow! Un cuarto de millón, ¿eh? –
Dios mío, este hombre es implacable. Me muerdo la lengua, luchando contra las palabras que salen a la superficie. Tengo que ser el amable, Asher, el, déjame casarme con tu hija, Asher. No, el Asher, que te jode tu condescendencia con el puño.
–Entiendo que la comodidad y la seguridad de Mila son de suma importancia para ti, como su padre– continúo, cada palabra raspando mis labios. Otras palabras quieren reemplazarlas con tantas ganas, pero no las dejaré salir. No ahora mismo. No hasta que pueda gritar hasta la última obscenidad en mi chaqueta de cuero en una esquina de la estación del metro como un neoyorquino común y corriente. –Estoy preparado para demostrarle lo comprometido que estoy en darle la vida que se merece. Señor, Conrad, amo a su hija más que a nada en este mundo, haría cualquier cosa por ella. Y lo digo en serio–
Sus labios se curvan en una sonrisa sardónica. –Lo que sea, ¿eh? –
–Lo que sea–
–Entonces vete a la mierda–
Aprieto los dientes, el remolino de ira bailando peligrosamente cerca de la punta de mi lengua. No lo llames imbécil pretencioso. No lo llames imbécil asqueroso. No lo llames narcisista pomposo que hace que Donald Trump parezca humilde.
–Dije que haría cualquier cosa para demostrar que estoy comprometido a darle la vida que se merece– le recuerdo tan neutralmente como mi rabia interna me lo permite. –Si me largo, señor, Conrad, señor Cargill, entonces no podré darle la vida que se merece–
–Así que quieres jugar a juegos de palabras. Bien. juguemos. ¿quieres mi bendición para un matrimonio condenado al fracaso? Entonces empecemos de cero. Si quieres siquiera considerar la ridícula idea de formar parte de mi familia, entonces necesitas dejar de lado esa actitud sabelotodo. Abandona tus planes. Aunque sé que esos escasos 250 mil suenan como una mina de oro, te aseguro que no lo son. Comprométete al cien por ciento con Cargill Realty y luego podremos ver si podemos tener una conversación sobre esto bajo tu nombre real–
No puedo decir si esto es una broma o un plan de acción. Aprieto los dientes y pienso. –De acuerdo–
–Empieza desde abajo, y luego tal vez en un par de años podremos volver a reunirnos–
Siento un calor intenso en los hombros. Lo que está diciendo no encaja, no puede encajar, en mi visión del futuro. Pero al tal vez necesito animarme y aceptarlo.
–Estoy dispuesto– es todo lo que puedo decir a pesar de que hay tantas cosas no dichas retorciéndose dentro de mí.
–Genial. Puedes encontrar una solicitud en la recepción al salir– Conrad se hunde en su asiento.
Parpadeo un par de veces. –¿Quieres decir que tengo que solicitar un trabajo aquí? –
Su risa suena aguda y sin complejos. Le encanta esto, y yo lo odio por ello. Pero si quiero a Mila, tengo que aguantar la paliza.
–Creo que hay una vacante ahora mismo, así que tienes buenas posibilidades de que te contraten– dice, sumergiéndose en su papeleo una vez más. –Como mínimo, siempre estamos buscando conserjes. Diez dólares la hora, y con eso conseguirás entrar– me mira. –Después de todo, harás cualquier cosa, ¿no? –
Esta vez es mi turno de reír. –¿Preferirías que renuncie a 250 mil dólares de ganancia para aceptar tu trabajo por debajo del nivel de pobreza? –
–Necesito que demuestres tu compromiso con la familia Cargill– No se inmuta. Que bastardo tan absoluto e impenitente.
–Fregando sus inodoros–
Conrad parpadea dramáticamente, como si no entendiera en absoluto mi problema. –¿Es el tipo de trabajo lo que te detiene? p***s que te sentirías más a gusto en ese nivel. –¿No es así como tu padre ganó sus miles? –
Sus miles. Podría haberme ahogado en el mar de condescendencia con el que había llenado la habitación. Mi padre adoptivo no era conserje. Pero mi padre biológico si lo había sido. Como Conrad lo supo es una incógnita. Dudo que Mila le hubiera dado un resumen de mi lamentable historia familiar. Lo que significa que Conrad ha estado haciendo su tarea, incluso mientras me odia activamente.
He insistido más de lo que esperaba. –Escucha– comienzo, exhalando una bocanada de aire derrotada. Pero no sigue nada. No me queda nada que ofrecer, algo que no arruiné la minúscula oportunidad que aún me queda. Él me ha derrotado y yo he contenido los insultos.
Conrad mira su reloj. –Se te acabo el tiempo, chico. Fue un placer hablar contigo– dice.
–Vete a la mierda– digo. La mirada fulminante que esto provoco. Sirvió como el empujón final al límite de mi autocontrol.
–Quieres hablar de falta de respeto. Cada maldita cosa que me has dicho aquí dentro ha sido la definición de irrespetuoso–
–Mira a tu alrededor, niño ingenuo. Estás en mi edificio. Disfrutando de mi vista. Respirando mi aire– no se equivoca, ya que comprar derechos aéreos en la ciudad es una práctica común, levanta la vista con una mueca de desaprobación. –No te debo nada. Ahora mira bien a tu alrededor, porque esta es la última vez que veras el interior de mi mundo–
La ira me atraviesa el pecho. Tengo que irme ahora. Conrad piensa que ha ganado, pero esta batalla no ha terminado. Salgo a toda prisa de su oficina, con el dolor y el desconcierto cubriendo los bordes de mi visión. Apenas puedo ver a donde voy, pero de alguna manera logro entrar en el ascensor. Camino por la pequeña caja mientras cae en picada, tirando de mi cabello mientras lucho por respirar profundamente para calmarme.
Nada me habría dado más placer que aplastarle la cara, pero tengo que conformarme con actos de vandalismo imaginarios. En mi cabeza, estoy orinando por toda su oficina y blandiendo un bate contra la escultura de cristal en llamas en el vestíbulo mientras salgo furioso del ascensor. Estoy tan enfadado que casi olvido mi chaqueta, así que tengo que volver pisando fuerte por el suelo reluciente para cogerla. Todas las miradas se posan en mí, tal vez estoy furioso, pero me importa una mierda.
Lo único que me impide mear en el vestíbulo es el hecho de que todavía planeo casarme con Mila. La voz racional de Weston resuena en mi cabeza mientras me pongo el abrigo y me dirijo a las puertas giratorias de cristal de la entrada norte. “Si meas en su vestíbulo, sabes que sobornará a todos los secretarios municipales del área tri estatal para asegurarse de que tu licencia de matrimonio no se tramite” El Weston imaginario probablemente tiene razón.
No necesito darle más munición en mi contra, porque Mila y yo nos vamos a casar. No importa lo que piense el imbécil de Cargill.