Y yo… yo solo quería meterme debajo de una roca y no salir jamás. Pero no lo hice. Levanté la barbilla, decidida. —Vamos, Killian —dije, con una sonrisa traviesa—. Quiero volver a casa. Antes de que el jardín me trague entera. No entiendo qué clase de karma estoy pagando, pero tener que volver al mismo lugar donde presencié uno de los encuentros sexuales más explícitos de mi vida —en un jardín de fantasía, escondida tras unos arbustos como si fuera parte de un cuento erótico de mal gusto— me resulta... una ironía del universo. Y ahora está él, tan cerca, con esa mirada que escanea más allá de mi rostro, como si pudiera leer lo que estoy pensando. Killian. Esa versión refinada del pecado. Me ofrece su mano con una sonrisa torcida, esa que parece que la ensayó en el espejo para robar v

