Vacío, solo y sucio.
Su rostro reflejaba el disgusto que albergaba en su cuerpo, hastío y desanimo. El blanco sobreabundando en la habitación al que había sido asignado le hacía colgar en un hilo. Aborrecía aquel color, burdo y a veces sin propósito alguno. Y aunque todo aquello lo molestaba hasta irritarlo, en su pecho la incertidumbre de no haber visto a la mujer de orbes castaños desde hace mucho tiempo lo llevaba al borde. Nunca lo visitaba.
Las sábanas debajo de su piel le causaban malestar, escozor en su piel, quizás deseaba solo un poco arrancarlas del sitio de donde dormía, pero eso no se lo diría a ninguna enfermera o doctor. Todos podían llegar a ser aborrecibles en cuanto al trato entre seres de una casta inferior a la de ellos o incluso a la suya propia.
La conciencia y lo irreal jugaban con su mente, se repetía a si mismo que Leire no iba a verle, y sentía un peso sumamente desagradable en su corazón, ¿quizás le había pasado algo a la alfa? Era algo que desconocía. Su día se vestía de suplicio cada que el sol moría sin ver el cielo detrás de las pestañas de la menuda chica. Y aunque el alfa no lo sabía, tal vez no recordaba a ciencia cierta el nombre de quien clamaba, pero Leire volvía a diario a él desde que lo internaron. Aun cuando en su olor la desesperación abundaba y la marca en su cuello se tornaba grisacea, su amor por Harry no se había marchitado.
En su cuarto una ventana hermosa llegaba a acaparar la atención en un primer momento de quien entraba al lugar, luego de unos segundos toda aquella cortesía era robada por el paciente que con indiferencia miraba. Ese ventanal daba una vista directa al patio donde todos los pacientes se reunían, pero él nunca llego a salir a tal lugar.
Tampoco le apetecía o tenía ganas de hacerlo, por el simple hecho de que su vida no se encontraba ahí afuera junto a todos los enfermos recluidos al igual que él, el porqué de su existencia corrió tan lejos de él cuando una tierna alfa de rostro desconocido lo dejo con sus pertenencias en el porche de aquel sucio lugar. Trágico, y deplorablemente. Inocente y a la vez corrompido por situaciones que lo enmarcaban a él como un asunto pendiente.
Harry la amaba al comienzo del día, pero cuando la luna campante bailaba en un cielo carente de estrellas bañando a todos con su oscuridad, él le odiaba. Asfixiante, no sabía cómo representar sus sentimientos en colores para expresar lo que sentía por la extraña mujer. A veces, en momentos de crisis, en su mente se dibujaba a el mismo siguiendo el compás de una suave melodía que pensaba desconocer. Sus manos cubriendo la cintura estrecha de la alfa, susurrando con prosas que calmasen el alma y borraban brechas.
Pero cuando la sinfonía se convertía en una tonada violenta, todo aquello se esfumaba en el viento, las notas graves y fúnebres se robaban a la dulce joven de sus brazos con violencia e hipocresía. Desprotegido y agonizando por el alejamiento de su pareja, atemorizado y un poco herido. Pero él no lo entendía, ella vagaba a diario en su mente, descalza y sin cuidado, y recordaba el olor de su pareja, la primavera impregnada en su piel. Y casualmente la de orbes castaños olía a primavera, pero al mismo tiempo exhumaba soledad y abandono.
Harry reposando miraba el cielo de las cuatro paredes que lo acogían, remolinando en su pensar que quizás ese día pintaría un poco de todo. Pocas cosas lograban calar en su mente, muchas de ellas eran inspiración que bañaba su juicio, lamentablemente nada se llegaba a ser materializado. La mujer desconocida interrumpía constantemente en sus sueños, a la hora de bañarse, en el almuerzo, incluso en medio de delirios las estrellas formaban su rostro.
Su alma ansiaba poder reconocer, lograr visualizar en su totalidad a quien más añoraba. Un nombre, quizás solo una letra. Solo una vaga idea no le ayudaba, un par de ojos achocolatados era demasiado poco, a veces era mucho. Era la duda que pesaba en su corazón, volviéndole inestable e indeciso.
Y aun cuando el frío se ceñía a su mente la chica estaba ahí, como justo ahora.
Leire se pavoneaba en la habitación, la fragancia de la depresión y medicamentos hacían picar su nariz. Con el pasar de los meses entendió que su corazón se rompía un poco más cuando veía los ojos ausentes de su pareja, era casi imposible recordar el sabor de los labios de Harry, un cruel castigo del tiempo.
Todo carecía de vida, la persona que estaba encima de la cama podía definirse como un cascaron vacío de lo que el pasado dibujaba. Una mirada perdida, un par de labios sellados, solo las respiraciones pausadas de dos almas que anhelaban un ligero roce.
Sus ojos repasaban constantemente la habitación, habiendo cosas que resaltaban, como lo era la falta de color. Con el transcurso del tiempo Leire había aprendido cientos de cosas, algunas calaban en su mente más que otras, pero algo era palpable e inolvidable, el color blanco. En ello se encontraba tanto que hacía helar su piel. Cuando conoció a Harry, algo que le llamo particularmente la atención, los matices que inspiraba, su ser rebozaba en colores vivos, vibrantes. En aquel tiempo aprendió a amar el arte, porque sin duda el otro hombre lo era.
Leire fue un lienzo en blanco, uno que le dio la oportunidad a su alfa de llenar con color y apreciación por sí misma.
Los frascos que contenían pinturas, compradas hacía meses atrás, reposaban en la pequeña mesa que se le fue otorgada al joven de cabello rizado, las mantas aun cubrían los lienzos, la periodista estaba segura de que su esposo no había tocado ninguno de ellos. Algo decepcionante y desalentador. En su mente una pregunta se repetía, quizás con eco, ¿un bloqueo artístico?
"Harry..." llamo angustiada, su alfa rasguñándole el pecho. Lastimado tal cual animal enjaulado, implorando en sollozos que se acercara a su pareja.
En su cuello la herida de un pacto de amor escocía, incomoda. ¿Cuánto tiempo tendría que estar allí su alfa? Los primeros meses pasaron rápidamente, luego de eso parecía como si el tiempo en una decisión trágica se empecinaba en lastimarla hasta verla derramando lágrimas en una almohada que poco a poco perdía el olor característico del hombre enfermo.
Recordó que solo serian unas cuantas semanas, la ausencia se llegaba a cernir en su pecho con facilidad, solitaria, nunca dejo de acudir a las visitas que realizaba para ver si algo mejoraba. Su esperanza difícil de apagar se reflejaba en la sonrisa rota que le regalaba a la enfermera cuando le informaba otra agresión por parte de Harry hacia alguien del personal médico. Solo era un cuadro depresivo, quizás algo lo estaba molestando.
Eso era lo que el doctor tenía para decirle. Una temporada paso, y su cielo se vino abajo en el momento preciso que el rizado casi la ataca por querer tomar su mano entre las de ella. Después de aquello comenzó a notar la ausencia de su pareja, la espera desquebrajaba su corazón, las noches desoladas. Lo que tenían que ser unas cuantas semanas, se convirtió en meses, absolutamente nadie ni nada le brindaban respuestas a la chica. Ya no había monosílabos simulando ser respuestas, tampoco rasguños a sus manos, solo algo de lo que alguien solía ser.
Ojos verdes lo miraron perdidos, algo desorientados. El labio inferior de Leire quedo atrapado entre sus dientes, reprimiendo el sollozo que comenzaba a nacer en su garganta. El silencio lo dejaba sordo, demasiado para su quebradiza alma.
El doctor le tenía prohibido tocar al muchacho, incluso acercársele demasiado. Como excusa para esto le prometieron que no querían alejarlo de su pareja, que solo era una medida de seguridad, tanto para ella misma como para el de ojos verdes. Aun así, su mano añoraba tocar la del otro. Su alfa intentaba salir; ella trataba de no gritar desesperada. Aunque el llanto estaba atascado en su garganta como siempre, desde hace un mes se había prohibido a sí misma llorar delante de Harry.
Por su mente paso rápidamente su último ataque de pánico, ese que dejo una terrible consecuencia. Harry había reaccionado a ella. Quizás alguien más podría describirlo como un logro, pero no lo era para Leire. No cuando aquello calo tanto en su enferma pareja hasta hacer que esta se lastimara a sí misma en un vago y desgarrador intento de calmarle. El recuerdo fresco lo detenía de llorar, ella soporto suficiente como para retener el dolor en su corazón y el escozor que heria sus ojos.
"Alfa." Murmuro por lo bajo ella.
Una mota de nostalgia se escapó de sus labios cuando pronuncio el doloroso y atormentando llamado. Aunque en su mente era un grito de ayuda, en su alma no era más que el sonido impreso de la adoración y aflicción de un amor resguardado en capas de olvido.
Cada palabra del doctor calaba en su mente como un veredicto sentenciado por un juez.
«Es muy inestable tanto para él como para quienes lo rodean...»
Inestable, su alma se deterioraba en su pecho. Quizás Harry tan solo necesitaba paciencia, aun así, ningún doctor le brindaba la ayuda correcta, solo lograban distanciarlo de la realidad. Con el pasar de los siguientes meses prometieron nuevos medicamentos, aunque cumplieron con ello no había mejora.
Cada día corría detrás de su hermano, cuando el impulso de llevarlo a casa se desato en el pecho de Leire no hicieron más que frenarla diciendo que su alfa no era capaz de reconocerse ni a sí mismo. Y aunque trataron de romper su esperanza, nunca dejo de pasar por su mente que, aunque el de orbes verdes se olvidara de lo que era, ella podría recordárselo a diario. Aunque su alma se rompiera cuando mencionaron que Leire solo formaba punto y aparte para Harry, no eres más su alfa.
Tantas palabras, que cuando el día llegaba a su fin su alma se vaciaba, su paso era cansado y su semblante se notaba destruido. El amor es una cárcel en la cual te sientes prospero, o así lo describía el artículo publicado por ella misma el trimestre después de que internaron a su esposo. La devoción de su amor lo mantenía unido a un alma que parecía aborrecer su mera presencia. ¿Amor o m********o? ¿deuda o favor?
Por ese querer Leire se había agotado a sí misma, la devoción a un ser que ha dado tanto que merece ser retribuido, la decisión de ella surgía como un impulso que le obligaba en ese instante a aproximarse con rapidez al hombre que estaba tumbado en la cama, pasos llenos de seguridad. ¿Era aquello el egoísmo o la resignación de no amar a alguien más ni dejar que nadie más le amase?
Nunca llego a tocar a su pareja luego de aquello. Pero en esa situación donde el cuerpo pesa y las agallas ganan la partida. Ella, de orbes castaños olvidaba sus principios, dispuesta a amar tanto como lo habían amado, después de todo también contaba en la enfermedad no solo la salud. Entre tantos pasos se acerco finalmente a Harry, mirándole con amor y añoranza. Su cuerpo reaccionaba a su pareja, algo que el instinto natural le había enseñado.
Sumergida en su mente Leire se aproximó lo suficiente como para que su cuerpo quedara justo al lado del de Harry. La distancia de ellos con anterioridad no era mucha, aun así, las ansias formaban un lazo trágico y atrayente. Cediendo sus rodillas, cayó al suelo de bruces, creando un ruido sordo que decidió ignorar tanto como el dolor que en sus piernas se adjuntaba. Su ropa algo ancha le permitió la facilidad de poder moverse. Las lágrimas se formaron con rapidez en las cuencas de sus ojos, sollozante tomo la mano de su alfa.
‘’Perdóname…’’ murmuro afligida, con voz acongojada, descendiendo por sus mejillas las gotas caían como ríos. Las emociones erizaban su piel, su frente se apoyo en el dorso de la mano ajena.
Los sollozos lastimeros le rompían el corazón, la culpa se arremolinaba en su pecho haciendo juicio de sí. Respiración frágil, la sábana blanca acunaba cada gota que era derramada por Leire, al igual que recibía gustosa la pena y el desasosiego con que la que la muchacha lloraba con ansias.
‘’Me he quedado postrada mirando como te tratan tal cual un negocio más, alfa. He sido la peor pareja del mundo, ni todo el amor que se arremolina en mi pecho curaría las heridas que te han hecho.’’